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entrevistas
"Influyó la libertad de
despegarme de una obligación semántica nacional"
Dos películas de Miguel Curiel se presentaron en el
Festival de Mérida: No me lo van a creer y La niña de
Maracaibo. La segunda fue retirada de competencia por el director
debido a problemas con la proyección de la copia en video. El realizador
de Una noche oriental y el documental Hasta siempre comandante,
sobre la ruptura entre Teodoro Petkoff y Douglas Bravo y sus
consecuencias para la lucha guerrillera en el país, se reincorpora así
al cine venezolano luego de estar radicado durante 22 años en Francia,
dedicado principalmente a la realización de documentales.
No
me lo van a creer
es una película de un tipo que no se hace mucho en Venezuela, y si se
ruedan no trascienden. Trata de un grupo de hombres reunidos en un bar,
que cuentan sus historias. En una de ellas una misteriosa mujer, vestida
de blanco e interpretada en el filme por Emma Rabbe, llega al local para
iniciar un juego erótico de dominación con ellos y con una mesera. Pero
además del cuento que se confunde con la realidad de la historia del bar
hay otras variantes de lo que se cuenta que la película explora. Fue
hecha de manera independiente. “El CNAC se pregunta, ¿cine experimental
para qué?”, dice el director. Sobre La niña de Maracaibo ya se
escribieron unas primeras líneas a vuelo rasante en Vértigo: es
una película de cine negro mágico, en la que un policía vasco es enviado
a Venezuela a proteger a la mujer alijuna (extranjera) de un cacique
wayuu de la Guajira, que se dedica al contrabando y que es víctima de
una misteriosa amenaza. Está hablada en español, en la lengua del pueblo
originario, el wayuunaiki, y en euskera, la lengua vasca, y tiene una
secuencia en la que dos personajes intercambian unas palabras en árabe.
Vértigo
conversó sobre ambos filmes con el director.
—No
me lo van a creer dice al comienzo que es un homenaje a John
Cassavetes. ¿Por qué?
—Es
uno de mis directores faro. Me interesa el proceso de Cassavetes y esa
película se hizo un poco dentro de ese estilo, salvando las distancias.
Esto es Venezuela, no Estados Unidos. Cassavetes tenía un grupo con el
que trabajaba y hacían películas juntos. Este no es un grupo teatral. La
película se hizo con 22 personas asociadas, de las cuales 4 son
empresas. Todo el mundo puso. El juego era: tú siempre puedes poner 7
días e invertirlos en algo a pérdida, que no sabes si ganas o no pero es
interesante hacerlo. Pero todos tenemos una participación si llega a
ganar dinero. Si es 1 dólar, será dividido entre 22, de acuerdo con
porcentajes, porque no todos cobraremos lo mismo. En verdad la película
costó 1 millón de bolívares, pero ese millón es de puro corazón.
—Volvamos a Cassavetes, que es más interesante que el dinero. La
película no empieza de esa manera, pero llega un momento en el que se
nota el comienzo de la improvisación de los actores y de la cámara. ¿Por
qué ese cambio?
—La
improvisación comienza a partir del momento en que la mujer vestida de
blanco vuelve a entrar, cuando prácticamente no hay más palabras, ya no
hay guía sino acciones marcadas. A partir de allí es realmente
improvisación y en algunas cosas como el strip tease, que no es tal sino
un cambio de ropas entre dos mujeres. Yo dejé que ellas me propusieran
eso. Digamos que hay acciones donde la improvisación es más clara, y
evidentemente hay otras partes en las que el texto se determina más
siempre. Incluso yo proponía cosas, y dejaba que opinaran y que me
propusieran cosas. Otra de las raíces en Cassavetes es que es una
película hecha prácticamente toda en primer plano y en planos medios,
con movimiento.
—¿Improvisa también la cámara?
—Argelia Castillo improvisaba y me proponía encuadres. No sólo ella,
también la script. Javier Martintereso, el director de arte, quería
poner fotos de los años setenta en la pared, y decidimos entre todos que
no porque teníamos demasiados personajes en primer plano. Tampoco es una
película de los años setenta. No es la temática de Cassavetes sino su
espíritu. Lo hice como homenaje a la manera venezolana, no gringa. A mí
me tocó hacer la segunda cámara. Las cosas más sencillas las hacía yo
para poder estar en el juego. Me acuerdo de una frase que Cassavetes le
decía a su camarógrafo, cuando estaba desesperado: “No me importa, tú
sigue al actor”. El actor es el que manda, no la cámara.
—Usted pasó 20 años trabajando en Europa. ¿Qué hay de europeo en la
película?
—Lo
bueno de Europa, para mí, es que es una vitrina gigantesca de América
Latina, cosa que no es América Latina de sí misma. En todos mis años de
eso que llaman “formación”, todo el cine latinoamericano lo vi en
Europa. Yo estoy mucho más influido cinematográficamente por el Cinema
Novo brasileño que por Cassavetes. Con Cassavetes hay un
distanciamiento, porque es un norteamericano. Más cercano incluso es
Godard. Pero es un suizo, y la relación conmigo es distinta. Cassavetes
me interesa también por su desparpajo. Tiene una frescura que es muy
raro conseguir en Europa, incluso en Godard, que es el que más trata y
el que más llega. Pero no siempre es fresco: está muy claro en para
dónde va la cosa, no es la improvisación del juego. Cassavetes marcó
todo el cine americano porque él estaba jugando con una semántica, y es
lo que más me interesa para mi trabajo y por lo que le hago el homenaje.
—Volviendo a lo de Europa, en ella tienes un gran museo. Vas a Roma y es
un museo abierto. París, uno de los sitios donde más viví, es el museo
del cine. Hay 350 salas de cine y, cuando yo estudiaba, tenía un carnet
para entrar de lunes a viernes las veces que quisiera y a la hora que
quisiera. Si no me gustaba, me salía, y si me gustaba, me quedaba. Tengo
mis hitos de los años setetenta: Bertolucci, varios que me juegan mucho.
También influyó la libertad de despegarme de una obligación semántica
nacional…
—¿Obligación semántica nacional? Eso suena pesado…
—Pesado y duro. Hay mitos que se forman alrededor de cualquier cosa. Con
respecto al cine nacional se crearon mitos como el que todas las
películas eran de groserías, de putas y malandros. Cuando hablo de esa
semántica me refiero a que, cuando se habla de cine nacional tiene que
parecerse de alguna manera a algo que se parezca al cine nacional. Yo no
sigo esa lógica. No tengo nada contra el cine nacional. Considero que
El pez que fuma es una de las películas más bellas que he visto en
mi vida. Aunque sea la más fea, estéticamente, es una de las más
maravillosas que he visto en mi vida y sigue siendo la mejor del cine
nacional. Y muchas más: está Macu, hay otras que me interesan por
la estética. Pero siempre hay eso que la gente encuentra extraño en mis
películas que es que yo no me acomodo a esa cosa de “oye, chico, como
estás tú”. Yo soy venezolano también y tengo una estética. Pero me tocó
vivir muchos años afuera y tengo una cultura que me dieron, aunque yo no
la exigí, porque vivía en un mundo que era así: mis padres viajaban a
Londres y yo veía 17 obras de teatro en 15 días. Yo no puedo arrancarme
esa cultura para ser nacional, aunque soy parte del mundo nacional y
escribo nacional. Que no me vengan a decir que esta película no trata un
tema venezolano. No lo trata como es tratado regularmente, cuando
hacemos una serie de caricaturas de cómo somos los venezolanos. Esa
semántica es una caricatura de nosotros mismos.
—En la película aparece varias veces el motivo del espejo que
distorsiona la imagen que refleja. ¿Tiene algo que ver con lo que busca
en su cine?
—La
idea era meter al público en la posibilidad de otro mundo. De ahí viene
un juego que es mucho más austero al principio, con un espejo sucio, un
espejo de bar. Los espejos también son una forma de puntuación. Estaban
pensados y se filmaron para eso. Nunca repetíamos el mismo plano. Si
hacíamos dos veces la misma escena, cambiábamos la cámara para tener
todas las opciones y posibilidades. Digamos que los espejos fue un poco
obsesión mía. El grupo no lo entendía mucho en un principio pero me lo
seguían y les gustaba, y había miles de proposiciones de la camarógrafa.
Nadie sabía que iba a dar eso.
—Vamos a hablar ahora un poco de La niña de Maracaibo. Trajo a
colación antes el Cinema Novo. ¿Qué influencia tiene en ese filme?
—Para
mí Ruy Guerra es uno de los más grandes directores. Sobre todo en una
época; cuando hizo la de García Márquez no me gustó tanto. Él es de
Mozambique, pero en realidad es del grupo del Cinema Novo. Miguel Littin
también es muy importante para mí, y él también fue muy influenciado por
el Cinema Novo, que fue malentendido en un momento dado como realismo
mágico. La niña de Maracaibo no es realismo mágico. Es realismo
latinoamericano, que es distinto. Nosotros vivimos en un mundo mágico
continuamente. Eso me pegó mucho de niño o de joven, esa búsqueda de
imágenes y de aceptarnos a nosotros como nosotros vemos el mundo. A
veces es muy intelectual, a veces no intelectual, a veces es demasiado
loco. Dios y el diablo en la tierra del sol sigue siendo un
clásico. Tiene mucho de nosotros y es mágica. Pero no es realismo mágico
directamente. Evidentemente eso me influenció en este juego. Más que me
influenció, me permitió volver a eso, que es lo que más me interesaba.
Cuando hice La noche oriental se siente, a pesar de que el juego
de esa película era, como yo lo que había visto de la época de Pérez
Jiménez eran películas en blanco y negro mexicanas que me hablaban de
esa época, hacer algo en colores con esa estética. Pero en el fondo es
como un preámbulo de lo que pretendo haber hecho. Creo que hay un juego
en el que pienso empujar al público a no amarrarse al esquema de la
semántica americana. Al principio son unas cosas fáciles: una carreta
que desaparece. Después la magia se va haciendo más real, más cotidiana.
La película termina con muchas preguntas no respondidas.
—¿Hay algo de cine negro en el filme?
—Originalmente, cuando la comencé a escribir, hace 20 años, era un
homenaje directo al cine negro. Es más, empezaba mucho más duramente
como las películas en aquella época. La realidad me fue imponiendo poco
a poco que estamos en 2009 y que eso es bonito pero no funciona. Es muy
pesado, el público no va a aguantar y La niña de Maracaibo
pretende estar dentro de lo que se llama “cine comercial”. No me lo
van a creer no.
—En la película los indígenas son representados como delincuentes, gente
peligrosa, incluso siniestra. Eso puede resultar problemático para
algunos…
—¿Tú
lo sentiste así?
—Sí.
—Entonces fue un error de mi parte. No quise nunca hacerlos siniestros.
Yo siempre he dicho que esa película no es etnográfica. No estoy
haciendo un documental sobre los wayuu. Pero hasta a los maracuchos que
trabajaron conmigo les daba miedo ir a trabajar allá. La gente le tiene
miedo a los guajiros porque son un mundo aparte que ellos manejan. Un
guajiro mata a un guajiro, y es la ley guajira la que funciona. Eso es
parte de lo que me interesa. Yo les tengo un respeto enorme, y lo que
hice fue, simplemente, seguir y respetar sus leyes y sus reglas hasta el
final. El hecho de que disparen cuando hay un muerto no es siniestro.
Esa es una visión nuestra que quizás no controlé bien. Pero tampoco
quería poner a los indios como buenos, ni como mejores que nosotros,
como gente que tiene un corazón más noble. Los indios son ellos y
nosotros somos nosotros, y yo tengo que reconocer que soy un alijuna. No
tengo ninguna alternativa al respecto.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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