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entrevistas
"Aun en las circunstancias
políticas más agitadas, hay que desconfiar un poco e la superficie y
tratar de calar más hondo al buscar las cosas"
Paulo Antonio Paranaguá está de visita en Venezuela, para dictar el curso de
ampliación de posgrado Dilemas del Documental en América Latina: Tradición y
Modernidad, en la Universidad Central de Venezuela. También Yves Billon,
como jurado de la competencia andina del festival Documenta, que termina hoy.
Paranaguá, nacido en Brasil en 1948, es crítico, ensayista, doctor de la Universidad de
París I y uno de los más importantes historiadores del cine del cine
latinoamericano. Sobre ese tema ha publicado numerosos libros, como Cine
documental en América Latina, Tradición y modernidad en el cine de
América Latina y Arturo Ripstein: la espiral de la identidad.
Billon ha sido director de fotografía, director y productor de numerosos
documentales, varios de ellos sobre temas de América Latina. Entre los más
recientes están Cuba son (2003) y Havana Hip-Hop Underground
(2006).
La presencia en el país de estos dos conocedores del documental es una buena
razón para conversar con ellos acerca de cómo perciben la realidad actual de
ese tipo de cine en América Latina en general y en la región andina en
particular. Igualmente sobre la situación del cine documental en el mundo
hoy en día, cuando han pasado varios años del interés que despertaron el
Oscar que ganó Michael Moore en 2003 por Bowling for Columbine y la
Palma de Oro que recibió en Cannes al año siguiente por Farenheit 9/11,
y el éxito de otros filmes como La pesadilla de Darwin de Hubert
Sauper (Le cauchemar de Darwin, 2004). Vértigo tuvo la
fortuna de hallarlos a los dos al mismo tiempo, para entablar con ambos una
conversación.
—¿Qué es lo nuevo en
el documental de América Latina?
— A
mí lo que me llama la atención es lo que llamaría una desideologización,
en relación con el documental más militante, político de los años
sesenta-setenta –responde Paulo Antonio Paranaguá–. Eso se traduce en
particular en el hecho de que el documental se ha abierto a la
subjetividad de los personajes. Durante mucho tiempo, a pesar del sonido
sincrónico, que permitía dar la palabra al otro, se instrumentalizó para
tratar de hacer películas sobre determinados temas o enfoques que
transformaban a las personas en tipos, o representantes de categorías
sociales o de determinados grupos. Veo que ahora la subjetividad de los
personajes filmados es el tema del documental. Lo que importa es eso.
Creo que también el documental se ha abierto, en algunos casos que me
parecen interesantes por la calidad a la que se ha llegado, a la
subjetividad del cineasta. Hay una serie de documentales de los que
podríamos decir que están narrados en primera persona, en los que el
cineasta no se eclipsa detrás de la cámara sino que él actúa e incluso
provoca los encuentros. Él es el elemento motor de la película, y de esa
interacción entre la subjetividad del cineasta y la apertura hacia la
subjetividad de los personajes está surgiendo una nueva dramaturgia, que
me parece muy fecunda. La veo en películas brasileñas de Eduardo Coutinho o Joao Moreira Salles; la veo también en películas argentinas,
por ejemplo las de Albertina Carri o de Nicolás Prividera.
—Entre paréntesis, es muy interesante que una parte de las películas
sobre la memoria de la dictadura están siendo hechas ahora por hijos de
desaparecidos o muertos, y tienen un enfoque muy distinto del de los
sobrevivientes de esas dictaduras, que todavía tienen una visión muchas
veces idealizada o autojustificativa de lo que fueron las víctimas. Los
hijos están buscando otras verdades y otros elementos, y sobre todo lo
están haciendo con una dramaturgia nueva. Lo veo también en una película
como Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo de Yulene Olaizola,
en México, que también es una de esas películas en primera persona en la
que ella va construyendo un relato de una manera absolutamente inédita.
Para mí eso es un elemento que encuentro en varios países y que me
parece fecundo, y quizás sea un camino para tratar de desvendar otros
aspectos de las realidades hasta ahora más escondidas o recónditas de
América Latina.
—América Latina parece ser una región en la que lo que está cambiando es
la política. Ha habido cambios importantes de gobierno en casi todos los
países. Sin embargo, usted dice que el interés de los documentalistas es
por los personajes. ¿Por qué en el personaje y no en lo político?
— Lo
que apunto es una tendencia que tiene determinadas excepciones. Es
evidente, además, que cuando hay cosas nuevas que se producen en el
campo del arte o de la cultura, eso no quiere decir que las evoluciones
sean inmediatas, ni continuas ni en todas partes igual. Cuando en
Argentina se produjo una crisis como la de 2002, y se vino abajo toda la
estructura económica y social del país, uno ve un repunte de un
documental militante, que allá se llamó el cine piquetero, debido a ese
tipo de circunstancias. Incluso Solanas volvió a hacer documental en ese
contexto, de una manera distinta de lo que había hecho con La hora de
los hornos pero también muy comprometido Sin embargo, lo que digo es
que hay películas de la generación de hijos de víctimas de la dictadura
en las que está el tema político, pero planteado sin que sea en desmedro
de la subjetividad de los personajes. Van más allá de la cuestión de la
participación política que tuvieron sus desaparecidos padres. Creo que
eso abre el documental, no solamente a ese aspecto de la subjetividad de
los personajes y del cineasta, que no se esconde más detrás de una
supuesta objetividad, o no participación u observación distante, sino
que está ahí como un elemento de la narración. Cuando uno ve las
películas después de algunos años, no son las más coyunturales las que
sobreviven sino las que logran ir al fondo de las cosas. En ese sentido,
aun en las circunstancias políticas más agitadas, hay que desconfiar un
poco de la superficie y tratar de calar más hondo al buscar las cosas.
—¿Y qué es lo nuevo en materia de estilos?
—Creo
que eso de que se hagan en primera persona evidentemente es un rasgo del
documental internacional. Pero veo que en Europa y en Estados Unidos eso
ha llevado muchas veces a un documental un poco ombliguista, en el que
lo que interesa es el entorno inmediato del cineasta. Son una especie de
family movies de nuevo tipo, diarios filmados. En vez de confiar
sus intimidades al papel, como antes, son filmadas. Veo que los que han
utilizado ese procedimiento en América Latina lo hacen sin perder de
vista una imagen más amplia. Hay un título que es muy emblemático: La
televisión y yo del argentino Andrés di Tella, que es uno de los
grandes cineastas del documental hoy en América Latina. Desde el título
está planteado ese lado totalmente subjetivo, y resulta que esa película
empieza con sus problemas para hacer un documental sobre la televisión,
porque no hay memoria de la televisión, y luego eso va hacia una
historia de los medios, la relación del peronismo con los medios y, a
través de su familia, lo que ocurrió con los hijos de inmigrantes que
fueron self made men pero que los hijos ya no quisieron ocuparse
de la empresa. En conclusión, y resumiendo, se vuelve una gran película
sobre la historia de la Argentina contemporánea a través de esa primera
persona, en la que de pronto uno ve que la crisis de ese país puede
tener otras explicaciones que echarle la culpa, o al FMI, de un lado, o
al peronismo, del otro. Hay otros elementos que explican también la
crisis.
—Ese
tipo de capacidad de hacer películas en primera persona pero que, al
mismo tiempo, se meten y calan hondo en la historia de país y de sus
realidades, eso me parece sensacional. Hay una película brasileña, Um
passaporte húngaro de Sandra Kogut, en la que ella filma sus
trámites para conseguir un pasaporte de ese país, porque sus abuelos
eran judíos húngaros que emigraron a Brasil. El trámite es muy
complicado. La burocracia es tremenda, ella no habla húngaro; ese es el
lado divertido. Pero a través de eso ella rescata la historia de su
familia, con una abuela que cuenta las cosas más terribles del siglo XX
siempre con una sonrisita inmutable, un personaje absolutamente
fantástico, y muestra también un aspecto desconocido de la historia de
Brasil, que fue la inmensa resistencia que tuvieron las autoridades de
la época a recibir refugiados judíos. Esa película, que parecía de un
juego narcisista, se transforma en algo mucho más amplio. Creo que la
capacidad de mantener los dos polos, la subjetividad y una visión más
amplia de lo que rodea a los cineastas, es para mí característica de
América Latina. No lo veo tan claro, ni en el cine subjetivo de Europa
ni de Estados Unidos.
—Esta es una pregunta para Yves Billon: usted acaba de ver 30
documentales de los países andinos, ¿qué opina de ellos?
—La
primera impresión es la de una riqueza que no esperaba. Realmente
pensaba que entre los 30 me iba a aburrir por algunas temáticas y
algunas cosas, mas no. Realmente me interesó todo, desde el inicio hasta
el final. La única cosa que realmente me chocó un poco es que la mayoría
de los largos están muy largos. Ganarían un poco al ser en formatos un
poco más cortos.
—¿Qué rasgos estilísticos y temáticos de las películas le llamaron más
la atención?
—Lo
que me llamó la atención, por ejemplo, es el interés muy grande por la
coca. Bien sea por casos económicos, por casos sociales, por muchas
razones, creo que he visto, entre los 30 documentales, 3 o 4 que tratan
de la coca. Eso me sorprendió. La segunda cosa que me sorprendió mucho
es el interés por la vida indígena y Amazonas. Es un interés andino muy
fuerte.
—¿Qué diferencias percibe en el tratamiento del tema de la coca en esos
documentales con respecto a otros que usted haya visto?
—Yo
estoy produciendo una historia de la coca. Es claro que va a ser muy
diferente de lo que he visto. Seguro que la visión de un europeo sobre
la temática va a ser muy diferente de la visión de la gente que la
utiliza o la vive realmente de cerca. Es interesante, tal vez, comparar
esas dos visiones. Creo que para un director europeo hay siempre una
visión un poco exótica de este fenómeno de la vida andina, y entre los
documentales que vi en la selección me di cuenta que para los cineastas
el hecho de interesarse por la cultura, el cultivo y la explotación de
esa hoja es muy íntimo, muy de cada día. Esa sería la diferencia.
—En
materia de lenguaje, estilo, ¿hay algunas cosas que le hayan
sorprendido?
—La
idea general es la riqueza. No sé cómo la gente consigue producir todas
esas cosas con las dificultades que uno conoce para realizar un filme.
Creo que, más que en Europa, hay una democratización muy importante del
hecho de poder hacer filmes. Hay un filme que me interesó mucho en la
selección, es una película pequeña que se llama Sólo el amor salvará
al mundo. El título ya es una maravilla, y lo que imagino que ha
pasado es que un director, un cineasta, tal vez tenía su teléfono o su
pequeña cámara en el bolso y se encontró con esa persona en el Metro,
cantando esa canción. Lo filmó todo e hizo una joya increíble. Esa es
una cosa para mí inédita, muy interesante y muy espontáneo.
—¿Considera un rasgo importante del documental la capacidad de captar la
realidad de esa manera?
—Lo
que me interesa es lo que va de la idea al hecho. En este caso es un
camino muy corto, muy espontáneo e inmediato, y el resultado es
realmente bueno. Ese filme dura seis minutos. No sé cuál puede ser la
carrera de una película como esa pero es una experiencia muy
interesante. Te voy a decir otra cosa, que es realmente de mí. Tengo una
admiración sin límites que inició mi carrera. Es por un fotógrafo que se
llama Henri Cartier-Bresson. Para mí es el rey de tomar algo inédito en
el momento. Para mí siempre fue el gran fotógrafo de la espontaneidad, y
siempre en mi carrera de cineasta he intentado hacer Cartier-Bresson en
cine, que es un poco más difícil. Lo que realmente admiro en ese filme
del que te estaba contando es el Cartier-Bresson del cantante que cantó
esa canción.
—¿Existe un cine andino que pudiera distinguirse del resto del cine
latinoamericano?
—Creo
que no soy un conocedor tan grande como mi amigo –dice Yves Billon–,
pero creo que sí, por las temáticas amazónicas y lo que te cuento del
interés por la coca, por ejemplo. Además, si hablamos de Venezuela, por
la dificultad de la ingeniosidad para hacer cine social, en un país
donde hablar de política es un poco difícil en cine. El cine necesita
presupuestos, ellos están un poco en la mano del gobierno, y creo que
eso ha iniciado una inventividad muy fuerte y muy interesante que le da
un poco el color al cine andino.
—Hace unos años, con los documentales de Michael Moore y luego La
pesadilla de Darwin, hubo un gran interés, incluso comercial dentro
de sus limitaciones, por el documental. ¿Cómo ve la situación en este
momento?
—Yo
no vivo en este país para saber eso. La única cosa que puedo decir es
que, a pesar de las dificultades, los cineastas son más y más numerosos,
y están produciendo más y más. Eso es un hecho fundamental para el
documental. Creo que el punto más importante es la democratización de la
creación cinematográfica. Ese es un hecho que aquí, en América Latina,
es más fuerte que en Europa.
—¿Y la llegada al público cómo la ve?
—Ah,
eso no sé. Veo el drama de los cines aquí. No hay más cines para pasar
los filmes. El segundo drama es el poco interés de las cadenas de
televisión por el documental aquí. Son dos dramas que afectan la
producción de documentales. Pero, si a pesar de eso consiguen hacer
cosas, es fabuloso.
—Creo
que el gran desafío del documental es que necesita de apoyos como los de
la televisión, para obtener financiamiento y ventanas hacia el público,
y al mismo tiempo el documental es la antitelevisión como imagen –dice
Paranaguá–. De la misma manera, el documental independiente hace
cincuenta, sesenta años estaba en contra de lo que proponían los
noticieros. La imagen dominante eran los noticieros y el documental
hacía otra cosa que lo que hacía ese ritual del poder. Ahora el ritual
del poder lo vemos en la televisión. Lo que vemos son esos reality
shows y lo que el documental trata de hacer, incluso cuando rescata
la subjetividad, es algo radicalmente distinto de la televisión, no
solamente en términos de contenido sino sobre todo en términos de forma.
El tiempo de una toma, el tiempo en el que en el documental puede
detenerse a oír a alguien y con la cámara, que puede llegar a ser de
tres o cuatro minutos, eso está prohibido en televisión. Sus imágenes
son de segundos. Es un flujo ininterrumpido de microimágenes que, en el
fondo, aplastan todo lo que pueda ser la expresión de esos momentos. Esa
es la gran contradicción. Creo que es verdad, como decía Yves Billon,
que uno necesita el apoyo de las instituciones para poder hacer
documentales, pero al mismo tiempo el documental se levanta contra todas
las verdades oficiales y contra todos los poderes constituidos. El
documental necesita y busca más libertad, y eso es una contradicción
terrible.
—Al
mismo tiempo creo que el documental está, en este momento, aportando
algo nuevo al conocimiento de los espectadores que, evidentemente,
podrían ser más numerosos. Hay películas que tienen una capacidad de
comunicación con un público amplio pero que no llegan a él porque faltan
cines, porque la piratería ha destruido el mercado de DVD, que es una
gran oportunidad para la circulación de las películas hoy, pero con la
piratería queda todo destrozado y lo que quedan son películas
reproducidas en mala calidad y, sobre todo, el main stream.
Entonces hay un problema grave, pero creo que el documental vive un
momento muy estimulante y a la vez es una flor frágil que necesita
protección. Necesita que la estimulen, necesita que amplíen su difusión.
—Creo
que en este momento el cine latinoamericano vive una semilibertad muy
creativa –prosigue Billon–. En Europa se ha nivelado un poco por el peso
económico de la televisión el estilo de lo que se está haciendo. Cuando
un productor como yo vive solamente de la coproducción con la
televisión, eso restringe un poco la libertad creativa. En América
Latina, como no hay ese apoyo, hay una libertad y una creatividad
inéditas, y por poco tiempo. Imagino que, de aquí a poco, va a haber
cadenas documentales por todas partes, y espero que vaya a haber un
financiamiento normal del consumo por las televisoras.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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