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Rodaje de Joligud Niú, homenaje a Joligud

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Cine zuliano: el niño
que nunca duerme

 

El cine zuliano es un niño que revolotea por la pantalla grande. Está lleno de deseos y sueños, juega constantemente y experimenta sin temor a equivocarse, tiene “dientes de leche” como decían nuestras abuelas y aún le quedan por delante muchas lecciones para poder erguirse en madurez. Sin embargo es ésta niñez lo que lo hace interesante, rebelde, capaz de romper esquemas para construir su identidad y deshacerse de los errores de la “vieja” guardia –“vieja” en sentido metafórico pues si el cine zuliano es un niño, el venezolano en general es un adolescente–.

Para poder comprender su espíritu, hay que conocerlo desde su nacimiento y no me refiero a la conocida hazaña de Manuel Trujillo Durán con su primera proyección de Muchachos bañándose en el lago en el Teatro Baralt, tan reseñada en los libros de historia del cine venezolano, hito que marca la celebración del día del cine en nuestro país todos los 28 de enero. Hablo del momento en que se generó un movimiento motor de obras cinematográficas en la ciudad de Maracaibo que hizo posible la visibilidad de nuestro cine ante el resto del país y del mundo.

Nuestro niño, nuestro cine zuliano, ha estado conectado con el ámbito universitario desde siempre. Los estudiantes y los profesores de la escuela de Comunicación Social de La Universidad del Zulia en los años ochenta fueron los precursores de un primer movimiento explosivo de obras cinematográficas. Gracias a la creación del Departamento de Cine se lograron realizar 22 cortometrajes en formato 16 mm generando un revuelo en la capital zuliana. Comunidades, empresas públicas y privadas se unieron en la odisea de hacer cine, los estudiantes y sus profesores lograron seducir a inversionistas para lograr apoyo logístico, la gente se animó a aportar recursos para la producción de estos cortometrajes, que lograron ganar premios nacionales e internacionales. Fue esta iniciativa del profesor Ricardo Ball la que hizo posible ese primer despertar de realizadores enloquecidos dispuestos a conquistar las pantallas de los festivales y así lo lograron. Por primera vez se escuchaba hablar de directores y obras zulianas como los cortometrajes Liz y Pirata de Augusto Pradelli, o La otra muerte y Piragua del Sur de Ricardo Ball.

Este palpitar cinematográfico se convirtió en una avalancha imparable que nos hizo creernos capaces de cumplir nuestras metas. A pesar de que en el Zulia no habitaban los directores más destacados ni los técnicos más hábiles del cine venezolano de la época, a pesar de que la experiencia era poca, el batallón sediento de cinematografía se aventuró hacia la realización de un largometraje de ficción, Joligud, basado en las crónicas del historiador Rutilio Ortega sobre el barrio El Saladillo, el cual fue dirigido por Augusto Pradelli seguido de un equipo nativo del Zulia que se unió ad honorem para enfrentar esta batalla fotosensible que logró la victoria en los cines regionales, donde por primera vez la gente hacía largas hileras para disfrutar del film, el cual estuvo tres meses en las carteleras de los cines Costa Verde y Metro (ya desaparecidos), logrando recuperar su inversión en la primera semana en cartelera. Joligud fue un grito de protesta contra el centralismo que derrumbó al Saladillo, es una obra impregnada por una zulianidad plena y popular, descarada, irónica, pícara, sin escrúpulos ni tabúes, por ello provocó escozor en los espectadores y críticos de la capital, quienes la sepultaron históricamente, pues su nombre no perfila entre el listado de filmes venezolanos clásicos manejados por la Cinemateca Nacional en su archivo fílmico. Sin embargo, Joligud ya con 20 años de estrenada, no sólo es el primer y único largometraje que hasta ahora ha sido realizado por nosotros los zulianos, sino que representa el clamor del patrimonio de nuestro pueblo y de nuestra historia.

A pesar de los logros la avalancha se detuvo. El departamento de cine se fue desdibujando por la dejadez y la falta de continuidad. El grupo se dispersó y por varios años el cine zuliano, nuestro niño, quedó sumergido en el silencio hasta finales de los noventa cuando gracias a iniciativas como las de Fundacine (Fundación para el desarrollo cinematográfico regional) un nuevo grupo de rebeldes y soñadores se unió para organizar talleres de formación liderados por los que en aquel entonces fueron estudiantes y por cineastas reconocidos del país. Así una nueva jauría atrevida comenzó una vez más a unirse, a conspirar a favor de las historias y de las imágenes en movimiento. De esta forma se fue conformando la que hoy es la generación líder de la cinematografía zuliana: cortometrajistas y documentalistas que lograron romper el muro de la inactividad para alcanzar financiamientos para sus obras, que se alzaron con premios nacionales e internacionales, promocionando no sólo al Zulia sino también a Venezuela, que lograron consolidar el rostro de el audiovisual zuliano naciente como un hecho imparable, innegable, reconocible en su discurso y sus historias.

Nuestro niño, gracias al apoyo del CNAC, de la Cinemateca Nacional y de las instituciones públicas regionales, ha dejado de pertenecerle sólo a Maracaibo. Realizadores indígenas y de otras poblaciones zulianas se han sumado a la creación cinematográfica pluricultural que ha abierto el horizonte a las voces antes silenciadas, el cine zuliano mestizo, híbrido de lago, frontera y sol, hoy por hoy teje un camino diverso donde el silencio ya no es posible, donde la continuidad está asegurada.

El niño corre ahora en búsqueda de la consolidación de fondos regionales que le garanticen aumentar su producción, conquistar la descentralización a favor del desarrollo de las creaciones zulianas. El niño pedalea en su bicicleta para alcanzar su propia forma de ver, sentir y hacer cine, por derrocar los obstáculos logísticos y financieros que lo amenazan, por alcanzar las alternativas de formación que se merece para garantizar el nacimiento constante de nuevas generaciones que superen los errores, que sigan experimentando y manteniendo vivo el latido de la búsqueda creativa. El niño lucha por consolidar un movimiento que le permita tener voz y voto en las decisiones políticas que afectan su desarrollo. Sobre todo, nuestro niño quiere vencer a quienes lo subestiman y que aún no lo creen capaz de marcar diferencia en la cinematografía nacional.

El cine zuliano es un niño que nunca duerme, patalea incansable pues sabe que no puede detenerse, su lucha es permanente y su sueño es infinito, ya nadie podrá decirle “no” ante sus necesidades, ante sus ganas de abrirse y de transformarse. Ya no le importa equivocarse, se lanza ante cualquier oportunidad y la convierte en una hazaña. Gritará “¡Qué molleja!” y “¡Vergación” las veces que sean necesarias, hablará en wayuunaiki en Yukpa o Barí cuando le de la gana, será orgulloso de su imaginario, de las aguas de su lago, del calor de su tierra, de la piel oscura de sus negros, del baile de San Benito, de sus colores, de sus pecados y virtudes, de su sexualidad y sus delirios, del voceo de su gente y las lanzará en la pantalla para que se hagan infinitas, para que naveguen más allá de lo tangible y ya nadie pueda negarlas ni subestimarlas. Nosotros, la actual generación zuliana, no sólo somos realizadores, somos promotores y multiplicadores, actores activos en la construcción de nuestra cinematografía. Nosotros, los zulianos, estamos dispuestos a dejar de ser fondo para convertirnos en protagonistas, autores y líderes de nuestras propias historias: el niño promete largometrajes, plataformas de producción autóctonas, la superación de sus conflictos internos en función de su desarrollo, pero sobre todo, nuestro niño, juguetón, incansable, hiperactivo y rebelde, jura no envejecer, nunca más se sumergirá en el silencio, despertó una vez más para seguir gritando, para seguir cantando en cada obra, en cada historia que nazca en el seno de su tierra.


Patricia Ortega



 


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