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entrevista

 Cedinsky Mundorov (derecha) en el rodaje
de Celebración Caníbal
(foto: José Carlos Gómez

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"Apostamos por esos creadores que se la jugaron"
 

En el Festival del Cortometraje Nacional Manuel Trujillo Durán se estrenó Celebración caníbal (Voy a hablar de la esperanza), un filme escrito, producido, dirigido y montado por Cedinsky Mundorov, quien también hizo la dirección de arte. Es obra de un realizador que se identifica con uno de los heterónimos de Cedismundo Quintero, al igual que Zigmunt Cedinsky, y de un grupo, Teatros Automáticos, cuyo trabajo se caracteriza por el riesgo y la crítica del poder y el espectáculo. El director participó en los festivales de Oberhausen y Edimburgo con su cortometraje anterior, La guerra sin fin (I'm Very Happy), y entre los trabajos que ha realizado está un video hecho para ser exhibido en televisores colocados en vitrinas de tiendas de electrodomésticos que dan a la calle, así como un reciente perfomance titulado El asesinato de Malcolm X.

Celebración caníbal es una cinta grabada en video sin presupuesto, con un actor y una presencia femenina espectral, música de saxofón y maniquíes que hacen las veces de público de un declamador. Del exterior llega luz natural por enormes ventanas, provistas de postigos que se abren al comienzo y se cierran al final, y el inquietante estruendo de jets que pasan como aviones de guerra sin que se escuche bombardeo. La angustia está presente en los textos dichos por el actor, que tienen como complemento otros, en subtítulos. Son un collage de poetas, entre ellos César Vallejo y Alejandra Pizarnik. Está inspirada en un perfomance que se hizo en septiembre de 2005 con el grupo Teatros Automáticos, entre cuyos integrantes está Rafael Jiménez, el actor principal del corto.

Vértigo conversó con Cedinsky Mundorov y con el actor Jiménez sobre la película, uno de los escasos ejemplos de cine experimental entre los filmes que participaron en el festival de Maracaibo. El cineasta ha publicado también críticas en la revista, con la firma de Zigmunt Cedinsky.

En Celebración caníbal hay dos relaciones que usted ha venido trabajando: imagen-sonido, en La guerra sin fin (I'm Very Happy), por ejemplo, y cine-teatro, que son dos ámbitos en los que se desarrolla su trabajo. Quisiera que habláramos de esas relaciones.

Es un trabajo consciente desde La guerra sin fin que tiene que ver con la sociedad del espectáculo. Partí de investigar acerca de eso y de la relación del espectador con la realidad. Lo del teatro viene por lo del espectador. En esta película puedes ver un espectador focalizado, que está en una butaca de un auditorio, ironizando con la metáfora abierta de unos maniquíes. Tú, como espectador en una sala de cine, vas a verte reflejado, o no, en un plano frontal en el que estás viendo todo el auditorio frente a ti. Nunca estuvo la relación, pero me viene la imagen de Buñuel, de El discreto encanto de la burguesía. El perfomance coincidió con el montaje de sonido de La guerra sin fin. Teníamos todo el material en bruto de la reedición del sonido de Apocalypse Now y lo usamos a todo volumen con el saxofón de Pablo García, quien es el que hace la música del corto. El perfomance es muy parecido a la película, solamente que no están los maniquíes y hay tres personajes, que están uno detrás del público, uno entre el público y otro en el escenario. En este caso los hace el mismo actor, desdoblándose.

Está la relación del personaje con el espectador, ese vacío que a veces es el espectador, cuando no hay respuesta –interviene Rafael Jiménez–. Se trata de la soledad del actor, en este caso del que quiere expresar un pensamiento y dirigirlo. Uno necesita tener una respuesta.

Yo no me estoy planteando nada con el teatro –prosigue Mundorov–. Se trata de crear situaciones para que el espectador salga de esa separación. De alguna manera lo estás invadiendo, confrontando, subvirtiendo, haciéndole ver que está en una posición de pasividad.

Es tomar el espacio, el tiempo que nos toca vivir, este presente continuo –agrega Jiménez–. Yo vengo de una formación de teatro tradicional y vengo del teatro experimental. He experimentado miles de cosas, y después te das cuenta de que el teatro se queda corto. Se queda en la forma, en lo superficial, en el aplauso, en las luces. Estoy en contra del actor que, luego de que representa un personaje, sale a saludar al público, sonriente. Siempre critiqué que, luego de ver en una gran función la muerte, el tipo te diga: “Yo no creo en eso”. O si hace un planteamiento filosófico o político serio, después diga: “¡Te engañé!”.

Otro tema del filme es la relación entre el cine y la poesía. Aquí está utilizada tanto en la voz como en subtítulos. ¿Por qué ese doble manejo?

A mí no me gusta escribir mucho –dice Mundorov–. Me gusta más el trabajo del collage, de agarrar textos, recortarlos y cruzarlos. Hacer lo que manejaba Burroughs, el cut up. Desde niño me enseñaron a hacer collage y me he quedado pegado en eso. Como no pinto ni soy artista plástico, me gusta trabajar así desde hace tiempo. Eso por un lado. Por el otro, estos textos se escogieron porque son autores que a nosotros, como colectivo, nos interesan, nos gustan. Vemos que en cada uno de ellos la palabra es cuerpo, es teatral, no es solamente para leerla. Los textos de Pizarnik tienen relación con Artaud. Escribió ensayos sobre Artaud y hay algo que tiene que ver con el cuerpo. En el caso de Vallejo lo ves también porque siempre está el personaje de él presente, César Vallejo, que es como un Chaplin. Una foto conocidísima de Vallejo muestra un tipo con una expresión muy física, corporalmente muy fuerte, con el ceño fruncido, un puño en el mentón ejerciendo una presión. Hay muchos otros textos de Calzadilla que me gustan pero son muy literarios. En los que tomamos vimos el elemento teatral: el cuerpo de un personaje que él creó en los años sesenta, que es un indigente, al que asociamos con un vampiro inspirado a su vez, o tomado literalmente, como homenaje a Klaus Kinski.

Es uno de nuestros actores fetiche –interviene Jiménez–. En el trabajo de mesa siempre estuvo presente Antonin Artaud, por eso que plantea del teatro y su doble. Y siempre venía Kinski también. Apostamos por esos creadores que se la jugaron. Si los invoco, también tengo que arriesgar, porque si no los estaría traicionando. Siempre he vivido en ese riesgo, y todos en Teatros Automáticos hemos apostado por eso. Lo sientes en la película: no hacemos concesiones estéticas, no es complaciente.

¿Por qué los subtítulos?

Siempre me han gustado los subtítulos, y en Venezuela y en toda Latinoamérica tenemos la costumbre de ver películas subtituladas. Los de la introducción y el final corresponden al personaje de la mujer, que la puedes interpretar como una sonámbula, una aparecida, la muerte, o la esperanza o Alejandra Pizarnik. Al ponerle los subtítulos, sin voz en off, creo una voz interior en cada espectador, íntima. La voz en off, así esté en otro idioma, es la voz de alguien. En las cuatro secuencias en las que aparecen unos maniquíes con subtítulos, los podrías interpretar como si fueran la voz de los maniquíes o una voz externa. Busqué que generara una angustia, porque representa el poder, un poder absoluto sobre una situación de destrucción. Esa intimidad con el espectador y esa voz podrían crear esa angustia. Como esta es una película que no es de terror, sino de horror, nos fuimos por ahí.

¿Por qué el trabajo no budget? ¿Porque no hay otra opción?

¿Cuál es la situación de la película? Hay un teatro solo y en el exterior lo que estás escuchando es una situación de jets que pasan. No escuchas bombardeos pero hay una constante tensión. Los maniquíes están despedazados y hay un mismo actor que hace tres personajes, con una chica. Es como decir: “Estamos en este caos y vamos a seguir con nuestro trabajo”. En este caso el no budget fue porque teníamos un presupuesto para hacer el corto, no se dio, se acabó el presupuesto en la preproducción, nos acordamos de ese perfomance que hicimos y preparamos una versión para cine, sin nada de dinero. Tal vez tuvimos 100.000 bolívares de los viejos para las primeras cervezas, y luego se acabó. Se hizo con una cámara Panasonic 100A, unas cintas que nos regalaron, y el apoyo de la Biblioteca Simón Rodríguez.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve



 


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