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entrevistas
"El barrio sería uno de los
sitios más sabrosos para vivir, si no existiera la violencia y si
tuviera los servicios"
Comenzó el rodaje de Hermano, la ópera prima de Marcel Rasquin.
“Es una película de dos hermanos que juegan fútbol en un país de beisbol. Es
como un torero que haya nacido en Japón. Lo mismo siento yo: soy un
venezolano que se empeña en ser cineasta y acá hay que luchar contra la
corriente para serlo”, dice el director. Por esa razón descartó la
posibilidad, que le fue planteada en un momento dado, de hacer la película
en Brasil. “El sueño es más difícil si eres de acá”, agrega Rasquin, que
escribió el guión junto con Rohan Jones, compañero de estudios en el
Victoria Collage of the Arts, en Australia. La cinta se estrenará en 2010
para aprovechar la coyuntura del Mundial de Fútbol de Suráfrica. Tiene
financiamiento del CNAC, privado y australiano.
Otra característica del proyecto es que la historia se desarrolla en un
barrio, y será filmada principalmente en La Dolorita, en Petare. Hermano
se inscribe así en el renacimiento del interés por el lugar por
antonomasia en que la cultura venezolana sitúa al pueblo en las ciudades del
país. El regreso comenzó con La clase, una película de la Villa del
Cine dirigida por José Antonio Varela, y se consumó en Cyrano Fernández
de Alberto Arvelo. En los últimos años la preocupación del cine nacional por
los personajes populares urbanos marginados se había desplazado del
habitante barrio hacia en el niño o la niña de la calle, expresión que se
convirtió en subtítulo de Maroa, o el “huelepega”, palabra que dio
título a un filme de Elia Schneider. Eran seres excluidos incluso entre los
pobres, relegados a vivir en pandillas, debajo de los puentes y en
escondrijos similares. En Cyrano Fernández y en La clase los
personajes humildes integran, en cambio, una comunidad organizada.
Los realizadores del filme decidieron, además, retribuir a la gente que vive
en los lugares donde trabajarán con unos talleres de realización
cinematográfica. El primero fue dictado a adolescentes de entre 11 y 13 años
de edad en La Dolorita, en Petare. Los participantes filmaron un corto de 1
minuto, utilizando cámara, luces y hasta un dolly profesionales. Una vez que
el rodaje termine, está planteado repetir la experiencia en El Cerrito y en
El Calvario, otros dos sectores donde rodará la película, con talleres para
adolescentes y adultos. Vértigo conversó con Rasquin y con Enrique
Aular, productor ejecutivo y director de fotografía, sobre Hermano y
estas actividades paralelas, y sobre el cine de Australia. Ambos son
profesionales de destacada trayectoria en la publicidad.
—¿Por qué le interesa el cine sobre el deporte?
—Aparte de que me agarro y me aferro de la pasión que genera el deporte
en el planeta entero, y en mí en particular, aprovecho el hecho de que
aquí, en Venezuela, nunca se ha hecho una película ni de beisbol ni de
fútbol –dice Marcel Rasquin–. Muy pocas películas en América Latina
abordan ese género porque no es fácil. Desde niño soy fanático de la
primera película de Rocky. Me emocionaba y me sigue emocionando,
hasta el punto de que sabía de memoria cuántos golpes le daban a Rocky
hasta que él le partía la cara al otro tipo.
—En una película de deportes hay la oportunidad de ver el espectáculo
deportivo como cineasta y no como lo hace la televisión. ¿Qué se plantea
al respecto?
—Yo
no tengo la posibilidad que tiene Meridiano Televisión o la transmisión
de la Copa UEFA de poner 40 cámaras alrededor de una cancha de fútbol.
Pero la posibilidad que sí tengo es de contar la historia en primera
persona. Puedo meter una cámara en la cancha, y es lo que voy a hacer.
Pienso contar el fútbol desde muy de cerca, con planosecuencias, para
que se sientan la tierra, el sudor, los golpes, los codazos.
—¿Por qué les interesó que la historia se desarrollara en un barrio?
—En
nuestro caso no es una historia del barrio –contesta Enrique Aular–. Es
una historia de la vida, del fútbol, que sucede en el barrio. El barrio,
como todos sabemos, tiene cosas muy buenas y algunas cosas malas. Lo que
pasa es que lo que sale generalmente reflejado es la leyenda negra. Es
porque somos así: no es que los periodistas estén buscando las noticias
malas sino que el receptor mira siempre esa parte morbosa. En este caso,
y es un principio de comunicación, una de las cosas que nos gustaría
lograr con la película es cambiar la percepción venezolana de los
barrios, partiendo del que vive allí, para que no se sienta mal. El
barrio sería uno de los sitios más sabrosos para vivir si no existiera
la violencia y si tuviera los servicios. Esa es una idea que siempre
hemos tenido nosotros. Hace 15 años, cuando comenzamos a trabajar en
publicidad, tuvimos la oportunidad de desarrollar un comercial para una
marca de ropa. El dueño quería que el escenario para su camisa fuera lo
más espectacular de Venezuela. Y nosotros lo convencimos: el barrio,
estéticamente incluso, es atractivo.
—¿Qué tiene de particular hacer una fotografía de cine en un barrio?
—Primero, la topografía. Desde el punto de vista del director de
fotografía, es una cuestión geométrica, o antigeométrica. Tienes líneas
y angulaciones por todos lados que son muy atractivas para la
fotografía. Es un caos dentro del cuadro, pero un caos organizado.
Cuando lo empiezas a ver te parece un Lego, es muy atractivo. En lo que
respecta a la luz, los barrios están en las zonas más privilegiadas de
la ciudad. Están en la montaña y el primer rayo de luz que sale, cae en
el barrio. Aprovechar ese colorido es lindísimo. Es un reto también,
porque uno como fotógrafo generalmente trata de manejar una paleta de
colores definida. En el barrio, la paleta de colores es infinita y eso,
más que una limitación, debe ser una ventaja. Además, es lo que lo hace
diferente. ¿Por qué Inglaterra es toda gris y verde? Es porque no hay
colores. No es porque los fotógrafos decidieron hacer eso. Igual pasa en
la fotografía de Hollywood. ¿Por qué es así? Porque Los Ángeles fue
escogida porque no hay nubes nunca y el sol tiene un ángulo interesante.
Puedes filmar todo el día, y por eso esos colores. La oportunidad que
tenemos aquí es esa: aprovechar lo que nos da la luz para hacer algo
propio.
—Pero hay referentes clave para el tema. Por ejemplo, Ciudad de Dios…
—Uno
siempre lo tiene como referencia, y lo tiene en la cabeza para
diferenciarse y que no venga a colación y la gente diga: “Esto es
Ciudad de Dios”. A mí me gustó mucho el tratamiento de Ciudad de
Dios, incluso el de Cyrano Fernández. Pero trato de alejarme
para proteger la historia. Lo tengo que hacer diferente porque la
historia tiene que vivir por sí sola. Si en algo se parece, la gente va
a asociar las historias, y no se parecen en nada.
—¿Por
qué se realizó el taller como parte de las actividades de la película?
—Fue
una revelación que tuve una noche –dice Rasquin–. Estaba en el remolino
y la vorágine de ver cómo levantaba el proyecto cuando descubrí por qué
quería hacer la película. Es algo que tiene que ver mucho con mi sentir
venezolano y mi condición de ciudadano. Yo me siento muy privilegiado
por haber podido estudiar, por poder hacer lo que me gusta, y quería
compartirlo. Se trata de devolver un poquito, de comunicarme con la
comunidad, de que ellos puedan contar su propia historia, y de que se
entusiasmen con lo que a mí me apasiona, igual que me entusiasmé yo.
Entendí entonces que el proyecto no era solamente el de la vanidad
natural de un artista, de hacer una película, estrenarla y ver su nombre
en ella, sino también producto de una necesidad de retribuir, de
comunicarme y de conectarme. Así surgió la idea de hacer estos talleres,
y de que la comunidad se involucre y esté en el crew de la película.
—Están surgiendo radios y televisoras comunitarias, y ahora hay tantos
medios que te permiten a ti solito llevar una producción audiovisual,
como Internet, pero nadie se ha dedicado a enseñar cómo hacerlo bien
–agrega Aular–. Son pasos muy básicos para que cualquier persona que
haya participado en el taller pueda ser su director, su productor, y
pueda llevar un contenido de calidad a los medios comunitarios. Además,
Venezuela es reconocida en el mundo por la calidad de sus técnicos.
Todos los cineastas que vienen de Alemania, de Francia, de Estados
Unidos a trabajar aquí se sorprenden del nivel del personal técnico, y
la mayoría de ese personal viene de las zonas populares de la ciudad. A
nosotros nos sorprende por qué no hay más fuerza laboral en esa área, y
una de las razones es el desconocimiento. Nosotros queremos abrir esa
brecha: esto existe; aquí hay una posibilidad. Entonces, se trata
también de invitarlos a participar como un oficio.
—¿Cómo fue que establecieron el vínculo con las comunidades?
—Pensábamos que iba a ser muchísimo más difícil conseguir a los líderes
de las comunidades –prosigue Aular–. Resulta que no. Fue muy fácil justo
por eso, porque son integradores. A veces aparecíamos en una locación
con la cámara, solamente para probar, y ya estaba alguien del consejo
comunal. Estaban muy interesados en lo que ocurre en la comunidad. En
algunos casos fueron ellos los que vinieron a nosotros, interesados en
saber qué estábamos haciendo allí, y también, lo que me parece muy
bueno, cuidando: “¿Qué van a comunicar?”, “Déjame ver el guión; quiero
saber la historia”. Cuando se enteraron de cómo era el proyecto, el
aporte fue inmediato.
—Australia es un país peculiar en panorama cinematográfico mundial. Está
en un sitio lejano en el mapa, pero de allí ha surgido gente como Nicole
Kidman, Cate Blanchet, George Miller y Baz Luhrmann. ¿Qué tiene
Australia para que sea tan especial, estando en un lugar tan remoto?
—Por la
forma como ese país se configuró, con inmigrantes y presos, aislado del
resto del planeta, y con relación con la población aborigen muy difícil
y muy traumática, viviendo en condiciones salvajes, ellos tienen esa
cosa del cazacocodrilos –dice Rasquin–. Mad Max es muy
australiana. Los australianos tienen, de alguna forma, lo mejor de dos
mundos: una estructura anglosajona organizada, civilizada, tienen la
reina y siguen formando parte de la Commonwealth, pero viven en un
desierto lleno de los animales más peligrosos del mundo. Tienen que ser
como unos salvajes para sobrevivir. Esa contradicción es muy sabrosa y
muy valiosa para el cine. Creo que un secreto del cine está en cómo las
contradicciones están juntas y viven en la misma persona. Nunca había
pensado en la pregunta, pero creo que debe ir por ahí.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info |