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entrevistas
"Hay veces que te
encuentras con personajes que son más una función dramática que un
personaje"
Las actuaciones de Erich Wildpret y Marcela Kloosterboer en Un lugar
lejano son de esas que no se ven con la frecuencia que muchos desearían.
El venezolano interpreta el papel del protagonista, Julián, un fotógrafo de
éxito que parece tenerlo todo en la vida hasta que una enfermedad mortal le
lleva a lanzarse a la búsqueda de lugar en que cree haber tomado una foto
que nadie encuentra, y que está en la Patagonia profunda. La actriz
argentina hace el personaje de María, una mujer huérfana, que vive sola en
el frío sur, en una montaña, rodeada de nieve, un perro, un caballo y
ovejas, con cuya vida ha de cruzarse Julián en el filme de José Ramón Novoa,
coescrito por él y el uruguayo Fernando Butazzoni, que se estrena el
viernes. Uno es un personaje de una compleja interioridad, enrarecida por el
deterioro físico, a la búsqueda de la trascendencia al borde de la muere; el
alma de la mujer ha sido forjada por la rudeza simple de la vida, en la
ausencia de todo lo que podría ser superfluo.
Vértigo tuvo la oportunidad de conversar con Wildpret sobre su trabajo con el
personaje. Es un actor que ha trabajado básicamente en teatro, y ha sido
miembro, entre otros, del Grupo Rajatabla. En segundo lugar ha actuado en
cine, no en televisión. Ha trabajado también en las películas venezolanas
Un sueño en el abismo de Oscar Lucién (1991), Manuela Sáenz de
Diego Rísquez (2000), Amor en concreto de Franco de Peña (2003),
Elipsis de Eduardo Arias-Nath (2006), Puras joyitas de César
Oropeza y Henry Rivero (2007), y en el corto El café de Lupe de
Mariana Fuentes (2007), así como en Desautorizados de Elia Schneider
y El día del pobre de Diego Velasco, que están por estrenarse.
—¿Cómo trabajó la construcción del personaje?
—Con
mucha ayuda. Tuve la fortuna de tener un proceso de ensayo que fue
extenso. No es común que en nuestro cine se otorguen tantos meses para
el ensayo de una película. Por lo general, y un poco por la estructura
cinematográfica, una vez que salen los fondos, la praxis te lleva casi
que a rodar inmediatamente. Nosotros pudimos trabajar con seis meses de
anticipación el personaje, y eso a mí me permitió hurgar en la propuesta
de Fernando Butazzoni y la de José Ramón Novoa, y hacer un trabajo de
preparación con Elia Schneider para el acercamiento a Julián. A la vez
tuve muchísima ayuda de personas que padecen la enfermedad en la vida
real. Gracias a amistades se establecieron esos lazos y pude entrevistar
a cuatro personas en particular. No te doy los nombres porque me dijeron
que no lo hiciera. Eso, para entender el contexto en el cual está
inserto Julián, fue invalorable. Hay una mezcla de rabia por lo que está
sucediendo con la búsqueda de una alternativa que es casi una especie de
esperanza. Están muy amalgamadas todas las emociones en el tránsito que
se vive, porque la situación es muy álgida en lo que respecta a la
integridad física. Varía mucho el estado anímico por los impulsos del
cuerpo. Hay mañanas en las cuales puedes ser muy sociable porque te
sientes bien, pero hay otras en las cuales no, por más que trates.
Incluso con tus personas más allegadas, con tus afectos inmediatos, por
más que intentes que eso esté presente, el cuerpo no te lo permite. Es
más un ejercicio sintomático de la enfermedad que realmente expresión de
tu persona.
—Dice que tuvo mucha ayuda pero, más allá de eso, ¿cómo vio usted a
Julián?
—Julián es muy complejo. El momento en el cual se inicia la historia en
la película, ya es consciente de lo que tiene. Sin embargo, está en un
proceso reflexivo que tiene que ver con las decisiones que siente que de
alguna manera han condicionado la persona que es. Es un fotógrafo al
cual le ha ido realmente muy bien. No es un fotógrafo de crónica, que no
ha tenido ningún tipo de exposición. Es un fotógrafo que, en lo laboral,
ha logrado alcanzar cierto nivel. Su situación económica también está
bastante resuelta. Está casado; no se siente carente de afecto. Sin
embargo, al recibir la noticia empieza a revisitar todo ese pasado, y se
da cuenta de que realmente las exposiciones de fotografía que ha hecho
no son él. Hay algo de trascendente allí: él está dejando algo. La casa
que tiene, las posesiones materiales, ¿eso realmente le satisface? No.
Su relación matrimonial, ¿está bien planteada? No digo que carezca de
amor, pero está en una crisis, y su matrimonio, ¿va a sobrevivir a la
crisis? No. Entonces empieza a obsesionarse con esa fotografía, y ella
es un poco esa búsqueda interior de sí. Tratar de unificar esa
circunstancia particular desde donde se inicia Julián, con el contexto
de la enfermedad, para mí fue interesantísimo porque hay mucho material
de trabajo. Son muchas las decisiones que puedes tomar desde lo actoral.
—No
siempre los personajes tiene esa riqueza. Hay veces que te encuentras
con personajes que son más una función dramática, el móvil para contar
una historia, que un personaje en sí. Julián es un personaje complejo,
que viene de una novela y, obviamente, al hacer la traspolación de ese
género, con la participación de José Ramón y Fernando, mucha de la
profundidad que tenía se logró trasladar al guión. Yo, como actor, lo
único que traté es de serle fiel a eso y no desvirtuar el personaje, que
se entendiera y llegara un poco a nosotros esa inquietud, que siento que
es el sentido de la vida. Rara vez nos detenemos a pensar qué estamos
haciendo y por qué; casi siempre es dejarnos llevar por la corriente. Un
poco las decisiones vienen supeditadas más al entorno que a ti. Son
pocas las personas que le dan un stop a su vida y se preguntan:
“¿Realmente soy feliz? ¿Estoy haciendo lo que quiero? Y si es lo que
quiero, ¿lo estoy haciendo como quiero?”. Son muy pocos, y yo no me
incluyo. Uno de los retos actorales fue llegar a esa conciencia de lo
limitada que es nuestra existencia, de lo efímera, y a la vez también de
la capacidad de trascendencia que tiene la vida de todos. Digo un poco
esto hilvanado con el personaje de María, que hace Marcela Kloosteboer,
que vive en una montaña, que nadie la conoce. Pareciera que es un
personaje que no tiene trascendencia y justamente ahí es donde está
todo.
—Eso es lo que nace del interior del personaje. Pero Julián también
interactúa con la naturaleza. ¿Cómo incorporó la experiencia de estar en
medio de la nada y en medio de la nieve?
—La
verdad es que, a pesar de que pareciera una dificultad, es una gran
ayuda porque es un estímulo constante. Obviamente no es muy agradable
trabajar con tanto frío pero es funcional para la historia. No hay
manera de que no te condicione; simplemente no la hay. Cuando estábamos
rodando la película, la locación estaba muy arriba en una montaña, entre
Esquel y un pueblito que se llama El Maitén, en la Patagonia. Las
condiciones en la cabaña son las condiciones que se ven en la película.
Ahí no había ningún calentador. Era perfecto porque lo que se ve en
pantalla es lo que recibíamos constantemente. También tienes mucho
tiempo para pensar. Estás en medio de la montaña, solo. No se oye nada.
Mientras están montando cámara estás haciendo tu trabajo. Al afrontar la
escena, estás tú con tu compañera y no hay ninguna distracción de ningún
estudio que tengas al lado, ninguna persona que esté haciendo otra cosa
por allá. Toda la gente que está a tu alrededor está en función de lo
que estás haciendo porque el espacio es muy pequeño y nadie puede
hablar, porque cualquier cosa que se hable queda registrada en el
sonido. Entonces toda la energía se focaliza.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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