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entrevistas
"Es un llamado de alerta:
no quisiera que ese río, que es el más grande que tenemos, se pierda"
El corto que fue tesis de grado de Manuela Blanco en la Escuela
Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños, El Morichal,
fue presentado el 19 de julio en La Habana. Se trata de un avance de un
proyecto de largometraje titulado El río que nos atraviesa, que ganó
el premio del fondo holandés Jan Vrijman en el Forum Documental del Docbsas
en 2008 en Argentina, y cuya segunda fase de rodaje comenzará en septiembre con dinero
del CNAC.
La película trata de la fuga de gas en las tierras de la comunidad kariña de
Tascabaña, en el sur de Anzoátegui, cerca del Orinoco. En esa zona, donde
hay 35 pozos petroleros abandonados que perforaron compañías como Exxon
Mobil y Texaco, algunos en tiempos tan remotos como 1948, comenzó a emanar
gas en 2000 por múltiples lugares, lo que ha contaminado el agua y ha creado
el riesgo de que se produzca una explosión. Pdvsa tomó cartas en el asunto
el año pasado, al igual que ha construido una escuela en el pueblo, lo ha
pavimentado y ha instalado un tendido eléctrico nuevo. Pero la dificultad de
la tarea ha superado la voluntad y capacidad de resolverla: aún no han
encontrado el pozo específico del que emana el gas, lo cual plantea la
posibilidad de que tengan que desviar un río para perforar con el fin de
hallarlo. Incluso la escuela la tuvieron que mudar porque en el lugar donde
estaba comenzó a brotar gas cuando perforaron un pozo de agua, refiere la
directora.
A la luz de esa experiencia, la preocupación principal de Blanco es por las
posibles consecuencias ambientales del proyecto Magna Reserva de explotación
de la faja petrolífera del Orinoco. El lunes la ABN difundió la noticia de
que Repsol halló allí un pozo con reservas de 31 millardos de barriles, más
que todo el petróleo que hay en Norteamérica. Otro antecedente es el
desastre causado por Chevron Texaco en el Amazonas de Ecuador, que es
tratado en el documental Crude de Joe Berlinger, exhibido en el
Festival de Sundance. Por causa de la contaminación, el cáncer de estómago,
boca y útero, defectos congénitos y otras enfermedades han diezmado allí a
la población indígena. El origen del problema es similar a la de Tascabaña,
aunque en Venezuela los pozos no fueron dejados abiertos a propósito, como
parece que sucedió en Ecuador, y las consecuencias no han sido tan graves
hasta ahora: la dificultad para clausurar completamente los pozos, una vez
concluida la explotación.
Pero Blanco no ha hecho ni se propone hacer una película de denuncia
convencional. No falta en El Morichal el batazo que hay que dar
cuando un personaje la pone fácil, como un ingeniero de la petrolera estatal
que insiste en que el gas no se mezcla con el agua y toma un sorbo para
demostrar que es potable. “Ven, estoy sanito”, dice. Pero lo importante es
que son los indígenas kariña los que dan cuenta del problema, no sólo a
través del relato de sus gestiones en español, en la voz de los dirigentes,
sino también en su lengua y con su característica manera de representárselo,
de acuerdo con su forma de pensar. En ese otro relato, el tufo de la
contaminación hace que huyan los akodumos, que son los señores del agua, y
por esa misma razón se enfurecen y quieren cobrarse el daño que les hacen.
Vértigo conversó con la directora sobre el corto y el proyecto del
largometraje, cuyo trabajo se inscribe en la línea de cine indigenista
iniciada por Carlos Azpúrua en Venezuela, con filmes como Yo hablo a
Caracas (1978).
—Usted dio la palabra a los indígenas para que cuenten lo que pasa de la
manera como lo entienden. ¿Por qué prefirió hacer eso a emplear otros
recursos que pudieran haber resultado más contundentes para la denuncia?
—Decidí que iba a denunciar pero de una manera diferente porque tenemos
cosmovisiones muy distintas y es hora de que le demos una oportunidad a
la de ellos. En esa cosmovisión todo está unido, nada está separado.
Como todo está unido me pareció importante incluir la mitología: hacia
dónde vamos y por qué, cuál es la explicación que ellos le dan. Hay que
escucharlos, porque los que realmente sufren y padecen todo eso son
ellos.
—¿En el largo piensa trabajar de la misma manera o va a recurrir a las
cifras y recursos similares?
—Quiero más bien ir hacia lo personal, incluirme a mí. Yo soy uno de los
personajes en el largo y pienso incluir dos historias de vida más, de
personas afectadas en su cotidianidad, y cómo se refleja eso en la
cosmovisión de los kariña y de los warao, que es la otra comunidad con
la que pienso trabajar. En la mitología warao también hay otros seres
que son los dueños del agua, tienen un mundo aparte en ella. Me interesa
cómo ven los indígenas el problema de la contaminación porque es muy
fácil verlo con cifras, etcétera. Pero también tenemos grabadas
entrevistas con la gente del proyecto Orinoco Socialista, que va a la
par de Orinoco Magna Reserva, que es para que no se convierta toda la
zona en petrolera sino que también se lleven a cabo otros proyectos. En
ese sentido sí queremos que la gente de Pdvsa nos dé cifras: cuántos van
a ser los barriles de petróleo y cuánto se va a reinvertir en las
poblaciones cercanas a la faja.
—En el cine venezolano actual hay una corriente indigenista importante y
renovadora. Creo que de alguna manera el corto se inscribe en ella. ¿Por
qué es tan atractivo para el cine el tema indígena?
—En
mi caso en particular porque toda la vida he estado involucrada con
grupos indígenas e intentado apoyarlos de diversos modos. Creo que de un
momento para acá se ha comenzado a dar vuelta atrás y hay un
redescubrimiento de las culturas venezolanas, y mucha gente se ha ido
orientando hacia el indigenismo. De alguna manera es porque estaban ahí
todo el tiempo y no nos dábamos cuenta. En los años ochenta también hubo
una explosión de este cine, con Carlos Azpúrua. A mí en particular me
alegra muchísimo que haya un retomar de eso porque me parece que ellos
tienen una sabiduría que nosotros deberíamos escuchar.
—Cinematográficamente, ¿qué aporta filmar a una gente que piensa
diferente, plantea denuncias de una manera distinta?, ¿qué cambio hay
que hacer para captar eso?
—Sobre todo, hay que estar dispuesto a escuchar, para poder procesarlo y
plantearlo cinematográficamente. Trato de escuchar lo más posible para
poder digerir y procesar. Pero no es sencillo, porque muchas veces ellos
se cierran. Están cansados de que la gente los use y después se vaya, y
no haya un intercambio. También creo que es importante que haya
retroalimentación. La semana que viene voy a Tascabaña a mostrarles
este primer avance, para que ellos digan qué falta. Muchas veces uno se
sorprende con las cosas que dicen. Se trata de trabajar en conjunto.
—¿Cómo se juntaron para el filme las ideas del petróleo y el Orinoco?
—Somos un país petrolero. Vivimos del petróleo. Mi mayor temor es que en
el megaproyecto que comienza se cometan errores que se cometieron
anteriormente. Espero que no, y he visto que de alguna manera Pdvsa ha
reaccionado de manera diferente. Lo que ocurre en esta primera entrega,
El morichal, lo que vi en la comunidad de Tascabaña, es que de
alguna manera se está haciendo responsable de los daños anteriores. Pero
es un llamado de alerta: no quisiera que ese río, que es el más grande
que tenemos, se pierda. La idea del largo es seguir buscando y ver qué
es lo que pasa. Pienso ir a Pedernales, que tiene enfrente la plataforma
deltana, y ver si las comunidades cercanas a esa zona de riesgo se
benefician y cómo se involucran. Todos deberíamos involucrarnos porque
es una de las grandes industrias. Pienso que dentro de 20 años el
problema mundial no va a ser el petróleo sino el agua, y esa es una de
nuestras mayores reservas de agua, a pesar de que está algo contaminada.
Es un río que tiene agua potable y todavía estamos a tiempo de hacer
algo por él.
—¿Manejó como referencia el caso de Chevron-Texaco en Ecuador?
—Sí.
—¿Teme que pueda pasar algo parecido?
—Realmente eso es lo que me da más miedo. Tuve la oportunidad de ver el
documental Crude en el Festival de Guadalajara, cuando estuvimos
con el proyecto en el Iberoamerican Crossing Borders, y era el desastre.
Sobre todo el impacto en las comunidades aledañas, los problemas de
salud. En el momento no se detectaron sino que muchos años después
comenzaron a darse cuenta de los daños que habían causado. Y es igual
que en Tascabaña: pozos mal sellados, pozos que estaban deteriorándose.
Los casos de Ecuador están a flor de piel y de estómago por el consumo
de agua contaminada. En Tascabaña hasta el momento no se ha visto eso.
Pero el daño es tan reciente que no sabemos qué puede pasar a futuro.
—¿Los indígenas le han puesto fecha a Pdvsa para que resuelva el
problema?
—Los
kariñas siempre han tratado de solucionar el problema. Sobre todo el
gobernador de la comunidad, Neptalí Tamanaico, y su hermano, Leonardo,
que fue el anterior gobernador. También a través del Parlamento
Indígena, con el diputado José Poyo. A través de él han tratado de
mediar con Pdvsa y hacerle presión. Y a través del administrador del
Parlamento Indígena, Leonardo Machuca. Su familia es de la comunidad. Él
es hijo de Leonardo Tamanaico. Se supone que hay una fecha, pero se va
posponiendo porque no encuentran el pozo. Es un problema complejo y, si
ese es uno de los afluentes del río, imagínate cómo sería en el Orinoco
con Magna Reserva.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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