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entrevistas
"Tuve que aprender a observar
la gestualidad, a narrar con base en ella"
Se estrenó en la Cinemateca Nacional el largometraje documental Memorias del gesto de Andrés Agustí.
Es una película cuyo título la describe con precisión: trata de captar y
darles sentido como totalidad a una serie de detalles fugaces de la vida
cotidiana de muchas personas en Venezuela, pertenecientes a diversos
estratos sociales y culturas.
Es por sobre todo una película de un director de fotografía y documentalista
de larga y destacada trayectoria en Venezuela, aunque nació en Barcelona, en
España, en 1950. Agustí es el realizador, entre muchas otras películas, de
Tisure (1986) y Parque Central (1992), obras maestras del
cortometraje documental venezolano. El primero, que tiene por tema la
arquitectura y escultura religiosas del artista popular Juan Félix Sánchez,
y su relación con el paisaje del lugar donde están ubicadas, del cual toma
el título, constituye una meditación con la luz sobre la fugacidad del
tiempo y la eternidad. El tema del segundo es el espacio urbano, cómo se
configura en una ciudad moderna en torno al eje de un emblemático conjunto
de edificios, cuya presencia en el paisaje acompaña a la gente en su vida
cotidiana, vistos desde múltiples perspectivas.
Vértigo asistió a la presentación de Memorias del gesto
y recogió la conversación posterior con el director, que se desempeña como
docente en la Escuela de Medios Audiovisuales de la ULA.
—Esta
es una muestra de trabajo autoral. Es el producto de un par de décadas
de trabajo en buscarle una expresión a la imagen. No en balde fui
durante años director de fotografía. Es un filme más de fotógrafo,
probablemente, que de otra cosa. El guión viene a ser una inspiración.
Tuve que aprender a observar la gestualidad, a narrar con base en ella,
y eso cuesta. Por más que uno lo escriba en un papel hay un aprendizaje
que se va haciendo y le ejecución de la cámara viene a ser fundamental
en un discurso de este tipo. La gestualidad es muy efímera, sobre todo
la del rostro.
—El folleto de la Cinemateca presenta la película como un documental
antropológico, pero creo que el montaje apunta hacia lo poético. ¿Qué
tiene de antropológico Memorias del gesto y qué de poético?
—Todo
filme es antropológico. No hay nada que escape de lo etnológico en una
narración audiovisual. Inmediatamente, para el buen lector, hay datos,
de quién es y cómo piensa. Me parece que me puedo cobijar en una
antropología postmoderna. Eso me dio licencia para vincularme con mis
sujetos desde mi punto de vista, porque, al fin y al cabo, la
antropología cobra y se da el vuelto: “Esto es así desde mi punto de
vista”. La pregunta por lo poético es mucho más difícil de responder.
Sin embargo hay normas que podrían caracterizar lo poético en el cine.
Está el caso de Lluvia de Joris Ivens, como arquetipo. Tal vez lo
poético vendría dado, entre otras cosas, por la exaltación del detalle;
el pequeño detalle de alguna forma contiene un universo en sí mismo. Lo
efímero también es sumamente poético. A veces conseguimos gestos
maravillosos, en los que hay todo un pasado, porque tienen una
significación. Pero, ¿por qué un gesto significa algo y otro gesto no?
El gesto es como el iceberg: lo visible es muy poco, pero detrás hay una
masa inconsciente enorme. Esa tal vez sería la vertiente poética.
—Iba a mencionar justamente a Ivens y A propósito de Niza, de
Jean Vigo. Cuando se hicieron esas películas, no había otra imagen en
movimiento sino el cine, y ver esas cosas era, muchas veces, verlas por
primera vez en el cine. Hoy estamos saturados de imágenes. ¿Cómo un
documentalista afronta ese desafío?
—Las
nuevas tecnologías tal vez sean una vía para superar la terrible
encrucijada del agotamiento de la imagen. No estoy tan seguro de que los
problemas del hombre hayan cambiado sustancialmente, pero sí las
técnicas para hablar de ellos. Tal vez ahí se producen nuevas lecturas.
Lo digital, los programas de computación como Final Cut, cámaras muy
pequeñas de una gran calidad, micrófonos muy sensibles, etcétera,
permiten mostrar cosas inéditas. Las mismas imágenes mostradas de forma
distinta.
—¿Qué mensaje quiso transmitir con el documental?
—Una
de las cosas que es más evidente en mi intencionalidad, pero que de
ninguna forma la delimita en términos empobrecedores, sería la de
relacionar sucesos y personajes que aparentemente no están relacionados.
Sería trabajar la acausalidad. También darle a lo contingente, a lo
accidental, una relación especial a través de ese discurso. Otra
reflexión me parece importante: una edición que organizara el material
de otra manera daría otro filme, que se llamaría igual, Memorias del
gesto, y esencialmente no cambiaría nada. Eso me hace pensar sobre
una característica de lo real que podría ser muy importante para una
siguiente obra.
—Hay una generación actual de documentalistas venezolanos que es
importante. Reúne a cineastas como Alejandra Fonseca, Patricia Ortega,
Marc Villá, Yanilú Ojeda y, entre los más jóvenes, a Jonás Romero, entre
otros. ¿Cómo la ve usted desde el punto de vista de su trayectoria como
documentalista y como docente?
—Ninguno de los que ha mencionado fue alumno mío. Trabajé con Patricia
Ortega en un taller que dimos en Quito. Ella no fue alumna mía; creo que
soy alumno de ella, más bien. Uno aprende mucho de sus alumnos. Lo que
tienen los jóvenes ellos no lo saben, pero son sumamente talentosos y,
por su frescura, hacen que del enseñar se genere un aprendizaje. Admiro
el trabajo de Marc Villá pero no he visto los documentales de los
jóvenes que ha mencionado. Tal vez si tuviese que pedirle algo a los
jóvenes sería que se despegasen un poco, que tuviesen cuidado con su
papel de reproducir la realidad. La realidad es una lectura. Puede ser
simplemente eso: la lectura que hago de lo que me rodea. Y es necesario,
a veces, recordar que un documentalista debe conmover a su público, no
solamente informar. Esa sería mi mejor recomendación a la nueva
generación de documentalistas, de la cual constantemente aprendo y
recibo señales de complicidad.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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