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críticas
Salvarse a patadas
El
tema de la salvación de la pobreza por el talento vuelve al cine
venezolano en Hermano (2010), un drama deportivo de contenido
social sobre el fútbol que se desarrolla en un barrio ficticio de
Caracas. Estuvo presente en Maroa (2005) de Solveig Hoogesteijn,
sobre una niña de la calle que encuentra la salida a través del Sistema
Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles, y en La clase
(2007) de José Antonio Varela, sobre una maestra de música y alumna del
mismo sistema, y que es una crítica marxista del deseo de ser rescatado
de la marginación por el reconocimiento de los méritos individuales por
parte de esa institución. En la opera prima de Marcel Rasquin la
esperanza de salvarse del barrio está depositada en el Caracas Fútbol
Club. Pero el filme, que comienza con el hallazgo de un recién nacido
botado en la basura, le da una patada al espectador deseoso de valerse
del melodrama para escapar de la reflexión sobre la realidad y le saca
la tarjeta roja también a la crítica ideológica abstracta del
individualismo. El final es un llamado a pensar por uno mismo en el
problema.
Hermano,
como dice el título, es la historia de dos hermanos: Julio y Daniel,
apodado “Gato” por su llanto en la basura. Él se empeña en arrastrar el lazo que le une a la
familia que lo salvó, y en particular a Julio, al equipo profesional que
se interesa en él por su talento y su actitud. El Caracas Fútbol Club funciona sobre
la base de acuerdos con cada quien por separado, pero la idea de mérito individual que
maneja la empresa no entra en la cabeza de Daniel. Tampoco la de tener
que competir contra alguien a quien quiere por un puesto en el equipo.
Julio, en cambio, que se gana la vida con la banda de delincuentes del
barrio, se deja llevar por el deber de vengar una muerte.
Ese deseo lo aleja de su hermano y de la posibilidad de salvarse, por su
habilidad en la cancha, de la muerte a corto plazo que es el destino que
llevan escrito en la frente los que quedan para malandros. Entre ellos
se levanta, además, el muro de un secreto que Daniel guarda.
El
vínculo que une a Julio a Daniel es análogo al que lo ata a la banda de
delincuentes: una relación de hermanos por elección. La banda es,
además, la única organización social visible en el barrio, y maneja
desde el negocio de la droga hasta el equipo de fútbol local, incluida
la asistencia social, el mantenimiento del orden y la administración de
“justicia” a balazos. Los delincuentes integran a la comunidad bajo la autoridad
paternal del jefe de la banda, pero de ninguna manera se trata de una
idealización: en la “familia” que sostienen los hampones, al igual que
en las unidas por la sangre, existen secretos, engaños, castigos y
conflictos que no encuentran solución, y la autoridad del jefe no basta
para mantener la violencia dentro del cauce de lo que resulta útil para
él.
En el
equipo profesional las cosas son completamente diferentes. Julio hace
manifiesto que lo sabe cuando dice, al llegar a las pruebas: “Venimos a
competir”. Y luego a Daniel, cuando los ponen en equipos diferentes: “Yo
soy tu examen”. Allí no cuenta ser hermano sino ser el mejor y respetar
las reglas. La autoridad que ejerce el director técnico no es paternal
sino semejante al de un superior militar: da órdenes y exige que se
cumplan sin una contraparte de afecto ni preocupación por los
subordinados. Hay un código de honor que, a diferencia de la temperatura
afectiva que acompaña las buenas y malas relaciones en el barrio, exige una fría
distancia.
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El
momento culminante del filme es un adelanto, en la final del torneo
entre barrios, de lo que ha de ser la gloria del triunfo que se alcanza
por los méritos individuales, habiendo llegado a la cima por la
excelencia personal, sin hermanos de sangre o por elección que valgan. Y si
en la última escena de La clase Tita, la protagonista, toma una
piedra para lanzársela a la policía porque se supone que debe haber
adquirido conciencia de lo que es necesario hacer, el éxito que se
alcanza en Hermano es un sarcasmo inesperado con acompañamiento
de barra brava y eufórica, y fuegos artificiales. En vez de una
conclusión, es una patada que puede sacudir expectativas y certezas para
poner la cabeza del espectador en movimiento.
Pero
lo mejor de la película es que admite otros goces, además de la lectura
social en la que pueden agotarse las películas de excluidos o de
malandros. En primer lugar, es un drama deportivo bien logrado, con el
agonizante match final de rigor. Están muy bien filmadas, además, las
secuencias con cámara en mano. Dan la sensación subjetiva de estar
metido en la cancha, siendo parte del juego, y desde afuera muestran
ángulos diferentes de los de la mirada impersonal de la televisión, con
personajes atravesados en el campo visual, por ejemplo. Está acompañada
esa cámara por un acertado montaje en lo que respecta a la combinación
de planos generales para entender las jugadas, sobre todo cuando
realmente importan, en el partido final, y detalles del balón entre los
pies y de los rostros. La edición es fundamental también para articular
visualmente el concepto de hermandad. El montaje paralelo hace sentir
que los personajes están unidos aunque anden por lugares diferentes.
Otro
logro de Hermano está en la expresión del vínculo de hermandad
que une a Julio y a Daniel, sometido a tensión por la bifurcación del
destino y la exigencia de que compitan por un puesto en el club. La
comunicación se establece principalmente mediante el contacto físico, al
que acompaña un continuo bromear que es pura función fática del
lenguaje, comprobación reiterativa de la relación que hay entre ellos.
Hay dos secuencias que sobresalen en ese sentido, una en la que los
hermanos beben y bailan juntos, y la de un
duelo de fútbol a torso desnudo, que tiene lugar contra el fondo de una
edificación en ruinas, lugar donde Julio y Daniel suelen encontrarse a
solas y que es una rica metáfora visual tanto de la calle ciega que
puede ser la vida en el barrio como del deterioro del afecto por el
deseo de venganza y la competencia. El parecido físico de Fernando
Moreno, el actor que encarna a Daniel, con Bruce Lee –quizás de ahí
también el apodo de “Gato”, por los gritos de Lee–, hace que la
secuencia del uno contra uno en ese lugar evoque el duelo de ese actor y
Chuck Norris en el Coliseo de Roma en El regreso del dragón (The
Return of the Dragon, 1972).
Del
género, sin embargo, se desprende también el limitado alcance de
Hermano en relación con el filme que ha establecido el rasero
internacional acerca de lo que debe ser hoy una película sobre los
barrios: Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002) de Fernando
Meirelles. En una cinta de fútbol hay que robar tiempo al que puede
utilizarse para desarrollar más la historia en una película de
pandilleros, con el fin de dedicárselo a los partidos, que son el centro
del espectáculo. El otro problema es que el final requiere de un
espectador capaz de comprender el llamado a pensar, y dotado de
herramientas para reflexionar sobre la película y el problema social. De
otra manera podría no ir más allá de la sorpresa o la decepción.
HERMANO
Venezuela, 2010
Dirección:
Marcel Rasquin. Guión: Marcel Rasquin, Rohan Jones. Producción:
Marcel Rasquin, Enrique Aular. Diseño de producción: Maya Oloe.
Fotografía: Enrique Aular. Montaje: Carolina Aular, Juan
Carlos Melián. Música: Rigel Michelena. Elenco: Eliú Armas
(Julio), Fernando Moreno (Daniel), Gonzalo Cubero (Roberto), Marcela
Girón (Graciela), Alí Rondón (Max). Duración: 96 minutos.
Formato: 35 mm, 2,35:1, color, Dolby SR.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve
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