 |
entrevistas
"La mujer es bella y el hombre la toca. Pero
resulta que las mujeres sentimos lo mismo. También tenemos deseos de
agarrar, de tocar, de acariciar"
El
cuarto largometraje de ficción de Fina Torres se estrena el viernes en
Venezuela. Habana Eva es una coproducción de cubano-venezolana de
la Villa del Cine y el Icaic, que relata una historia de amistad entre
dos mujeres, de amor de una de ellas por dos hombres y de emprendimiento
en una ciudad que es La Habana de hoy, cuyas edificaciones muestran la
huella de un ayer que reclama al presente sus derechos. La protagonista,
Eva, es una costurera que se desempeña como obrera de la confección y
que ambiciona convertirse en diseñadora de modas. Para ello se propone
triunfar en su persecución de la belleza sobre la mediocridad que la
autoridad impone como norma, en un país sobre cuyo futuro se cierne la
amenaza de un capitalismo que podría volver para arrasar no sólo el
presente sino también el pasado.
Fina
Torres ganó la Cámara de Oro en el Festival de Cannes en 1985 por
Oriana, una coproducción franco-venezolana sobre una mujer casada
que regresa de Francia a su Venezuela natal y se reencuentra con los
misterios de la adolescencia. Los temas de la sexualidad enterrada, del
incesto y del filicidio están presentes en esa cinta, en la que actúan
Doris Wells y Daniela Silverio, la actriz de Identificación de una
mujer (Identificazione di una donna, 1982) de Michelangelo
Antonioni. Después de haber trabajado como fotógrafa, Torres se fue de
Venezuela a los 21 años de edad en 1972, justo antes del comienzo del
boom del Nuevo Cine Venezolano. Consideraba que llegar a ser cineasta no
era todavía una posibilidad real en el país y porque la ahogaba el
machismo que persistía en la sociedad venezolana. Fue a Francia, estudió
en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (Idhec) y se formó
también desempeñando diversas tareas en el cine. Hoy vive en Los
Ángeles.
La
segunda película de Fina Torres, Mecánicas celestes (1995)
representó una ruptura con la susurrante, nostálgica y contenida
Oriana. Es una historia llena de color y humor, con Ariadna Gil y
Arielle Dombasle en los papeles principales, sobre una muchacha que deja
al novio en el altar para hacer el camino contrario de la ópera prima:
se va de Venezuela a París para hacer realidad el sueño de convertirse
en estrella de la ópera. En su tercer filme, Woman on Top (2000),
Fox Searchlight participó como coproductora. Tuvo a Penélope Cruz en el
papel principal, con un travesti negro como su mejor amiga, y era una
comedia romántica culinaria, cuya protagonista escapa de su matrimonio
en Brasil y se va a Estados Unidos, donde se convierte en estrella de un
programa de cocina de la televisión. Ha coescrito además un largometraje
de coproducción mexicano-estadounidense que está en postproducción:
From Prada to Nada, que dirigirá Ángel Gracia, y es célebre también
por haberse atrevido a decir no a una película basada en un cuento de
Gabriel García Márquez, para cuya dirección fue seleccionada. No creyó
que Un domingo feliz pudiera resultar un buen largometraje.
Vértigo
conversó con Fina Torres sobre Habana Eva, en la que actúan los
venezolanos Prakriti Maduro y Juan Carlos García, y los cubanos Yuliet
Cruz y Carlos Enrique Almirante. El guión es de Jorge Camacho, coescrito
por Julio Carrillo y la directora.
“La
mujer es bella y el hombre la toca. Pero resulta que las mujeres
sentimos lo mismo. También tenemos deseos de agarrar, de tocar, de
acariciar”
—Habana Eva es la historia de una
muchacha que lucha para que las cosas sean bellas. ¿Esa es también su
lucha?
—No
había pensado en eso, y es verdad: el personaje principal lucha por las
cosas bonitas.
—¿Y
usted?
—También. A mí me gusta la belleza, aunque sea algo muy amplio porque
cada quien tiene sus cánones. Por ejemplo, hay gente a la que no le
parece que Prakriti Maduro sea una mujer bella y a mí sí. Creo que tiene
una belleza muy particular. Yo tengo mis cánones de belleza y me rijo
por ellos. Soy muy estricta en eso. Pero el objetivo de la película no
era ese…
—¿Cuál era el objetivo?
—Yo
esa película decidí hacerla por el final. Es una fábula con una metáfora
clarísima: yo quiero escoger lo que quiero, lo que más me conviene; no
me obliguen a escoger una opción.
—En
su primera película, la protagonista escogió el incesto…
—El
incesto en esa película es fundamentalmente una transgresión de las
convenciones sociales. En Mecánicas celestes hay otra
transgresión, y en esta también.
—La
protagonista de Habana Eva, al igual que Isabella en Woman on
Top, son mujeres rebeldes, pero lo son en actividades
tradicionalmente asociadas con la mujer: la costura y la cocina. ¿Por
qué esa relación entre tradición y rebeldía?
—Una
mujer que cocina es una cocinera; un hombre es un chef. Una mujer que
cose es una costurera; un hombre es un diseñador. No lo hice a propósito
pero creo que viene de cómo transformar algo que se considera como una
labor baja en un arte. A partir de la mitad del siglo XX ocurrió un
fenómeno importante con Coco Chanel. Ella era una costurera. Los grandes
modistos siempre eran hombres, y Coco, que salió de un medio muy
modesto, huérfana y con una vida espantosa, con su talento y su
determinación logró dominar completamente no sólo la moda sino la alta
sociedad. Eso es muy difícil en Francia.
—Woman
on Top es una comedia romántica y Habana Eva también. ¿Cómo
ve esas películas en relación con el género, tal como lo concibe
Hollywood?
—A mí
las comedias románticas no me gustan. Habana Eva para mí no es
una comedia romántica. Lo importante en esta película es la relación
entre Teresa y Eva. Normalmente se considera que las cosas no son así,
que lo importante para una mujer es el hombre y la otra mujer es su
rival. Pero a mí me gusta mucho trabajar la amistad entre mujeres. Es
además una relación ambigua, aunque no en el sentido de homosexualidad
ni nada de eso. ¿Quién es Teresa? ¿Es el alter ego de Eva?, ¿es la
jinetera que todas llevamos dentro, esos deseos de romper con las
convenciones de la sociedad y de vivir el sexo libremente, sanamente y
alegremente, sin culpa? Había una frase de Teresa, en una escena en la
que ellas están ante el espejo, y le enseña a Eva cómo ponerse bella
para conseguir unos permisos. Eva decía: “No puede ser lo que estoy
viendo”. Y ella le respondía: “Puede que sea tu Teresa, la Teresa que
todas llevan dentro”. Lamentablemente tuve que cortarla por cuestión de
ritmo. Tú puedes ver Habana Eva como una película realista. Pero
si la ves de forma volada, puede haber múltiples lecturas: ¿Quién es
Teresa?, ¿ella existe o no existe?
—Cuando estrenó Mecánicas celestes, y por la diferencia entre esa
película y Oriana, le preguntaron en una entrevista cómo
definiría su estilo. Usted respondió que le haría falta haber rodado
cuatro o cinco películas para poder hacerlo. Ahora va a estrenar la
cuarta, así que repito la pregunta: ¿cómo definiría su estilo?
—Creo
que hay un estilo, pero no es voluntario. Hay cosas que se repiten de
una película a otra, sobre todo cosas de estética, de ritmo y de
colores. Yo le doy mucha importancia a la imagen. Pienso en una
situación, y todo son imágenes. Una escena la veo, la imagino y después
la escribo como la veo. Cuando escribo el guión me resulta mucho más
sencillo hacer la película porque ya todo lo vi. Es más fácil hacer la
puesta en escena, reconocer la locación que quiero, escoger al actor...
A veces encuentro decorados que tienen lo esencial de lo que vi, pero
son aun mejores, sobrepasan mi visión. ¡Qué maravilla! No todo es tan
rígido. La estética es muy importante en mis películas, eso que llaman
el look, algo que me inspire y le dé unidad a todo.
—Los
lugares también son muy importantes en su cine: la casa de Oriana
en Venezuela, París en Mecánicas celestes, Brasil en Woman on
Top. ¿Cómo establece la relación con los lugares de sus filmes?
—Yo
nací en los años cincuenta. Mi infancia fue maravillosa porque llegué a
conocer vestigios de la Venezuela de antes. Mis tías abuelas tenían una
casa en el Panteón; un tío tenía una hacienda. Yo estoy muy impregnada
de eso. Cuando escribí Oriana, muchas cosas venían de la
memoria de mi infancia. Es mi Venezuela profunda. Yo me enamoro
fuertemente de ciudades. En Mecánicas celestes está clarísima la
adoración por París que tenía, sobre todo hasta ese momento. Es la
ciudad de Alexandre Trauner, el escenógrafo de Les enfants du paradis
de Marcel Carné. Es un homenaje, una declaración de amor al París
popular. Woman on Top fue un caso un poco diferente, porque era
una comedia romántica y yo no escribí el guión. La única razón por la
cual acepté hacer esa película es porque íbamos a filmar en Brasil.
Nunca había ido y sentía una gran curiosidad. Me costó conseguir mi
manera de ver la estética porque Brasil tiene maravillosa música,
maravillosa poesía pero la pintura no es lo que más descuella. Estaba la
cuestión de yemanyá, del candomblé, y yo buscaba algo que me inspirara y
que tuviera las figuras de esa religión, hasta que vi una exposición
sobre el vudú haitiano. Los haitianos son grandes pintores, tienen una
cultura visual impresionante. Se me salieron los ojos: allí estaban mis
referencias, mi paleta de color, todo. Y son las mismas figuras:
yemanyá, obatalá, changó. Me lo robé de Haití porque tiene una pasión
que en Brasil no conseguía. En la música sí, por supuesto.
—¿Y
La Habana?
—Con
La Habana tengo una historia de amor desde 1985, cuando fui la primera
vez. Desde que era niña siempre me han gustado las cosas viejas. Los
vestigios de la memoria siempre me ha fascinado. Se ve en Oriana
y en Mecánicas celestes también, en ese París deteriorado. En La
Habana, a pesar de que en ese momento el sistema era mucho más cerrado
que ahora, descubrí una ciudad demasiado bella, me hacía sufrir. Si
nosotros en Venezuela hubiéramos sido un poquito más cuidadosos, si el
capitalismo salvaje en los setenta no hubiese entrado para destruir
cosas bellísimas y construir esta especie de cacofonía de urbanismo que
tenemos, si hubiésemos aprendido a planificar mejor y a conservar
nuestra memoria, tendríamos una ciudad bella. Me da una nostalgia y una
rabia muy grande ir a La Habana y ver que, aunque está deterioradísima,
todo está ahí, se puede restaurar. Está el alma, están los vestigios,
están todas las referencias. Ves clarito la fundación, la colonia, el
siglo XIX, el siglo XX, los años veinte, treinta y cuarenta… Es un
museo, algo maravilloso. Ha debido ser una ciudad espectacular, y
todavía lo es porque logró sobrevivir al progreso, al capitalismo.
Ciertas partes de La Habana me recuerdan muchísimo la Caracas de mi
infancia. Es como si me transportara en el tiempo a los cincuenta, a los
cuarenta, a cosas que todavía existían cuando yo nací, y están en pie y
funcionan perfectamente allí. Desde el primer momento me dije: “Tengo
que filmar aquí”. También me pasó en La Habana algo que me pasó en
Brasil. Los brasileños se parecen mucho a los cubanos: tienen una
sensualidad muy desinhibida. Eso no quiere decir que sea agresiva,
vulgar. Ellos viven bien su cuerpo y su sexualidad. No es una culpa ni
una obsesión; no es una cosa oscura ni fea que haya que hacerla a
escondidas. Cuando ruedas escenas de amor, normalmente cortas y pasas a
otras cosas. Pero aquí no se me daba así. Había que dejarlas fluir.
 |
 |
 |
| Prakriti Maduro en Habana Eva |
 |
|
 |
|
|
|
—¿La
escena en la que la protagonista, en la cama, acaricia las nalgas
desnudas de uno de los hombres que ama salió así?
—Hay
algo que como mujer reivindico. La mujer es bella y el hombre la toca.
Pero resulta que las mujeres sentimos lo mismo. Cuando estamos en una
relación de amor también tenemos deseos de agarrar, de tocar, de
acariciar, y una nalga de hombre es bella. Me pareció importante que
ella vea el cuerpazo de ese tipo y ella le pase la mano. ¡Qué rico! ¿Por
qué nosotras no podemos mostrar eso? Después me acordé que El piano
hay una escena en la que ella le pasa la mano entre las nalgas y ves
la cara de él. A mí me gustó muchísimo. De pronto es el hombre el
objeto, pero no para “objetivizarlo”. No es que lo vayamos a despreciar
porque se convirtió en un objeto. Es entender esa adoración de la forma,
del volumen…
—El
interés por desenterrar el pasado es central en Oriana y
reaparece en Habana Eva. En ese pasado está la sexualidad
sepultada de María, en su primera película, y en Habana Eva está
enterrada la belleza. ¿Es como un paraíso perdido para usted?
—Es
eso, y no sé por qué. La familia Torres es una familia muy tradicional
venezolana, pero eso de guardar las cosas y conservarlas no es por ser
conservador sino por estar apegado a las referencias. Los baúles, los
armarios, los muebles, los pisos que suenan de Oriana, eso lo
viví de chiquita porque me la pasaba con mis tías abuelas en el Panteón,
en una casa de no sé qué año sería… de mil ochocientos algo. Todas las
casas viejas del Panteón las tumbaron para hacer esa avenida. También
oía los cuentos o veía las fotos. ¿Por qué no conservaron eso? En
Oriana traté de recrear, de recuperar. Es como los sueños que se
vuelven realidad. Además, tenía una necesidad enorme de buscar una
identidad. Es muy curioso lo que pasa con los venezolanos: sentimos que
tenemos una identidad dudosa; no está claro qué es ser venezolano. Pero
cuando sales del país la gente sí te identifica como tal. ¿Por qué ellos
nos reconocen y nosotros estamos siempre dudosos acerca de quiénes
somos? Los mexicanos saben quiénes son, los cubanos también. Yo no tengo
la respuesta para eso.
—Otra
cosa fundamental en su cine es la música. Era importante en Oriana,
más aun en Woman on Top y en Mecánicas celestes. ¿Cómo
llega a la música de sus películas?
—Yo
trabajo mucho la música antes de rodar. Me gusta mucho que se case con
el ritmo de la escena e incluso que, si tiene texto, haga contrapunto
con la imagen. La escuela francesa era muy dogmática, y no podías poner
música a la americana. Edulcorar una escena con música era como para
vomitar, vergonzoso, despreciable. Oriana tiene ese rigor: toda
la música que tiene está justificada, realmente es indispensable en ese
momento. La segunda película era sobre una cantante lírica, y los
personajes principales eran todos cantantes y músicos. Había mucha
música justificada. Era como una comedia musical. En Habana Eva
hay varias escenas en las que lo que está contado por la imagen y en la
canción, pero no hay diálogo.
—¿Cómo seleccionó la música de Habana Eva?
—Como
es una película sobre la juventud cubana de ahora no quería utilizar
nada que fuera como Buena Vista Social Club. Quise usar lo más
contemporáneo. Lo más moderno es el reguetón. Dondequiera que vas, es
puro reguetón en La Habana. Es una forma de resistencia. Es puro sexo,
pero es una manera de empujar, es muy provocador. También utilicé
baladas y música contemporánea, no boleros ni nada de eso. Usé solamente
tres piezas clásicas.
—El
casting de sus películas ha sido siempre memorable. ¿Cómo lo selecciona?
—Es
lo que te contaba antes. Cuando escribo el guión empiezo a ver, a
imaginar los personajes, y no sólo físicamente sino en su personalidad.
Hay muchos tipos diferentes de personas. Están, por ejemplo, las que son
como Jennifer López: fuertes, sensuales, sexuales. Hay el tipo Penélope
Cruz: dulces, suaves, como Audrey Hepburn. Cuando escribes los
personajes sabes de qué tipo son. Entonces uno va como un sabueso
buscando la persona que encaje. También está el sentido estético. No
sólo se trata de que sea perfecta para el papel; me tiene que gustar,
tengo que sentir empatía, y me tiene que llamar la atención algo que
sienta que es único en ese actor y que le va a dar algo al personaje que
yo nunca le podría dar con mi imaginación. Esa es mi brújula: la perla
rara existe, y hay que buscarla.
—¿Fue
usted la que llevó a Penélope Cruz a Woman on Top?
—Eso
fue un pleito de meses con la Fox. Cuando estaba puliendo el guión,
dándole un toquecito personal, les propuse a Penélope Cruz. Ellos no la
conocían, y estaban empeñados en que tomara a Jennifer López o a Salma
Hayek. Si hubiera hecho Woman on Top con Jennifer López, el
hombre tendría que haber sido Sylvester Stallone. Si no, ella lo
aplasta.
—¿Cómo es su trabajo con los actores?
—Cuando estás haciendo el guión, trabajas también la parte física,
buscando cómo progresa el personaje en su vestir, en su postura... Todo
eso es parte del lenguaje cinematográfico. Prakriti al principio tiene
el pelo recogido, y después, cuando pasa por toda esa cuestión sexual,
hay algo que se le rompe por dentro y otra mujer sale. La expresión es
“se soltó el moño”, y eso es lo que hace. Ese es un trabajo que realizas
con los actores. Cuando ellos son buenos, y tiene intuición y
profundidad, te proponen cosas interesantes. Yuliet Cruz es
impresionante. Es egresada del conservatorio cubano, que es paupérrimo
pero uno de los mejores del mundo; ha hecho mucho teatro y mucho cine, y
es muy inteligente. Con esa formación, esa inteligencia y esa intuición
captó el personaje de Teresa, y lo hizo crecer.
—En
Woman on Top usted trabajó con Panavision y en Habana Eva
con video digital. ¿Cómo fue la experiencia del cambio?
—Fue
un aprendizaje para todos, porque nunca habíamos trabajado con digital,
ni yo ni el director de fotografía. La Villa del Cine era todavía
incipiente, y usamos una cámara que no era de ellos y otra que sí, pero
no todo el tiempo. Fue rudo, se cometieron errores. Con el HD pasa lo
que dicen las misses: “Mi mejor defecto es mi peor virtud”. Entre una
cinta que dura una hora y cuesta doscientos dólares, y una lata de 35 mm
que dura cuatro minutos y en mi época costaba setecientos dólares, hay
una diferencia bestial. ¿Qué le pasa a uno con el HD? Que como uno sabe
que no cuesta nada, filma y filma, y llega un momento en el que lo que
estás es patinando. Se afloja mucho el rigor. Uno filma hasta los
ensayos para ver si algo sale, y se pierde fuerza. Ese es uno de los
problemas que yo vi, y fue responsabilidad mía, porque me puse golosa.
También me di la libertad de filmar más libremente. Siempre he sido muy
rigurosa: hago el story board y todo lo planeo. Aquí quise soltarme el
moño para probar algo nuevo. Eso trajo cola, porque en la posproducción
había mucho más material y muchas más posibilidades para tomar
decisiones. Si vuelvo a filmar en HD voy a tener cuidado en imponer el
rigor. Ensayaremos, y cuando estemos listos, lo haremos. Al que se
equivoque, lo matamos.
—¿Qué
cuenta de la película que escribió recientemente, From Prada to Nada?
—Querían que hiciera una adaptación de Jane Austen, de Sense and
Sensibility, al mundo chicano. Les dije que sí, pero como yo no soy
chicana sino venezolana les pedí que me dejaran conseguir un
coguionista. Fue un dramaturgo chicano muy conocido, Luis Alfaro. Me
dijeron que él nunca había hecho cine, y yo les dije que yo iba a poner
la estructura cinematográfica y él sus diálogos maravillosos. Solamente
un chicano puede escribir diálogos en chicano. Trabajamos tres años.
Después tuvimos un presupuesto muy corto, y yo necesitaba por lo menos
seis semanas de filmación. Entonces les propuse buscar una coproducción
en México, y hacer los exteriores allí y los interiores en Los Ángeles,
con lo cual hubiera alcanzado para las seis semanas de rodaje. Dos
grandes estudios se interesaron en el proyecto: Televisa en México y
Lionsgate en Estados Unidos, dos monstruos. A partir de ese momento me
fregué, porque ya no era una pequeña película independiente, en la que
tenía un margen de libertad creativa, y empezaron a corregirme el
guión.
—¿Cuál es su próximo proyecto?
—Quiero hacer una película, y estamos comenzando el guión. Es en siglo
XIX en Venezuela, en la Guerra de Independencia. Es una tragedia con
puros hombres, la historia de una gran traición. No creo que haya
protagonistas mujeres, ni una. Quiero meterme en la cabeza, el corazón y
el alma de un hombre que fue traicionado.
—La
rebeldía, ¿es un defecto o una virtud para usted?
—Es
una gran virtud cuando uno es joven, y cuando uno es viejo puede
convertirse en un gran defecto.
—¿Eso
queda en calidad de máxima?
—La
acabo de inventar porque nunca había pensado en eso. Yo soy muy rebelde.
Lo que pasa es que no es igual a esta edad que cuando uno es joven. La
respuesta de la sociedad no es la misma. Cuando estás en la juventud,
todo el mundo espera que seas rebelde. En cambio, cuando una persona
mayor es rebelde, la gente se pregunta: “¿Qué le pasa a ese señor?”. No
es lo que la sociedad espera de una persona adulta.
—Pero
usted nunca ha estado muy dispuesta a hacer lo que la gente espera de
usted…
—No.Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve
Comentar en Facebook |