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críticas
De cuando se tienen tantos hermanos en la vida
Hemos
terminado un mes de intensa pasión y España se alzó con el trofeo más
preciado del mundo. Habrá que esperar cuatro años, hasta Brasil, para
ver si el equipo de nuestros sueños logra la victoria. Otros desde hace
un tiempo están festejando que el Caracas FC se hiciera con el
campeonato de la temporada pasada. En fin, en tiempo de fútbol hay que
tener las botas bien puestas para lograr la victoria. Claro, uno sólo lo
ve desde la Barra Roja en nuestro caso. Otros tienen la victoria en sus
pies. De eso se trata la vida de Julio y Gato, hermanos de crianza de un
barrio caraqueño cualquiera, quienes debaten sus vidas entre dramas,
calles y balones de fútbol.
La historia es muy sencilla: dos jóvenes,
hermanos para el caso, juegan en el equipo de su barrio, exitoso por
cierto. Y sueñan, quizá uno más que el otro, en formar parte del equipo
profesional con una de las fanaticadas más importantes del país: el
Caracas FC (que por cierto patrocina la película). El chance les llega
por un scout que los ve jugar y los invita a los entrenamientos de
selección. Pero la cosa nunca es tan sencilla. Deben ganar su campeonato
interbarrial (si se me permite la expresión); deben jugar juntos
y deben sortear la muerte.
Partiendo de
la clásica fórmula de Caín y Abel, Rasquin le da un giro y unas
sutilezas que evitan el clisé. No es que el Gato sea bueno buenísimo
(que lo es, y su físico así lo delata. Vaya una felicitación para el
casting). Ni que Julio sea malo, malísimo. No se trata de que uno sea
blanco y el otro sea moreno. No se trata de que uno sea parrandero y
pandillero, y el otro virgen y sobrio. Todo eso está película. Y ellos
son así. Julio, quien de infante reconoce al pequeño niño entre
la basura y cual mascota se lo lleva a su casa, ama a su hermano y lo
protege. Lo tutela en las lides futbolísticas y lo hace también su
hermano de cancha. Gato admira a su hermano y junto con él sueña con
emprender una carrera profesional. En la cancha son una excelente dupla:
el medio campo que le sirve los balones a un delantero flacuchento pero
con pies de oro. Recuerde al dúo Caniggia y Maradona y se hará una idea.
Pero para
jugar, y más para salir airoso, se necesitan unos buenos botines. Y por
los zapatos viene la desgracia. Y por la hermandad también. No sólo tus
familiares son tus hermanos. Tus compañeros de equipo los del barrio
también lo son. Y tus compañeros de banda lo son aún más. Así, mientras
que el Gato se las juega todas ante el seleccionador del Caracas FC para
que su hermano también queden entre sus filas, Julio se las juega todas
por su hermano de juergas, Max (portero del equipo para más señas), y
por el Morocho (líder de la banda y capo del barrio).
En esa línea
entre botines, hermandad y barrio, es que se desliza el filme. pues el
planteamiento fundamental es que la hermandad es varios tipos, y que no
siempre éstos van de la mano. Gato no delata al verdadero asesino de su
madre, quien rescataba sus botines, por ser el hermano de vida de su
hermano Julio. Julio acepta jugar un partido final que no desea para
apoyar a su hermano Gato, quien le jodió la venganza. El Morocho no
confiesa la verdad y propina un martillazo a Julio para mantener la
hermandad de la banda del barrio.
¿Pero se
pueden sostener tantas lealtades entre tantos hermanos tan disímiles? La
vida real pareciera decir que no, y el filme de Rasquin nos declara lo
contrario. No sin precio, claro. Pero sin caer en falsas moralinas y
lágrimas innecesarias. Un guión impecable, basado en una sencilla
anécdota.
Esto no es lo
único bien logrado en Hermano. La dirección de Rasquin sobresale,
en especial la puesta en cámara de los partidos de fútbol. Memorable, a
mi parecer, es el duelo final en el terraplén entre Gato y Julio por el
partido final de la interbarrial. Destacan las actuaciones (con la
excepción de la “novia” del Gato, fuera de tono con el resto), aun más
cuando muchos de ellos son futbolistas y no actores profesionales. La
dirección de arte, aunada a la cámara, hacen que uno sienta un realismo
del barrio representado que quien escribe tenía mucho tiempo sin ver. Y
no se puede dejar de mencionar una banda sonora limpia, que no abusa del
reguetón como “la música del barrio”, pero que acompaña el montaje y los
conflictos de las secuencias.
Conclusión: es muy reconfortante salir de una sala de cine regocijado y
agradecido por lo que se vio. Más aun si se trata de cine venezolano.
Por los vientos que soplan, este 2010 será un año rico para la
cinematografía nacional.
HERMANO
Venezuela, 2010
Dirección:
Marcel Rasquin. Guión: Marcel Rasquin, Rohan Jones. Producción:
Marcel Rasquin, Enrique Aular. Diseño de producción: Maya Oloe.
Fotografía: Enrique Aular. Montaje: Carolina Aular, Juan
Carlos Melián. Música: Rigel Michelena. Elenco: Eliú Armas
(Julio), Fernando Moreno (Daniel), Gonzalo Cubero (Roberto), Marcela
Girón (Graciela), Alí Rondón (Max). Duración: 96 minutos.
Patricia Kaiser
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