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entrevista
"La comedia romántica es
inteligente. Los diálogos siempre son brillantes porque el amor lo
amerita"
Se
estrenó la primera película venezolana de 2010: Amorcito
corazón, escrita y dirigida por
Carmen Roa, con Elaiza Gil en el papel protagónico, Reinaldo José
Pérez, José Luis Useche, Norelys Rodríguez y Marialejandra Martín,
entre otros. Es un filme al que la directora llama una comedia
bolero, género que ella distingue de la comedia romántica por
razones que vale la pena preguntarle y que tienen que ver con el
tema del despecho. Otra singularidad es que la historia se
desarrolla en buena medida con el personaje principal sólo, en la
intimidad, cuando la enfermedad del amor no correspondido le lleva a
cometer locuras.
Amanda, la protagonista, es una
periodista que cree que tiene una relación sin mayores consecuencias
con su vecino, un hombre casado. Pero cuando el romance termina,
ella cae en un abismo sentimental del que siempre se supuso
protegida al evitar la confrontación con el amor. El despecho le
lleva, como a tantos, a inventarse una historia fantasiosa, que es
que el vecino no llegó a amarla porque nunca la conoció. Para
revelarle su corazón empieza a grabarle un video, que poco a poco se
va transformando en un diario íntimo que la lleva al conocimiento de
sus propias verdades. De la chica que filma la soledad de su
apartamento, queriéndole decir cuánta falta le hace a ese otro que
ella se imagina que la ama, se llega a una escena en primer plano
del rostro descompuesto, con turbios ríos de maquillaje arrastrados
por las lágrimas. Llega a descubrir la persona que es y que siempre
se ocultó para sí misma detrás de la máscara de la dureza.
Vértigo aprovechó la ocasión
del estreno de la película para conversar con Carmen Roa, que antes
de Amorcito corazón,
su ópera prima en el largometraje,
dirigió los cortos Auriga
(1996) y La cita
(2002), y ha trabajado en el análisis y asesoría de más de 70
guiones, en el Laboratorio Audiovisual del CNAC y como actividad
privada.
—La protagonista
de Amorcito corazón aprende a conocerse a sí
misma a través del despecho. ¿Ha cursado usted estudios en esa
escuela?
—Todos
los seres humanos nos enamoramos. Bueno, la mayoría, supongo yo. Al
menos alguna vez en la vida nos han dejado, o tú mismo has dejado a
alguien aunque ames, por circunstancias de la vida, y es el mismo
despecho que si te dejan, igualito. Por supuesto que he vivido el
despecho. Yo sé de lo que estoy hablando. No al punto de las locuras
que hace Amanda. Es ficción, y puedes darte el lujo de
extralimitarte en un montón de cosas. En despechos fuertes he pasado
horas llorando y horas bailando. Una vez iba en carrito por Caracas,
y lloraba, y lloraba y me decía, como siempre, para tratar de
racionalizar la cosa: “No te preocupes que todo pasa”. Pero lloraba
y lloraba. A mí me gusta mucho la salsa y soy buena bailarina, y
pasé una tarde completa bailando, como seis horas. Me puse un
Walkman, y a bailar y a bailar. No bolero; eso era en otro momento.
Para descargar fue salsa, salsa y salsa, y quedé agotada.
—Esas
son las cosas que te hace hacer el despecho, cuando sabes que ya no
puedes, que ya no hay nada. Eso es lo que exploré en Amorcito
corazón y también en Auriga. Siempre me ha interesado
explorar las ilusiones que genera el amor no correspondido, el amor
difícil, platónico. Las cosas que te hace vivir y te vuelve capaz de
hacer. A Amanda le lleva a hacer una serie de cosas, a Lolo otras, a
Reina otras, fuertes, casi comete un crimen... Pueden salir cosas
muy fuertes de esa premisa. No es que me lo proponga: termino
escribiendo siempre de lo mismo, con otras historias. Las del amor
correspondido son otro tipo de ilusiones.
—¿Ha
aprendido algo en esa escuela?
—He aprendido mucho
de mí misma. Por eso lo que manejo como premisa: tienes que
enfrentarte con tus miedos en el amor. El amor mueve profundos
miedos a todos los seres humanos, en mayor o menor grado. Yo hice un
master de escritura de guión cinematográfico en la Universidad
Autónoma de Barcelona, y me fui por la especialidad de análisis
porque tengo muchos años dando clases de guión. Tuve la suerte de
que lo que analizamos fue la comedia romántica. Es un tema que
conozco con propiedad porque estuve un año entero analizándolo,
estudiándolo. Uno de los autores que mejor lo trata es Michael Hauge.
Él dice que una comedia romántica va a estar siempre entre las 10
películas más taquilleras, y cuando un guionista novel se le acerca
a preguntarle cuál es el secreto de un éxito en Hollywood, él le
dice: “Comienza con una comedia romántica”. La comedia romántica es
barata, no necesitas efectos y te da la oportunidad explorar niveles
profundos de conflicto, de desarrollo, de crecimiento de la
personalidad en el personaje principal. Claro, en una buena comedia
romántica. Lo importante es la valentía emocional que
deben tener los personajes, y que es la que tiene el mío.
—Amanda
es un personaje de comedia romántica. La película se distancia en la
estructura, en un montón de cosas a conciencia, pero quería un
personaje típico de ese género. Son personajes que tienen mucho
miedo al amor y llevan una máscara. Eso es típico desde los años
treinta hasta los cuarenta. Todos tienen una impostura, no quieren
enfrentarse con algo de sí mismos que ocultan. En la comedia
romántica tradicional hay un proceso en el que el personaje se va
quitando la máscara hasta que tiene que enfrentarse con su miedo más
profundo y quitarse la máscara. Eso implica una gran valentía
emocional. Cuando lo terminas de aceptar, ganas el amor verdadero.
Me encanta el género pero no sé si podría hacer una comedia
romántica tradicional. El reto sería hacer una clásica, muy
inteligente, porque la comedia romántica es inteligente. Los
diálogos siempre son brillantes porque el amor lo amerita. Casi
siempre son irónicos. No son la cosa que te hace reír. Hay sonrisas,
aunque de vez en cuando haya una carcajada.
—El
mío es un género híbrido, con un gran componente dramático, porque
habla del despecho. Si hablas del despecho no puede ser sólo cómica,
y unos se ríen más, otros menos. El humor es una cosa muy
particular, no todo el mundo se ríe de las mismas cosas. Yo soy una
mujer dramática, pero no puedo evitar hacer cosas graciosas. Mi
segundo corto es tan dramático como que trata del amor de dos
enfermos de sida terminales que no se conocen, y la única
comunicación que tienen es a través de la pared de un hospital y es
a través de la tos. Sin embargo ahí, aunque es una cosa que habla de
la muerte y de la ilusión del amor, porque ese señor se enamora de
la tos de la vecina porque le permite no dormir por miedo a la
muerte, a morirse solo, puse una serenata que él le manda , una versión de “Acompáñame”. No puedo dejar, aunque sea
el drama más fuerte, de darle un toque de humor.
—Al
decir que
Amorcito corazón es una comedia
bolero, usted se distancia de la comedia romántica. ¿Por qué?
—Lo que tiene de
comedia romántica mi película es el personaje protagónico. Se lo das
a un gringo y lo puede poner con facilidad en otra película. La
estructura de la comedia romántica tradicional se basa en las
pruebas que sufre el amor de la pareja protagónica para que ellos
finalmente acepten el destino, que es estar juntos. En todas las
películas están peleando, están en polos opuestos y parece que jamás
van a poder quererse. El reto es que terminen aceptándolo, y que sea
verosímil para el público que esos personajes que están tan
enfrentados van a estar juntos. En mi película no hay pruebas al
amor correspondido. Las pruebas son para la protagonista, basadas en
lo que le mueve el amor no correspondido. No es la historia del amor
de una pareja. El amor es un medio. Lo importante es el
autoconocimiento que produce el amor en el personaje, su proceso
interior, su crecimiento. El amor hace que ella conoce de sí misma,
y es una al comienzo y otra al final. Eso la diferencia
completamente de la comedia romántica.
—Me
llamó mucho la atención que en la cabecera de la cama de Amanda hay
cadenas. ¿Por qué esa imagen tan siniestra?
—Yo
el arte lo tenía completamente pensado. Soy una tipa que trabajo con
guiones de hierro porque es mi especialidad el guión. No voy a
improvisar en el set como hacen otros directores. Como trabajo tanto
el guión, las veces que he querido cambiar algo en el rodaje me he
arrepentido. Pero eso es lo maravilloso del cine: yo no había
pensado en esa cadena. Fue una propuesta que modifiqué. Otra cosa es
que creo mucho en el trabajo del inconsciente y siempre me ha
respondido. Yo lo alimento y él me produce cosas que encajan
perfectamente, como si las hubiera yo cosido. Si le buscas la
metáfora, ella está encadenada... Es una metáfora que va muy bien
con el personaje. Es muy dura esa cadena pero es la contradicción
del personaje: te la das de dura afuera, pero mira el cuarto de
tonta que tienes, y con pijama de los Picapiedra y florecitas, y
afuera no quiere hacer el reportaje cursi del Día de los Enamorados.
—Usted
muestra a la protagonista en la intimidad, algo que no se ve mucho
en el cine. ¿Por qué le interesó eso?
—Siempre
insisto en que los personajes tienen una faceta íntima. En las
buenas películas siempre hay al menos una o dos buenas escenas en la
intimidad. Pero hasta ahí. Creo que como cincuenta por ciento de
Amorcito corazón es en la
intimidad. Puesto que lo produce despecho en ese personaje es
un sentimiento tan íntimo y tan profundo de amor no correspondido,
tenía que mostrarlo en soledad. Además, Amanda no tiene otro punto
de encuentro con el tipo sino el edificio. No trabajan en el mismo
sitio. Lo único que puede hacer ella es sufrir sola, y creer que,
cuando él la conozca, va a volver con ella. Inventarse ese cuento
que nos inventamos muchos. Siempre tuve consciencia de que eso era
un reto para mí en un largometraje. Es difícil mantener tantas
escenas del personaje solo, en su intimidad, donde no hay
parlamentos, no hay otro personaje. Tampoco puedes tenerlo todo el
tiempo hablando con el espejo, porque no es novela.
—¿Cómo
mantenía el interés en esos personajes? Tenía la fortuna de que,
como estaba en el género de la comedia, la tipa podía hacer cosas
completamente locas, llevada por el dolor y la desesperación. Quizás
el drama no lo iba a permitirlas, porque no sería verosímil. Lo que
a mí se me ocurriera, esa loca lo podía hacer. La cámara, la
necesidad de grabar un diario para otra persona, fue el medio
cinematográfico que conseguí para permitirme los monólogos del
personaje. Es un reportaje íntimo. Ella hizo dos reportajes para el
Día de los Enamorados: el reportaje íntimo y el otro.
—¿Hay
algo de Wong Kar Wai? Él se especializa en eso.
—Deseando
amar es mi película favorita.
No tiene nada que ver pero es de los autores que más revisé. Es uno
de los autores con los que más me identifico porque trata los mismos
temas que yo. Me gusta porque él explora los sentimientos que se
mueven en ti, en esa ilusión del amor, esos amores difíciles, ese
dolor del tipo y de la tipa, que están casados y viven en puertas
contiguas. Pero es una película más de dirección que de guión. El
guión es muy sencillo, no hay profundos conflictos evidentes. Es una
película estéticamente hermosa, y eso tiene un gran valor. Yo me
afinco mucho más en el guión.
—La
otra que me encanta es Isabel Coixet. Ella parte de una sensibilidad
muy parecida. No conozco su filmografía completa, pero tiene una
película que se llama A los que aman.
Yo podría haberle puesto ese título a una película mía. Son los
mismos temas. Me gusta mucho
La vida secreta
de las palabras.
Es la ilusión del amor. Tú te inventas cosas. Puede sacar de ti una
comedia o un tremendo drama, una tragedia. Ese tema es para mí muy
apasionante: qué nos inventamos, qué queremos creer los seres
humanos para no morirnos, para no secarnos. Suena cursi pero todos
necesitamos amor. Necesitamos amar y recibir amor de todo tipo. Como
dice el borracho: hasta de una palomita, una piedra...
—Una
referencia literaria en el filme es Carson McCullers. ¿Qué le atrae
de ella?
—Ella
trabaja los amores difíciles con personajes no muy normales.
La balada del café triste
tiene que ver mucho con mis personajes. Es una mujer aparentemente
dura, como las mías. Así era la de Auriga,
así es la de La cita,
que tiene una postura superdura, así es Amanda. Las tres se creen,
cada una a su manera, que las pueden todas con respecto al amor, y
tienen una máscara. En La balada del café triste,
que no leí para hacer la película porque preferí quedarme con los
recuerdos que tengo de Carson McCullers, hay una tipa como
marimacha, fuerte. Es la más dura del pueblo, se agarra a golpes con
los hombres y tiene un café en el sur de Estados Unidos. Nadie pudo
enamorarla hasta que llega al pueblo un enano, que es un estafador.
El tipo hace con ella lo que le da la gana. Es el misterio del amor:
¿por qué te enganchas con un tipo como ese? Es Reina con Lolo. Esa
mujer dura, grande, obesa, presidenta de la junta de condominio, y
ese ser mínimo, flaquito, con una vena hinchada, y ella queda
enganchada, fantasea sexualmente con él. Ese tipo de cosas me matan.
Ver que está ese muro, esa pared que tenemos los seres humanos, y
que solamente el amor, o la ilusión del amor, puede destruir esa
fortaleza. Quizás pueden explorarse más fácilmente en la literatura.
Pablo
Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve
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