09/07
 
 
Guía del cine en Venezuela
 
 

 

 

 

Detrás del velo

El niño adormecido (L’Enfant endormi, 2004) cumple con rigor casi humorístico la regla de indicar de qué trata la película, y poner las cartas sobre la mesa en lo que respecta al tratamiento del tema, en los minutos iniciales de una cinta. Todo está dicho en el primero de los planos, tomado desde la perspectiva de quien observa desde detrás de un velo, símbolo por excelencia de la mujer islámica para quienes son ajenos a las culturas de los pueblos árabes. Pero es lo único remotamente parecido a lo divertido que hay: el filme de Yasmine Kassari tiene por tema una situación que pueden vivir las mujeres del campo en un país árabe y de gente pobre como Marruecos, algo que no tiene nada de divertido.

 

La escena que comienza con el plano desde detrás del velo es la de una mujer que espera por un hombre, algo que tampoco es en el filme expresión de la condición femenina en el Islam sino más bien consecuencia del abandono de la mitad masculina de la comunidad, obligada a buscar trabajo en otra parte. Zeinab (Mounia Osfour) aguarda a un curandero, que tarda días en llegar al caserío para practicar un sortilegio que demora un par de minutos en llevarse a cabo. Luego el hombre parte otra vez, a un lugar donde haya más encargos. Se trata, además, de un conjuro que se cree necesario para proteger un matrimonio peculiar: la mujer se casa justo antes de que el marido parta hacia España a la búsqueda de una vida mejor, dejándola sola, en una nueva espera. Lo que no puede verse de la emigración es lo que trata de mostrar la película. Son estas las cosas que importan, entre las que permanecen ocultas en Europa, no los rostros de las mujeres que usan la indumentaria tradicional.

El título del filme también hace referencia a otra espera. “Adormecer a un niño” significa recurrir a un hechizo con el fin detener el progreso del embarazo hasta que el padre ausente reaparezca. Para ello son efectivas las artes del curandero, que logran mantener en ese estado a una criatura durante más de nueve meses. Pero la magia no hace que el hombre vuelva, ni tampoco que reverdezcan las colinas que rodean al caserío, y en cuya desolación continuamente parecen hundirse los personajes en planos panorámicos. El agua del río no riega las tierras porque para este trabajo también hacen falta los hombres. Y nada cambia: el tiempo de todo el casería permanece no menos detenido que el embarazo de Zeinab.

 

Otra magia que falla en El niño dormido es la de la democracia, palabra que debe tener matices no comprensibles para los venezolanos en un reino como Marruecos. “¿Qué es la democracia?”, pregunta en la escuela un maestro que pareciera ser de ideas progresistas, tanto por el tema que plantea como por el desprecio que manifiesta por la enseñanza coránica. Ninguno de los alumnos se aventura a hablar, hasta que una niña expresa, no sin cierta duda, el sentido que para ella podría tener la palabra: “Pan”. Ni la tradición ni el progreso parecieran ser el camino hacia lo que estas personas necesitan y que es el pan.

La opresión que pueden sufrir las mujeres en una sociedad islámica no deja de ser criticada, sin embargo, aunque el filme no haga de ello su centro. Halima (Rachida Brakni) pareciera buscar consuelo para su sexualidad insatisfecha en el molinero, a quien se ve que abraza en una secuencia del filme. Sea lo que sea que hubiera pasado, la familia de su marido a muele a golpes como castigo. Asimismo, cuando Zeinab decide sacarse una foto para enviársela a su marido a España, la respuesta que recibe es “Te prohíbo que vayas a la ciudad sin mi permiso”. Y la violencia no es sólo cosa de gente anticuada: el ilustrado maestro castiga a una niña que come chicle pegándoselo en el pelo, y es necesario raparla para quitárselo.

No obstante, las mujeres no son sólo víctimas ni mucho menos pasivas. Zeinab y Halima logran hacerse con una cámara de video, con la cual graban respuestas a los casetes que les mandan los hombres desde España, a manera de cartas audiovisuales. El tema del cine dentro del cine aparece así inteligentemente inserto en la trama, y además la alternativa de que sean las mujeres las que tomen la palabra, para contar sus problemas, como lo hizo la directora del filme. Pero la respuesta de la comunidad es demoledora: la propietaria del equipo reclama la devolución porque las cintas que ellas graban, dice, “bajan la moral de la gente”. También en esto podría hallarse un paralelismo entre los videos aficionados de las protagonistas y la obra de los cineastas críticos, sean mujeres o no, sean o no musulmanes.

Los méritos de El niño adormecido cristalizan en torno a la capacidad de abordar los problemas desde perspectivas que invitan a considerarlos como no suele hacérselo: la migración ilegal a la sombra de lo que los inmigrantes dejan atrás, las ideas progresistas en un terreno donde están condenadas a marchitarse, la represión de la mujer donde casi no hay hombres que puedan dominarlas, el video entre un público en el que su capacidad de mostrar la verdad atenta contra las ilusiones, que es lo único que tiene para vivir. Si el optimismo se diluye de esta manera, es porque el filme no perdona falsas esperanzas.

EL NIÑO ADORMECIDO
L’Enfant endormi, Marruecos-Bélgica, 2004

Dirección y guión: Yasmine Kassari. Producción: Jean-Jacques Adrien. Fotografía: Giorgos Arvanitis. Montaje: Susana Rossberg. Sonido: Henri Morelle, Madone Charpail. Música: Koussan Achod, Armand Amar, Lévon Minassian. Intérpretes: Mounia Osfour (Zeinab), Rachida Brakni (Halima), Nermine Elhaggar (Siham), Fata Abdessamie (la abuela), Khasma Abdessamie (la madre), Issa Abdessamie (Amziane), Momoun Abdessamie (Ahmed), Driss Abdessamie (Hassan), Rabie Kassari (el maestro). Duración: 110 minutos. 35 mm, 1,85:1, color, Dolby Digital.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info