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Héctor Gálvez y Carlos Cárdenas

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"Buscábamos alguna reacción de Abimael Guzmán o de los miembros del Comité Central frente a las víctimas, y lo que ocurrió es lo que se ve: indiferencia"
 

 

Lucanamarca, dirigido por Carlos Cárdenas y Héctor Gálvez, es otro de los documentales que compite en el festival Documenta 2009. Es una película peruana de TV Cultura sobre la masacre cometida por Sendero Luminoso en la población cuyo nombre da título al filme, ubicada en el departamento de Ayacucho, en Perú, el 3 de abril de 1983. Fueron asesinadas 69 personas, entre hombres, mujeres y niños. Se trata de uno de tantos episodios sangrientos de una guerra que duró 20 años, en la que las Fuerzas Armadas y los insurgentes cometieron crímenes horrendos, y que costó al país alrededor de 70.000 muertos, según cálculos de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación.

“Frente al uso de mesnadas y la acción militar reaccionaria respondimos contundentemente con una acción: Lucanamarca. Ni ellos ni nosotros la olvidamos, claro, porque ahí vieron una respuesta que no se imaginaron. Ahí fueron aniquilados más de 80, eso es lo real; y lo decimos, ahí hubo exceso, como se analizara en el año 1983, pero toda cosa en la vida tiene dos aspectos: nuestro problema era un golpe contundente para sofrenarlos, para hacerles comprender que la cosa no era tan fácil”, dijo Abimael Guzmán, el líder del grupo guerrillero, para justificar la masacre, en la entrevista que concedió en 1988 al periódico prosenderista El Diario. Sendero Luminoso había nombrado a los hermanos Nicanor, Olegario y Gilber Curitomay autoridades del pueblo en 1982, y se produjo una respuesta violenta de la gente a los abusos cometidos por los insurgentes, cuyo momento culminante fue la captura de Olegario Curitomay, el 22 de marzo de 1983. Lo golpearon con piedras y hachas y le prendieron fuego antes de matarlo de un disparo. Las palabras del llamado “presidente Gonzalo” dan a entender que la masacre se produjo como respuesta a la insurrección.

Vértigo conversó con Carlos Cárdenas sobre el filme, que es una contribución a que se conozca lo que le ocurrió a la población que con más intensidad padeció las consecuencias de la guerra: los campesinos que hablan quechua. La película también pudo mostrar a los victimarios, Abimael Guzmán y el Comité Central de Sendero Luminoso, captados durante el juicio que se les siguió por la masacre de Lucanamarca, entre varios otros casos. En el tribunal fueron confrontados, cara a cara, por algunas de las víctimas del crimen que ordenaron cometer.

 

—¿Cómo se dio el proyecto?

 

—Héctor Gálvez y yo veníamos buscando un caso de violaciones de derechos humanos relacionado con el tema de Sendero Luminoso en el campo, no en las ciudades. La Comisión de la Verdad nos dio la información de Lucanamarca, y nosotros optamos por empezar nuestra propia investigación en el pueblo. Hasta ese momento había muy poco conocimiento de casos de violencia en relación con Sendero Luminoso. Había varias denuncias de violaciones de derechos humanos por parte de las fuerzas del orden, militares o policiales, pero no se conocía mucho de la situación de Sendero. El caso de Lucanamarca fue emblemático porque fue la primera matanza masiva perpetrada por Sendero Luminoso contra la población civil.

 

—¿Por qué se acercaron a la Comisión de la Verdad?

 

—Teníamos un interés muy grande en conocer de cerca todo lo que había ocurrido en el país y que había sido muy poco estudiado. La Comisión de la Verdad nos ofrecía una gran oportunidad para el estudio histórico de esos 20 años de violencia y estar cerca de ella nos daba la oportunidad de tener de primera mano muchas fuentes de información sobre lo que había ocurrido en zonas alejadas y aisladas del país.

 

—¿Cómo lograron compenetrarse con el pueblo de Lucanamarca para hacer el documental, siendo un lugar donde ocurrieron cosas tan espantosas?

 

—Nosotros fuimos a Lucanamarca cerca de seis meses antes que la Comisión de la Verdad. Había mucha motivación de parte de la población porque sabían de la existencia de la comisión y querían que llegara para que estudiara el caso. Eso se había conversado con algunas organizaciones de derechos humanos. Entonces, había cierta apertura, y al mismo tiempo cierto temor. Cuando la comisión anunció que iba a hacer las exhumaciones de los restos de las víctimas de Lucanamarca, 20 años después de sucedidos los acontecimientos, generó una gran conmoción en la comunidad, y una disposición y apertura en relación con ese hecho. En ese momento nos dimos cuenta de que teníamos un gran material en las manos, porque podríamos ser testigos del proceso de exhumación y, junto con él, saldrían los recuerdos y se evocarían las emociones. Nos parecía un buen momento para acercarnos a una población que sufrió una matanza como esa y entrar en contacto muy estrecho con ella, y así sucedió.

 

—A partir de cuando empezaron las exhumaciones, las familias, que durante mucho tiempo habían guardado un silencio muy fuerte en relación con lo que había sucedido, nos abrieron sus casas, nos recibieron, y pudimos empezar a enterarnos de lo que había ocurrido, tanto en los días en que sucedió la matanza como de la vida posterior del pueblo, durante los 20 años siguientes, en los que vivieron una situación muy difícil por el enfrentamiento que tuvieron en ese momento. Estuvieron en un lado y en el otro todos, al mismo tiempo y en momentos diferentes. Las familias se enfrentaron entre sí, y eso trajo como consecuencia que se arrastrara a lo largo de muchos años una situación muy complicada de convivencia. Eso es parte de lo que se ha registrado en el documental.

 

—¿Tuvieron que manejar situaciones difíciles en las que ese pasado afloró cuando la gente estaba frente a la cámara?

 

—Uno de los personajes centrales del documental es Honorio Curitomay. No se le menciona con su nombre y apellido porque en general el tratamiento en el documental no es el de un reportaje periodístico directo, en el que están los nombres, testigos y tal sino que hay una serie de personas que empiezan a contar su historia. Él es el hermano del líder senderista asesinado en Lucanamarca y que dio origen a la respuesta de Sendero Luminoso contra la población. Él vivía, en el tiempo de la matanza, en Lima. Era un estudiante de colegio y no fue ni siquiera testigo de los acontecimientos. Era una persona inocente que tenía 18 o 20 años, me parece, y que se enteró varios meses después de que su familia había sido asesinada. Regresó a su pueblo y empezó una enorme dificultad para la convivencia. Formar familia fue muy difícil para él, al igual que ser aceptado por sus vecinos y reconstruir sus pertenencias, que habían sido repartidas entre la comunidad. Siempre fue denostado, señalado como senderista, como resto de terruco. Eso era lo que le decían a él porque lo acusaban de haber sido parte de una familia que había simpatizado con Sendero Luminoso.

 

—En un contexto en el que todos habían participado en el conflicto de una manera u otra, y la participación de los militares, la presión que ellos ejercieron hizo que unos se enfrentaran con otros y se acusaran mutuamente. Ese enfrentamiento familiar se mantuvo a lo largo de la vida de Honorio Curitomay y lo obligó en un determinado momento a abandonar el pueblo, cosa muy terrible para él porque pasó de ser miembro de una de las familias más acomodadas de la comunidad a ser un simple cargador de bultos en el mercado de la ciudad de Ayacucho. Ese es un drama tremendo y lo colocamos ahí porque es un símil de lo que ha ocurrido en todo el país: enfrentamientos a lo largo de muchos años y una gran dificultad para la convivencia y la reconciliación.

 

Trailer de Lucanamarca

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—¿Cree que la película hizo algún aporte en ese sentido a la gente de Lucanamarca?

 

—Nosotros la llevamos a Lucanamarca y, bueno, es un contexto muy difícil para saber el impacto, qué es lo que pueda suceder con la película. Sin embargo, un solo ejemplo puede traducir lo que implica en un nivel micro, personal, una película como esta: Honorio Curitomay nos dijo que, después de haberse proyectado la película, muchos vecinos, personas que habían convivido con él en Lucanamarca, se le acercaron a presentarle sus disculpas, a pedirle perdón y a ofrecerle su ayuda porque no sabían cuál había sido el drama personal que había vivido durante tantos años o, si lo sabían, no habían sido sensibles, y la película los ayudó a eso. Más allá de Lucanamarca, la película está despertando muchos debates en el país. La hemos presentado en varias ciudades y la acogida ha sido, inmediatamente, muy grande y, al mismo tiempo ha generado muchas preguntas, y eso era lo que nosotros buscábamos: que no dé respuestas ni soluciones sino que, más bien, abra interrogantes y genere debate. Eso es lo que tiene que hacerse para promover la recuperación de la memoria y, por último, tratar de dar pasos hacia una convivencia civilizada y pacífica entre los peruanos.

 

—¿Cómo se plantearon el tratamiento del juicio a Abimael Guzmán, tratándose de un personaje que se había convertido en una figura mediática?

 

—La inclusión de la parte del juicio en el documental fue un elemento fortuito. En 2006 se produjo la parte final del juicio a Abimael Guzmán, un gran juicio en el que habían acumulado una serie de casos, uno de los cuales era la matanza Lucanamarca, sobre la que había por lo menos una prueba palpable, a partir de una entrevista que había dado Guzmán a El Diario, un periódico de Sendero Luminoso, en la que reconoció que habían sido él y el Comité Central los que dieron la orden para la masacre de Lucanamarca. Entonces nos pareció muy importante incorporarlo.

 

—Hicimos todo lo posible para estar en el juicio. La prensa había sido negada. No había posibilidad de acercarse ni estar en el juicio por un escándalo que hubo el primer día, cuando los miembros del Comité Central de Sendero Luminoso prácticamente se apoderaron de las pantallas y de las primeras planas porque aparecían por primera vez en los medios enjuiciados. El tribunal negó entonces la posibilidad de que los medios de comunicación grabaran o tuvieran acceso al juicio. Sin embargo, nosotros presentamos nuestra solicitud al tribunal argumentando que no estábamos haciendo un reportaje periodístico sino un documental histórico, y se nos permitió estar presentes solamente en una sesión, con una cámara muy pequeña, colocados básicamente en dos lugares dentro del tribunal.

 

—Lo que nosotros buscábamos era alguna reacción de Abimael Guzmán o de los miembros del Comité Central frente a las víctimas de Lucanamarca que se iban a presentar en ese momento como testigos de los hechos, y lo que ocurrió es precisamente lo que se ve: indiferencia. Nunca hubo una mirada directa entre Abimael Guzmán y los acusados, que además sentían mucho temor por estar presentes frente a quienes habían producido una masacre tan horrorosa contra su propia población. Uno de ellos, el alcalde, Gualberto Tacas, casi murió atravesado por un proyectil. Felizmente lo pudieron salvar. Él fue al juicio sin poder reconocer quién de ellos era Guzmán y habló con mucho temor. Sin embargo, no hay ningún asomo de reacción de parte de los miembros del Comité Central, que en todo momento negaron en el juicio su participación en la matanza. Lo que nosotros buscábamos era el lado de las emociones, de los contactos visuales, y lo que encontramos fue, simplemente, un muro de silencio, y es lo que mostramos en la película.

 

—Senderos Luminoso ha sido un tema recurrente en el cine peruano. ¿Cómo percibe usted la manera como ha sido tratado?

 

—Cuando una sociedad como la peruana ha sufrido un período tan horroroso de violencia, tan extendido en el tiempo, por supuesto que los intelectuales, los artistas van a estar volviendo siempre a ese tema, para tratar de entenderlo. En el cine se ha producido bastante material, como también en pintura, en poesía, en canciones. Creo que el arte es una manera de procesar las heridas y de mitigar los horrores de una guerra interna. Los acercamientos son de diferentes puntos de vista. Se han producido películas de ficción cercanas a una versión oficial, a la perspectiva de las fuerzas armadas, como también ha habido, cómo no, películas con un corte de mayor simpatía por Sendero Luminoso, y hay, por supuesto, mucho material producido desde un punto de vista, no diría más objetivo, pero por lo menos diferente. Creo que esa aproximación, en el caso nuestro, ha sido así: un intento de leer la realidad, tratando de manipularla lo menos posible; sabiendo que eso no es una posibilidad real, que siempre uno pone su punto de vista, pero tratando de colocar frente a los espectadores un conjunto de elementos para que cada uno pueda procesarlos y sacar sus propias conclusiones.

 

—En películas como La boca del lobo, Sendero Luminoso es una caja negra, una presencia lejana e impenetrable. ¿Hay filmes que hayan logrado mostrarlo desde dentro?

 

—Lo que pasa es que en el momento en que se produjo La boca del lobo casi no se tenía, ni siquiera, fotos de Abimael Guzmán ni de los miembros de la cúpula de Sendero Luminoso. Era un rostro invisible. No había una imagen clara que mostrar, y ese desconocimiento se plasmó muy bien en la película. Sin embargo, sí ha habido intentos de mostrar desde dentro su funcionamiento. Hay un documental que muestra en la cárcel a todos los miembros de Sendero Luminoso, cómo se organizan en demostraciones que en este momento ya son públicas, en marchas con uniformados, banderas y una estructura militar muy marcada, y con ritos y cánticos muy similares a las imágenes de la revolución china de Mao. Ha habido ese tipo de aproximaciones pero, en general, el fenómeno de Sendero ha sido más estudiado en la literatura y en la investigación sociológica y política. Si bien se ha afrontado más el tema de la violencia en las artes, el estudio y la investigación de cómo se estructuraba Sendero Luminoso, y cómo funcionaba, es todavía un terreno muy grande para la investigación y para la búsqueda en las artes visuales.

 

—¿Cómo percibe el panorama actual de los documentales en Perú?

 

—Ahora mismo hay una muestra de documental peruano y es sorprendente el número de películas que se vienen produciendo. Hay una frondosa producción. Lamentablemente, no hay el circuito de exhibición necesario ni apoyo suficiente para que el documental peruano se desarrolle. Es cierto que ahora tenemos mejores condiciones y mejores presupuestos en los premios que Conacine otorga, pero sigue siendo poco. Hace no mucho se discutió una ley que debería promover el cine peruano en general. Sin embargo, ha quedado en suspenso, no se ha logrado avanzar y el cine peruano no goza del apoyo que hay en otros países de la propia región latinoamericana. Pero los productores, los realizadores están muy interesados y hay mucha producción independiente, casi sin recursos, como en el caso nuestro, que tuvimos invertir seis años en la producción de un documental que, en otras condiciones, pudo haberse realizado en la tercera parte de ese tiempo.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

 
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