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Román Chalbaud en el rodaje de Zamora

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"A mí me sienta mal ser militante, pero puedo estar al servicio de una cosa en la cual creo de buena fe"
 

 

Se estrenó Zamora, tierra y hombres libres, una película de la Villa del Cine escrita por Luis Britto García y dirigida por Román Chalbaud, con Alexander Solórzano en el papel protagónico. Es también la segunda cinta de ficción histórica de los estudios del estado venezolano, después de Miranda regresa, que dirigió Luis Alberto Lamata.

El filme no es un drama histórico más. Britto García aprovechóla figura del líder popular y destacado estratega militar de la Guerra Federal, que por motivos ideológicos fue negada por la historiografía oficial, para hacer ver la problemática social que dio sentido a su lucha y que, para algunos, pone de manifiesto la vigencia de la causa de Zamora en el presente. En la cinta se profundiza en la situación creada por la compra de las tierras que la república había otorgado en recompensa a los soldados que lucharon por la independencia, que fue el correlato de la consolidación en el poder de una clase terrateniente cuyo representante político fue el líder independentista José Antonio Páez, por ejemplo. También trata la película el tema de la liberación de los esclavos, y expone cómo ella se produjo en un momento histórico en el que resultaba más ventajoso para los propietarios disponer de mano de obra asalariada, y cómo, además, hicieron de la emancipación negocio, convirtiéndola en venta de esclavos al estado.

Para el director no sólo representa su decimonoveno largometraje de ficción, cifra que lo convierte en el cineasta de más dilatada trayectoria en Venezuela, sino que también Zamora ha sido recibida por las primeras críticas como un retorno del realizador a lo característicamente chalbaudiano, luego de la acogida desigual que tuvo su película anterior, El Caracazo, sobre la revuelta popular del 27 de febrero de 1989, cuya represión causó alrededor de 1.200 muertes. El macabro goyesco de Pandemonium puede percibirse en la película, en particular en la representación del horror de la Guerra Federal, un conflicto que resultó más cruento que la larga guerra de Independencia. Pero también hay novedades: las escenas épicas de batalla y los efectos especiales.

Sobre Zamora conversó Vértigo con Román Chalbaud. En la entrevista se le plantearon varias de las inquietudes que han esbozado las primeras críticas en relación con el filme, como el paralelismo que han visto algunos entre el personaje y Hugo Chávez.

 

Zamora es un proyecto de la Villa del Cine. ¿Lo considera como una película de autor?

 

—Sí. Me interesa más la cosa la poética y lírica, y no hacer una película histórica. Los efectos especiales, cuando los uso, no es por los efectos mismos sino que voy a otra visión. Pero todo eso lo debe decir la gente, no yo.

 

—Se lo preguntaba porque Luis Alberto Lamata, que dirigió Miranda regresa para la Villa, no la considera como una película de autor.

 

—Con todo respeto para quien escribió Miranda regresa, el guión es más de un programa de televisión que de una película. Lo que me gustó mucho del guión de Luis Britto García es que, aunque él es un historiador, hay en él un poeta. Están esos personajes que él inventó, populares, que no existieron pero que van con la cosa lírica. Efterpi Charalambidis me dijo, cuando vio la película: “Es muy Chalbaud. Tiene todas las cosas tuyas”.

 

—¿Cómo ve Zamora, en el conjunto de su obra y en relación con El Caracazo, y cómo ve esas dos películas en relación con todas las demás?

 

—Yo, en los años ochenta, encargué a Juan Carlos Gené un guión sobre Martín Espinoza y las 13 fieras, en el que, por supuesto, aparecía Zamora y era un personaje importante. Ya la figura de Zamora me interesaba. Para mí no es una película de encargo. No era yo el director que iba a dirigirla, era César Bolívar. Estaba su nombre en la palestra, y de pronto me llamaron a mí…

 

—¿Por qué el cambio?

 

—No sé. Me llamaron. Yo conocía la figura de Zamora. Había estudiado toda la Guerra Federal para poder hacer esa película cuyo presupuesto nunca me aprobaron. O sea, que yo quería hacer una película sobre la Guerra Federal. Cuando a mí me dijeron “¿te interesa hacer algo sobre el Caracazo?”, mi última película, Pandemonium, termina con las escenas del Caracazo. No es que yo ahora me vendí, como dicen algunos. Nunca me he vendido ni me venderé. Yo siempre he pensado de esta manera.

 

—Sus películas siempre han hecho referencia a la Venezuela de su tiempo. ¿Por qué el complemento de la historia?

 

—Cuando yo empecé en la televisión, en 1953, hacía muchísimas cosas históricas. Claro, sin los recursos técnicos de ahora. Por ejemplo, Las lanzas coloradas. ¿Qué hacíamos? Salía José Fabbiani Ruiz, hablaba de qué era la novela, y en el estudio hacíamos cuatro decorados donde pasaban las escenas. No podíamos hacer escenas de batalla, no podíamos hacer exteriores. Pero hice la vida de José Ángel Lamas. Bueno, no la vida; un programa de una hora sobre José Ángel Lamas. Teresa Carreño, que la hizo Juana Sujo; hice la vida de Teresa de la Parra; la Batalla de Carabobo, escrita por Cabrujas. Julio César Mármol hacía el Páez joven y ahora lo llamé para que hiciera el Páez viejo. Siempre me interesaron los temas históricos, no ahora.  Pero no se podían hacer en aquella época en cine porque era muy costoso. La gente no recuerda la historia. Se olvida de todo, o no vio aquello porque son muy jóvenes.

 

—¿Considera que el mismo sentido crítico de sus películas sobre el presente está en las que tratan del pasado?

 

—¿El sentido crítico?

 

—Las referencias que hacían sus anteriores películas al presente eran muy claras. Sus críticas de la Venezuela de Carlos Andrés Pérez fueron brutales en El pez que fuma

 

—…y en Pandemonium. Carlos Andrés Pérez era el hombre que estaba en la prisión. Eso está un poco inspirado en él. Eso me costó que los españoles, en Festival de San Sebastián me dijeran “¡Cómo te has metido con Carlos Andrés!”, porque él era muy amigo de Felipe González. Después fui a Biarritz, y ganamos el primer premio. Pero en San Sebastián la gente rechazó Pandemonium por esa cosa política.

 

—Volviendo a la pregunta. En relación con la historia, ¿está ese mismo espíritu crítico?

 

—Por supuesto que sí. Pienso que la crítica fue muy injusta con El Caracazo. No fue objetiva y dijo que era un panfleto. ¡Pero si fueron peores las cosas que pasaron! Cuando estábamos filmando El Caracazo había gente que se acercaba y nos contaba lo que le había pasado, y era peor que lo que vemos en la pantalla. Rodolfo Santana entrevistó a muchísima gente para escoger los seis casos que aparecen en El Caracazo. Todo eso pasó; no tiene nada de panfletario. Hoy en día se quiere juzgar a la gente, y aquí nunca se había juzgado a nadie.

 

 
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—En relación con Zamora, usted acaba de poner sobre la mesa la carta de la poesía. Yo vi en la película básicamente un filme de ideas. Creo que no es drama histórico sino que va en esa otra dirección. ¿Cómo fue el trabajo cinematográfico para llegar a ese punto de comunicación de ideas?

 

—Yo lo encontré perfecto en el guión de Luis Britto. Él es historiador, y aparte es muy buen guionista. A mí originalmente me habían entregado otro guión, que era el de Gustavo Michelena, persona a la que respeto muchísimo y escribió el guión de Carmen la que contaba dieciséis años. Pero, cuando leí el guión de Britto me interesó mucho más. Ahí está plasmado, evidentemente. ¿Qué pasa con Zamora? Dicen que fue un bandido. En la escuela a uno le enseñan cosas en contra de Zamora. ¿Quién dice esas cosas? La gente a la que no le interesa que haya una revolución. Por eso lo mataron. Yo creo en esas ideas y las defiendo. Si el guión lo hubiera escrito Marta Colomina sería distinto, por ejemplo. Sería terrible; no habría aceptado dirigirlo.

 

—Hay cosas en la película que son muy Román Chalbaud, pero hay otras que quizás no lo son tanto. Usted, como cineasta, ¿qué aportó a las ideas del guión y qué cambios requirió eso en su estilo?

 

—Pienso que ahí estoy yo por la manera como está hecha la película. Pero también es una película histórica en la que uno tiene que contar la historia. Cuando Zamora es acusado de comunista en el Congreso, por ejemplo, que hay toda esa sucesión de imágenes, está hecho cinematográficamente. No es el juicio como tal, realista. Tiene aristas poéticas y aristas de otra forma cinematográfica. Pero es que a uno le es muy difícil juzgar lo que uno hace. Por eso es que leo todas las críticas, buenas y malas. Los demás son los que le dicen a uno qué es lo que está haciendo.

 

—Me parece que una de las afinidades más claras con sus demás películas, sobre todo por el tono macabro y goyesco de las imágenes, en especial las de la guerra, es con Pandemonium. Esa película muestra un infierno social venezolano. ¿Es el otro infierno venezolano la guerra?

 

—Esa es la época más violenta en la historia de Venezuela, mucho más que la Guerra de Independencia. Tuve en cuenta eso cuando hice la película: debía mostrar la violencia de esa época, que fue terrible, sin abusar, por supuesto. No podemos olvidar las matanzas que sucedieron.

 

—¿Ese sería también uno de los infiernos posibles de Venezuela?

 

—Si la oposición sigue insistiendo en que la haya. Creo que la oposición es la que anda buscando una especie de guerra. Entre nosotros, los que pensamos de esta manera y apoyamos este proceso, y no porque algunos estén en el poder, hay otra actitud. Nosotros llamamos a toda la gente a trabajar, en Zamora, en Miranda. Gente que es de la oposición, que no está de acuerdo con esto. Además, pienso que debemos ser civilizados. Tengo amigos que piensan de otra manera, y yo los respeto plenamente y ellos respetan mis ideas. Lo contrario sería que nos cayéramos a tiros, y yo estoy en contra de las guerras. Hay que evitarlas, evidentemente. Pero hay gente que se exaspera y, sin darse cuenta a veces, busca un enfrentamiento terrible. Menos mal que hasta la fecha ha sido solamente histeria de señoras que gritan a la gente que está del otro lado. La cosa de las diferencias sociales y las cosas raciales son terribles, y son muy marcadas en este país. Conozco gente que ha sido curada en un CDI, que es del gobierno, y dicen: “Ay, sí, pero esas negras…” Me lo han dicho, y me parece terrible eso.

 

—Hay un personaje, sin embargo, uno que usted, además, ya trajo a colación, Martín Espinoza, que parece ser para usted una obsesión. ¿Por qué? ¿Encarna acaso uno de los demonios venezolanos?

 

—Es la gente que quiere aprovecharse de la situación para el bien propio, para robarse un anillo, para violar a una mujer. En la actualidad hay muchos y siempre los hubo. Martín Espinoza hacía que en cada pueblo al que llegaba un cura que andaba con él, y eso no sale en la película, lo casara. Ese egocentrismo, y olvidarse de la revolución, hacen que Zamora, con todo el pesar de su alma, lo tenga que mandar a fusilar. Eso existe, y es terrible.

 

—¿No es un caso también de violencia fuera de control?

 

—También.

 

—¿Hay un paralelismo con figuras del presente que pudieran haber del otro lado? Usted dice que las hay de un lado…

 

—La vida, la experiencia, te demuestra que en todas partes hay judas. Hasta en 12 personas que tenía Cristo había uno. Pero bueno, así es la vida; así es la humanidad, la existencia. Pero hay que luchar contra eso, ¿verdad?

 

—¿Hay un paralelismo entre Ezequiel Zamora y Hugo Chávez en la película?

 

—Chávez lucha por unos ideales que Zamora tuvo, pero es muy distinta su lucha de la de Zamora. Menos mal que Chávez no se ha aliado con el Partido Liberal, porque si lo hubiera hecho, lo mandan a matar. Son dos épocas distintas y cada época tiene sus características propias. Ese tipo de comentarios son típicos de la oposición: “Parece que es un panegírico de Chávez”. No. Es una película sobre Zamora. Todo lo que pasa allí es lo que le pasó a Zamora y cómo pensó Zamora. Lo único que puede parecer de Chávez es que él ha tomado como bandera ese personaje que luchó por tierra y hombres libres, que es aquello por lo que él está luchando, y todos estamos luchando por eso. Pero no es que él se parezca a Zamora ni tenga las mismas características.

 

—Un aspecto controversial del filme es la presencia de las ideas socialistas. Un personaje lee el Manifiesto Comunista incluso...

 

—Eso es verdad, y la gente se sorprende. Cuando estábamos editando la película, pasaba la gente junto a la moviola, los técnicos, y se extrañaban de que en la época de Zamora se usara la palabra y lo acusaran de “comunista”. Ya había sido escrito el Manifiesto. El personaje de Gasper, y no sólo él, había dos personas europeas más, fueron los que le enseñaron a Zamora sobre la Revolución Francesa, por ejemplo, y él traía esas ideas. Todo eso existió en esa época. No es traído por los cabellos ni inventado.

 

—¿Era una sociedad capitalista la venezolana en aquella época para que esas ideas pudieran tener cierto arraigo?

 

—Páez la había convertido en una sociedad capitalista.

 

—¿Cómo?

 

—Con el triunfo de la oligarquía le quitó a los soldados las tierras que les había dado Bolívar para regalárselas a Barbarita, su esposa, o para lo que fuera. Es lo que pasa siempre: la gente rica se impuso porque tenía más poder y dejó otra vez al pueblo sin nada. Existían injusticias sociales. Fue terrible que les pagaran a los dueños por soltar a los esclavos. Eso es histórico, es verdad.

 

Zamora, tierra y hombres libres

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—En 2002, Israel Centeno publicó una novela, titulada El complot, en la que la gente que está con un presidente que se parece mucho a Chávez es la que lo manda a matar, no la de la oposición. El autor fue duramente criticado por esa novela. En Zamora pasa algo parecido con el protagonista. ¿Ese es otro de los fantasmas del pasado que pueden salir en el presente?

 

—No soy Nostradamus para adivinar, pero todo en la vida puede pasar, no sólo con Chávez, con cualquiera. A Obama, de pronto, le puede pasar. Estados Unidos ha dado muestras de eso, y varias veces. Aquí, el único asesinato que ha habido de ese tipo fue el de Carlos Delgado Chalbaud. No tenemos esa historia tan repetida de magnicidios. Judas traicionó a Jesucristo y lo besó en el momento de la traición. Ojalá y no ocurra, porque sería terrible para el país. Si ocurre, habrá medio millón de muertos o más. Va a ser peor de lo que pasó en Colombia cuando mataron a Gaitán, que todavía lo están sufriendo.

 

—¿Venga de donde venga la bala?

 

—Venga de donde venga, claro que sí, porque evidentemente él es un líder, evidentemente la gente lo quiere mucho. Sería feroz. Se transformaría en una guerra que no queremos.

 

—¿Cree usted que el artista tiene una responsabilidad en tiempos de revolución y que debe aportar algo a los cambios en los que cree?

 

—A mí me sienta mal ser militante pero puedo estar al servicio de una cosa en la cual yo creo de buena fe. No como me ha acusado algún crítico, de que me he vendido, cuando los que se han vendido son ellos a la oligarquía, a la cual siempre han pertenecido. Estoy defendiendo las ideas que siempre tuve. Parece que veían mis películas y no entendían lo que decían, hasta que en los años ochenta empezaron a castigar al cine venezolano, porque se dieron cuenta de que decía cosas y le llegaba a la gente. Le hacía ver cosas que la gente no sabía, igual que Chávez les ha abierto los ojos y la gente ya no es la misma de antes.

 

—¿Volverá el humor a sus películas?

 

—Evidentemente lo puedo hacer, pero el momento también te exige. Por ejemplo, ahorita estoy preparando Días de poder, comenzamos a filmar el 19 de octubre. Es un guión que escribí con José Ignacio Cabrujas en los años sesenta. ¿Qué pasaba entonces? A Cabrujas y a mí no nos daban trabajo, porque éramos gente de izquierda. Llegué a Radio Caracas, donde había trabajado siempre, y me dijeron: “Vienes a poner una bomba”. Yo no sé poner bombas, pero no nos daban trabajo. Y a José Ignacio y a mí se nos ocurrió empezar a escribir guiones de cine en un país donde no había cine ni productores. Empezó con Cuentos para mayores. Abigaíl Rojas nos dijo: “Si José Ignacio y tú escriben un guión, pongo todos mis equipos y 30.000 bolívares y hacemos la película, y tú la diriges”. Y la hicimos. Eso nos entusiasmó, y empezamos a escribir guiones, pensando que iban a salir muchas más películas. Escribimos una adaptación de Memorias de Mamá Blanca. La familia de Teresa de la Parra nos dio el permiso. Fuimos a ver a Uslar Pietri y adaptamos Chúo Gil. Esos guiones existen, yo los tengo. Para el argumento de Días de poder me inspiré en lo que pasaba en el país en ese momento: un adeco que llega al poder y el hijo, en la universidad, está en contra. Ese es el tema principal, algo que ha pasado mucho antes, pasa ahora y pasará después.

 

—¿Su espíritu crítico está presto a lanzarse sobre las situaciones del presente?

 

—Sí, claro, por supuesto. Sé que hay miles de fallas, miles de cosas y cosas terribles. Pero yo siempre defiendo el proceso. Hay gente que pretende que porque haya corruptos, que siempre los hubo, uno va a estar contra el proceso. No, uno está contra los corruptos, no contra el proceso. Pero, además, dónde están las pruebas de la corrupción de esa gente. Muestren las pruebas; eso es lo que deben hacer.

 

—¿El uso de la palabra “inhabilitaciones” en la película fue casual?

 

—No. Ese es el talento de Luis Britto.

 

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

 
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