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reportaje


Diego Rísquez

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Historias de Súper 8
en Venezuela

 

El cine Súper 8 venezolano de los años setenta y ochenta es tema de interés y de investigación académico en la actualidad, aunque haya quedado un poco relegado al olvido en el país. Y no sólo aquí: todavía no se ha escrito una historia de la Federación Internacional de Cine Súper 8, dice Isabel Arredondo, profesora de Cine Latinoamericano en la Universidad del Estado de Nueva York en Plattsburgh. Ella ganó una beca Fullbright para dedicarse a estudiar el cine de Diego Rísquez y el Súper 8 que se hizo en Venezuela, y lleva adelante su trabajo con un equipo de la Universidad del Zulia. Arredondo dicta un curso de ampliación de posgrado en la UCV sobre el tema y el jueves, a las 6:30 pm, participará en un foro que se llevará a cabo en la sala José Ignacio Cabrujas, en Chacao, Caracas.

Las películas en Súper 8 que se rodaron en el país en aquellos años estuvieron entre las más destacadas del mundo, con cineastas como Carlos Castillo y Julio Neri, además de Rísquez, Augusto Pradelli, Arturo Jabardo y Temístocles López, entre muchos otros. Se incluyen entre ellos algunos realizadores que son conocidos en la actualidad por su trabajo en otras disciplinas, como los artistas plásticos el Príncipe Negro (Rolando Peña) y Carlos Zerpa, y el diseñador gráfico John Moore.

El Festival de Cine de Vanguardia en Súper 8 de Caracas, que comenzó en 1976 fundado por Neri y Mercedes Márquez, y que luego continuó con Carlos Castillo al frente, insertó a los cineastas de Venezuela en una red de certámenes de películas en ese formato democratizador del cine, creado para las home movies y con el cual la gente común también hizo filmes, como los que formaron la Asociación de Cine Amateur en Venezuela. Y fue adoptado también por realizadores que hoy son ampliamente conocidos en todo el mundo. “La generación de finales de los sesenta y comienzos de los setenta lo asumió como un formato artístico por la independencia económica y la libertad de expresión. Almodóvar tiene una trayectoria en Súper 8 que fue importantísima. También Derek Jarman”, refiere Rísquez. “En Súper 8 fueron mucho mejores que Nueva York, que los estadounidenses, que los franceses. Los venezolanos ganaron todos los premios”, dice Arredondo, a lo que Carlos Zerpa agrega: “En Venezuela, a diferencia de otros lugares, se trabajó la parte conceptual del Súper 8 y estuvo ligada al perfomance”. También a lo que después se llamó videoarte.

La primera escala importante de esa proyección internacional fue en 1977 en Teherán. Los iraníes, a los que les llegaban películas de todas partes del mundo, quedaron impresionados por filmes como Hecho en Venezuela de Castillo, que había ganado en el festival de Caracas. Para ellos era un cine de un país petrolero como el suyo, que estaba en los últimos años de la monarquía, y eran películas muy críticas, dice Arredondo.

En Teherán se fundó la Federación Internacional de Cine Súper 8, con Neri, quien fue jurado, como representante de Venezuela. Luego sería presidente de la organización. A Caracas vinieron los más importantes realizadores, y también los críticos. Las actividades del festival se difundieron además a través de la revista  Super 8 de San Francisco, que conectaba el movimiento mundial de ese tipo de cine e invitaba a los cineastas a que mandaran sus películas. Más adelante representantes de los festivales de Biarritz y Cannes participaron como jurados en Caracas, lo que amplió el panorama de difusión de las películas. Neri estrenó Electofrenia (1979) el certamen del País Vasco francés, y Castillo y Rísquez fueron invitados al de la Costa Azul. Además del Festival Internacional fue creado el festival nacional de Punto Fijo, en el que se seleccionaban las películas que competirían en Caracas, y hubo otros en Maracay y en Valencia.

Pero al final de la siguiente década el festival desapareció. Se debió en parte porque  el video desplazó al Súper 8 y en Venezuela dejaron de revelarse las películas en 1989. “Los tres últimos fueron de cine y video, y en el último el sesenta por ciento era video y cuarenta por ciento cine, y aquí no había, de forma independiente, ninguna posibilidad de producir video de calidad. Entonces nos dimos cuenta de que estábamos fuera del concepto y paramos el festival”, dice Castillo. También se hizo económicamente insostenible.  “Nunca lo quisimos vincular con una cosa comercial, o sea, que aparecieran Kodak y otras marcas, unos stands... A lo mejor fue un error, no lo sé”, agrega
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Tradición de vanguardia

En Venezuela el Súper 8 fue un arte de ruptura por varias razones. En primer lugar, alguna de la gente que incursionó en el cine nacional con este formato venía del exterior, como Julio Neri, que se formó en la escuela de Orson Welles en Cambridge, Massachusetts, y Rolando Peña, que hizo películas en Nueva York en los sensenta, en la época del auge del cine underground. “El hecho de que Venezuela tuviera petróleo permitió que muchos venezolanos estudiaran el extranjero, y volvieran y crearan un arte muy de vanguardia. Hubo un desarrollo artístico, sobre todo durante la bonanza petrolera de los setenta”, dice Arredondo.

“Creo que fue una alternativa a un cine imperante en ese momento, que es el de la generación de Cuando quiero llorar no lloro y Román Chalbaud, que hacía un cine más social. Nosotros, como nueva generación, queríamos hacer una cosa distinta del cine que estaba de moda en ese momento”, expresa Diego Rísquez. “Éramos un grupetín de chicos medio tal. Siempre fuimos vistos así”, confiesa Carlos Castillo, y agrega que al cine Súper 8 venezolano, así como le fue fácil insertarse en los festivales internacionales, le costó entrar al Festival de Mérida, aunque luego las películas fueron premiadas.

Isabel Arredondo considera esa dificultad de asimilación en un contexto más amplio: “Normalmente tenemos la idea del cine latinoamericano como Tercer Cine, y el Súper 8 no es parte de nuestro imaginario de lo que se produce en América Latina. Creo que esa visión de Latinoamérica como productora de Tercer Cine no es justa. Hubo una historia de vanguardia que la gente rechaza, al igual que la idea de búsqueda de lenguaje cinematográfico. Se dice que el Tercer Cine busca la revolución social mientras que el Súper 8 está hecho por elitistas, que están fuera de todo y que juegan a hacer cine porque no tienen otra cosa para no aburrirse. Yo quiero demostrar es que, si bien no hay una crítica de partidos de izquierda en el Súper 8, sí hay un análisis muy crítico de lo que es Venezuela”.

Arredondo señala también dos inquietudes temáticas compartidas: “Una de ellas es la fascinación con Reverón como imagen que explica cómo a ellos les gustaría que se viera su arte, como un arte no convencional. Más que el Reverón de la luz y del color, es el Reverón de los objetos y de la pintura gestual. La otra es que es una generación rebelde y una de las rebeldías es con la idea de nación con la que ellos crecen, que se ve en el símbolo de la bandera. La bandera aparece en casi todos, una obsesión con sacarla del espacio sagrado de la patria. Creo que es un sentimiento de todo ese grupo de personas que demuestra que su identidad como venezolanos no cabía dentro de la noción de la patria en la que ellos habían crecido, y en parte se debe también a que son muy críticos de la Venezuela saudita. Me contaba Rolando Peña que él se casó desnudo, con la bandera de Venezuela atada, y la mujer igual, pero con la bandera de Estados Unidos, y puedes ver la trilogía épica de Rísquez como un intento de crear otra noción de patria, con su Bolívar haciendo pipí y todas esas cosas”.

Esas coincidencias que señala Arredondo no significan que todos los cineastas siguieran la misma línea. Diego Rísquez explica que hubo realizadores que se inclinaron por el humor, como Castillo, o que hicieron animación, como Jabardo y Moore, y que Neri se decantó por el documental, género en el cual se inscribe Electofrenia, sobre las elecciones en Venezuela, que fue ampliada a 35 mm, como también ocurrió con la trilogía de Rísquez: Bolívar, sinfonía tropikal (1979), Orinoko, nuevo mundo (1984) y Amérika, terra incógnita (1988).

Expresión individual y libertaria


Bolívar, sinfonía Tropikal de Diego Rísquez

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Más allá de los géneros y los temas, el Súper 8 representó para los realizadores la posibilidad de desarrollar una expresión personal libre en el cine. Castillo trae a colación el tópico de la cámara-pluma: “¿Qué necesita un buen escritor, un buen novelista para hacer su novela?: un papel en blanco y un lápiz. Lo que hace falta además de eso es talento, creatividad, creer uno en sí mismo y en lo que hace, y pare de contar. El Súper 8 era eso, porque los otros formatos siempre fueron vistos como una cosa en la que se necesita una inversión que después tienes que recuperar de alguna manera, conseguir alguien que la ponga y dar respuesta a eso. El Súper 8 era totalmente independiente, y por lo tanto era libre, y por lo tanto era una herramienta creativa. De todas mis disciplinas fue la que me permitió ir más lejos en ese sentido. Esa libertad no la he vuelto a conseguir salvo cuando agarro un pedazo de papel y un lápiz”.

“En esa época, comprar unos rollitos de Súper 8 y una camarita no costaba nada”, dice Peña, a lo que Moore agrega: “Era algo liviano y transportable que permitía expresarse. Existía la posibilidad de editar con empates de teipe y narrar algo en pantalla. Era como jugar a ser cineasta”.

La ligereza era una ventaja también para los documentalistas, como Neri: “Al ser las cámaras más livianas, uno podía entrar en ciertos lugares donde una cámara más grande no podía entrar. Además, la gente se inhibía con una cámara grande. En cambio, una cámara chiquita pasaba totalmente inadvertida y podían ser ellos mismos”. Esa misma característica y el  precio, que convertía a la cámara de Súper 8 en un artículo relativamente fácil de desechar y reemplazar por otra, fueron aprovechadas por Castillo de una manera diferente. Para hacer Intento de vuelo fallido se subió el último piso de la Torre Oeste de Parque  Central, entonces en construcción, filmó la ciudad y arrojó la cámara al vacío. “Como era un casete no se dañó. Lo revelé, y hoy en día es una obra de arte importante”, cuenta.

Otra ventaja era la inmediatez, que aproximaba al Súper 8 al video actual. En Caracas se revelaba dos veces al día, por lo que el cineasta que filmaba por la mañana podía llevar los rollos a las once y tener el material a las dos de la tarde, y si entregaba antes de las cuatro, la película podía estar ese mismo día, a las seis. Eso permitió que se realizara un diario en cine de uno de los festivales, relata Castillo. A las cinco de la tarde entregaban el material filmado durante el día, lo recibían al día siguiente a las nueve de la mañana, editaban y a la noche, antes de la proyección, podía pasarse el noticiero del día anterior.


“En esa época, comprar unos rollitos de Súper 8 y una camarita no costaba nada”, dice Peña, a lo que Moore agrega: “Era algo liviano y transportable que permitía expresarse. Existía la posibilidad de editar con empates de teipe y narrar algo en pantalla. Era como jugar a ser cineasta”.

Pero Carlos Zerpa considera que ni aun así la inmediatez es la misma del video: “Es como cuando hacías fotografías en Polaroid, sabías que lo que estabas haciendo al instante iba a estar impreso y no había negativos, que era la única copia. Es otra mentalidad que cuando montas el rollo en tu cámara fotográfica, y sabes que puedes tomar 34 fotografías y escoger una. Cambia la manera de enfocar la problemática creativa. Creo que era muy hermoso el ritual de hacer cine Súper 8 porque no sabes cómo quedó y tienes que mandar a que revelen para que lo puedas ver. La diferencia con el video está marcada porque ves al instante lo que estás haciendo”. Sin embargo, considera que, de haber existido cámaras de video como las que existen hoy en día en esa época, el cine Súper 8 no hubiese existido.

Una de las limitaciones más importantes al comienzo era la imposibilidad de contar con sonido sincronizado. Pero Neri dice que fue superada con creatividad: “Tratamos de expresarnos netamente con efectos visuales. La parte visual contó mucho. Uno trataba de contar las historias visualmente, apoyado en música. Eso fue clave en las primeras películas de Diego Rísquez, que eran musicales, incluso en 35 mm, y no había diálogos. Era una limitación a la que tratamos de darle la vuelta creativa”. Tanto es así que Castillo asegura que los orígenes del videoclip se remontan al cine Súper 8:  “Para ese momento Pink Floyd era la música preferida de la gente. Era de duración muy larga y servía perfectamente para hacer la musicalización de las películas. Entonces sucedió ese fenómeno: unas películas voladísimas con una música muy volada también”.

Al ser desplazado por el video el Súper 8, no sólo se produjo un reemplazo de la imagen fotoquímica por la electrónica , según Rísquez, sino que también hubo un espíritu que no siente que exista ahora de la misma manera: “Una vez tuve la experiencia de ser jurado en el Festival Viart de la Universidad Católica y me pareció que tenía algo parecido. Después, en el Instituto de Diseño de Caracas tuve la oportunidad de ser jurado una vez y me pareció que tenía ciertas similitudes. Pero creo que hoy en día los jóvenes cineastas, con pocas excepciones, buscan más la taquilla; más acaparar un público que hacer un cine de búsqueda de lenguaje. Creo que son búsquedas distintas, son momentos históricamente distintos. Lamentablemente, el cine de arte en Venezuela ha tenido muy poca trascendencia. A ti no te premian por hacer una película de arte. En cualquier país del mundo no le importa la rentabilidad a la gente sino que le des prestigio a tu país, y que eso traiga un reconocimiento exterior. Esa es un poco la cultura del cine francés, y fue el principio de Almodóvar”.


Pablo Gamba

pablogamba@revistavertigo.info.ve



 


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