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entrevista
"Las partes abandonadas
de El Peñón son místicas. Entras allí y se dispara una energía en
ti"
Recuerdo de mi loquera de
Manuel Guzmán Kizer ganó el Premio Especial Autonomía Universitaria
UCV en Caracas Filminuto 2010, el festival para documentales de un
máximo de dos minutos de duración que Organiza la Escuela de
Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela. Es una obra duramente hermosa y
madura, hecha por un estudiante de pregrado. El realizador llevó a
Armando Rojas Guardia al Psiquiátrico El Peñón, donde el poeta
estuvo recluido en una etapa de su vida, para que hablara de la
locura. La parte abandonada del hospital que sale en el filme parece
la puesta en escena de un filme surrealista. Hay desde papeles
quemados hasta una muñeca aplastada por una santamaría. “El Peñón
era la casa de Marcos Pérez Jiménez. Esa me parece una metáfora muy
arrecha del país”, dice Guzmán Kizer en referencia al dictador que
gobernó Venezuela de 1952 a 1958.
“Cuando
hay una crisis económica y política tan fuerte, la locura
chisporrotea”, agrega en referencia tanto al documental como a la
siempre precaria situación económica del poeta, que vive de los
talleres literarios que dicta, de los derechos de autor de sus
libros y de la solidaridad. “En estos momentos, si tú no estás
cuadrado políticamente, no recibes apoyo, no recibes financiamiento.
Rojas Guardia no está cuadrado. Pero hay
un montón de gente preocupada por él. Se hacen subastas, le regalan
una habitación por seis meses... Pero se piensa en el ahora. No hay
una solución a más largo plazo. Y no estamos hablando de un
indigente sino de alguien que trabaja. Armando trabaja, y creo que
es uno de los poetas vivos más importantes de este país”. Así
explica una de las razones que les impulsaron, tanto él como al
personaje, a grabar la película y presentarla a Filminuto: ganarse
el premio y compartir el dinero.
Vértigo conversó con Manuel Guzmán
Kizer sobre Recuerdo de mi loquera,
cinta que surgió como un trabajo de curso de la Escuela de
Comunicación Social de la UCV, en un taller de cine que dicta
Gustavo Rondón.
—¿Cómo
conoció la obra de Armando Rojas Guardia?
—Con
Rojas Guardia hice el primer taller de literatura en mi vida. Creo
que es el que más me ha afectado. Había leído unas cosas, y sabía
por Crónica de la memoria
cómo él había pasado
por la locura, que es de manera muy bella. Luego llegué a “La
desnudez del loco”. De ahí es de donde sale el filminuto.
—¿Qué
le llamó la atención de la obra del poeta?
—Él
logró articular la locura con la homosexualidad y un montón de cosas
que son realmente desgastantes desde un punto de vista físico. Se le
ve que ha vivido duramente. Eso lo lleva a través de su relación con
la religión. Él es católico. Cree profundamente en Jesucristo, y
cree que puede practicar eso independientemente de la institución,
que es el Vaticano. Es una persona que ha llevado todo eso
coherentemente y la literatura es parte importante de su terapia.
Pero el tema de que está mal, de que tiene un problema habitacional,
de la situación de los poetas, de la locura es un lado. El otro
ángulo, y es lo que le da profundidad al asunto, es las ganas de
vivir de Rojas Guardia, que es lo que yo creo que más espacio ocupa
en él. Es como andar superando un montó de trabas que adquirió.
—¿Cómo
fue el proceso para llevar a Rojas Guardia a El Peñón?
—Yo
había hablado con la directora del hospital, que es una persona muy
grata, y con los enfermeros. Les había dicho que íbamos a hablar de
la locura, que iba a haber escenas bonitas, pero Rojas Guardia
empezó a descalificarlo todo. No pudimos dejar mucho porque se fue,
me dejó. Hay poco material de él recorriendo El Peñón. No aguantó.
El Peñón está dividido como en cinco partes. La casa de madera, que
es como la antesala del infierno para Rojas Guardia. La casa de las
muñecas era la casa de las hijas de Pérez Jiménez; ellas jugaban
allí. Está el pabellón de hombres, el pabellón de mujeres, que eran
las caballerizas, y una parte de drogas que ahora está abandonada.
Me fui a recorrer esa parte de El Peñón sin Rojas Guardia, y fue
como una cosa innata, instintiva. Hay un momento en el que choca la
cámara contra una reja. Intentaba buscar imágenes que reflejaran lo
que él dice en “La desnudez del loco”. He leído el poema como veinte
mil veces. Todo fue así, como para documentar que pudimos entrar. El
recorrido fue una demencia. Las partes abandonadas de El Peñón son
místicas. Son otra realidad, un portal. Entras, y se dispara una
energía en ti. Hay cosas quemadas en el piso, cantidad de píldoras y
unos vigilantes más locos que los locos. Es uno de mis lugares
favoritos en Caracas.
—¿Cómo
trabajó el montaje y el montaje sonoro?
—Intenté
montar eso como si fuera música. Hice una edición compactada,
montando unas voces sobre otras, porque me parecía que había mucha
información que no podía perderse por la presión de los dos minutos,
y ahí quedó.
—¿Cuál
es la mayor dificultad para hacer un filme de 120 segundos de
duración?
—Centrarse
en un tema. Creo que supe cuál era el tema en retrospectiva. En el
momento nunca pude saber muy bien qué estaba haciendo. Me dejaba
llevar. Pero gracias a la paciencia de los profesores y todos los
consejos que me han dado, en retrospectiva sé que trata sobre la
comunicación para un psicótico. Cómo elaborar sus experiencias
pasadas, expresarlas y, en cierta medida, curarse.
—¿Qué
planes tiene después del premio de Filminuto?
—Pienso
hacer varios trabajos documentales con algunos poetas. Vamos a ver
si consigo algún tipo de financiamiento, aunque es difícil la
situación ahora.
—¿Sobre
qué poetas quiere hacer documentales?
—Le
dije a Rafael Cadenas y me dijo que sí. Pancho Massiani está listo.
El guión lo estoy haciendo con Rodrigo Blanco y Luis Yslas. Me
encantaría J. M. Briceño Guerrero. Es cruel, pero son los que tienen
más edad, por razones obvias.
Pablo
Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve
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