“Si estrenara hoy Entre
Marx
y una mujer desnuda la vería
con otros ojos, y la
gente diría ‘¡guau!’”
El panorama del cine
en varios países de América Latina se percibe de lejos como
una épica de la vida real, en la que el elenco de héroes es
reducido. En el caso de Ecuador, por ejemplo, para los que
ven los toros desde la barrera parecieran despuntar, como
gladiadores solitarios que se baten en desigual combate
contra las circunstancias, los nombres de Sebastián Cordero
(Ratas, ratones y rateros, 1999; Crónicas,
2004) y Camilo Luzuriaga (La tigra, 1990; Entre
marx y una mujer desnuda, 1995; Cara o cruz,
2003; 1809-1810, mientras llega el día, 2004). Más
atrás –en el tiempo–, blandiría sus espadas
Gustavo e Igor Guayasamín, realizadores de un hito en la
historia del cine en el país, el documental Los hieleros
del Chimborazo, rodado entre 1977 y 1980, entre otras
películas.

Camilo Luzuriaga, Pablo Roggiero y Felipe
Terán,
del elenco de Entre Marx y una mujer desnuda
Pero Camilo
Luzuriaga no cree que sea en el circo romano de un mercado
reducido donde se juega la suerte del cine ecuatoriano, ni
que las circunstancias económicas y sociales, en general,
sean tablao o lápida para los cineastas, según la suerte de
cada nación. “El cine tiene mucho que ver con la conciencia
histórica de un país”, explica. Por ello establece una
comparación con el lento proceso de consolidación que
percibe desde 2000, cuando se han estrenado en promedio dos
películas nacionales cada año, y lo que sucedió en la década
de los treinta, cuando los ecuatorianos hallaron una forma
de verse a sí mismos en la literatura: “Como ocurrió en los
años treinta con la literatura, hoy nos estamos viendo en el
cine”.
Entre lo dicho y lo
hecho
Desde el viernes 18
de mayo, y hasta el jueves 24, la Cinemateca Nacional
ofrecerá un ciclo que reúne tres de los cuatro largometrajes
de ficción de Camilo Luzuriaga, en Caracas, Acarigua,
Barinas, Coro, Guacara, Guanare y Maracay. El denominador
común de los filmes es la fuente literaria. La tigra
fue realizada según el cuento homónimo de José de la Cuadra,
uno de los escritores fundamentales de esa década central
que fueron los treinta para la literatura en Ecuador.
Entre Marx y una mujer desnuda está basada en la novela
del mismo título de José Enrique Adoum, publicada en 1976, y
1809-1810, mientras llega el día, que relata un
episodio en la lucha de Ecuador por su independencia, está
inspirada en un libro cuyo autor, Juan Valdano, le pidió a
Luzuriaga que lo llevara a la pantalla.
“Seguramente porque
en mi país no había cine me apoyé en lo que había, y en mi
país había literatura”, confiesa. “Ecuador también tiene una
tradición plástica muy grande, una tradición musical
gigantesca, pero no una tradición dramatúrgica. Y como el
cine ante todo es conflicto y es acción, entonces intuí que
tenía que apegarme a lo existente”.
Acción y conflicto
hubo en La tigra, y con 250.000 entradas vendidas se
convirtió en el filme más visto en 1990 en Ecuador, además
de llevarse los premios a la mejor película y a la mejor
ópera prima en el Festival de Cartagena. Pero después, la
inquietud política inclinó a Luzuriaga hacia la novela de
Adoum, una obra más compleja, que tiene como centro la
cuestión de la utopía y su realización. Así como el libro
apareció en una época en la que comenzaba a aplacarse la
efervescencia revolucionaria que contagió al mundo desde
1968, la película fue estrenada en tiempos de franco
desprestigio para el marxismo, y cuando el culto al mercado
se consolidaba como refugio espiritual de muchos escépticos,
no necesariamente bienintencionados. “Era una película muy
inoportuna, porque en ese momento, lo intelectuales no
queríamos saber nada de marxismo”, resume Luzuriaga.

Tratándose de una
exhibición 11 años después, y en un país donde, al igual que
en Ecuador, el ambiente político ha cambiado de forma
radical, es obvia la pregunta por la vigencia de Entre
Marx y una mujer desnuda. ¿Haría hoy Camilo Luzuriaga
otra película como esa?
“Yo pienso que sí,
sabes. Yo creo que es una película absolutamente válida, más
que antes. Si estrenara hoy Entre Marx y una mujer
desnuda, la vería con otros ojos, y la gente diría
‘¡guau!’. Yo ceo que el fantasma de Marx está tan vivo como
el fantasma de Cristo, el de Mahoma el de Buda. Son
fantasmas que nos acosan. El de Marx es el más cercano, por
eso nos acosa tanto. Yo lo vivo todos los días, porque el
tema de la lucha de clases y la justicia social es bien de
ahorita. Pero pienso que, lastimosamente, sigue siendo un
fantasma. Me encantaría que no lo fuera pero sigue siendo un
fantasma. En términos de las ciencias sociales, Marx está
siendo revalorizado, pero en el fondo eso no me interesa
mucho. Lo que me intensa es la filosofia marxista y
cristiana. En Marx lo que estaba de por medio es la idea del
querer hacer y no poder. La distancia entre la palabra y el
acto, entre el dicho y el hecho. Cuán posible es hacer
aquello que profesamos. Sobre eso es la película”.
No es cosa de dinero
Si bien maquina dos
proyectos de realización, uno de los cuales debería comenzar
a gestarse en el rodaje en agosto de 2008, la actividad de
Camilo Luzuriaga tiene hoy como centro la docencia. Con
orgullo se refiere al Instituto de Cine y Actuación, que
funciona en Quito y es la primera escuela de su tipo en
Ecuador. No deja de mencionar que allí han fraguado a tres
promociones de pichones de cineastas. Multiplicarse de esta
manera ha sido, pues, el corolario de una actividad creativa
que empezó en la fotografía y comenzó a convertirse en cine
con documentales en súper 8 y en 16 mm, a finales de la
década de los setenta. Luego vino la participación en el
grupo Quinde y la importante relación que estableció con
Gustavo Guayasamín. Una cosa fue llevando a otra y Luzuriaga
se convirtió en cofundador del Grupo Cine, con el que
emprendió tanto los largos de ficción como talleres, en los
que tuvo origen el actual Instituto. Como educador, además,
tiene otra satisfacción: su labor parece encontrar un eco
más amplio en el Ecuador de hoy.
“Por fin estamos en
la época en que el cine ecuatoriano es una realidad”, afirma
con entusiasmo. “Somos 20, 30, 50, 100 los que nos
planteamos el problema de hacer cine como objetivo
prioritario”.
Este panorama
optimista podría ser relacionado principalmente con la
aprobación en 2006 de la Ley de Fomento del Cine Nacional, y
el decreto presidencial 1969, mediante el cual fueron
dispuestas otras medidas para contribuir con la producción
de películas en el país. Pero Luzuriaga, sobre cuyas
palabras pesa la experiencia de haber realizado cuatro
largometrajes de ficción para ser exhibidos en salas, éxito
taquillero incluido, toma perspectiva y filosóficamente
señala que nada de eso significa que haya existido o exista
algo parecido a una industria cinematográfica en Ecuador.
Ahondando todavía más, reitera que hacer o no hacer cine no
es algo que proviene de necesidades profundas, y no de
circunstancias como esas, ni de la existencia o inexistencia
de un mercado, ni de que tecnologías como las del video
simplifiquen y abaraten la producción.
“El cine no es un
problema de dinero”, sentencia demoledoramente. “La técnica
tampoco está al servicio del cine nacional. El cine nacional
se ha hecho con súper 8 en la década del sesenta, y no
costaba nada. Siempre ha habido la opción del cine casero.
Los empresarios deben reconocer que hay una demanda por el
cine ecuatoriano. Pero no es nada sustantivo. Yo no tengo
mayor esperanza en los empresarios ecuatorianos. Los
cineastas somos gente que tenemos algo que decir, y es
sustantivo decirlo. Y lo haremos de todos modos; con o sin
distribuidores. Es una necesidad de expresión individual,
que es necesariamente social. Cómo ese cine se exhibe es
otro problema, de otra índole, de mercado, de finanzas.
Nuestro problema es decir lo que sentimos y pensamos. Los
otros dirán si quieren escuchar”.
Lo que viene de
adentro
Pero, ¿cómo debe
entenderse eso de que la necesidad de expresión individual
es necesariamente social? En 1809-1810, mientras llega el
día, los críticos han querido encontrar una respuesta
que Camilo Luzuriaga considera incorrecta: que la gente se
vea en el cine no significa fabricar espejos en los que la
gente se reconozca como cree ser. Es la fidelidad a la
búsqueda personal la que debe invitar al reconocimiento, y
el enfrentamiento con aquello de lo que están hechas las
obras: el material de la ficción.

“Yo siempre pienso
que la libertad es un hecho personal. Independiente de eso,
yo quiero dominar el material en el que estoy trabajando. Es
el tema del Miguel Ángel ante el bloque de mármol:
convertirlo en un David, esa escultura totalmente perfecta.
Eso es dificilísimo de hacer. Cualquier persona le da un
golpe al mármol y lo parte en dos. Mi libertad tiene que
ver con mi capacidad de dominar el material. Viene de la
posibilidad de hacerme dueño de la historia,
independientemente de lo que piense el espectador. No me
propongo ser respetuoso de mis conciudadanos, de los que
dicen y piensan. No soy condescendiente con la visión vulgar
del héroe. He hecho todo lo posible por poner en tela de
duda la condición heroica de nuestros héroes y en ese
sentido me va muy bien con la película. Pero tampoco tengo
ninguna razón para pelearme con el espectador. No estoy en
la fase de insultar y la verdad es que nunca lo estuve. Esa
película es personal. Sin embargo, fue muy reconocida. De
cada 100 espectadores, 99 se identificaba con la posición.
Eso para mí no es un alarde”.
Pero en eso de no
insultar Camilo Luzuriaga tampoco exagera. Bien sabe hacer
algunas excepciones, por ejemplo, frente a los amos del
negocio del cine en su país. “Yo no tengo esperanza en los
empresarios ecuatorianos. Puede haber con toda seguridad una
demanda por el cine ecuatoriano, y ellos lo saben. Pero para
ellos sólo es asunto de dinero. Yo siempre he pensado que la
solidaridad es inteligente, pero ellos son unos idiotas”.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info