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entrevista
"A lo mejor
Des-autorizados inspira a otra gente a que haga y diga las cosas
que quiere, y reflexione sobre eso"
Des-autorizados, el tercer
largometraje de Elia Schneider, se estrena el 26 de marzo. Es una
película diferente de Huelepega
(1999) y de Punto y raya
(2004). No es un filme evidentemente inspirado por una problemática
social sino una película de arte y que reflexiona sobre el arte, en
la que lo social persiste en ácidas críticas a la condición del
artista en el mercado y en una sociedad como la venezolana.
En Des-autorizados
la cineasta se desdobla en un
personaje que es Elia Schneider escritora. Ella a su vez crea un
personaje escritor que se desdobla en otro personaje. Elías es el
autor de Amantes sin destino,
cuyos protagonistas se rebelan contra su creador, y él a su vez
intenta ser un rebelde en las circunstancias que le obligan a
escribir por dinero. Erich Wildpret y Samantha Dagnino interpretan
los papeles principales. El guión, basado en una idea de Schneider,
es de Rosa Clemente, escritora de A mí me gusta
de Ralph Kinnard (2008), y el narrador uruguayo Fernando Butazzoni,
guionista de Un lugar lejano
de José Ramón Novoa (2009). Novoa
es el productor de Des-autorizados
y esposo de la directora. En la familia hay otro cineasta: el hijo,
Joel Novoa, que es asistente de dirección en este filme de su madre.
La música es de Osvaldo Montes, compositor de El lado
oscuro del corazón de Eliseo
Subiela (1992), Tango feroz: la leyenda de tanguito
de Marcelo Piñeyro (1993) y
Un lugar lejano, entre otros
filmes. La fotografía es de Oscar Pérez.
Vértigo conversó sobre
Des-autorizados con Elia
Schneider, cuya actividad creativa se ha desarrollado paralelamente
en el cine y en el teatro. En el segundo caso con obras como
Rooms, Blumfeld
y Gaz que han sido
montadas en el teatro La Mama, en Nueva York. El suyo es un teatro
de inspiración kafkiana, marcado también por la música y artistas
como René Magritte, George Tooker y Chen Zen. Por Punto y
raya ganó el premio del jurado
en el Festival de Cine Latino de Los Ángeles, entre varias otras
distinciones, y con Huelepega llamó
la atención en el cine venezolano sobre el problema de los niños de
la calle. Esa película es la continuadora del cine social sobre los
delincuentes de los barios de los setenta, con personajes a los que
la miseria ha expulsado incluso de ese lugar y viven bajo los
puentes.
—¿Por qué el
cambio del cine social de Huelepega
y Punto y raya
al cine de arte de
Des-autorizados?
—No
hay ningún cambio. Yo vengo del teatro, desde antes de hacer
Huelepega, desde 1980, vengo
haciendo un teatro en el que trato muchos de los temas de la
película. El hecho de que me interesen los temas sociales donde hay
exclusión e intolerancia, que me siguen interesando, no quiere decir
que no haya tenido toda una vida paralela a eso.
Des-autorizados
es como extender mi teatro hacia el cine. Esa es la idea de esta
película.
—¿Por
qué empezó por el cine social?
—Yo
empecé haciendo una versión de Un enemigo del pueblo.
Esa iba a ser mi primera obra en el cine. Pero en la mitad de una
conversación con la guionista, cuando íbamos por la avenida Andrés
Bello de Caracas, había unos policías casi matando a unos niños de
la calle. Paré el carro y me bajé a ver de qué se trataba. Me
dijeron que esos niños habían robado unos cachitos en una panadería,
y los estaban maltratando, estaban sangrando. Regresé al carro y me
quedé como en blanco. ¿Iba a escribir sobre El enemigo del
pueblo, que era una
continuación del teatro, aunque no estaba para nada descartado que
fuera como tema social? En ese momento me dije que en Venezuela
hacía falta un cine mucho más urgente y que no podía estar ciega
frente a lo que estaba sucediendo. Llamé a la guionista y le dije
que estaba descartado, que no íbamos a seguir escribiendo
Un enemigo del pueblo porque
iba a escribir sobre los niños de la calle. Entonces llamé a Néstor
Caballero y empezamos con Huelepega.
Duró cinco años llevarla a cabo porque fue un proyecto censurado. La
filmación de esa película no fue normal. Fue con la policía en medio
y ese tipo de cosas. Esa fue la razón de mi cambio.
—Después
hice Punto y raya,
que sigue tocando el tema social pero de una forma muy distinta. Esa
es una de las cosas que me interesó cuando leí el guión de Henry
Herrera. Me encanta cuando pueden mezclarse los géneros, cuando el
drama va hacia la comedia, y el tema era la guerra, o más bien la
amistad en medio de esa tierra sin ley. Eso me permitió abordarlo
con una gran facilidad. Sin embargo, había otro proyecto, que era
también del teatro, aunque ya había dejado lo de Un
enemigo del pueblo, que también
tenía que ver con el teatro, que era Rooms.
En ese momento me pregunté si hacía Rooms
o Punto y raya.
La pregunta que me hago a mí misma sería: ¿y qué pasa ahora? Porque
ahora sigue siendo importante el cine urgente. Para el tercer
proyecto, que es Des-autorizados,
me dije que evidentemente hace falta un cine urgente, aleccionador,
etcétera, y no creo que haya que dejar de hacerlo, pero no puedo
seguir postergando algo que es tan importante para mí. ¿Para cuándo
lo voy a dejar? Tiene que ver con temas profundamente universales,
humanos, de los que he sido parte desde que empecé en esto.
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—Creo
que hay un referente cinematográfico bastante claro en
Des-autorizados,
que es 8 ½.
¿Qué otras películas fueron su inspiración?
—La
referencia que tengo es mi teatro. Tengo un trabajo teatral muy
particular. No hago obras con texto; tienen acción y, a lo mejor,
algunos momentos de texto. Son muy visuales. Casi todas están
basadas en Kafka. Esa es una referencia importantísima para mí.
La referencia en el cine es el personaje de Josef K. en
El proceso
de Orson
Welles. En mis obras el espacio es muy importante, y eso está
también en la película. Una atmósfera en la que se valoran las cosas
y hay que darles aire alrededor: una silla, una reja, las personas
que no hacen cosas, que no dicen cosas, que no pueden y les está
prohibido hablar. También está la influencia biográfica, personal.
Por ejemplo, ser hija de sobrevivientes del Holocausto, tener padres
que fueron como el ave Fénix, que estaban casi muertos y
resucitaron. El tema de conversación en mi casa normalmente era la
guerra. Hay amigos de mis padres que son lisiados, que no tienen
piernas o que salvaron su vida. El hecho de tener varios idiomas: en
mi casa se hablaba rumano, alemán, hebreo... Esas cosas me marcaron
desde muy pequeña. A eso se unió la relación con el Caribe, y hace
que las obras que escribo y que dirijo sean esas. Ahora acabo de
dirigir Emigrantes.
Son temas que vuelven. ¿Por qué no tomo otros? A mí me agarran los
temas.
—Sigo
mi intuición, y no necesariamente un referente.
8 ½
fue importante para lanzarme. ¿Por qué no, si la gente lo hace? En
ese caso sí hay una referencia, en que las cosas no tienen que ser
siempre de una manera. ¿Por qué una persona tiene que ir al cine una
sola vez y no varias veces? ¿Por qué tiene que ir a una obra y
sentarse a que todo se lo den? La gente puede trabajar como
espectadora, y hacer que sus músculos trabajen y se relacione con lo
que está viendo. A mí me gusta, cuando voy al cine, que me hagan
trabajar. Irreversible
me gustó mucho, y sin embargo la gente se salía de la sala. Me
gustan películas como
Corre, Lola, corre.
Eso no quiere decir que no me interese
The Remains of the Day.
Ruth Prawer Jhabvala es una de las adaptadoras más interesantes que
he visto. Me encanta su cine, todo lo que ella hace. Pero me
interesa también lo otro: que me hagan trabajar, pensar, esas cosas.
No me interesa el cine de Schwarzenegger porque simplemente sé lo
que va a llegar. La historia de
Avatar
me pareció tan estereotipada, y tan común y tan
nada... Lo único que hay allí es realmente es el 3D.
—Hay
una tendencia: “Las cosas son así, y como son así, hay que verlas
así”. Llega un momento en el que no ves nada, porque pasas al lado
de las cosas y ves lo que quieres ver, no lo que es. Eso nubla mucho
la vista, y a lo mejor hace que la gente solamente haga un tipo de
cine. ¿Por qué tienen que ser las películas para mucha gente? ¿Por
qué tiene que ser siempre lo mismo? ¿Por qué si una persona quiere
hablar de un tema no puede hacerlo? Son cosas que uno debe
preguntarse. Creo que nuestro cine está obteniendo un color y unas
características muy superficiales. No profundizamos en los temas,
los personajes simplemente asoman determinadas características
precisamente para eso, para ver si la gente va a ver las películas.
Se utiliza una gran cantidad de referentes y se los mete en la
película para enganchar al público, y no hay realmente una reflexión
importante. No nos leemos a nosotros mismos, y cada vez se hacen más
películas, y hay menos reflexión en ellas y tienen una limitadísima
calidad. Ni siquiera vamos a los festivales internacionales. Cada
vez tenemos menos presencia en ellos. A lo mejor Des-autorizados
inspira a otra gente a que haga y diga las cosas que quiere, y
reflexione sobre lo que está haciendo. El cine tiene que ser libre.
No es solamente para tener 500.000 espectadores.
—Usted
dice que sus obras no son de texto, y en sus películas no ha sido
guionista. Sin embargo, en esta película se desdobla en un
escritor...
—El
trabajo que hicieron Rosa Clemente, y sobre todo Fernando Butazzoni,
está presente en toda la película. Fue cómo leer a Elia; cómo hacían
para leer lo que Elia quería decir. Eso lo decidió Fernando. Él me
decía: “Elia, sí tú estás ahí, y todos tus personajes están ahí, es
absurdo que no estés tú, como tú te imaginas, en la película”. Esa
fue un poco la realidad: no estoy yo; estoy como imagino que estoy.
La historia no es sobre Elías. Es sobre Elia que se imagina cómo
Elia es, y está a la vez imaginando la historia de Elías. Pero el
guión que ellos escribieron es distinto de cómo monté la película.
Hubo varios procesos: primero un guión, y siempre les dije
claramente que lo iba a usar como una guía, sin hacer necesariamente
todo lo que decía. Empecé a entender que, por ejemplo, cuando decía
“Elías escribe en su escritorio”, no iba a usar un escritorio. Ahí
empezó a pegar el teatro. Podía darme el lujo de poner a Elías como
quisiera porque era yo la que lo estaba imaginando. No lo puse en un
apartamento. Lo puse en un monasterio que yo, además, visitaba
cuando era pequeña. Está en El Calvario. Yo subía esas escaleras.
Elías en un monasterio era más interesante que en un apartamento,
que era lo que decía el guión. A Raquel la imaginaba toda jet set, y
dónde es el lugar de la ciudad para eso: el teleférico. Me encantaba
ir al teleférico y, además de eso, me parece que el lugar es
perfecto para imaginar, como era yo la que la estaba imaginando, a
Raquel ahí. Así fui recorriendo la ciudad, y tuve problemas con el
equipo de producción. Decían: “Aquí dice un apartamento, Elia, y eso
es muy caro, no lo podemos filmar”. Fui como convenciéndolos de que
contáramos la historia en toda esta ciudad. Esa fue la idea.
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—Los
lugares son importantes en su cine, y uno de ellos es el botadero de
basura, que aparece en Huelepega y en Des-autorizados.
¿Qué seducción ejerce sobre usted ese lugar tan insólito?
—No
tiene nada que ver con lo social. Para mí el basurero es una imagen
apocalíptica, más bien de la guerra, de la intolerancia, del
desecho, de muchas cosas que uno puede ver sino ahí. Es lo último,
lo que nosotros no vemos, que está tapado. Si uno quiere ver el
mundo, puede ir a un basurero, si quiere ver cómo se comportan los
seres humanos. No por lo social sino por lo humano. Cuando estás
allí pierdes completamente la dimensión de lo social. Se convierte
en una especie de paraíso humano. Eso siempre ha sido una atracción
que he tenido. Lo tengo también en Rooms.
—En
la película, el personaje que es usted se desdobla en un escritor.
¿Por qué, siendo una realizadora, ha preferido hacer películas de
guerra y con personajes masculinos, y no aquel que algunos llamarían
“cine femenino”?
—Nunca
lo vi como un cine masculino o femenino. Lo que me interesaba era el
tema. Nunca pensé en hacer una película para desafiar lo que hacen
las mujeres ni lo que hacen los hombres. Una vez me preguntaron eso,
creo que fue en Variety, y yo le respondí: “¿Usted cree que
me haría la misma pregunta si yo fuera un hombre?” Es normal que un
hombre dirija una película sobre la guerra pero no que lo haga una
mujer. Si soy mujer y necesito 15 camiones de guerra para poder
hacer una escena, me mandan 2 nada más. Eso lo viví cuando hice
Punto y raya. Al principio tenía un poder de decisión muy
limitado sobre el equipo. Tenía al ejército trabajando bajo mi mando
pero la persona que estaba con nosotros, que era el que se encargaba
de la tropa, me decía: “Tú tienes que decirme a mí, y yo doy las
órdenes”. Empezamos haciéndolo así, y no resultaba como yo quería.
Tenía que tocar directamente a cada uno para poder explicarle.
Entonces me dio la autorización, luz verde para hacer lo que quería.
—En
una película social, cierta verosimilitud establece el límite de lo
posible y es la base de comunicación con el espectador. ¿Qué
mantiene ese vínculo en un filme como Des-autorizados?
—Hay
que darle algunos puntos de conexión para que se puedan enganchar.
No necesariamente hacer una película naturalista, donde tú estás
sentado y todo lo recibes. La película tampoco puede quedarse
simplemente en el ombligo de las personas. Ese no era el caso. La
imagen, algunos personajes que son cartoonescos, hacen que tú te
preguntes: “¿Qué quiso decir?”, “¿por qué puso eso?”. A lo mejor el
público no las tiene claras cuando sale. No importa. A lo mejor la
vuelven a ver. Nadie dijo que las películas había que verlas una
sola vez. Desde ese punto de vista hay un límite, que es donde tú
pierdes la conexión con el público. Puedes escuchar lo que dice el
público pero hay un momento en que te desconectas y la obra
artística se vuelve más bien producto del ego, no de transmisión ni
de expresión, de cosas que quieres decir. Yo no entiendo mucho a
Kiarostami, por ejemplo. No puedo entender cómo no se da cuenta de
que en una sala cuatro espectadores entran a ver la película, y
queda uno solo y otro durmiendo. Ahí perdiste completamente la
conexión. Kiarostami me parece el ejemplo más importante de la época
de obra totalmente imbuida en el ego. Yo en ningún momento quiero
desconectarme de la gente. Mi meta es mantenerme conectada. Para eso
hago las películas y las obras de teatro. No es una película
abierta. Tiene una cosa extraña. Pero eso a la gente le llama la
atención, y quiere seguir viendo.
—Hay
otra experiencia muy extraña en la película, que es la de la
rebeldía de los personajes....
—Cuando
escribes, hay momentos en los que creas los personajes, y ellos se
vuelven a veces tan verdaderos para ti que muchas veces van
dirigiendo tu pluma. Hay cosas que tú quieres que hagan, y las
hacen; pero otras veces terminan ellos dirigiéndote a ti, se te
rebelan. A veces son tan vitales y tan cercanos a ti que te dicen
chao, y los tienes que llevar a donde ellos van. Quería hablar sobre
eso en la película. No tanto hacerlo sino decir lo que a mí me ha
pasado, y a Fernando también. Creo que una de las razones por las
que reflexiono sobre ese tema es porque me pega. Tú te la pasas
viviendo con personajes, o si no te los inventas. Estás en un café,
ves una pareja y ya les inventaste toda una vida. Es una constante
en la vida, sobre todo cuando trabajas en esto.
—¿Cómo
se trabajan personajes como los de Des-autorizados, donde no
hay referentes como un soldado de la vida real?
—Había
la posibilidad de hacer ese cartoon lleno de gestos, como lo trabaja
Jeunet en Delicatessen.
Pero no me interesaba porque perdía totalmente la conexión con la
realidad. Todos los actores están trabajados hacia lo neutro, muy
para que te conectes y relaciones eso con la parte neutra de la
realidad. Por eso no los ves haciendo grandes gestos. Es como cuando
haces Brecht: tienes que convencer al actor de que no hay una
conexión directa con el contexto del personaje sino más bien un
punto de vista que el actor adopta sobre el personaje para poder
expresarlo. Yo monté La
boda de los pequeños burgueses,
Un hombre es un
hombre...
Hice ese trabajo en la universidad muchos años y Brecht es uno de
los autores que conozco muy de cerca. Eso me ayuda mucho porque
sabía cómo explicarle al actor que no se trataba de vivir las
circunstancias del personaje sino de estar metido en un papel y que,
dentro de ese papel, tenía que tener esa estética neutra. No es
sencillo convencer a los actores de que circulen en eso, porque
entonces tienden a expresarse de forma gestual, artificiosa, y no
era lo que yo quería. Con Erich Wildpret hablamos muchísimo de eso y
lo entendió rápidamente, igual que Juan Carlos Alarcón y Dad Dager.
Toda la gente que está en la película es gente con la que he
trabajado. Nunca podría haber hecho la película si hubiera hecho un
casting.
—Además,
en esta película no sabíamos con qué nos íbamos a encontrar. Era
como el jazz: sabíamos que íbamos de acá a allá, pero no qué había
en el medio, y lo íbamos descubriendo en los ensayos y después en la
película. Muchas de las escenas se filmaron así. El violinista ni
siquiera aparecía en el guión. Fue una idea que se trabajó igual que
como se trabaja con la inmediatez en el teatro, que después llevamos
al cine. Teníamos la idea de la escena pero el día del rodaje se
improvisó y Oscar Pérez, con la cámara, iba buscando lo que veía.
Era un poco lo que iba pasando en ese momento.
—En
la película se plantea una relación bastante ácida entre el
personaje que adquiere las obras del escritor y su otro negocio, que
es la importación de prótesis. ¿Hacia qué va dirigida la crítica?
—Si
lo quieres ver desde el punto de vista de la crítica, toda la
película tiene una crítica muy grande. Simbólicamente habla de las
cadenas que tienen los artistas frente a la sociedad. Eso pasa en la
televisión: los escritores van, escriben, se lo dan a los directivos
del canal y ellos dicen: “Yo necesito meter los productos”. Son los
Bruno Damata: “Búscame la miss y no el actor”. Eso hace que muchas
veces que las obras sean reflejo del encadenamiento que tenemos. Ves
cualquier novela en la televisión venezolana y no hay una que puedas
ver. Por lo menos yo no las veo. Son demasiado malas. No puedo ni
siquiera engancharme. Eso ha hecho una estética. Tengo alumnos en mi
taller que piensan de esa forma, porque han visto desde chiquiticos
las novelas. Sería muy inteligente tener una especie de Andy Warhol
que pudiera agarrar la telenovela, porque ese es nuestro arte.
Nuestro arte es la mala telenovela.
—En
el caso de la importación de prótesis, puede ser cualquiera, porque
cualquiera paga los avisos en la televisión, si tiene plata. Tiene
que ver mucho con eso, pero también con que para mí, personalmente,
las personas que no tienen miembros son un referente importante de
la guerra. En la historia está puesto de otra forma, pero a mí me
llama la atención toda esa parte kafkiana: “Por qué te quitaron el
miembro?” “Porque estuve en una guerra”. O acá: “¿Por qué te falta
una pierna?” “Porque me pegaron cuatro tiros”. Si empiezas a ver el
porqué, te das cuenta de que en todo eso hay una base de
intolerancia y de relaciones humanas destrozadas.
Pablo
Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve
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