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Joel Novoa

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"Me inclino hacia el thriller, el suspenso, la acción"
 

 

Zona Cero de Joel Novoa, el único cortometraje venezolano que competirá en la selección oficial del Festival de La Habana este año, se exhibe en los cines del Trasnocho, en Caracas. Es una película coescrita por el director, Elías Yánez y Fernando Butazzoni, coguionista de Un lugar lejano, con las actuaciones de Erich Wildpret, ganador del premio al mejor actor principal en el Festival de Mérida este año por Muerte en alto contraste, y Michelle Ruth. La historia podría desarrollarse en cualquier país. Trata del terrorismo y de la incomunicación, con epígrafe de textos sobre varios casos de personas que fueron a cometer atentados y se arrepintieron.

Vértigo entrevistó a Joel Novoa, cuyo filme anterior, Cadena reversible, fue incluido en un programa de cortometrajes venezolanos que se presentó en la sección Todos los Cines del Mundo del Festival de Cannes en 2006, y que prepara su primer largo, Esclavo de Dios, que tratará del atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina, en Buenos Aires en 1994. Conversó con él sobre la película y sobre la relación profesional con sus padres, Elia Schneider, directora de Huelepega (1999) y Punto y raya (2004), y José Ramón Novoa, director de Sicario (1994), entre otras películas. El padre también competirá en La Habana con Un lugar lejano, cuyo rodaje le permitió al hijo disponer por pocos días de una cámara Panavision.

 

—¿Cómo surgió la idea para hacer Zona Cero?

 

—Me llamó mucho la atención una foto de los atentados de Atocha, en España: un celular había sobrevivido. La persona estaba muerta y el teléfono al lado, sonando todavía. Se veía la lucecita prendida. Me llamó mucho la atención cómo la tecnología sobrevive al ser humano. El que habrá cometido ese atentado debe estar incomunicado del mundo, pero a la vez, lo que sobrevive es el objeto utilizado para comunicarse. De ahí me vino la idea de la incomunicación y me pregunté qué pasaría si un terrorista ve cara a cara a una víctima.

 

—¿Cómo le vino el tema de los terroristas arrepentidos?

 

—A mí me cuesta mucho, como persona, entrar en el mundo de un fundamentalista, porque no soy fundamentalista. Soy todo lo opuesto: no tengo ningún tipo de creencias.  A veces en el cine es para explorar cosas que para uno son desconocidas y quise meterme y pasar por la experiencia del fundamentalismo. En un cortometraje es una anécdota lo que se cuenta pero mi primer largometraje tocará el tema del terrorista, con un fundamentalista judío y uno musulmán. Me pregunté cómo era posible que hubiera casos de terroristas arrepentidos. Empecé a investigar y me di cuenta de que había muchos en el mundo. En televisión vemos los que pasan pero no los que se arrepienten.

 

—¿Hubo una búsqueda deliberada de contar una historia universal?

 

—Mi intención era hacer algo universal, que no tuviera un espacio ni un tiempo determinados. Una especie de caricatura. Sin embargo, eso es porque es un cortometraje y no tenía tiempo de ahondar en ningún hecho. En el largometraje sí toco un tema que es venezolano y argentino, y que relata algo que es más específicamente geográfico.

 

—¿Buscó la abstracción en el corto?

 

—Es un corto acerca de la incomunicación, acerca de lo solos que estamos y cómo segregamos a ciertas personas porque, simplemente, son diferentes. Uno las segrega, las deja ahí, pero solamente un abrazo puede bastar para cambiarle la vida a una persona.

 

—¿Cómo fue el trabajo de la fotografía?

 

—Para la última escena mi idea siempre fue darle una textura Handycam. Están muy saturados los colores, y eso contrasta con escenas en las que están con una densidad absolutamente normal. Grabé con cuatro formatos de cámara distintos: la primera parte con una Xdcam, la segunda con una Panavision, la tercera con una Arri 2 y hay una parte que fue grabada con Handycam.

 

—¿Por qué la diversidad de formatos?

 

—Porque a cada parte le quería dar una textura específica. La Arri fue porque no tuve tiempo de filmar todo con la Panavision. Usé video porque a la primera parte quería darle una textura como anaranjada y no tenía fondos para pasar a digital y volver a subir a 35 mm. La parte en cine es la que cuenta la historia lineal de cada uno de ellos. La parte en video es la de los hechos reales. La escena final, la parte en la que arma la bomba y la parte en la que ella corre están filmadas en digital.

 

—Usó la misma cámara de Un lugar lejano y aprovechó al guionista. ¿Cómo se dio esa “sinergia” en este caso en particular y cómo se da, en general, con su padre y con su madre?

 

—Cuando era más joven tenía una lucha por separarme del nombre de mis padres. Quería hacer mi vida. Poco a poco me fui dando cuenta de que no había necesidad, de que era un prejuicio mío porque la sociedad que te segrega. Tuve mi primera crítica negativa antes de hacer mi primer trabajo. Entonces, tomaba la posición de hacer todo por mi lado, siguiendo la tendencia de la segregación. Poco a poco me di cuenta de que mis padres son personas a las que admiro y con las que puedo trabajar. Ellos no están en mis proyectos pero yo estoy en los de ellos. Hacemos muchas cosas juntos, aunque cada quien tiene su criterio, sus historias que contar y un punto de vista ante la vida. Peleamos muchísimo entre nosotros pero, a la hora de la verdad nos apoyamos porque no tiene sentido estar separados. Tiene mucho más sentido que, si viene la cámara Panavision a hacer una película, pueda robármela tres días para hacer un cortometraje, o que, si el guionista de mi padre es un buen guionista y está ahí para hacer Un lugar lejano, le saque un tiempito para hacer este corto.

 

—¿Hay alguna afinidad temática entre ustedes? En Un lugar lejano y en Zona Cero, por ejemplo, se percibe la misma ambición de ser universal…

 

—Puede ser que eso haya resultado, pero no fue mi intención. Fue simplemente contar una historia que me gustó y que me llevó. Para bien o para mal se distancia un poco de la realidad venezolana actual, al igual que le pasa a José Ramón y como le pasa a Elia, cuya película también está muy distanciada. En eso sí puede ser que haya un acercamiento entre los tres trabajos. Pero son absolutamente opuestos: Elia tiene una textura mucho más colorida y trabaja más con un mundo interno de ella; José Ramón es más lineal, una historia bien contada, y yo no sé por qué, pero me inclino hacia el thriller, el suspenso, la acción. Siempre me ha llamado mucho la atención.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

 
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