Detrás del velo
El niño adormecido
(L’Enfant endormi, 2004) cumple
con rigor casi humorístico la regla de indicar de qué trata
la película, y poner las cartas sobre la mesa en lo que
respecta al tratamiento del tema, en los minutos iniciales
de una cinta. Todo está dicho en el primero de los planos,
tomado desde la perspectiva de quien observa desde detrás de
un velo, símbolo por excelencia de la mujer islámica para
quienes son ajenos a las culturas de los pueblos árabes.
Pero es lo único remotamente parecido a lo divertido que
hay: el filme de Yasmine Kassari tiene por tema una
situación que pueden vivir las mujeres del campo en un país
árabe y de gente pobre como Marruecos, algo que no tiene
nada de divertido.

La escena que comienza con el plano desde
detrás del velo es la de una mujer que espera por un hombre,
algo que tampoco es en el filme expresión de la condición
femenina en el Islam sino más bien consecuencia del abandono
de la mitad masculina de la comunidad, obligada a buscar
trabajo en otra parte. Zeinab (Mounia Osfour) aguarda a un
curandero, que tarda días en llegar al caserío para
practicar un sortilegio que demora un par de minutos en
llevarse a cabo. Luego el hombre parte otra vez, a un lugar
donde haya más encargos. Se trata, además, de un conjuro que
se cree necesario para proteger un matrimonio peculiar: la
mujer se casa justo antes de que el marido parta hacia
España a la búsqueda de una vida mejor, dejándola sola, en
una nueva espera. Lo que no puede verse de la emigración es
lo que trata de mostrar la película. Son estas las cosas que
importan, entre las que permanecen ocultas en Europa, no los
rostros de las mujeres que usan la indumentaria tradicional.
El título del filme también hace
referencia a otra espera. “Adormecer a un niño” significa
recurrir a un hechizo con el fin detener el progreso del
embarazo hasta que el padre ausente reaparezca. Para ello
son efectivas las artes del curandero, que logran mantener
en ese estado a una criatura durante más de nueve meses.
Pero la magia no hace que el hombre vuelva, ni tampoco que
reverdezcan las colinas que rodean al caserío, y en cuya
desolación continuamente parecen hundirse los personajes en
planos panorámicos. El agua del río no riega las tierras
porque para este trabajo también hacen falta los hombres. Y
nada cambia: el tiempo de todo el casería permanece no menos
detenido que el embarazo de Zeinab.

Otra magia que falla en El niño
dormido es la de la democracia, palabra que debe tener
matices no comprensibles para los venezolanos en un reino
como Marruecos. “¿Qué es la democracia?”, pregunta en la
escuela un maestro que pareciera ser de ideas progresistas,
tanto por el tema que plantea como por el desprecio que
manifiesta por la enseñanza coránica. Ninguno de los alumnos
se aventura a hablar, hasta que una niña expresa, no sin
cierta duda, el sentido que para ella podría tener la
palabra: “Pan”. Ni la tradición ni el progreso parecieran
ser el camino hacia lo que estas personas necesitan y que es
el pan.
La opresión que pueden sufrir las mujeres
en una sociedad islámica no deja de ser criticada, sin
embargo, aunque el filme no haga de ello su centro. Halima (Rachida
Brakni) pareciera buscar consuelo para su sexualidad
insatisfecha en el molinero, a quien se ve que abraza en una
secuencia del filme. Sea lo que sea que hubiera pasado, la
familia de su marido a muele a golpes como castigo.
Asimismo, cuando Zeinab decide sacarse una foto para
enviársela a su marido a España, la respuesta que recibe es
“Te prohíbo que vayas a la ciudad sin mi permiso”. Y la
violencia no es sólo cosa de gente anticuada: el ilustrado
maestro castiga a una niña que come chicle pegándoselo en el
pelo, y es necesario raparla para quitárselo.
No obstante, las mujeres no son sólo
víctimas ni mucho menos pasivas. Zeinab y Halima logran
hacerse con una cámara de video, con la cual graban
respuestas a los casetes que les mandan los hombres desde
España, a manera de cartas audiovisuales. El tema del cine
dentro del cine aparece así inteligentemente inserto en la
trama, y además la alternativa de que sean las mujeres las
que tomen la palabra, para contar sus problemas, como lo
hizo la directora del filme. Pero la respuesta de la
comunidad es demoledora: la propietaria del equipo reclama
la devolución porque las cintas que ellas graban, dice,
“bajan la moral de la gente”. También en esto podría
hallarse un paralelismo entre los videos aficionados de las
protagonistas y la obra de los cineastas críticos, sean
mujeres o no, sean o no musulmanes.
Los méritos de El niño adormecido
cristalizan en torno a la capacidad de abordar los problemas
desde perspectivas que invitan a considerarlos como no suele
hacérselo: la migración ilegal a la sombra de lo que los
inmigrantes dejan atrás, las ideas progresistas en un
terreno donde están condenadas a marchitarse, la represión
de la mujer donde casi no hay hombres que puedan dominarlas, el
video entre un público en el que su capacidad de mostrar la
verdad atenta contra las ilusiones, que es lo único que
tiene para vivir. Si el optimismo se diluye de esta manera,
es porque el filme no perdona falsas esperanzas.
EL NIÑO ADORMECIDO
L’Enfant
endormi, Marruecos-Bélgica,
2004
Dirección y guión:
Yasmine Kassari. Producción: Jean-Jacques Adrien.
Fotografía: Giorgos Arvanitis. Montaje: Susana
Rossberg. Sonido: Henri Morelle, Madone Charpail.
Música: Koussan Achod, Armand Amar, Lévon Minassian.
Intérpretes: Mounia Osfour (Zeinab), Rachida Brakni (Halima),
Nermine Elhaggar (Siham), Fata Abdessamie (la abuela),
Khasma Abdessamie (la madre), Issa Abdessamie (Amziane),
Momoun Abdessamie (Ahmed), Driss Abdessamie (Hassan), Rabie
Kassari (el maestro). Duración: 110 minutos. 35 mm,
1,85:1, color, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info