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entrevista

Foto: cortesía Rafael Salvatore

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"En esta película no puede morir nadie"
 

En Foto fija... ma non troppo, que acaba de publicar la Cinemateca Nacional, Rafael Salvatore, autor clásico de la foto fija en Venezuela desde la década de los años ochenta, hace una crónica de los entretelones del cine nacional desde su punto de vista de observador privilegiado de numerosos rodajes. Es un trabajo documental intensamente narrativo, en el que cada imagen por sí sola, y en conjunto con las que fueron dispuestas por el artista antes y después de ella en el libro, cuenta una historia de cada película.

Pero también es más que eso: Salvatore confiesa que lo que más le atrae de los rodajes es que son laboratorios de observación de la psicología humana en situaciones en las que un grupo de gente debe convivir durante cierto tiempo bajo la presión del proceso creativo. Son una oportunidad no sólo para permitir que el público pueda ver lo que generalmente no le muestra el cine, que es la forma como se hace el cine, sino también para indagar cómo se comportan los artistas cuando crean.

Vértigo aprovechó la salida del libro para conversar con Salvatore de tres fotos, de manera que cuente su versión de la historia que cuentan esas imágenes. Fue también una conversación sobre tres personajes que figuran en la historia del cine venezolano: Jacobo Penzo, Mauricio Walerstein y Fina Torres.

Jacobo Penzo sobrevive milagrosamente al derrumbe de una torre de petróleo en el rodaje de En territorio extranjero (1992). Es una de las dos únicas fotos del libro que no fue tomada por Salvatore. Lo hizo una chica del laboratorio donde revelaba, en Maracay, que le acompañó al rodaje.

Había tres o cuatro cámaras filmando. Una debajo de la torre, en el piso, se había hecho un agujero para ella; una lateral y una de frente. Iba a comenzar a rodarse, y el asistente fue a la cámara que estaba debajo de la torre, enterrada, a hacerla arrancar. Alguien, por uno de esos errores de nuestro cine, dio mal la señal de que tenían que tumbar la torre, había una grúa detrás para hacerlo, y empujaron. Era una torre de hierro de verdad. Empujaron en el momento en el que el asistente iba a arrancar la cámara. Jacobo, cuando vio eso, corrió, porque le empezamos a gritar al asistente y no oía, porque teníamos un helicóptero arriba, bombas lanzando agua, un ruido espantoso había. No escuchaba que estaba en peligro, y Jacobo corrió hacia él a avisarle. Luego, en vez de correr para el lado que era, lo hizo de manera que la torre venía cayendo sobre él. La parte superior se le vino encima, y un hierro le hizo una cortada en la nariz y le tumbó los anteojos. Si lo hubieras visto, era como la picada de un zancudo. Se salvó milagrosamente. En la foto corre con los anteojos en la mano.

Cuando cayó la torre pensé que lo iba a cortar en mil pedazos. De la impresión grité y hasta lloré. Luego seguimos filmando, cosa que a mí me dio mucha rabia. Me parecía un loco. Él se percató del drama en el que estaba un poco después. Para él fue normal. Dijo: “Corrí porque en esta película no puede morir nadie”. Tomó conciencia después. Puso la escena en Borrador (2006), porque es una película de un tipo que quiere hacer cine y que de alguna manera arriesga todo, que pierde el matrimonio, que no gana dinero por el hecho de expresarse, y hasta puede perder la vida. Lo hizo, además, porque cuando él le mostró a sus hijos lo que pasó, ellos lo vieron como una comiquita, y se empezaron a reír. Él reprodujo eso en Borrador. Ellos no tomaron conciencia de que el papá pudo haber sido aplastado por esa torre y pudo haber muerto. Les pareció una cosa de película.

Jacobo hace cine arriesgando todo. Tiene una gran necesidad de expresarse. Eso no quiere decir que sean buenas o sean malas las cosas que hace, pero es muy honesto en eso. Es muy difícil trabajar con él. Se pone histérico pero es el tipo con el que mejor puedo hablar cuando está fuera del set. Es con el que mejor me comunico intelectualmente. Hay días en los que me encuentro con Jacobo, y hablamos y hablamos de todo. Pero cuando rueda se pone muy nervioso, porque él, como todo creador, está en un momento de creación y de inseguridad. Me gustan estos directores porque sientes que tratan de poner las entrañas . No piensan en ser elogiados. En ese momento están metidos en ese problemón y sientes que se están desgarrando. Hay otros que cuidan su imagen, su prestigio, pero ellos no. En la creación es muy buena la sabiduría, saber lo que uno quiere alcanzar, pero también el sentido del riesgo, de tratar de ir más allá, empujando los límites en la medida en que uno pueda.

Orlando Urdaneta apunta con una pistola a Mauricio Walerstein en el rodaje de Móvil pasional. Una línea en el guión, que es del director, según le contó a Salvatore, dice que si se ama a alguien de verdad, se habrá querido matarlo alguna vez.

Foto: Rafael Salvatore

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La característica de Mauricio Walerstein es que saca lo mejor de cada uno. Llega al set y dice: Voy a hacer tal cosa, tal cosa y tal cosa. Lente tal, dolly... Muchachos, a trabajar. Hay media hora para armar todo eso. Y se libera. Es un set muy soft el de él. No hay histerias. En general trata de crear un ambiente en el que todo el mundo trabaje con regularidad y bien. Él trabaja cómodo así mientras que otros lo hacen con la tensión. Busca distensión en el set. De alguna manera logra así que todo el mundo sea más creativo.

Orlando y él son muy amigos. Una vez hice un trabajo sobre los directores y sus actores, y le pregunté a Mauricio sobre la relación con él. Me dijo: “Hay una nutrición ida y vuelta”. No es él que nutre a Orlando Urdaneta nada más. Tenían una muy buena relación, que además era muy afectuosa, en el sentido varonil de la palabra. Pero, como dicen en la película, si tu quieres a alguien realmente, en algún momento habrás deseado matarlo. Eso está un poco ahí, en la foto. Esas son las frases que te cuentan, y son las que hacen que decidas si publicas una foto o no. Al lado pongo otros personajes que miran la escena, y tienen cara de ¿qué es lo que está pasando? Además, se ve que es cine, porque tenemos la cámara, pero nadie de afuera tiene que saber que es un director y un actor. Los mundos del cine me parece que dan para todo.

Fina Torres rodando Un té en La Habana, y exhibiendo un comportamiento habitual en la ganadora de la Cámara de Oro en Cannes por Oriana (1985), y que ha hecho cine con Penélope Cruz, Ariadna Gil y Arielle Dombasle: quitarle la cámara al camarógrafo.

Foto: Rafael Salvatore

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Fina Torres se pone muy nerviosa en el set, al punto de que casi en 80% de lo que filma agarra la cámara ella. Se desespera tanto que graba todo. El ensayo lo graba, por si le sirve.

Tuvo que optar por conseguir un director de fotografía y un camarógrafo en México. Lo que se le había presentado, tanto en Cuba como de Venezuela, no le satisfizo. Cuando llamaron a Héctor Ortega, él le consultó a Jorge Hernández Aldana porque hizo la fotografía de una película que él dirigió: El búfalo de la noche. Jorge le dijo: “Es buena, pero quiero que sepas algo: te va a sacar la cámara. Tienes que estar dispuesto, porque no todos lo aguantan”. Un camarógrafo no se deja sacar la cámara, porque es una humillación. Pero no es eso. Es que ella va componiendo todo y no sabe expresarse y explicar bien lo que quiere. “Si estás dispuesto a eso ve, porque es una gran experiencia, porque te llama alguien que está consagrado”, le dijo. Uno siempre se informa de cómo es el director, y más en un trabajo como ese, el de director de fotografía y camarógrafo. A mí me llamaba la atención: “¿Por qué te dejas tanto sacar esa cámara?” “Ya lo sabía. Vine preparado para eso”, y me contó ese cuento.

Fui con Fina Torres a hacer una sesión de fotos con la actriz de Un té en La Habana, Prakriti Maduro. Nos fuimos arriba de un edificio, para que pudiéramos ver toda La Habana. Por supuesto, a los dos minutos me pidió la cámara. Empezó a sacar fotos. No puedes decir: “Vio las fotos, y no le gustaron”. Ella no puede estar ahí y estar solamente dirigiendo, sin saber qué foto estás haciendo. Estás ahí para sacar una foto pero sientes que no sabes lo que ella quiere. Te dice: “Saca fotos”. Pero, ¿de qué manera? Para mí fue un alivio que me pidiera la cámara a los dos minutos. Como sabía de esa anécdota, no hubo ningún problema. Cuando se le quitó esa ansiedad, me devolvió la cámara.

Tienes que aprender a verla como persona a ella. Entonces uno, de cierta manera, hasta le perdona ciertos irrespetos, porque sabes que está fuera de sí. Está en otra cosa, está creando. En ese momento no se va a acordar del Manual de Carreño: “Por favor, usted podría...”. No.

Rafael Salvatore
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Cada persona es diferente, reacciona diferentemente en la creación. Ella sabe manejar las relaciones. Sabe utilizar los elementos, y de alguna manera a las personas. En el momento en que tú le sirves, es muy abierta , y en el momento en que no, no. No es algo negativo: es un concepto de cómo son las relaciones. No es una tipa despectiva, sino que son mentalidades que están organizadas según el uso y la función de las cosas. En la creación del cine estás vinculado con 50, 60 personas, y de alguna manera tienes que parar en ese tipo de organización. No puedes estar abierto a todo. El cine es el trabajo de toda la gente que hay en el set para que 1 segundo quede excelente. Son elementos que un director tiene que armonizar para que la toma sea perfecta. Si uno falla, un extra que no tendría que estar mirando a cámara, todo falla. Eso sucede en todas las películas, pero hay unos que lo manejan de una manera y otros de otra. Ella ha vivido en Europa y en Estados Unidos, y sé que las cosas se manejan así allá: una cosa es que sea amigo tuyo, pero en el trabajo soy otra cosa. Es una persona amable, pero busca, y consigue, lo que se propone. A otro le daría vergüenza, pero ella, si tiene que insistir veinte veces, y volver sobre las cosas, refilmar, lo hace. Por eso, en un momento dado, todos tienen que apartarse y dejarla pasar.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve



 


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