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entrevistas

Eliézer Arias (derecha) y Jesús Odremán
en el montaje
de Nuestra Historia está en la tierra
(foto: efpeum.blogspot.com)

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"Los indígenas siguen marginados porque
no les han dado las tierras
que les ofrecieron"

 

 

—¿Cómo surgió el proyecto de Nuestra historia está en la tierra?

 

—Mi formación es académica. Soy antropólogo y trabajo en el IVIC. Cuando entré ahí, como investigador, traté de crear una línea de antropología visual. Con Manuela Blanco, que también es antropóloga, empezamos a hacer algo referido a investigaciones en el páramo, en Mérida. Hicimos pequeños documentales, muy artesanales, sobre el caso del suicidio en zonas rurales, que es el tema del documental que ahora vamos a tratar de hacer. El otro tenía que ver con inmigrantes colombianos. En 2006 me vino una propuesta sobre la Ley de Tierras, pero el proyecto me pareció muy “¡qué buena es la Ley de Tierras!”. Propuse hacer un documental sobre el significado de las tierras colectivas en Venezuela. Fuimos acotando el tema y, como el fuerte en el Centro de Antropoligía es la demarcación de los territorios indígenas, decidimos trabajar eso. Empecé a escribir el proyecto, que en un momento se llamó Mapeando significados. La idea era ver los diferentes significados que tiene, no sólo entre los diversos pueblos indígenas, sino también antropólogos, activistas políticos y gente involucrada en la demarcación. Metimos el proyecto al CNAC y salió. Fue una buena ayuda.

 

—¿Cómo seleccionó los casos de los que se ocupa el filme?

 

—En parte trataba de aprovechar la experiencia que había en el centro: investigadores que estuviesen trabajando con los pueblos indígenas, y me diesen una mejor entrada y más rápida. Visité las comunidades con ellos. También quería que fueran comunidades diferentes en cuanto al tamaño, la fortaleza del grupo y los conflictos que hubiese entre ellos y los que ellos llaman “terceros”: el estado, ganaderos y algunos intereses privados, y también grupos que tuviesen conflictos entre ellos mismos, interétnicos. Aquí no es solamente los malos y los buenos, es una cuestión supercontradictoria. El documental realmente trata de resaltar las contradicciones que existen.

 

—En los documentales venezolanos indigenistas de los años ochenta se adoptó la idea de darle la voz al otro. En Nuestra historia está en la tierra no sólo hablan los indígenas sino también expertos que no pertenecen a esos pueblos. ¿Por qué?

 

—Aquí está el tema del territorio: qué es territorio, qué es identidad nacional, qué es pueblo. No es solamente darle la palabra al indígena porque estamos involucrados todos. El tema se refiere a que ahora somos un país multiétnico y multicultural. Está en la letra de la Constitución. Había que confrontar los significados y había que confrontar también con otros personajes porque los indígenas no están aislados. No es el buen salvaje del que se hablaba antes: está en negociaciones con el estado, hay consejos comunales. Eso les da una serie de beneficios, pero ellos tienen que negociar en vez de estar esperando que el estado les dé todo. Hay protagonistas de esa discusión que trataron de hacerla lo menos conflictiva posible, buscando términos que la adornaran. Por ejemplo, “hábitat” en vez de “territorio”, porque políticamente es muy complicado, y “comunidad” en vez de “pueblo”. Es una cuestión testimonial sobre un proceso que todavía no ha concluido, y no creo que concluya todavía. Como dice uno de los personajes, en estas relaciones siempre hay alguien que busca la manera de darles la vuelta para que no ocurra nada. Esa persona dice que los estados buscan hacerse la vista gorda con esas normas y esas reglas de juego.

 

—El documental tiene cierta influencia de La pelota vasca de Julio Medem. Esa película trata del tema vasco y hay conflictos entre diversas opiniones. Yo buscaba algo parecido. Pero también mucha gente se negó porque el tema era muy conflictivo. Fue en la época del referéndum de la reforma de la Constitución. Mucha gente estaba como con miedo de opinar. Los que están ahí fueron los que dieron la cara y hablaron sin miedo, tanto de un lado como del otro. La idea no era atacar y usar esto como una cuestión de un lado u otro. Creo que se trata de ir más allá del tema político, aunque no puedas obviarlo, porque es algo que nos involucra a todos. Aunque se ha revalorizado el ser indígena, y ya no hay vergüenza de serlo, los indígenas siguen marginados porque no les han dado las tierras que les ofrecieron. Es un tema muy complicado y el documental es un primer acercamiento. También es mi opera prima.

 

—En un momento se planteó que en el documental participaran algunas personas indígenas, como parte de esa cuestión de darles la cámara a ellos. Pero después concluimos que hacer eso era convertirlos en técnicos nuestros. Entonces yo conseguí un dinero, y lo que hicimos fue traer 9 indígenas a Caracas y les dimos un taller Yanilú Ojeda, Leiqui Uriana y yo. Yo lo coordiné, pero les di la batuta a ellas. Formamos a esos 9 chicos, que venían del Zulia, de Amazonas, de Bolívar, y en menos de 10 días hicieron 3 documentales impresionantes en el IVIC. Entre ellos había uno sobre la biblioteca. Lo titularon La parcela, por el parcelamiento del conocimiento. Criticaron por qué los libros sobre ellos estaban en inglés y no en su idioma, o al menos en español. Eso creó una polémica muy fuerte, porque lo presentamos en el IVIC.

 

Nuestra historia está en la tierra
de Eliézer Arias

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—¿Cómo ve el panorama actual del cine indigenista en Venezuela?

 

—Aquí había pocos nombres en el área de cine indígena. Lo que es la Clacpi todavía está dominada por una persona, que es Beatriz Bermúdez. No estoy hablando de Carlos Azpúrua sino de gente que viene más de la parte académica. Pero ha salido un nuevo grupo de gente, como Manuela Blanco, Yanilú, Leiqui, Alejandra Fonseca, Patricia Ortega, que tienen otra visión. Algunos están influenciados por el cinema verité y usan animaciones, que es la onda en la que se anda en el ámbito internacional. Obviamente hay la denuncia, y a veces en los festivales esos son los documentales que ganan: cuando hay golpes, sangre, maltrato. Pero a la vez hay gente que busca tratar el tema de una manera cinematográfica y poética. Nosotros siempre estamos en contacto y somos un movimiento, aunque no nos hayamos puesto de acuerdo para serlo. Es a voz callada pero ahí está. En el Zulia es muy fuerte porque la lucha de los yukpas es frontal.

 

—Hábleme un poco sobre su próximo proyecto.

 

—Es un documental un poco ambicioso. Va a ser en cinco países. No es una road movie porque no soy yo que esté viajando. Son cinco historias sobre el suicidio en zonas rurales, campesinas e indígenas. Es el resultado de una investigación que hicimos hace cuatro años y empezó con ese pequeño documental que hicimos en Mérida. Nadie pensaría que en el páramo la gente se quite la vida, y la cuestión es echar abajo ese mito, esa narrativa idílica que se ha hecho en el cine a veces, en las películas de Alberto Arvelo, por ejemplo. Todavía se crean ambientes como si se hubiera paralizado el tiempo allí, y pasan esas cosas tan dramáticas que ni siquiera se escuchan.

 

—¿Es el suicidio visto como Durkheim?

 

—Más bien al revés, refutando a Durkheim. Él habla del suicidio anómico por la falta de cohesión social. En el caso del páramo es cuando las normas sociales son demasiado fuertes, cuando hay demasiada cohesión social. Generalmente son jóvenes los que se suicidan. El problema del suicidio en zonas indígenas y campesinas en América Latina es algo que ni siquiera académicamente se ha estudiado. Sería en la Patagonia, en Argentina; en México, en la zona zapatista, donde ha habido 10 casos de suicidio en los últimos 5 años; en Cuba; en Colombia, en el pueblo nasa, que vive en la zona norte del Valle del Cauca y es la gente que siempre cierra las carreteras y hacen mingas, y en Venezuela, en el páramo. Por el momento se llama La epidemia. El equipo está montado, tenemos un capital semilla y estamos buscando financiamiento. 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

 
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