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9
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Un lejano mundo fascinante

 

9 (2009) es otro largometraje reciente que resulta del alargue de un corto, como District 9 (2009) de Neill Blomkamp. En el caso del filme de Shane Acker, todo comenzó con el proyecto homónimo del taller de animación de la UCLA, que terminó nominado al Oscar en el renglón de cortometraje de animación en 2006. Tanto el filme precursor como el que ha llegado a los cines destacan por ser películas para adolescentes y para adultos, a contracorriente del modelo de entretenimiento familiar de Disney, Pixar y Dreamworks. También porque en ellas se representa un mundo postapocalíptico, cuyos personajes están inspirados en las criaturas de la animación en stop motion de Jan Svankmajer y los hermanos Stephen y Timothy Quay. Otra fuente que cita el realizador son los hermanos Christoph y Wolfgang Lauenstein, que ganaron el Oscar en 1990 por el corto de animación Balance.

 

Los personajes de 9 son muñecos de trapo cosidos, con botones o con cierre. Tienen manos mecánicas de madera y ojos que se abren y se cierran como el obturador de una cámara fotográfica. Fueron hechos con animación por computadora y no cuadro a cuadro por razones presupuestarias, según el cineasta, pero exhiben una textura que les da la característica materialidad de los filmes de Svankmajer y de los Quay. En cuanto a los fondos, Acker ha reconocido la influencia del pintor y fotógrafo polaco Zdzisaw Berksinski.

 

El realizador llama a su estética stitchpunk, expresión que podría traducirse como “punk de hilo y aguja”. Es una derivación del steam punk, que se plantea lo que hubiera podido ocurrir si la tecnología hubiera seguido progresando sobre la base del desarrollo de las máquinas de vapor. Se trata de imaginar la continuación de un pasado que llegó a su fin. En este caso es una proyección del fascismo que condujo a las dos guerras mundiales, que históricamente fue una cristalización política del tipo de industrialización que se inició con la máquina de vapor.

 

Visualmente es sobrecogedora 9 y concreta con acierto una de las posibilidades del arte cinematográfico: la creación de mundos imaginarios, como ocurre también en Avatar. En el motivo de los muñequitos de trapo que cobran vida después del Apocalipsis, cuando todo ha sido exterminado por las armas, puede verse además una alegoría de lo que es el cine de animación. Como dice el realizador venezolano José Castillo, animar es dar vida a una cosa, y en el caso de los personajes de 9 se trata literalmente de darles un alma en un mundo donde sólo quedan máquinas que persiguen mecánicamente todo lo que parezca que todavía vive.  

 

El problema es la historia, como suele suceder en los largometrajes que nacen de la expansión de un corto. La referencia a The Terminator (1984) y sus continuaciones es excesivamente obvia. También resulta problemática la sobreabundancia de escenas de acción. La generalización del uso de las imágenes creadas por computadora en los filmes con actores hace que se vuelva borrosa la diferencia entre 9 y 2012 (2009) de Ronald Emmerich, por ejemplo, cuando las cosas comienzan a explotar y los personajes a saltar rocambolescamente de un hierro que cae al vacío a otro, perseguidos por una máquina asesina. Hay un muñeco que molesta porque es la reproducción de algo que que se ha impuesto como lugar común en Hollywood: la mujer guerrera, descendiente de la teniente Ripley y de la Neytiri de Avatar.

 

Pero sobre todo contrasta con la originalidad de la dirección de arte la evocación trillada del modelo de sociedad de la Alemania nazi como causa de la destrucción del mundo por las máquinas. Si imaginar qué hubiese pasado si la tecnología hubiese seguido avanzando por el camino de la gran maquinaria de acero, sin tomar el rumbo del plástico y de los microchips electrónicos, puede resultar un ejercicio apasionante, no ocurre lo mismo con la política terrible que lo acompaña en este caso. Lo que asusta hoy no es una sociedad organizada con arreglo a las ideas de Hitler sino que las potencias democráticas invaden, torturan y se apoderan de los recursos naturales de otros países en nombre de la libertad. Esos son los miedos de la sociedad de Internet y el branding generalizado, no el viejo fascismo.

 

El estado militarizado que condujo al mundo de 9 es, sin embargo, el correlato histórico de las tecnologías nacidas del vapor y aplicadas en la industrialización, que requieren ejércitos de obreros y arrojan una producción tan uniforme como los Ford T. Ni siquiera manifiesta una diversidad y un colorido ilusorios, como ocurre en la sociedad democrática de consumo, que es otro tipo de sociedad vinculado a la electrónica y a la televisión. La estética, en síntesis, impone una crítica política anacrónica, que no se refiere a las angustias de más medio siglo para acá. Eso puede frustrar las aspiraciones de los espectadores que aspiran a encontrar expresadas en el cine, aunque sea metafóricamente, las inquietudes y anhelos de la vida real, sobre todo en una película que es tan brillante en lo que respecta a la imaginación visual.

 

9

Estados Unidos, 2009

 

Dirección: Shane Acker. Guión: Pamela Pettler, basado en una historia de Acker. Producción: Tim Burton, Timur Bekmambetov, Dana Ginsburg, Jim Lemley. Producción de la animación: Matthew Teevan. Diseño de producción: Robert St Pierre, Fred Warter. Dirección de arte: Christophe Vacher. Diseño de los personajes: James Feeley. Dirección de animación: Joe Ksander. Fotografía: Kevin R. Adams. Montaje: Nick Kenway. Sonido: William Files. Música: Deborah Lurie. Voces: Elijah Wood (9), Christopher Plummer (1), Martin Landau (2), John C. Reilly (5), Crispin Glover (6), Jennifer Connelly (7). Duración: 79 minutos. Formato: animación digital, 35 mm, 1,85:1, color, DTS, Dolby Digital.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve

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Máster en critica cinematografica
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