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críticas
El cuerpo prohibido de los transexuales
Es un cuerpo prohibido el de los transexuales, y se atreve a mostrarlo
Argelia Bravo en el documental Pasarelas libertadoras (Venezuela,
2009), que ha sido exhibido en el ciclo Cine de la Diversidad en
compañía de Qué importa mi sexo (Venezuela, 2009). El otro es un
filme sobre un travesti dirigido por Rodolfo Graziano. Entre los 2
integran un programa de 93 minutos de duración.
Bravo sigue un proceso paulatino para hacer visibles los cuerpos.
Comienza rápidamente, mostrando los pechos desnudos de una de las
transexuales que entrevista, las cuales tienen en común el trabajo como
prostitutas en la emblemática avenida Libertador de Caracas. Son senos
pequeños, que apenas han crecido por obra de las hormonas, no de
implantes. Los agrandados por las prótesis, como los de cualquier mujer
de hoy en día, saldrán más adelante. Para ver esas partes femeninas,
coincidiendo con el pene y los testículos en el cuerpo al que definen
como transexual, hay que esperar hasta el final de la cinta. Allí son
mostrados fugazmente en el registro de un perfomance, en un museo. Sólo
con ese filtro cultural es que llegan a ser claramente vistos. Quizás la
gente todavía no esté lista para afrontar una realidad como esa de otra
manera en Venezuela.
Las personas que han sentido la necesidad de modificar su cuerpo, por
nacimiento masculino, para dotarlo de feminidad fueron registradas en su
cotidianidad en Pasarelas libertadoras. En la mayoría de los
casos se trata de una vida en las pensiones que las toleran. Su
marginalidad se percibe en múltiples detalles que evidencian el descuido
y el deterioro del alojamiento, al cual los colores con que han sido
pintadas las paredes y los afiches pegados en ellas con cinta adhesiva y
calcomanías intentan darle cierto calor y personalidad. Hay también una
transexual que es mostrada en un apartamento de clase media y otra que
vive en un barrio popular, en una casa que evidencia en sus paredes
desconchadas y rayadas un deterioro peor que el de la pensión. El origen
social también se manifiesta en la manera de hablar, así como el
problema de la identidad: en algunas oraciones hacen referencia a sí
mismas con palabras de género masculino y en otras con términos
femeninos. El lenguaje indica que “trans” también significa transición
hacia el cuerpo que se anhela tener.
Si las entrevistas que la realizadora hace en esos ambientes, y detalles
como los espaguetis comprados y que una muchacha come directamente de la
bandeja de aluminio, ilustran la reclusión a la que podrían verse
obligados los personajes por la intolerancia, hay también una larga
secuencia que las muestra al aire libre, en la playa, luciendo sus
cuerpos bajo el sol y a la vista de todos, con trajes de baño que apenas
los cubren, como los que se pone cualquier mujer. En algunos planos son
vistas o se insinúan claramente las partes sexuales masculinas y
femeninas, cuya coincidencia en una persona es inaceptable para tantos.
¿Cómo es posible que eso ocurra en un lugar como la playa?
Paradójicamente, quizás se debe a que el rechazo llega al punto en que
la gente simplemente se niega a aceptar que esas cosas existan, aunque
las vea, o se inhibe de señalarlas por la misma razón, o por no saber
cómo decirlo. Pero también porque no es posible hacer allí,
públicamente, lo que las instituciones y personas hacen para tratar de
suprimir esos cuerpos.
Además de hacer visibles las transformaciones físicas los transexuales,
Pasarelas libertadoras muestra las huellas de quienes intentan
acabar con esos cuerpos prohibidos. Se escuchan testimonios de rechazo
familiar, expulsiones del hogar, y dificultades para conseguir trabajo y
para conservarlo, entre ellos el relato de una entrevistada que estuvo
varios días deambulando por la ciudad, sin comer y durmiendo en la
calle, y que incluso se vio obligada a deshacerse de un perrito que
recogió para que le hiciera compañía. El animalito también tenía hambre
y no había manera de pudiera alimentarlo. Afortunadamente, alguien se
apiadó de ella y del cachorro.
Esa exclusión es el trasfondo social del trabajo sexual en lugares como
la avenida Libertador. El ejercicio de la prostitución es mostrado en la
película principalmente a través de una secuencia de montaje, con planos
muy cortos de colores saturados y mucho movimiento. Es un cliché de
representación televisiva de la mala vida nocturna en cualquier ciudad,
pero podría explicarse porque no es en los detalles de esa práctica, tan
fácilmente explotables por el sensacionalismo, que busca detenerse la
película. El verdadero interés del filme es por los aspectos aterradores
de la intolerancia. Fracturas que obligan a llevar yeso, piernas que
muestran los agujeros de las balas que las atravesaron, un ojo deformado
por un disparo, huellas frescas de golpes en un rostro, el lugar vacío
de los dientes perdidos a golpes, brazos llenos de cicatrices por un
ataque con perros, e historias de palizas con cadenas, tubos, picos y
botellas son mostrados en el documental. También hay relatos de
agresiones y abuso sexual cometidos por policías, y sobre la manera como
los agentes se aprovechan de la clandestinidad en la que se desenvuelven
las transexuales para robarlas impunemente a ellas y a sus clientes, lo
que incluye vaciar sus cuentas con las tarjetas de crédito y débito, y
chantajearlos con la amenaza de poner al tanto de sus gustos sexuales a
la familia. Los textos que anteceden los créditos refieren el caso de
una transexual –la del ojo dañado, el brazo fracturado, las mordidas y a
la que le faltan dientes– que tuvo que buscar refugio en otro país,
debido al acoso policial por intentar denunciar el asesinato de su
pareja. También el suicidio de la chica que parecía disfrutar de cierto
bienestar en el apartamento de clase media.
Con el duro registro de Pasarelas libertadoras contrasta el
estilo de videoclip de Qué importa mi sexo, que fue grabado en
estudio y con varias cámaras, y está dedicado a un muchacho homosexual
que hace shows musicales travestis. El personaje, además, es mostrado en
continua rotación cuando habla a cámara sentado, como si se tratara de
la muñeca bailarina de una caja de música.
La primera secuencia, en la que Daniel canta, sirve al director para
mostrar los detalles que hacen evidente el uso de la ropa interior
femenina en el cuerpo masculino. Pero el verdadero fuerte del filme yace
en la manera como hace salir a flote, a través de la entrevista y de
textos explicativos que atraviesan la pantalla, la complejidad
psicológica del travestismo y las contradicciones del personaje que lo
practica. Lo escrito por el director indica, por ejemplo, que no en
todos los casos esa práctica está vinculada con la homosexualidad,
puesto que hay travestis heterosexuales, que necesitan expresar de esa
manera los aspectos femeninos que hay en la personalidad de todo hombre
y que las normas de comportamiento en sociedad obligan a reprimir.
Daniel pone en entredicho los intentos de definir rígidamente las
identidades sexuales al confesar que, aunque desde niño se sintió
atraído únicamente por los hombres, al final de la adolescencia
estableció una apasionada relación con una mujer. Duró año y medio, y
fue sexualmente satisfactoria hasta el punto de no sintió ningún deseo
homosexual, ni tampoco de otras parejas femeninas. También es reveladora
la contradictoria posición en relación con el pecado, puesto que
considera incorrecto que un homosexual como él vaya a la iglesia a
confesarse. Trata de justificarse aclarando que rechaza los excesos,
pero no por eso deja de ser problemática su posición. La cámara hace
visible, además, el contraste entre la aspiración del muchacho a
presentar un espectáculo como los de Las Vegas y los detalles que
revelan la pobreza de su vestuario: medias rotas, empates mal hechos,
etcétera. Él mismo confiesa que se siente insatisfecho con la calidad
artística de sus actuaciones, que considera lejos de lo que debería ser
el trabajo de un verdadero profesional del travestismo.
Si en Pasarelas libertadoras el discurso sobre la transexualidad
es el de la denuncia, e incluso se muestra una manifestación en la que
las trabajadoras sexuales de la avenida exigen el respeto de su
identidad, de su forma de expresar la sexualidad y de sus derechos
laborales, en Qué importa mi sexo la rabia se expresa a través
del humor. No se abstiene el realizador de hacerlo explícito en los
textos, en los que manifiesta su deseo de que la película cause molestia
a los homofóbicos. Pero Daniel resulta mejor para manifestar eso. Lo más
divertido de la película son sus pícaros y gráficos cuentos sobre la
sexualidad entre hombres en el liceo militar en el que estudió, y la
desenfadada confesión de cómo se siente atraído por los hombres de
uniforme. Son una
ácida burla necesaria contra la institución que mejor encarna los
valores de la masculinidad, tal como suele ser entendida por las
personas de mentalidad conservadora e intolerante, y que recién empieza
a aceptar tímidamente a las mujeres. A los uniformados de la policía,
como siempre, simplemente les toca hacer el trabajo sucio.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve
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