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entrevistas
"Nuestra cultura wayuu
tiene cosas súper de vanguardia"
Kataa ou-outa (vivir-morir) es una de las películas que compite en el festival Documenta, en el renglón
de largometrajes de la región andina. La directora, Patricia Ortega, ganó el
premio al mejor documental en el Festival de Mérida en 2007 con El niño
Shuá, un filme sobre el intelectual wayuu Miguel Ángel Jusayú que se
inscribe en una línea de renovación del documental indigenista venezolano
que también sigue El cartero wayuu de Alejandra Fonseca (2007). Son
películas que rompen con los lugares comunes de la representación del
indígena como objeto de un discurso antropológico o de denuncia social con
fines políticos, para poner de relieve la cercanía que puede haber entre
esas personas y su mundo con la gente de cualquier otra cultura. Sin pasar
por alto los problemas que tienen los indígenas, revelan detalles
cotidianos, como la habilidad de los wayuu para la mecánica automotriz o
para escribir cartas a lugares a los que no se puede llamar por teléfono.
Incluso sacan a la luz intimidades, como la experiencia del primer beso. En
el Zulia, donde Patricia Ortega vive y trabaja, hay también realizadores
indígenas que destacan, como Leiqui Uriana y David Hernández Palmar, y la
temática de los pueblos originarios marca también el cine de Yanilú Ojeda,
realizadora de El terminal de pasajeros de Maracaibo (2006), filme de
ácida crítica social.
En Kataa ou-outa Ortega profundiza la búsqueda expresiva que le llevó
a utilizar la animación en El niño Shuá y también en la indagación en
la cultura del pueblo originario de la Guajira. La película, que dura 116
minutos, está hablada enteramente en wayuunaiki, la lengua de los wayuu. La
narración es de Gloria Jusayú, la hija de Miguel Ángel. La primera parte, de
alrededor de 20 minutos de duración, es una secuencia dedicada a su
mitología, realizada con una técnica inspirada en cintas como 300 de
Zack Snyder, que usa imágenes de actores retocadas y fondos creados
digitalmente. El hilo conductor es el viaje de una anciana que actúa su
papel (María Semprún) y se emplearon otros efectos especiales en varios detalles. Pero es también
un filme de dramático contenido social: el recorrido, que comienza en el
mundo mítico y atraviesa la Guajira, hasta llegar a Maracaibo, tiene como
última estación el relleno sanitario de la ciudad. Ir a parar al lugar donde
la civilización criolla manda todo lo que desecha, como si quisiera echar a
la basura a ese pueblo y a su vasta cultura. Imágenes como esa son
características de la expresión de la realizadora, que hizo un corto
documental sobre lo que queda del leprocomio de Maracaibo, titulado
Sueños de Hanssen (2005).
Vértigo conversó sobre Kataa ou-outa con Patricia Ortega, quien es también
realizadora de los documentales La boda de blanco (2002) y Dos
soles, dos mundos (2002), y de los cortos de ficción Al otro lado del
mar (2005) y , ganó el Premio Escuelas de Cine en el Festival de
Biarritz. Actualmente prepara su primer largometraje de ficción, El
regreso.
—Hace más de un año, en una entrevista con Vértigo, usted dijo
que estaba haciendo un documental sobre los wayuu que trabajan en el
botadero de basura de Maracaibo. ¿Cómo se convirtió ese proyecto en
Kataa ou-outa?
—Creo
que fue mucho gracias a Miguel Ángel Jusayú. Después de que hice su
biografía me acerqué muchísimo a ese mundo. No solamente por curiosidad
sino porque yo tengo familia wayuu. En mi niñez estuve muy cercana a
ellos, crecí con ellos, y después los perdí de vista. Hasta hablaba
cosas en wayuunaiki, pero ya no me acuerdo. Era gente muy querida pero
después, como uno cuando adolescente se vuelve loco, perdí esa pista, me
alejé. Con ese documental me volví a acercar. Realmente para mí fue un
descubrimiento. Al principio yo tenía un trabajo adelantado con niños
que trabajan en el relleno sanitario. La cosa se fue poniendo más
intensa porque me puse a leer, a investigar, y conseguí la obra
literaria de Miguel Ángel López Hernández, que se hace llamar Vito
Apushana, y retomé a Ramón Paz Ipuana y a otros escritores wayuu.
Encontré cosas hermosas porque son autores que, al igual que Jusayú,
hacen su poesía a partir del testimonio oral. No es que están en una
casa y se ponen a escribir. Ellos recopilan el testimonio de los abuelos
y lo trabajan. Entonces vino esa necesidad, esa idea, de hacer una
película que estuviese basada en esos testimonios de los abuelos; cómo
los abuelos vienen a contarnos las historias del pasado y qué ha pasado
con esas historias en el presente. Creo que es algo que se aplica no
solamente a los wayuu sino a todas las culturas, indígenas y no
indígenas. De allí nació esa idea.
—Al
principio iba a ser muy sencillito. Solamente iba a trabajar con
viejitos e iba a hacer algo más antropológico. Pero después, cuando
empecé a leer otras cosas y a hablar con los ancianos, me topé con la
mitología y su importancia. Entonces decidí experimentar mucho más.
Cuando abrieron la convocatoria del CNAC decidí meter el proyecto muy
temerosa, porque lo que primero que estaba escrito de Kataa ou-outa
era una cosa muy experimental. Me planteé la búsqueda de cómo
transmitir o cómo expresar la mitología wayuu, qué recursos iba a usar;
cómo iba a mezclar la mitología con el contexto cotidiano. Yo quería
expresar eso precisamente: cómo la cosmovisión está presente en la vida
de los wayuu, que es parte de nuestra cosmovisión como venezolanos.
Nosotros hemos perdido lo de la premonición, nuestras leyendas, por
sumergirnos en lo urbano, mientras que las culturas indígenas eso
todavía permanece en su cotidianidad. Aunque tengan un celular y gomas
Nike puestas, todavía creen que, cuando se les aparece un anciano en el
sueño, tienen que hacer lo que les dice.
—La estructura narrativa que eligió fue la del viaje. ¿Cómo llegó a
ella?
—El
wayuu vive en un constante viaje. Hay gente que vive acá, en Maracaibo,
que todos los fines de semana va a la Guajira. Están en un constante ir
y venir, son nómadas. Y, sobre todo, cuando mueren, tienen que regresar.
Su estancia aquí es una cosa circunstancial porque al final su cuerpo,
sus huesos, están destinados a volver a la Guajira. Ellos realmente no
están aquí para quedarse. Bueno, los que todavía quieren volver, porque
hay generaciones que no se sienten wayuu y no quieren serlo. Lo son
porque tienen piel morena y facciones indígenas, pero ya no son. Pero
los que son wayuu todavía viven en un constante tránsito. Son
inmigrantes dentro de su propio país. Para ellos es estar entre dos
mundos: entre su nación, su Guajira, y el mundo alijuna.
—En la película el viaje es también una caída de lo mítico a una
realidad social terrible: la del relleno sanitario…
—Quería crear el contraste entre lo hermoso y la riqueza de nuestra
cultura wayuu, que tiene cantidad de imágenes y cosas muy locas, tiene
cosas hasta eróticas y súper de vanguardia, y cómo eso se pierde en la
necesidad de sobrevivir en un mundo que todavía no llega a ser un
espacio intercultural justo. Ellos permanecen como algo exótico. La
postal de nuestros indígenas son unos tipos bailando con la cara
pintada. Lo usas para decir “la lucha indígena”: pones la fotico. Quería
que se sintiera de golpe cómo esa riqueza ancestral se tiene que mezclar
y tiene que vivir en situaciones tan extremas, y cómo puede sobrevivir y
seguir latente, a pesar de que muchas cosas hacen que a veces los wayuu
se pierdan en el laberinto urbano. Son pocos, como Vito Apushana o
Miguel Ángel Jusayú, que son seres de otro mundo para mí, los que han
podido mantener vivo todo eso a través de una lucha constante.
—Es una cultura que la sociedad arroja, literalmente, a la basura en la
película…
—Hay
gente que está en la basura, gente que está en Las Pulgas. Precisamente
por eso la anciana, al final, dice: “Nietos míos, escuchen mis palabras
y cuéntenselas a sus nietos”. La única manera de que sigamos teniendo
esa riqueza es que la mantengamos viva, que nos sobrepongamos a eso.
Para mí es un símbolo también de lo que pasa con nosotros como
suramericanos. Nos hemos vuelto una cultura de comida rápida, de cosas
plásticas, de tetas postizas, de muchas cosas que no somos nosotros. Nos
pasa lo mismo que les pasa a los wayuu, sólo que de otra forma
totalmente distinta.
—Dice
que Kataa ou-outa es un documental experimental. ¿Por qué tuvo la
necesidad de utilizar recursos como recurrir al personaje actuado de una
anciana, a la animación y a los efectos especiales?
—No
quería que fuese un documental antropológico, naturalista. Ya había
hecho varias cosas más cine directo, más espontáneas. Aquí quería marcar
que era un viaje mítico. Desde el principio ibas a estar en una historia
en la que ibas a comulgar con lo cotidiano y con la cosmovisión. Por eso
quería que esa anciana fuese mi hilo conductor y que marcara los
tránsitos del viaje. Que fuese obvio desde el principio: es un viaje en
el que lo mágico se va a confundir con lo cotidiano, con la realidad.
—Nunca en mi vida había hecho efectos especiales, y no sabía cómo se
hacían ni tenía el dinero para hacerlos. Conocí a los muchachos de La
Novia Pintada y empezó un trabajo para saber cómo íbamos a hacer para
que eso se viera, y se viera decente, porque no quería que quedara un
chiste. No quise que las animaciones se vieran perfectas, hiperrealistas,
sino que se sintiera que ahí había un trabajo mágico. Lo real es el
elemento humano y el espacio es lo digital. Fue la forma que conseguimos
de hacerlo. Sé que no es un documental fácil ni convencional. Estuve
clara, desde el principio, en que quizás hay gente que lo va a ver y no
se va a conectar porque se sale de lo común, pero ese era el reto que me
planteaba. Para mí cada película es una búsqueda.
—¿Cuáles fueron sus referencias gráficas y cinematográficas para la
creación de las secuencias de animación?
—Primero la plástica: un pintor wayuu que se llama Guillermo Jayariyu.
En su pintura nos inspiramos para el color y las texturas que íbamos a
usar. El trabajo de él es muy surrealista. No trabaja exactamente con
las deidades, con la mitología, pero tiene una cosa mágica que me
gustaba mucho. Vimos muchísimo animé y, en cuestión de técnica, lo que
se hizo en películas como 300. Esa es una película que está muy
retocada, en la que se trabaja con el ser humano y fondos digitales. Lo
que hicimos fue usar esa técnica. Claro, no nos iba a quedad como 300,
lógico, pero íbamos a hacer una versión que ayudara a que nuestros
personajes fueran reales, para tener todo el dramatismo del ser humano,
y jugamos con los fondos digitales. No te imaginas el trabajo, todo lo
que tuvimos que estudiar para llegar a eso. Por ejemplo, la escena de
wolunka, la mujer de la vagina dentada, es en una piscina plástica. La
mujer está metida en ella, en un estudio chiquitico, que era el único
que teníamos. Tuvimos que estudiar cómo hacíamos los encuadres para que
la piscina plástica desapareciera. Era una cosa que me daba mucho miedo
porque ni los animadores eran expertos en eso ni yo. Lo que hicimos fue
investigar muchísimo para tratar de no equivocarnos y, gracias a Dios,
salió bien.
—También hay una contraposición entre los efectos especiales y la
iconografía oficial de los wayuu, la que está plasmada en las estatuas y
murales. ¿Por qué?
—Es
el wayuu que está frente a la postal que se ha hecho de él. Para mí es
muy fuerte, después de sentir toda esa vida, la postal. “Como este es
territorio indígena, vamos a pintar unas figuritas aquí”, dicen, pero no
resolvemos el problema real de la interculturalidad, que tampoco está
asociada solamente con lo indígena, tiene que ver con nuestros
inmigrantes, con toda la mezcla de culturas que tenemos acá. Se hace una
postal del indígena, del afrodescendiente, para adornar, pero no hay una
profundización en la necesidad del cambio real. Creo que muchas veces el
estado, haciendo esas postales, remarca la división en vez de construir
un espacio intercultural. Crea un efecto opuesto a la real necesidad que
hay.
—Da la impresión de que el cine indígena e indigenista del Zulia crece
más y más. Cada vez produce más cosas y más interesantes. ¿Cómo lo ve
usted en este momento?
—Creo
que el documental indígena debe ser más atrevido y no quedarse en el
formato convencional: como es indígena, uso este estilo, porque
pareciera que eso es lo correcto. Eso nos lo tenemos que quitar de la
cabeza, los modelos. Eso viene mucho del género, de encasillar al
documental en un estilo, en un esquema, en un cliché o en una cosa
maniquea. Es un camino peligroso que se comiencen a producir cosas del
mismo estilo sólo porque es más fácil conseguir financiamiento y ese
tipo de cosas, o porque también se mete lo político y lo ideológico, que
es algo contra lo que tenemos que luchar, desgraciadamente. Desde el
punto de vista artístico, estoy muy cansada de ver las películas
venezolanas y de que todo sea en Caracas. Y no solamente eso sino que
siempre es la misma línea dramática. En el cine histórico que está
haciendo la Villa del Cine, ¿no sería buenísimo que contaran historias
desde el punto de vista de la lucha de los indígenas o de los pueblos
afrodescendientes, y no de los héroes criollos? Habría que mostrar la
otra cara de la moneda, la que no está en los libros de historia.
Incluso podríamos tocar otros temas y no hacer siempre la misma
película, porque todas parecieran tener el mismo guión. Estamos muy
chapados a la antigua. Tenemos que ser como más locos y atrevernos a
inventar más, sin temor a equivocarnos. Ya nos hemos equivocado
bastante; no importaría equivocarse un poquito más buscando una ruptura.
Siento que hay una necesidad urgente de abrirnos a nuevas historias, a
nuevos estilos, a un cine más experimental. ¿Es que aquí un Lars von
Trier no podría nacer? Creo que, si seguimos ese camino, podemos
enrumbarnos a tener un mejor cine.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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