05/07
 
 
Guía del cine en Venezuela
 
 

 

 

 

“Si estrenara hoy Entre Marx
y una mujer desnuda
la vería
con otros ojos, y la gente diría ‘¡guau!’”

El panorama del cine en varios países de América Latina se percibe de lejos como una épica de la vida real, en la que el elenco de héroes es reducido. En el caso de Ecuador, por ejemplo, para los que ven los toros desde la barrera parecieran despuntar, como gladiadores solitarios que se baten en desigual combate contra las circunstancias, los nombres de Sebastián Cordero (Ratas, ratones y rateros, 1999; Crónicas, 2004) y Camilo Luzuriaga (La tigra, 1990; Entre marx y una mujer desnuda, 1995; Cara o cruz, 2003; 1809-1810, mientras llega el día, 2004). Más atrás –en el tiempo–, blandiría sus espadas Gustavo e Igor Guayasamín, realizadores de un hito en la historia del cine en el país, el documental Los hieleros del Chimborazo, rodado entre 1977 y 1980, entre otras películas.


Camilo Luzuriaga, Pablo Roggiero y Felipe Terán,
del elenco de Entre Marx y una mujer desnuda

Pero Camilo Luzuriaga no cree que sea en el circo romano de un mercado reducido donde se juega la suerte del cine ecuatoriano, ni que las circunstancias económicas y sociales, en general, sean tablao o lápida para los cineastas, según la suerte de cada nación. “El cine tiene mucho que ver con la conciencia histórica de un país”, explica. Por ello establece una comparación con el lento proceso de consolidación que percibe desde 2000, cuando se han estrenado en promedio dos películas nacionales cada año, y lo que sucedió en la década de los treinta, cuando los ecuatorianos hallaron una forma de verse a sí mismos en la literatura: “Como ocurrió en los años treinta con la literatura, hoy nos estamos viendo en el cine”.

Entre lo dicho y lo hecho

Desde el viernes 18 de mayo, y hasta el jueves 24, la Cinemateca Nacional ofrecerá un ciclo que reúne tres de los cuatro largometrajes de ficción de Camilo Luzuriaga, en Caracas, Acarigua, Barinas, Coro, Guacara, Guanare y Maracay. El denominador común de los filmes es la fuente literaria. La tigra fue realizada según el cuento homónimo de José de la Cuadra, uno de los escritores fundamentales de esa década central que fueron los treinta para la literatura en Ecuador. Entre Marx y una mujer desnuda está basada en la novela del mismo título de José Enrique Adoum, publicada en 1976, y 1809-1810, mientras llega el día, que relata un episodio en la lucha de Ecuador por su independencia, está inspirada en un libro cuyo autor, Juan Valdano, le pidió a Luzuriaga que lo llevara a la pantalla.

“Seguramente porque en mi país no había cine me apoyé en lo que había, y en mi país había literatura”, confiesa. “Ecuador también tiene una tradición plástica muy grande, una tradición musical gigantesca, pero no una tradición dramatúrgica. Y como el cine ante todo es conflicto y es acción, entonces intuí que tenía que apegarme a lo existente”.

Acción y conflicto hubo en La tigra, y con 250.000 entradas vendidas se convirtió en el filme más visto en 1990 en Ecuador, además de llevarse los premios a la mejor película y a la mejor ópera prima en el Festival de Cartagena. Pero después, la inquietud política inclinó a Luzuriaga hacia la novela de Adoum, una obra más compleja, que tiene como centro la cuestión de la utopía y su realización. Así como el libro apareció en una época en la que comenzaba a aplacarse la efervescencia revolucionaria que contagió al mundo desde 1968, la película fue estrenada en tiempos de franco desprestigio para el marxismo, y cuando el culto al mercado se consolidaba como refugio espiritual de muchos escépticos, no necesariamente bienintencionados. “Era una película muy inoportuna, porque en ese momento, lo intelectuales no queríamos saber nada de marxismo”, resume Luzuriaga.

Tratándose de una exhibición 11 años después, y en un país donde, al igual que en Ecuador, el ambiente político ha cambiado de forma radical, es obvia la pregunta por la vigencia de Entre Marx y una mujer desnuda. ¿Haría hoy Camilo Luzuriaga otra película como esa?

“Yo pienso que sí, sabes. Yo creo que es una película absolutamente válida, más que antes. Si estrenara hoy Entre Marx y una mujer desnuda, la vería con otros ojos, y la gente diría ‘¡guau!’. Yo ceo que el fantasma de Marx está tan vivo como el fantasma de Cristo, el de Mahoma el de Buda. Son fantasmas que nos acosan. El de Marx es el más cercano, por eso nos acosa tanto. Yo lo vivo todos los días, porque el tema de la lucha de clases y la justicia social es bien de ahorita. Pero pienso que, lastimosamente, sigue siendo un fantasma. Me encantaría que no lo fuera pero sigue siendo un fantasma. En términos de las ciencias sociales, Marx está siendo revalorizado, pero en el fondo eso no me interesa mucho. Lo que me intensa es la filosofia marxista y cristiana. En Marx lo que estaba de por medio es la idea del querer hacer y no poder. La distancia entre la palabra y el acto, entre el dicho y el hecho. Cuán posible es hacer aquello que profesamos. Sobre eso es la película”.

No es cosa de dinero

Si bien maquina dos proyectos de realización, uno de los cuales debería comenzar a gestarse en el rodaje en agosto de 2008, la actividad de Camilo Luzuriaga tiene hoy como centro la docencia. Con orgullo se refiere al Instituto de Cine y Actuación, que funciona en Quito y es la primera escuela de su tipo en Ecuador. No deja de mencionar que allí han fraguado a tres promociones de pichones de cineastas. Multiplicarse de esta manera ha sido, pues, el corolario de una actividad creativa que empezó en la fotografía y comenzó a convertirse en cine con documentales en súper 8 y en 16 mm, a finales de la década de los setenta. Luego vino la participación en el grupo Quinde y la importante relación que estableció con Gustavo Guayasamín. Una cosa fue llevando a otra y Luzuriaga se convirtió en cofundador del Grupo Cine, con el que emprendió tanto los largos de ficción como talleres, en los que tuvo origen el actual Instituto. Como educador, además, tiene otra satisfacción: su labor parece encontrar un eco más amplio en el Ecuador de hoy.

“Por fin estamos en la época en que el cine ecuatoriano es una realidad”, afirma con entusiasmo. “Somos 20, 30, 50, 100 los que nos planteamos el problema de hacer cine como objetivo prioritario”.

Este panorama optimista podría ser relacionado principalmente con la aprobación en 2006 de la Ley de Fomento del Cine Nacional, y el decreto presidencial 1969, mediante el cual fueron dispuestas otras medidas para contribuir con la producción de películas en el país. Pero Luzuriaga, sobre cuyas palabras pesa la experiencia de haber realizado cuatro largometrajes de ficción para ser exhibidos en salas, éxito taquillero incluido, toma perspectiva y filosóficamente señala que nada de eso significa que haya existido o exista algo parecido a una industria cinematográfica en Ecuador. Ahondando todavía más, reitera que hacer o no hacer cine no es algo que proviene de necesidades profundas, y no de circunstancias como esas, ni de la existencia o inexistencia de un mercado, ni de que tecnologías como las del video simplifiquen y abaraten la producción.

“El cine no es un problema de dinero”, sentencia demoledoramente. “La técnica tampoco está al servicio del cine nacional. El cine nacional se ha hecho con súper 8 en la década del sesenta, y no costaba nada. Siempre ha habido la opción del cine casero. Los empresarios deben reconocer que hay una demanda por el cine ecuatoriano. Pero no es nada sustantivo. Yo no tengo mayor esperanza en los empresarios ecuatorianos. Los cineastas somos gente que tenemos algo que decir, y es sustantivo decirlo. Y lo haremos de todos modos; con o sin distribuidores. Es una necesidad de expresión individual, que es necesariamente social. Cómo ese cine se exhibe es otro problema, de otra índole, de mercado, de finanzas. Nuestro problema es decir lo que sentimos y pensamos. Los otros dirán si quieren escuchar”.

Lo que viene de adentro

Pero, ¿cómo debe entenderse eso de que la necesidad de expresión individual es necesariamente social? En 1809-1810, mientras llega el día, los críticos han querido encontrar una respuesta que Camilo Luzuriaga considera incorrecta: que la gente se vea en el cine no significa fabricar espejos en los que la gente se reconozca como cree ser. Es la fidelidad a la búsqueda personal la que debe invitar al reconocimiento, y el enfrentamiento con aquello de lo que están hechas las obras: el material de la ficción.

“Yo siempre pienso que la libertad es un hecho personal. Independiente de eso, yo quiero dominar el material en el que estoy trabajando. Es el tema del Miguel Ángel ante el bloque de mármol: convertirlo en un David, esa escultura totalmente perfecta. Eso es dificilísimo de hacer. Cualquier persona le da un golpe al mármol y lo parte en dos. Mi  libertad tiene que ver con mi capacidad de dominar el material. Viene de la posibilidad de hacerme dueño de la historia, independientemente de lo que piense el espectador. No me propongo ser respetuoso de mis conciudadanos, de los que dicen y piensan. No soy condescendiente con la visión vulgar del héroe. He hecho todo lo posible por poner en tela de duda la condición heroica de nuestros héroes y en ese sentido me va muy bien con la película. Pero tampoco tengo ninguna razón para pelearme con el espectador. No estoy en la fase de insultar y la verdad es que nunca lo estuve. Esa película es personal. Sin embargo, fue muy reconocida. De cada 100 espectadores, 99 se identificaba con la posición. Eso para mí no es un alarde”.

Pero en eso de no insultar Camilo Luzuriaga tampoco exagera. Bien sabe hacer algunas excepciones, por ejemplo, frente a los amos del negocio del cine en su país. “Yo no tengo esperanza en los empresarios ecuatorianos. Puede haber con toda seguridad una demanda por el cine ecuatoriano, y ellos lo saben. Pero para ellos sólo es asunto de dinero. Yo siempre he pensado que la solidaridad es inteligente, pero ellos son unos idiotas”.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info