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Cheila, una casa pa' Maíta
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Comprar la tolerancia

 

En Cheila, una casa pa’ Maíta (2009) se plantean y trascienden problemas derivados de la condición del transexual, esa persona que, considerándose mujer, se siente atrapada en un cuerpo de hombre o viceversa. Por una parte es más que el cambio de sexo lo que está en juego. Es la elección de la vida que una persona quiere vivir y la lucha para conquistar el destino que ha elegido. Además, el filme plantea una reflexión sobre la trampa que puede llegar a constituir la tolerancia cuando se establece por exclusivas razones de conveniencia.

 

Cheila, el personaje principal, es una seguidora de la ética para los tiempos actuales resumida en una frase por Agrado en Todo sobre mi madre de Pedro Almodóvar (1999): “Una es más auténtica cuando más se parece a lo que ha soñado de sí misma”. Su búsqueda va más allá el cambio de lo que se considera masculino por naturaleza por lo que se tiene como naturalmente femenino. Deviene en deseo de formar una familia, no con un hombre sino con otra mujer, por ejemplo. Katy, su pareja, es además quebequense. Si la venezolana criada en un humilde bloque tuvo que irse del país por la violencia y la falta de oportunidades que padece la gente como ella en Venezuela, hace del obstáculo ventaja: se radica en Canadá, donde triunfa y consigue una novia con la cual habla en francés. La protagonista tiene como paralelo en el filme la carrera de un boxeador, Rafael Oronó, otra persona que se abrió paso por la vida peleando para hacer realidad uno de los sueños de Cheila: “Una casa pa’ Maíta”. Ella saca del bloque a su madre comprándole una quinta, lo que representa la culminación de un deseo que no es sólo de cambiar su cuerpo sino de vencer las dificultades, sobresalir como estudiante y ser la que aporta dinero desde los 15 años de edad para mantener el hogar.

 

Pero ahí está la trampa que se tiende a sí mismo el personaje desde la infancia. Lo que logra con su éxito es la que llaman “tolerancia negativa”. Que la historia se desarrolle en el seno de una familia venezolana de extracción popular, dada, como es característico, a efusivas expresiones verbales y físicas de afecto, subraya la ironía cruel que ha afrontado Cheila toda su vida: los besos, abrazos y sonrisas pueden transformarse rápidamente en gritos y puñetazos. Si no pueden botarla de la casa por lo que aporta, eso no impide que la maltraten. Esa “tolerancia” nunca es más que una tregua en la que se afilan puñales para clavárselos.

 

La familia es también encarnación de todo aquello que parece ser pero no es. Es lo contrario de Cheila, que corona con el éxito el deseo de convertirse en lo que por naturaleza se suponía que no era pero siempre soñó ser, como dice Agrado. Además de ser falso el afecto que los familiares le demuestran, sus vidas están marcadas por la incapacidad de lograr cualquier meta, ni siquiera con la ayuda que la protagonista les da, tanto por sincera preocupación por su madre como por la trampa de demostrar que es mejor que los demás. Subyace en ello la concepción existencialista avant la lettre de la ruina moral en Agustín, como hundimiento en la nada. La virtud de la protagonista, en cambio, es lo que convierte en realidad aquello que quiere ser, y que por ello la salva de hundirse en una pocilga, como sus familiares.

 

El descubrimiento por parte de la protagonista de los engaños y de las miserias que ocultan tiene un grado creciente de intensidad que hace de su viaje desde Canadá para reencontrarse con ellos una experiencia análoga a un descenso al infierno. La cámara subjetiva recorre la casa de Maíta como también lo hace la mirada muda y llena de espanto de testigo de Katy, descubriendo la suciedad y el desorden que hacen manifiesta la decadencia de los que viven allí. Los planos a ras del suelo connotan algo más: la perspectiva de un mundo de seres rastreros, cucarachas o ratas. Otro correlato de la miseria en la fotografía es el uso de una paleta de color que acentúa la molesta sensación de suciedad. Cheila, una casa pa’ Maíta le da la vuelta así al lugar común clasista, según el cual los pobres tienen en la vida lo que merecen por su incapacidad de alcanzar la prosperidad, sin considerar su situación en la sociedad. Eso es ideología de la peor. Pero también es cierto que no todo pobre es víctima de una tragedia social; la miseria puede tener un componente de responsabilidad individual por el que la ayuda que se le dé a alguien quizás resulte inútil para que salga adelante. Es una crítica del populismo en un país en el que el estado, con su riqueza, puede ser visto como una gran Cheila y actuar como tal. Sus fundamentos son conservadores pero tiene algo de verdad.

 

En contraste con ese mundo oscuro y sucio, el color estalla en Cheila, una casa pa’ Maíta en la secuencia de la visita de la protagonista al 23 de Enero, donde es recibida literalmente como una reina por un grupo de amigos que manifiestan las más diversas orientaciones sexuales disidentes con respecto a la heterosexualidad dominante. Es lo peor de la película. La búsqueda de autenticidad de la protagonista se extravía allí en un show de disfraces y máscaras que no parece hacer otra cosa que copiar el estereotipo cuestionado de las drag queen de Reyes o reinas (To Wong Foo, Thanks for Everything, Julie Newmar, 1995) de Beeban Kidron, el sucesor hollywoodense de Las aventuras de Priscilla, la reina del desierto (The Adventures of Priscilla, Queen of the Desert, 1994) de Stephan Elliott. Sigue también el modelo racista del personaje negro cómico que hace dupla con el blanco serio. Es un momento de comic relief en el que es posible hallar connotaciones que no dan risa.  

 

Otro problema es la representación de la violencia. El clímax está al final del filme, como correlato del descubrimiento progresivo del abismo de miseria de la familia. Narrativamente está bien y es duro, pero en términos de llevar a la pantalla la problemática transexual el resultado termina siendo edulcorado en comparación con las atrocidades que relata, por ejemplo, el documental Pasarelas libertadoras (2010) de Argelia Bravo. La situación de las personas de esa orientación sexual en Venezuela es hoy, antes que nada, una cuestión de derecho a la vida y a la integridad física, y no tiene toda esa contundencia en Cheila, una casa pa’ Maíta. Sobre todo faltó mostrar las agresiones y abusos de las que son víctimas por parte de la Policía Metropolitana en Caracas y de los cuerpos de seguridad municipales, y la impunidad con la que ocurren esos ataques. El estado tiene una cuota de responsabilidad en la persecución violenta de los transexuales que el filme no denuncia.

 

CHEILA, UNA CASA PA’ MAÍTA

Venezuela, 2010

 

Dirección: Eduardo Barberena. Guión: Elio Palencia, basado en su obra de teatro La quinta Dayana. Producción: Nelson Carranza. Fotografía: Mahmood Patel. Montaje: Yolimar Aquino. Sonido: Frank Alexander González. Música: José Ramón Carranza. Elenco: Endry Cardeño (Cheila), Violeta Alemán (Maíta), José Manuel Suárez (Cheíto), Elodie Bernardeau (Katy), Luke Grande (Bachaco), Rubén León (Reinaldo), Nelson Acosta (Güincho), Freddy Aquino (Dayán), Moisés Berroterán (Kevin), Verónica Arellano (Norma). Duración: 90 minutos. Formato: 35 mm, color, Dolby Digital.  

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve

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Máster en critica cinematografica
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