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entrevistas
"La realidad hay que
asirla como es; el papel nuestro es transmitirla a los demás de tal
manera que puedan ver más allá de la realidad que ven todos los días"
El 30 de octubre se estrena en Venezuela Un lugar lejano, la más
reciente película de José Ramón Novoa, el director de Sicario (1994)
y El Don (2006), producida por Elia Schneider, que representa un giro con respecto a esas dos
películas. La historia no tiene que ver con el crimen y tampoco se
desarrolla en un barrio pobre. Trata de un exitoso fotógrafo venezolano,
enfermo desahuciado, que emprende un viaje a la Patagonia, a la
búsqueda de una imagen que registró alguna vez, o cree haberlo hecho, y para
encontrar, en el fondo, lo que realmente ha querido encontrar siempre, lo
esencial de la vida. Actúan Erich Wildpret como Julián, el protagonista, y
Marcela Kloosterboer. El guión está basado en un cuento del ganador del
Premio Casa Las Américas Fernando Butazzoni, que después de convertirse en
libreto coescrito con Novoa, se transformó en una novela. Algo similar
ocurrió con la foto fija de Nicolás Pineda, autor también de las imágenes de
Julián en el filme: su trabajo para también será publicado en un libro.
Vértigo aprovechó la proximidad del estreno de Un lugar lejano para conversar
con Novoa sobre la película, que además es la primera cinta venezolana que
se filma con una cámara y lentes Panavision. Es también una coproducción
trinacional, venezolana-argentina-española, rodada en Caracas, Galicia y la
Patagonia, que costó alrededor de 1,5 millones de dólares y que se estrenará
en los dos últimos países el 26 de noviembre y en febrero, respectivamente.
Algunas preguntas fueron hechas en la rueda de prensa de presentación del
filme, en la que la revista también habló brevemente con Fernando Butazzoni,
quien además de escritor ha sido un destacado militante político, que estuvo
en el Chile de Salvador Allende, en Cuba y combatió con el Ejército
Sandinista de Liberación Nacional contra la dictadura de Somoza, en
Nicaragua.
—Sus películas anteriores han estado marcadas por lo urbano y por la
violencia, y en esta se ve un cambio. ¿Qué tiene la historia de
Butazzoni que le llamó la atención y por qué esta película representa un
punto de inflexión en su carrera?
—El
planteamiento de mis trabajos anteriores está ligado en realidad con lo
social, y creo que en esta también está planteado de alguna forma lo
social. Creo que el trabajo que hice previamente cerró un ciclo, lo cual
no dice que no se vuelva a abrir otra etapa de temática social. Esta
película me impresionó desde el primer momento en que leí el guión. Me
tocó profundamente en mi interior, supe que tenía mucho que ver conmigo.
Quizás tiene más que ver conmigo, en lo personal, que las otras que he
hecho. Creo que también es importante que un creador vaya cambiando con
el tiempo y vaya presentando otras cosas. Hice una primera película,
antes de Sicario, que se llamó Agonía, y que también tenía
una reflexión más interior. Elia dice que también está mi origen ahí, de
aventurero viajante, de búsqueda permanente de la Patagonia en mi vida.
—¿Cómo armó la pareja de Marcela Kloosterboer y Erich Wildpret y cómo
fue el trabajo con ellos?
—Yo
vi a Marcela en Roma, la película de Adolfo Aristarain. Ella fue
la protagonista. Era una niñita. Tenía en ese momento, creo, 20 años de
edad. Me llamó mucho la atención porque tiene un ángel, una cosa muy
especial. Cuando empezamos a armar la película, Erich era uno de los que
teníamos claro que era el protagonista. Era de Venezuela y queríamos que
fuera él.
—¿Por qué?
—Porque Erich es un actor que está poco contaminado. Ha hecho poca
televisión. Creo que no ha hecho nada, incluso. Ha trabajado muchísimo
en teatro. Yo lo conozco desde la época de Rajatabla, cuando empezaba y
era muy joven. Me acuerdo de que, cuando hice Sicario, William
López, de Rajatabla, me comentó que un actor nuevo, Erich Wildpret,
podía hacer el papel del sicario. Yo le dije que no, porque tenía que
ser un muchacho de barrio. Pero desde esa época Erich estaba sonando.
Luego se fue de viaje. Para este personaje comencé a visualizarlo casi
enseguida, después de verlo en el teatro, en varias obras. Él tiene una
particularidad: es un actor muy interior, le gusta trabajar el mundo
interior del personaje, buscar realmente las razones por las cuales una
persona se comporta de una u otra forma, y el personaje lo quería
abordar por ese lado. Empezamos a hacer un trabajo con él de casi seis
meses. Primero trabajó mucho con Elia y conmigo en el concepto del
personaje. Esa fue la razón por la cual él fue considerado desde el
comienzo. Después de que tenía a Erich empecé a formar imagen de lo que
tenía que ser María. Ahí volvió otra vez aquella chica que vi en Roma.
Ella se enamoró del personaje. Cuando fui a Argentina nos reunimos, y
fue lo mismo, la actitud que yo quería para el personaje: entrega, ganas
de trabajar y de hacerlo. Empezamos a cotejar fotos entre los dos y
sentimos que hacían una buena pareja en la pantalla. Se decidió que
fuera Marcela, y trabajé con ella primero en Argentina un tiempo largo,
muy intensamente 15 días. Luego, cuando me vine para acá, seguimos
trabajando. Después, cuando fuimos al rodaje, ella se vino con nosotros
a la Patagonia 10 días antes de empezar, y nos metimos en medio de la
nada a trabajar, preparando la combustión esa que tiene que haber entre
los dos. Así fue como se armó esa pareja.
—Hay un énfasis en el trabajo corporal de ella…
—Ese
fue un hallazgo de ella. Marcela es muy bonita, muy elegante, y de
entrada le dijimos que eso había que bajarlo. Por el estudio que
habíamos hecho, al haber perdido a sus padres, la aproximación de María
a la vida está más en la fuerza, en la masculinidad. Tiene que cortar
leña, tiene que montar a caballo, tiene que andar en carreta. Es un
personaje que tiene la posición masculina de la cosa. Nos pareció muy
linda la idea de que el personaje apareciera con ese tono masculino,
sabiendo que ella adentro tiene una gran feminidad. En algún momento
tenía que aflorar eso, y es en el encuentro con él. Nos gustó ese juego
de desarrollar esa primera cosa medio tosca, arisca, y que en algún
momento abriera su corazón y su feminidad a ese nuevo ser que aparece
ahí.
—¿Cómo trabajaron la enfermedad del personaje de Erich?
—En
la escena en la que a él le están haciendo una quimioterapia, el
personaje que está al lado es una persona real que tiene la misma
enfermedad. Ese señor, con una gran gentileza, se prestó para
asesorarnos en todo lo que significaba para él la enfermedad. Erich
estuvo trabajando mucho con él eso, y luego con un par de oncólogos,
estudiando cómo se va manifestando físicamente la enfermedad. Luego, con
el maquillador, queríamos una cosa imperceptible pero que se fuera
notando un deterioro de él. El trabajo de Erich fue integrar ese puzzle
de elementos porque, claro, él tiene todo un desarrollo del deterioro y
luego tiene que haber un renacimiento.
—¿Cómo fue el cambio de haber trabajado en video, en El Don, a
Panavision?
—A mí
me encanta el cine como a todos los que hemos empezado con el fílmico.
Tener un pedacito de filme en la mano es algo que apasiona. Pero soy un
convencido de que el digital va a ir ganando cada vez más espacio.
Realmente todavía no hemos dado ese salto completo, y para lograr en
digital la imagen que puedes ver en la película nos falta un poquito. A
pesar de que salimos de segundos, porque antes estrenó Luis Armando
Roche, nosotros fuimos los primeros que hicimos, con Punto y raya,
una película digital en Venezuela. Todavía no existían los 24 cuadros y
se hizo en PAL. Nos asesoramos con Swiss Effects en Europa, y con Arturo
Ripstein, que había hecho su primera película con la misma cámara y con
Swiss Effects. Compramos la cámara porque convenía, porque queríamos
hacer dos películas y valía más la pena que alquilarla. Además, Punto
y raya requería de una agilidad: estábamos metidos en medio de la
selva y Panavision hubiera sido imposible ahí. Luego hicimos El Don,
casi enseguida, con esa misma cámara. Efectivamente es más fácil, más
ágil pero, en el momento en que pones una Panavision en el set, se hace
un silencio… Genera un clima en la producción muy interesante. La
diferencia fue sentir que estás trabajando con un elemento con el que
tienes que tener mucho cuidado. Además, la película corre de una manera
muy rápida. Tratamos de tener esa disciplina con el digital, pero uno
dice: “Hagamos una más, igual no importa filmar otro pedacito”.
—Hay varias cosas en el filme que parecen decir cosas del cine, de una
manera sutil. El personaje va a la búsqueda de una esencia, y la
encuentra en una serie de situaciones en las que son dos personajes, una
cabaña, un perro, un caballo y tres ovejas. ¿Hay una semejanza con la
búsqueda de la esencia de lo que es el cine? Parece haber, además, una
paradoja, porque Un lugar lejano es una película que, para los
estándares del cine venezolano, es una producción grande.
—Es
casi minimalista: es la nieve, es lo blanco, y justamente es la cosa
esencial de la naturaleza y la simplicidad. En definitiva, la película
plantea, en sus líneas principales, un poco eso. Uno, de repente, se
obnubila con el éxito, con las cosas, con los viajes, con el dinero, y
todo es mucho y mucho, más y más, y se olvida que a lo mejor al sacar,
sacar y sacar, y llegar a lo más esencial, consigue muchas más cosas que
con el acumulamiento. La sociedad está inclinada a eso otro, a tener el
celular más moderno, y te das cuenta de que en ese sitio no hace falta
nada de eso. Hace falta un fuego, algo de comer y una esencia de
encuentro entre dos seres humanos. Eso tenía que ser muy simple frente a
lo otro, que era la ciudad, la grúa que levanta edificios, el ruido y el
lujo del éxito y de las exposiciones. Ahí no está lo que al personaje le
falta, le queda poco de vida y tiene que buscar otra cosa que creo que
en la simpleza encuentra.
—¿Y en el cine la esencia es también la simplicidad?
—La
esencia no quiere decir que reniegues de la calidad. En este caso es ir
hacia la esencia de lo simple con las posibilidades mejores que tengas
para que eso trascienda de manera importante como imagen, que puedas
hacer un close up y veas lo más profundo de esos gestos. Intentamos
armar eso lo mejor posible. El arte del minimalismo es un poco eso: en
las obras de teatro, en la pintura la cosa que buscan es muy sencilla,
pero de repente requiere de un trabajo importante para llegar a eso. El
descarte a veces es más difícil que el agregado. Creo que también va
unido al desarrollo de uno. Desde Sicario hasta acá he tenido
muchas experiencias, he hecho muchas cosas, he aprendido. Intuyo que he
mejorado algunas posibilidades interiores de búsqueda de algunas cosas
que siempre he querido buscar. El tiempo y la experiencia me fueron
llevando a este nuevo guión, estas nuevas ideas, sin descartar en lo
absoluto lo que hice, que estaba ligado a un momento de mi vida y a una
cosa social que me interesaba mostrar.
—Usted justamente dijo antes que En un lugar lejano estaba
presente la temática social. ¿Cómo?
—Está
un poco en eso que te acabo de decir. Cómo el ser humano ha ido
banalmente llenando de cosas su vida, aquellos que han podido acceder a
más cosas que otros, quitándoles, a lo mejor, a los que no tienen
ninguna posibilidad de tener algo. Los desequilibrios han generado un
mundo que está bastante complicado, ¿no? Hasta nos estamos metiendo con
nuestra misma tierra y no pensamos en nuestros bisnietos. Cuando vengan,
verán cómo arreglan este asunto. Hablar de ir hacia lo esencial, y decir
que en lo esencial a lo mejor encuentras cosas que son muy importantes,
es también una reflexión sobre lo social. Y, ojo, no estoy en contra de
las cosas materiales, ni de que uno tenga lo que necesita. Todo lo
contrario. Es sumamente agradable vivir en un sitio agradable, donde no
haya tantos peligros. Todo eso es fundamental que el ser humano lo
tenga, y en la medida en que los que tienen más tengan un poco menos y
los que tienen menos tengan un poquito más, estaremos más equilibrados.
—En Sicario hay una búsqueda de lo social y en Un lugar lejano
de la naturaleza. Sin embargo, hay una similitud entre ambas películas:
en los dos filmes hay desplazamiento a otros lugares, en la primera
Colombia, en la segunda la Patagonia. ¿Habrá para usted algo parecido en
la búsqueda de lo social y de la naturaleza?
—Agregaría la similitud del viaje. Yo soy un viajero, de familia
emigrante y yo mismo tuve que emigrar en el momento en que había una
dictadura feroz en el Uruguay, no tenía mi libertad, era muy jovencito y
quería buscar otras cosas. Cuando uno tiene que ir accediendo a
sociedades diferentes e integrándose de la mejor manera posible, esos
viajes implican un poco, y el de Un lugar lejano también,
adaptación, modificación, entender culturas, saber que se piensa de otra
manera. Yo he vivido en Europa, en Estados Unidos… He tenido una vida
que me hace sentir el mundo de una manera más bien general y no decir:
“Yo soy de tal lado, pertenezco a esto y a aquello otro no”. No me
siento ajeno en ningún lado, pero también puedo sentirme ajeno en todos
lados.
—¿Es un viaje lo social?
—A
veces puede ser un viaje en el que uno se equivoca y va para el lado que
no es, y perdemos mucho tiempo y tenemos que volver a comenzar. Si lo
social significa determinadas cosas que ya se ha comprobado que no
funcionan, como decir “ahora todo el mundo es igual, todos van a ganar
lo mismo”, se ha comprobado que eso no es verdad…
—Me refería al cine…
—El
cine no puede estar aislado de la realidad. Ves las películas
aparentemente más unidas al mundo del arte que a la realidad y, sin
embargo, encuentras todos los nexos sociales en eso. Agarras a Fellini,
y no hay nada más integrado a la sociedad italiana y a los movimientos
sociales. Quiero decir que yo no puedo separar lo social en el cine de
lo social en la calle. Está todo muy unido.
—¿Por qué le ha atraído el tema de la naturaleza?
—La
naturaleza ayuda al encuentro con uno mismo. En los momentos en que he
tenido mayor reflexión conmigo mismo, profundidad, ha sido en los
lugares donde la naturaleza me ha dicho: “Eres un mosquito”. Estás en el
Gran Cañón, en el Salto Ángel o en la Patagonia y te das cuenta de que
el ser humano es habitante de un planeta enorme y de que somos una
insignificancia. Te quedas ahí tres o cuatro horas, y piensas y piensas,
y es un encuentro con uno mismo. La naturaleza es buena para eso, para
mí. En el cine, además, forma parte de la estética, de la imagen.
—¿Habría una similitud entre lo que hace el fotógrafo, en el filme, y lo
que significa ser cineasta? Él es capaz de querer fotografiar un sueño,
pero también es alguien que va a la guerra y, al regresar, hace una
exposición sobre esa guerra.
—Evidentemente no es un fotógrafo de farándula sino de arte. Lo que está
buscando es detener el tiempo a través de una fotografía, testimoniar un
instante de algo. Por eso es un gran fotógrafo. El papel de los grandes
fotógrafos es el mismo que el de los cineastas, los pintores o los
escritores: poder asir un instante de la vida a través de su
instrumento, que en el caso del fotógrafo es la cámara. Siento una gran
similitud entre ese creador y lo que puedo ser yo. Julián persigue un
sueño, algo que nunca hizo, y yo, en cada película que emprendo, persigo
ese sueño. Tiene que ver mucho con la posición del artista o del creador
frente a la obra. Trata de transformar una cosa que está ahí, y que de
repente nadie la percibe, y al darle la visión que le da el fotógrafo,
pueden transformarse en esas dos manos que señalan en la exposición, que
te conmueven porque te transmiten otro montón de cosas. Esa cosa de la
guerra con la belleza es eso mismo: testimoniar lo terrible de las cosas
que son parte de nosotros mismos. Me criticaban de Sicario que
mostrara esa realidad tan tremenda, pero no puedes tapar el sol con un
dedo. La realidad está, y el hecho de conocerla más profundamente quizás
te ayude a mejorarla un poco, si es que hay que mejorarla. La realidad
hay que asirla como es; el papel nuestro es transmitirla a los demás de
tal manera que puedan ver más allá de la realidad que ven todos los
días. Eso es lo que hace Julián.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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