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entrevista
"Tenemos que
recurrir a la habilidad para usar el mundo real como escenario"
Se estrenó en Venezuela El
premio. Es una película peruana dirigida por Alberto Durant
ambientada en Pariamarca, una localidad de montaña cercana a
Lima, y también en la capital, en el mundo de los trabajadores
que se desenvuelven en la economía informal. Muestra los lugares
de trabajo, las casas, los locales nocturnos a los que va la gente y la
música que les gusta. Es considerada como la primera cinta cuya
historia se desarrolla en parte en Gamarra, un sector de
aproximadamente 40 manzanas en Lima en el que se calcula que hay
alrededor de 17.000 establecimientos dedicados a la producción
textil, a la confección y al comercio. Allí trabajan
alrededor de 60.000 personas y se mueven cerca de 800 millones de
dólares al año, en transacciones que son casi todas del
mercado nacional. El filme también transcurre en Polvos Azules,
un importante lugar de venta de películas piratas. Durant ha
dicho que el pasaje 18 de ese centro comercial informal es la
cinemateca peruana de la actualidad por los filmes que allí
pueden comprarse.
Campo y
ciudad están conectados por una familia dividida en El premio.
El padre, maestro rural, vive con su hija en Pariamarca, mientras que
el hijo está en Lima pero no logra hacerse un lugar en la ciudad
y lo van botando de un empleo a otro, a la vez que mantiene apasionados
amores imposibles con una chica que vive con otro hombre, el padre de
su hijo, que tampoco sirve para nada. El maestro gana el premio gordo
de la lotería, lo que pone de manifiesto el distanciamiento y la
desconfianza en las relaciones entre familiares, amigos y vecinos,
además de su astucia para moverse por la ciudad con una gran
cantidad de dinero en efectivo encima. Tampoco es una épica
pequeño-empresarial lo que muestra el filme de Gamarra: la
dueña de un taller de confección le roba descaradamente
el sueldo a una muchacha, acusándola de ser ella la culpable del
dinero que dice que falta en la caja.
Vértigo conversó brevemente con el director de El
premio, que es una coproducción con Brasil y Venezuela en la
que José Ramón Novoa participó como productor
asociado. Alberto Durant es contemporáneo de Francisco Lombardi
y entre sus películas destacan Alias “la Gringa”,
ganadora del Círculo Precolombino de Oro en el Festival de
Bogotá en 1991, y Doble juego o Con game (2004).
Es también autor del libro ¿Dónde está
el pirata? sobre el tema de la piratería de películas.
—El premio se ha hecho célebre por haber
filmado en Gamarra y en el mercado de Polvos Azules, en Lima.
¿Cuál fue la importancia que tuvo para usted rodar en
esos lugares?
—Son los nuevos bolsones de inmigrantes, que se han insertado en la
economía informal de una manera muy pujante. Son sectores de
comerciantes y pequeños empresarios que han crecido
muchísimo. Allí es donde circula ese otro Perú. Me
interesaba llevar a la pantalla el Perú informal.
—Dejando de lado lo
sociológico, ¿qué tienen de fascinantes Gamarra y
Polvos Azules para un cineasta?
—Tienen un colorido, una multiplicidad de culturas que representan a
todo un país. Regreso a lo sociológico, porque es
ahí donde está representado lo que nosotros llamamos la
cultural chibcha, que es una combinación de inmigrantes de la
sierra con la cultura citadina tropical. Ahí se junta todo.
Tienen una población muy dinámica y una plasticidad de
color que los hacen atractivo, y que mucho de nuestro cine no lo toca
porque se centra en las clases medias y en las clases altas.
—¿Cómo fue
la filmación en esos lugares?
—En Gamarra y Polvos Azules filmamos como quien hace un documental.
Pusimos a los actores en los corredores y en las calles, y la gente,
por interés natural se va aglomerando. Uno tiene que tener mucha
paciencia y esperar a que la gente se canse de mirar y empiece a hacer
su vida y sus recorridos normales. Entonces uno empieza a filmar.
También uno hace mucho de lo que llaman “cámara alemana”,
que es hacer como que se está filmando. Lo que hacen los
americanos, las producciones grandes, es que llenan una calle de Nueva
York de extras. Nosotros, que no tenemos esa capacidad, tenemos que
usar la imaginación y recurrir a a cierta habilidad para usar el
mundo real como escenario.
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—Doble juego, su anterior película, trata de un
estafador que manipula a gente de clase media, entre ellos un cineasta,
haciéndoles creer que va a hacer realidad sus ilusiones. El premio trata el tema del azar en la vida de gente
de la clase popular. ¿Son planteamientos sobre la realidad
peruana?
—Más que con la realidad peruana en particular tiene que ver con
la condición humana, con esas expectativas de a ver si el
destino, la suerte y el azar cambian nuestras vidas. En sociedades que
tienen poca movilidad social siempre estamos esperando a ver si una
lotería nos cambia. Pero esa es la anécdota. Para
mí El premio es el
reencuentro de un padre con un hijo. El trasfondo de la historia es el
tema de la incomunicación, de la desconfianza, de las relaciones
humanas. Todos esos personajes sospechan unos de otros y terminan
entrampados en su propia desconfianza.
—Usted también se ha
hecho conocido por un libro en el que defiende la piratería, y
en Polvos Azules hay un lugar, el Pasaje 18, del que usted ha dicho que
es la cinemateca peruana. ¿Podría explicar un poco
cuál es su posición en relación con la
piratería?
—Soy un defensor del bien común, el derecho al dominio
público. Las legislaciones de propiedad intelectual son producto
de un lobby muy intenso de las corporaciones, en particular las de
Hollywood, para tener un monopolio abusivo sobre los derechos de las
películas. Es tan abusivo que hoy en día una
película tiene derechos prácticamente a perpetuidad. Son
120 años, algo que no ocurre en ninguna otra rama. Lo que la
gente no sabe es cómo nacieron los conceptos de copyright y
derecho de autor. El derecho de autor es un derecho moral y
patrimonial, pero el copyright se inventó a finales del siglo
XIX como un derecho monopólico que otorgaba el estado a las
casas editoriales, que luego pasó a las empresas productoras por
un tiempo limitado para que pudieran recuperar el dinero invertido. No
es lo mismo la propiedad del copyright que la de un objeto
físico. Hoy en día se ha trastocado totalmente el sentido
con el que nació. El copyright inicialmente era entregado por el
estado por 14 años. Hoy, si una compañía produce
una película, la edita en DVD, se acaban los DVD y decide no
volverla a editar, sale de circulación y nadie tiene derecho a
verla. Lo mismo ocurre con una película que no llega al
país o que está en cartelera una semana. Le están
quitando el derecho que, con la tecnología de Internet y la
duplicación digital, etcétera, nos ha dado la sociedad
global, la sociedad informática. A lo que me opongo es a la
legislación que va en contra de los intereses de la sociedad
contemporánea, que tiene derecho a uno de los bienes comunes
más importantes, que es la información y la cultura.
—Una película
peruana, La
teta asustada de Claudia Llosa,
ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín. Ese
éxito cinematográfico, ¿tiene eso referente real
en Perú?
—Diría que, si bien Claudia Llosa es una cineasta que vive y
trabaja desde Barcelona, fue formada aquí en el Perú y
sus películas tratan de temas peruanos, de las entrañas
de lo que está pasando y ha pasado en el país. Es la
primera vez que una película peruana gana en el Festival de
Berlín, y ha tenido mucha repercusión. Ha permitido que
el estado transfiera fondos importantes a Conacine, que es la entidad
del estado que financia y ayuda a la producción de cine
nacional. Diría que se están produciendo en Perú
entre seis o siete largometrajes al año.
Pablo
Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve
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