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entrevistas
"Me motivó intentar dar
una explicación, más allá de la responsabilidad individual, de las
causas de la delincuencia"
Se
estrenó en la sala de la Cinemateca Nacional en el MBA Barrabás,
un mediometraje documental escrito y dirigido por Giuliano Salvatore.
Trata de la vida de Rafael Serrano Toro, al que la policía atribuyó el
alias del título y sirvió de inspiración a Miguel Otero Silva para crear
el Victorino Pérez de su novela Cuando quiero llorar no lloro.
Quien fuera llamado en la prensa el enemigo público número uno logró el
indulto con la ayuda del escritor y otros intelectuales, y sobre todo
porque la literatura, además de asimilarlo como personaje, lo redimió
como escritor. El “Barrabás” que inicialmente fue mácula se convirtió
para él en pseudónimo de los textos que comenzó a escribir en la cárcel
y que hoy, cuando Serrano Toro tiene 73 años de edad, comprenden una
obra de cinco libros y numerosos artículos publicados en periódicos
nacionales y regionales.
Salvatore vuelve en
esta película a una temática clásica del cine venezolano desde 1973,
cuando fue estrenada la versión cinematográfica de la novela de Otero
Silva, dirigida por Mauricio Walerstein, de la que en Barrabás
figuran algunos fragmentos para mostrar cómo la ficción siguió con
precisión la versión de los hechos contada por el personaje.
Recientemente el tema del malandro ha vuelto a cobrar relevancia en
filmes como Cyrano Fernández de Alberto Arvelo (2007) y El
enemigo de Luis Alberto Lamata (2008), en tiempos en los que el
crimen se ha convertido en la principal angustia de los habitantes del
país, según las encuestas. Barrabás comparte la inquietud de los
setenta por entender el problema social de la delincuencia, que está
presente también en el largometraje documental Machera, el robinjú de
Mérida de Charles Martínez (2008), y es un documental de entrevistas
que destaca por el montaje, que le permite lograr secuencias virtuosas,
como una en la que se alterna el testimonio de Serrano Toro con el del
agente de la policía judicial que lo capturó después de un tiroteo, y
que en la cinta termina con un estrechón de manos entre los dos.
Vértigo asistió a la rueda de prensa de presentación de la cinta por
Giuliano Salvatore.
—¿Háblenos un poco de su formación como cineasta?
—Mi formación como cineasta, hasta esto, era bastante reducida. Estudié
Literatura, aunque siempre me interesó el cine. Había hecho 3 cortos
entre los 18 y los 23 años de edad con un par de amigos, muy amateurs.
También alguna asistencia en el rodaje de compañeros. Desde hace mucho
tiempo estaba bastante seguro de que el cine me interesaba mucho, sobre
todo el guión. En principio no pensaba dirigir esta película,
precisamente porque me interesaba demasiado la historia como para
ponerla en riesgo por mi propia inexperiencia. Escribir el guión era lo
que quería y quiero hacer principalmente, pero por circunstancias varias
tuve que dirigirla.
—¿Cómo llegó al
personaje de Barrabás?
—En principio por mi padre, que me dio un libro, y simultáneamente en la
maestría de Literatura Latinoamericana. Vi un seminario con Julio Ramos,
que estaba trabajando un tema de investigación de crítica literaria
basado en un ex guerrillero guatemalteco, y en el que él unía de alguna
manera la literatura, el poder y la delincuencia. Encontré a Barrabás y
tuve, a través de ese profesor, una manera de entrar en el análisis
teórico, de hacer de una anécdota la base de un análisis sociológico,
literario. A partir de allí empecé una investigación para mi tesis, y
cuando comencé a conocer al personaje y la historia, me di cuenta de que
era un perfecto material para algo audiovisual. Hice un viraje: detuve y
tengo detenida la maestría y me dediqué a hacer el documental. Escribí
un guión, y lo presenté en la convocatoria del CNAC de 2008. Para mi
sorpresa, porque no tenía ninguna experiencia, me lo aceptaron.
Empezamos a grabar en enero. Fueron dos semanas de rodaje y terminamos
la primera versión en mayo y la última hace un par de semanas.
—Su película se
inscribe en un renacer del interés de la figura del malandro para el
cine venezolano. Recientemente se hizo Cyrano Fernández, que fue
la más difundida, y también Machera, el robinjú de Mérida. ¿A qué
atribuye usted eso, considerando que la delincuencia no parece ser un
tema que despierte mucha simpatía actualmente en el país?
—Aparte de contar una buena historia, puesto que para mí, por venir de
Literatura, una buena historia siempre tiene un valor excepcional, creo
que me motivó la que llamaría una resemantización del delincuente.
Intentar cambiar la imagen que tenemos del delincuente, del preso, y de
alguna manera, no sé si quitarle responsabilidad, pero sí intentar dar
una explicación, más allá de la responsabilidad individual, de las
causas de la delincuencia. Tanto sobre el preso como sobre el
delincuente creo que se pone injustamente la responsabilidad entera de
sus actos, cuando tenemos suficientes argumentos para demostrar que a un
individuo al que se le cierran casi todas las puertas, al que se le
niega casi todo, que está inserto en un sistema que es excluyente, tanto
racialmente, aunque estemos en Venezuela, como socialmente, si no se le
empuja a la delincuencia se hace que ella sea uno de los caminos más
fáciles. Bueno, no el más fácil, pero sí uno de los pocos que quedan por
tomar. Es un camino de supervivencia. Los que no hemos caído en la
delincuencia tuvimos la suerte de tener otras opciones.
—Uno de los textos que está en la película, de Juan Rulfo, habla
precisamente de eso. A los campesinos, en el cuento de Rulfo, el
gobierno les da un pedazo de terreno muy grande pero superárido, y el
personaje dice: “¿Ustedes quieren que yo de aquí, de esta costra, saque
algo que retoñe y que florezca? Eso es imposible”. Si trasladamos eso y
lo hacemos una metáfora, a mucha gente en este país, en Latinoamérica,
en el mundo, se le da un pedazo de costra de tierra y pretenden, además,
que sean buenos ciudadanos, que cumplan con la ley. Eso es lo que a mí
me parece bastante injusto, que se le dé un pedazo de nada a alguien y
pretendamos que sea igual a nosotros, que lo tenemos todo, y digamos:
“Yo cumplo la ley, ¿por qué tú no?”
—Rafael para mí ha sido una de las personas que mejor ha comprendido la
diferenciación entre el argumento social, de que el individuo es lo que
la sociedad hace de él, y el argumento personal. Porque, si bien es
cierto que a esta gente se le cierran casi todas las puertas, en los
barrios de Caracas hay muchísimos jóvenes y un porcentaje realmente
ínfimo escoge el camino de la delincuencia. La mayoría consigue no caer
en el delito, de una u otra forma. No sé si para bien o para mal, porque
muchos de ellos se vuelven obreros sumisos del sistema, que es la otra
opción que les dan: no cometes delitos pero te vuelves un explotado,
cayado, sumiso y olvidado. Él logró de alguna manera hacer entender cuál
es la proporción entre el argumento social y el personal. Dice: “A mí se
me cerraron todas las puertas, se me empujó a la delincuencia, pero
también fui débil ante el sistema”. Él se responsabiliza a sí mismo,
pero con la palabra “debilidad”, que a mí me parece fundamental. No es
la culpa, no es la responsabilidad: él fue débil. Alguien te pega, te
pega y te pega, y eres “debil”, entre comillas, y le devuelves un
cachetón. Dice: “A mí me empujaron a eso, pero quizás pude ser un poco
más fuerte y evitarlo”.
—¿Cuál es la relación
del filme con la literatura?
—Aunque haya estudiado Letras y haya hecho mi maestría en Literatura, no
creo que tenga una opinión tan buena de la literatura como la de Rafael.
Para mí, así como puede llegar a salvarte puede entramparte, por muchas
razones que sería largo explicar. Pero ciertamente él, y creo que con
toda la razón del mundo, considera que lo salvó. Tampoco creo que fue de
gratis la manera como él entró en la literatura. No fue a través de
cualquier texto ni sin dirección. Aparte de las cosas de vaqueros y
Corín Tellado que él dice que leía, se le intentó formar
ideológicamente. Un guerrillero preso porque cayó en un asalto para
buscar dinero para la guerrilla le dio literatura soviética. No
solamente leyó La madre de Máximo Gorki sino que después leyó de
arriba abajo Dostoievski y Tolstoi, y se conoce todas las obras. Le
puedes preguntar sobre cualquiera y él la analiza perfectamente. Es más,
dice que Dostoievski no tenía lo que él tiene, porque estuvo en la
cárcel como preso político y escribió una novela, Memorias de la casa
de los muertos, que es sobre delincuentes comunes. Rafael dice que,
si hubiera tenido el tiempo de escribir una novela, quizás no le hubiera
quedado tan bien pero tendría más realidad.
—Ciertamente la vinculación de él con la literatura es enorme, porque le
dio el estímulo para buscar otra herramienta con la cual sobrevivir. Se
agarró de la literatura como de una balsa cuando empezó a leer y a
escribir. Se hizo respetar en la prisión a través de la literatura. Los
presos mismos, que al principio le tenían mucha desconfianza porque
narraba cosas de la cárcel, fueron sus primeros lectores. Le decían:
“Léemelo, porque si ahí está un nombre, una cosa que me acuse, no lo
puedes poner”. Así adquirió respeto y lo dejaron tranquilo. Él entró en
la cárcel como el delincuente número uno del país, y todo el mundo lo
quería matar, porque el que mata al número uno se convierte en el número
uno, y durante tres años no pudo dormir. Fue a través de la literatura
que de alguna manera puso fin a eso.
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—La
literatura en los años sesenta estaba, entre otras cosas, luchando
contra la televisión para mantener el poder que estaba perdiendo y que
había tenido desde siglos. Hasta esa época la literatura casi mandaba,
construía gobiernos. Nosotros hemos tenido novelistas que fueron
presidentes y eso ha ocurrido en varios lugares de Latinoamérica. Podías
encontrar intelectuales en casi todos los gobiernos. El discurso de las
letras, de lo escrito, era importante. Pero la televisión empezó a
quitarle importancia. Entonces, Miguel Otero Silva, muy
inteligentemente, recurrió a Barrabás, que era un tipo al que salvó la
literatura. Fue como intentar dar un argumento más: “Nosotros salvamos
sujetos y los sacamos de la cárcel. ¿Qué hace la televisión?”
—Esa vinculación también es interesante. ¿por qué lo escoge a él como
personaje de esa novela? Los otros dos, el de clase alta y el de clase
media, son inventados, o al menos yo no tengo información. Si uno lee la
novela, todas son historias que escuché directamente de Rafael, y están
también en la película Cuando quiero llorar no lloro, donde Pedro
Laya hace de Victorino Pérez, que es Barrabás. El asalto que sale en la
novela es el asalto que de verdad cometió él, donde mató al sastre
italiano; también la persecución y otras cosas más que yo no puse pero
que están reflejadas en la película.
—¿Qué fue lo más
difícil en la realización del documental?
—Una cosa fue saber qué dejar fuera y qué dejar dentro. Es una vida
entera de setenta y pico de años que tuve la intención de contar desde
el principio. Entonces, obviamente, hay unas elipsis muy grandes...
—¿Pensó la película
como mediometraje o como largo?
—Cuando pedí el financiamiento del CNAC era una película de 25 minutos,
con el mismo guión, más o menos. Lo que pasa es que me di cuenta, cuando
grabé, de que las historias eran muy largas. La del asesinato, por
ejemplo, dura cerca de 4 minutos, y hay muchas que están grabadas,
cuentos completos. Cuando lo detuvieron y se escapó de La Planta,
inmediatamente después de que cometió el asesinato, hay una elipsis,
porque no es el arresto que aparece allí en la película, sino antes. Eso
está en Cuando quiero llorar no lloro, pero tuve que cortarlo
porque duraba 10 minutos. Tuve la intención de hacer un documental más
largo, pero por cuestiones técnicas y de dinero no pude.
—Me vi obligado a hacer un guión muy completo porque no tenía
experiencia para llegar a un set y dejar que eso me ayudara. Traté el
documental casi como si fuese una ficción. Hacía un año que conocía a
Rafael y él es un tipo que lleva 40 años contando la misma historia, y
como buen escritor tiene sus cuentos hechos. Llegué a escuchar 4 o 5
veces un cuento de él, y repetía exactamente todas las palabras. Eso fue
superbueno porque sabía que, cuando contaba el cuento de la madre, usaba
tales palabras y duraba tantos minutos. Eso me permitió tener un guión
muy fuerte, cosa que no suele ocurrir en el documental. Pero me vi
obligado a eso también por mi inexperiencia. Si no tenía algo completo
iba a llegar al set a preguntarme: “¿Y ahora qué hago?, ¿dónde pongo la
cámara?, ¿qué le pregunto?” Y claro, con un equipo de profesionales
trabajando con un chamo, también tenía que mostrarme como alguien
seguro. Eso es algo fundamental para que el trabajo salga bien.
—Parece que usó actores
en algunas partes…
—El único actor como tal, cuya realidad no es la que aparece en la
película, es el muchacho que hace de delincuente, Juan Carlos Valdés. Él
fue el que me dio la idea de meterlo. Es albañil, trabajaba en mi casa y
tenía dreadlocks, y a mí me resultó superparecido a Rafael.
Cuando lo imaginé fue en una secuencia en la que se encontraba con
Barrabás, con el personaje real, a la salida de la sastrería. Eso se
grabó pero no quedó bien. Entonces tuve que hacer una secuencia en la
que está todo rápido. El chico de Caucagua es del pueblo donde nació él,
y es su sobrino. Pero eso es documental: él hace lo que hace
normalmente, jugar beisbol con sus amigos en la calle. Yo controlé un
poco. No creo en el documental como algo en lo que no tienes el control.
Incluso porque vengo de la literatura entiendo que uno tiene que
controlar.
—El chico frutero es un frutero de Chapellín. Usé a esas dos personas
porque quería que la historia sirviera para contar la historia de otros.
Para facilitar el paso de un personaje en particular a un personaje en
general, que es el preso, el buhonero, la gente del interior que viene a
Caracas, el chico que vive en el barrio... Por eso, cuando él habla del
frutero no solamente aparece un frutero ni solamente chicos o jóvenes.
La idea era que de alguna manera la historia de él sirviera para decir
que hay un montón de buhoneros que pueden estar siendo empujados a
delinquir porque no les dan las oportunidades. La economía informal es
una mínima puerta que han escogido, pero ellos también son víctimas de
un sistema que empieza desde la policía, desde el ciudadano que los ve
como gente que hace eso porque no tiene capacidades mentales o energía
para hacer otra cosa, lo que me parece que es mentira. Por eso también,
cuando hablo de la cárcel, se ven otros presos, y cuando hablo de los
niños, otros niños que pueden tener por delante el mismo futuro que él.
Nada les evita a ellos que la sociedad, el sistema en general, les vaya
cortando caminos, aunque son en este momento perfectamente puros, como
casi cualquier niño. Lo que quería hacer era ponerlos en riesgo: están
muy contentos ahora, pero miren en lo que los podemos convertir.
—Cita el cine
venezolano de los años setenta. ¿Cómo ve su película en relación con
filmes como Soy un delincuente y Cuando quiero llorar no lloro?
—Puede ser que haya una intención similar a la de Cuando quiero
llorar no lloro. Me parece que Miguel Otero Silva también estaba muy
claro ideológicamente en lo que quería lograr. Es una novela en la que
uno puede ver fácilmente el entramado intencional analítico...
—Me refería a la
película de Walerstein...
—Walerstein estaba
también bastante claro. Creo que en esa cosa tan fragmentaria de la
película, en esos tres individuos, se ve mucho el entramado analítico.
Esa era mi intención: que se viera un poco que hay una intención detrás.
Pero no sé realmente si la intención final de ellos era la misma.
Tampoco sé si la intención de Machera, de Charles Martínez, era
la misma que la mía. Lo que nos podría unir a todos, aparte de eso, es
que en el barrio, y en esa parte ínfima del barrio que es el
delincuente, hay muy buenas historias y seres bastante entretenidos, que
te ponen en cuestión, que te pueden shockear, golpear. Hay para escoger
muchísimas emociones. Creo que no hemos sabido ver las emociones del
barrio en otras historias. Es más fácil ir allí y ver lo que ocurre
diariamente.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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