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críticas
Manejar bien la vida
La
dulce vida
(Happy-Go-Lucky,
2008) es una película sobre cómo conducir bien la vida y alcanzar la
felicidad. Mike Leigh, el director, nominado al Oscar por el guión, se
arriesga a plantear que es la actitud alegre la que propicia que a uno
le vaya bien, como a la protagonista. Es lo que dice la traducción del
título: “La suerte le sonríe al que es feliz”. No es al revés, que a uno
deba irle bien para alcanzar la felicidad, como la intuición indica. Su
posición es también contraria a la de quienes consideran que es la
sociedad la que hace a unos felices y a otros no. La gente tiene
oportunidades de vivir felizmente, según cómo asuma lo que le ha tocado
vivir. Las excepciones, en todo caso, serían la confirmación de la
regla.
Si algo logra borrarle la sonrisa a Poppy, la
protagonista, es primero la violencia, para ella inexplicable, de uno de
sus alumnos de primaria. Resulta que el niño proviene de un hogar en el
que un adulto, la pareja de su madre, lo maltrata. Pero si el entorno
familiar es capaz de hacer que un niño no pueda encarar la vida con la
felicidad del personaje que interpreta Sally Hawkins, ello no ocurre en
el caso de los adultos en la cinta. Scott, un hombre amargado cuyo
oficio, irónicamente, es enseñar a manejar aunque no ha sido capaz de
darle buen rumbo a su vida, es plenamente responsable de la forma como
se comporta como consecuencia de su frustración, de su complejo de
inferioridad, etcétera. Puede que su pasado haya estado marcado por
problemas con la autoridad en la escuela y en el hogar, como deja
entrever en sus diálogos con Poppy, quien se convierte en su aprendiz de
manejo. Pero esas causas se hunden en un tiempo demasiado remoto y
borroso como para excusarle de la responsabilidad de su conducta
antisocial en el presente. No puede echarle la culpa a nadie por ser
oscuro y violento, y fracasar por ello. Es algo similar a lo que le
pasaba al personaje de Brenda Blethyn en Secret & Lies (1996),
película por la que Mike Leigh ganó la Palma de Oro en el Festival de
Cannes y fue nominado al Oscar como mejor director y mejor guionista.
El
reto de una película como La dulce vida es hacer creíble un
personaje siempre feliz como el de la protagonista, y que por tomarse
casi todo como en broma no parezca idiota. Es el problema que plantea
toda historia sobre un ser excepcional en situaciones comunes y
corrientes. La primera secuencia lo pone sobre la mesa: Poppy llega en
su bicicleta a una librería, en la que se ríe con un libro titulado
El camino hacia la realidad y afronta la sorda actitud arisca de un
empleado, del cual ella se burla al salir: “No me robé nada”, dice, y se
burla de la alarma imitando su ruido característico. Pero enseguida
descubre que le han robado la bicicleta, y su reacción no va más allá de
la que correspondería si le hubieran hecho una broma pesada, pero chiste
al fin. No se deja morder por la rabia, y eso es poco común.
La
alegría de Poppy parece requerir de una actitud desprendida con respecto
a los bienes materiales, y quizás también de una profesión como la suya,
que le permite jugar con los niños y hacerles máscaras, y vestirse como
si fuera una muchacha, a pesar de que tiene más de 30 años de edad.
También pareciera que le es inherente al personaje la vida de eterna
estudiante que lleva, en un apartamento alquilado junto con una amiga y
saliendo con frecuencia a bonchar. Ni ella ni sus amigas aspiran a
convertirse en propietarias ni en llegar a ser lo que considera como un
adulto serio y responsable gente como Scott o una de las dos hermanas de
Poppy, que está casada, bien instalada en su hogar de clase media y a la
espera de su primer hijo. “¿Por dónde es la madurez?”, le pregunta la
protagonista a su amiga y compañera de casa, Zoe, cuando las dos pasan
el rato remando en un bote, en un parque. Sin embargo, Poppy demuestra
tener la madurez necesaria para afrontar el problema del niño violento,
que en vez de tratar de resolver por sí misma lo hace buscando ayuda de
su jefa y de un especialista, y también demuestra que es capaz de
manejar una crisis violenta de Scott. Si bien es una figura peculiar,
poco común, puede resultar inspiradora para los demás, aunque no les
resulte fácil ser desprendidos ni puedan llevar la vida que ella lleva,
en tanto plantea a cualquiera una pregunta abierta acerca de cuál es la
vida que realmente vale la pena vivir.
El
otro problema no se refiere a la concepción del personaje sino a cómo
interpretarlo, lo que significa lograr que la actuación haga creíble a
Poppy sin que se convierta en un ser angélico ni en un payaso. Hawkins
lo logró de manera tal que ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín y
el Globo de Oro en el renglón de comedia por su actuación en La dulce
vida. En su actuación consigue pasar, sin solución de continuidad,
del registro realista del desenvolvimiento de un personaje que puede
llegar a rayar en lo inverosímil a los lugares comunes de la actuación
cómica, para regresar después al realismo. De esa manera el payaso le
corta las alas a Poppy antes de que llegue a convertirse en un ángel,
sin que el ángel se ponga la nariz de payaso. Un detalle del ambiente
contribuye también a mantener el equilibrio: los días de sol en los que
se desarrolla la historia. Ellos se constituyen en un correlato de la
alegría del personaje. Sugieren que alguien así es propio de un lugar
donde brille permanentemente el sol, es decir, de un mundo de ficción
que no esté marcado por los días de tormenta o de nieve, aunque su
representación sea de un realismo que llega a mostrar las imperfecciones
de la piel de la protagonista.
LA
DULCE VIDA
Happy-Go-Lucky,
Reino Unido, 2008
Dirección y guión:
Mike Leigh. Producción: Simon Channing Williams. Diseño de
producción: Mark Tidesley. Fotografía: Dick Pope. Montaje:
Jim Clark. Música: Gary Yershon. Elenco: Sally Hawkins (Poppy),
Eddie Marsan (Scott), Alexis Zagerman (Zoe), Andrea Riseborough (Dawn),
Sinead Matthews (Alice), Kate O’Flynn (Suzy), Sarah Niles (Tash), Karina
Fernández (profesora de flamenco), Samuel Roukin (Tim).
Duración:
118 minutos. Formato: 35 mm, 2,35:1, color, DTS, Dolby Digital.Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve
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