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"Fue un espacio de creación en
el que cada uno hizo como lo que le dio la gana"
Cuatro mediometrajes realizados en el Laboratorio de Ficción de Vive se
estrenan hoy a las 6:30 pm en la sala del MBA de la Cinemateca Nacional.
Se exhibirán allí hasta el domingo y después hasta el jueves en el
Celarg y en otras salas de la institución, acompañados de micros
realizados por el Laboratorio de Animación del canal. Las películas, de
alrededor de 30 minutos cada una, son Divididos, Hay amores…,
Johnny y Corazón convicto; los directores,
respectivamente, Nelson Núñez, Manuel Pérez, Julián Balam e Ignacio
Márquez. Relatan historias que tienen vínculos entre ellas y que suceden
en un barrio, aunque la última no fue grabada en exteriores. Se
relacionan con un dispensario médico de Barrio Adentro, al que no se
identifica con el nombre de la misión, pero no es ese el tema. Son
filmes realistas y austera producción, afincados en las actuaciones, y
relatados con un lenguaje que llega a ser experimental.
El
proyecto nació en parte de una inquietud del cineasta José Antonio
Varela de buscar soluciones para dos problemas medulares del cine de
ficción venezolano: los costos y la calidad. “Nuestro cine, como está
planteado, es inviable. Si calculas que una película cuesta 4 millardos
de bolívares, si para las operar primas están dando 3 millardos y pico,
y nunca alcanza, es un cine costosísimo que sólo en bonanza petrolera se
podría hacer. No podemos hacerlo en un país que no tiene un mercado ni
un sistema para sostener algo como eso”, dice el director de La clase
y Comando X de la Villa del Cine, que dictó el taller en el
que se hicieron los cortos. En cuanto a lo segundo agrega: “Siento que
la dramaturgia, el guión y el trabajo con el actor son los puntos
débiles, y hablaría de mi cine, para no meterme en rollos. Si en algo
hay que profundizar es en eso”.
Vive
se convirtió en el lugar para llevar adelante el proyecto porque Varela
ha estado vinculado al canal desde sus inicios, y en un momento la
televisora se preocupó mucho por las formas, las formas de hacer y los
medios. Además, Vive estaba a la búsqueda de contenidos que
diversifiquen su perfil informativo y educativo. El taller que dictó
Varela fue de escritura, de dirección y de dirección de actores, y en él
se mantuvo la horizontalidad y se privilegió el trabajo colectivo. Eso
significa que los actores hicieron el curso de guión y dirección, y que
la escritura fue un proceso en el que todos participaron. Los
intérpretes hicieron también aportes sobre la base de su concepción de
los personajes, por ejemplo. Todos, además, cumplieron varias funciones
en uno y otro corto: los directores fueron camarógrafos, los actores
hicieron arte, etcétera.
“Fue
un espacio de creación en el que cada uno hizo como lo que le dio la
gana, con algunos parámetros, y se reflexionó. Uno lo único que puede
garantizar es un proceso sano, limpio, hermoso. Los resultados, tanto
por su calidad como por qué tan experimentales sean, son producto del
proceso. No es que uno se plantee llegar allá. Sería mentira, ¿sabes?”,
dice Varela, y añade: “La idea es multiplicar unidades de ficción con
otra perspectiva de trabajo. Vamos a agarrar el laboratorio y tratar de
reproducir la forma de producción, mejorándola”.
De Barrio Adentro a Dogville
Las
historias de los cortos del Laboratorio de Ficción tienen origen en una
diagramación que hizo José Antonio Varela hace más de cuatro años para
un proyecto que se tituló Encrucijada, basado en historias que
conoció cuando hacía documentales al comienzo de la Misión Barrio
Adentro, en los municipios Libertador y Sucre de Caracas.
En
Divididos el protagonista es un estudiante de medicina de clase
media que llega con aprehensión y disgusto al barrio a hacer su
pasantía, y allí vive una serie de experiencias que le hacen cambiar, a
la vez que le crean conflictos con su pareja y le hacen sufrir en carne
propia los problemas de la comunidad. De alguna manera esa fue también
la experiencia del director, Nelson Núñez. “Me tocó ir a comunidades en
las que jamás había estado y, como ese personaje, yo también soy un
clasemedia. Me servía para reflejar los prejuicios, todo ese imaginario
que arrastra uno cuando se acerca a un mundo que no conoce”, cuenta.
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La
historia de Hay amores… es la de un joven que ha caído en el
delito y al que la madre rechaza, aunque él trata de demostrar que ha
cambiado. “Quería hacer una reivindicación del malandro, del tipo que
siempre está estigmatizado, quiere reincorporarse a la sociedad, a su
gente y que no se lo permiten por su pasado. Ese es un fenómeno
socio-psicológico que a mí siempre me ha llamado la atención: la persona
rechazada que consigue reivindicarse. No es solamente de palabra: hay
que ver en acciones cómo es eso, y eso es lo duro”, dice Manuel Pérez,
el director.
En la
narración insertó entrevistas a los personajes, no a los actores, algo
que Pérez atribuye a la seducción que ejerce sobre él documental,
después de trabajar durante 20 años en el cine de ficción. “Uno hace
documentales dramatizados; yo quise hacer un drama documentalizado, como
si primero hubiera sido hecho el documental, que le da una terrenalidad
a esos personajes, y después hubiera hecho la historia”, dice.
Johnny también
trata de la redención. El protagonista es un ex recluso que, al volver
al barrio a intentar reintegrarse a la familia y trabajar, termina entre
dos aguas igualmente turbias: el delincuente que quiere reclutarlo para
perpetrar un robo y su hermano, Alexander, líder político en la
comunidad, que lo pone a trabajar en la construcción de una escuela en
la que hay corrupción. Eso último fue un tema que surgió a medida que se
desarrollaba el guión. “Alexander tenía que ser realmente la contraparte
de Johnny. Entonces, lo que se nos ocurrió fue buscar la corrupción de
ese personaje como concejal, o supuesto concejal, elegido popularmente,
y que es un ladrón. Es un enfrentamiento entre Johnny, que es un
malandro de a pie, y un tipo que está agazapado ahí y jode incluso más
que el otro”, cuenta Julián Balam, el director.
Destaca en el filme la actuación de Vicente Peña, un actor de teatro de
fuerte presencia escénica, que parece hecho a la medida de los
personajes de pocas palabras como Johnny. “Algo que me gustó mucho es
que es un tipo contenido, lo que es difícil de encontrar. A veces parece
que se tragara las palabras. Además, constantemente aportaba ideas. La
talla del Nazareno fue idea de él porque me dijo que, como actor,
necesitaba un elemento externo que detonara ciertas cosas”, dice Balam.
Otro
detalle llamativo es el uso del jump cut, aporte del director, que es
editor: “El jump cut genera un efecto para desarticular ciertas acciones
que me gusta bastante. En Johnny lo uso en pocos momentos y
representa la desarticulación del interior del personaje. Cuando él está
preparándose supuestamente para el atraco, y está en su cuarto y hay
todo un ritual con el Nazareno que terminó de tallar, y se persigna,
besa la cruz y tiene la pistola, iba al caso porque desarticula esa
acción que quizás está como muy limpia por fuera. De algún modo faltaba
ensuciarla un poco”.
Corazón convicto,
el cuarto mediometraje, relata la historia de una médica cubana
de edad madura que llega a una comunidad, donde al principio encuentra
rechazo por el apego de la gente al doctor que atendía el dispensario.
Ella conoce en el barrio a un ex presidiario con ganas de redimirse. El
filme destaca por su propuesta vanguardista, puesto que fue grabado en
estudio, con una escenografía que no es realista y con dos tipos de
cámara marcadamente diferentes.
Esa
opción avant garde se debió a problemas con las locaciones.
“Originalmente había concebido la película cinematográficamente con
locaciones reales. Pero tuve que replantearme el concepto y llevarlo al
terreno que más manejo, que es el teatro”, dice Ignacio Márquez, el
director, que tiene 20 años de experiencia en ese medio. “Hice una
puesta en escena teniendo como referencia a Dogville, sin querer
ser un fusil de Lars von Trier ni mucho menos. Lo que hicimos fue
recrear el callejón de un barrio en el estudio. La diferencia es que no
hicimos el mapa como el que se ve en esa película, aunque la división
que hicimos entre una edificación y otra incluye puertas y ventanas en
el aire. He trabajado mucho en el teatro generar distanciamientos en el
espectador que, aunque suene paradójico, al mismo tiempo crean más
conexiones. Un ejemplo, que no estaba originalmente en el guión pero que
después ganó peso, es que los actores presentan a sus personajes. Es un
juego de desdoblamiento de la situación”.
Una
de las cámaras que se perciben en la película es subjetiva, manejada por
una joven con síndrome de Down, que hace como si fuera una reportera
comunitaria y graba lo que sucede con un celular. La otra que hace un
registro regular, que ofrece un punto de vista omnisciente, y es también
la que registra la presentación de los personajes por parte de los
actores. “La cámara de Samanta nos permitía entrar en un universo más
íntimo. Es una cámara metiche, chismosa. Pero, como es una historia de
amor, Samanta se convierte en una especie de hada madrina”, dice
Márquez.
El
trabajo de Samanta Landi como Samanta hace que parezca una ironía decir
que una persona con síndrome de Down sea discapacitada intelectual. “Sus
capacidades y potencialidades muchas veces son más que las de las
personas regulares”, dice el director, que ha hecho teatro con gente
como ella. “Uno de los elementos esenciales que debe tener un actor es
la capacidad de jugar. Eso uno lo pierde por asumir con demasiada
seriedad su trabajo, y ellos tienen una disposición al juego permanente,
constante, que le da a uno mucha fluidez para trabajar. Ellos tienen
también un canal directo a la emoción, y expresan lo que sienten, para
bien o para mal, en todo momento. A veces las limitaciones están más en
la cabeza de uno que en la de ellos”.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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