12/09
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crítica

Alien de Ridley Scott
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Un monstruo dentro de otro monstruo
 

Algo que distingue a Alien (1979) es la diversidad de temas de los que trata. Los más relevantes parecen ser, primero, el del miedo a la maternidad, que cristaliza en la imagen de parir un monstruo que desgarra las entrañas para nacer. Eso obliga a considerar una explicación menos superficial que la masculinidad  en el comportamiento recio que caracteriza a la protagonista, la teniente Ripley. En segundo término está la crítica de la corporación, que viola las normas que salvaguardan la seguridad de todos y pone la persecución de sus intereses comerciales por encima de la vida humana. El nombre de la nave, Nostromo, y el hecho de que sea un transporte de materias primas, aluden a la novela homónima de Joseph Conrad sobre el neocolonialismo. Traen a colación así las monstruosidades que se cometen en las fronteras del espacio geográfico hacia cuyo centro el capitalismo genera la ilusión de que puede existir una vida próspera y tranquila organizada según sus reglas, al ser trasladadas las más agudas contradicciones a las colonias. Si en esos márgenes de la civilización cósmica los tripulantes del carguero encuentran el monstruo extraterrestre no es porque, como en el mundo de Drácula, los horrores sobrenaturales hayan sido relegados a sitios como Transilvania por la racionalidad moderna que impera en Inglaterra. Es porque la maquinaria asesina de la corporación los lleva a investigar una especie desconocida para la ciencia y de la cual podría obtenerse provecho económico en la guerra. Un monstruo va a buscar a otro monstruo, y lo encuentra.

Entre estos dos últimos temas y la cuestión de la maternidad no pareciera haber relación, al menos que una cuarta cosa monstruosa salga a buscar horribles conexiones entre ellas. A eso invita la paranoia de la que probablemente haya que saber disfrutar para encontrar deleite en una película en la que hay tenebrosos rincones góticos hasta en el interior de una nave espacial del futuro, y el terror puede venir de cualquier parte, de las fronteras del mundo que cree dominar la razón o del centro de la racionalidad económica, del exterior al cuerpo o de su interior, de los otros, los que no pertenecen al grupo, o de cualquiera que parezca ser una persona más, como ocurre con Ash, el robot que pasa por ser humano entre los tripulantes del Nostromo. 

El engendro violador

La característica visualmente más impresionante de la criatura creada para el filme por H. R. Giger es que parece tratarse de un monstruo que en su interior tiene otro. Se aprecia cuando abre las fauces de las que chorrea baba asquerosa, algo imprescindible para redondear con la repugnancia su condición terrible de monstruo, como señala Noel Carroll en su Filosofía del terror. En la punta de la lengua hay una cabeza más pequeña, que brota de la boca espantosamente dentada. Es como un falo, además, puesto que se estira violentamente para penetrar con un golpe el cuerpo de sus víctimas. La criatura también puede matar con su cola puntiaguda, que es como otro falo más. 

El ataque del monstruo podría ser considerado, por tanto, como análogo a una violación. Ese temor a ser violada se añade al de morir en la virginal Ripley, que elude la compañía de los hombres de la nave, y ayuda a entender la escena en la que se desnuda hasta quedar en ropa interior, cuando cree haberse librado de la criatura al eyectarse del Nostromo en la nave salvavidas y haberlo hecho estallar. No se trata sólo de hacer ver que la actriz, Sigourney Weaver, tiene un lado sexy que endulzaría su aparente masculinidad. Es el temor de la virgen a que la violen lo que está en juego. El poder del monstruo, a su vez, se deriva de que tiene un cuerpo que no puede ser mancillado. Reside en que no puede ser penetrado ni sexualmente ni de ninguna otra manera, porque su interior es de un ácido que capaz de corroer el metal del que está hecha la nave.

Pero Ripley es también una figura maternal, como lo demuestran los sentimientos protectores que tiene hacia su gato, Jonesy, que la llevan incluso a arriesgar su vida para salvarlo –en Aliens, la secuela dirigida por James Cameron (1986), la teniente encontrará una hija adoptiva que al final del filme la llama “mamá”–. Maternidad y actitud virginal en la teniente, que representan una desvinculación del acto sexual de la fecundación y el tener hijos, tienen también un espejo en el monstruo. La segunda característica emblemática de la criatura es el parásito que engendran sus huevos, el que se apropia del cuerpo de Kane en el filme para reproducirse. No puede ser otra la palabra, puesto que tiene la forma de una mano que agarra a su víctima, adueñándose así de ella en el acto de “preñarla”. En esa imagen del embarazo, y en la del “parto” que desgarra el cuerpo y produce la muerte, cristaliza el miedo a la preñez en el filme: una criatura desconocida comienza a desarrollarse en el interior de otra, apoderándose de su cuerpo, al que destruye. Es, además, una representación por fragmentos que no encajan en la relación acto sexual-preñez-maternidad, cuya desarticulación tiene como punto culminante el hecho de que el “embarazado” en la película sea un hombre. El terror inconsciente que se expresa en el filme mantiene las tres cosas separadas para Ripley, por lo que la violencia de la penetración y del parto no halla justificación en un hijo que podría ser tan amado como el gato de la primera película o la niña de Aliens

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Una cruel madre tecnológica 

La otra “madre” del filme –ambas entre comillas– es la computadora que controla la nave. Así se llama en inglés: Mother. En su “vientre” descansa la tripulación en estado vegetativo, hasta que la computadora les hace renacer para que vuelvan a asumir sus tareas. Incluso después de volver a la vida, la iluminación con luces excesivamente brillantes o parpadeantes, y el humo –sellos autorales del director, Ridley Scott– hacen que la imagen de los tripulantes se funda y se pierda una y otra vez en la representación del ambiente en el filme, como si se disolvieran en él. Eso da la idea de que nunca dejan de ser por completo parte del cuerpo de Mother, que es el Nostromo. 

La primera secuencia de Alien muestra, además, que el Nostromo, tiene “vida” mientras la tripulación hiberna. Lo recorre una suave brisa, como una respiración, que mueve papeles y, cuando la computadora fija el rumbo hacia el lugar del cual se ha recibido la señal de origen desconocido, las imágenes que aparecen en las pantallas del puente de mando se reflejan en la visera de los cascos vacíos de los pilotos, como si hubiera allí alguien que recibiera esas instrucciones y actuara en consecuencia, una tripulación fantasma. El Nostromo, finalmente, es un organismo con entrañas: los ductos y compartimientos góticos de maquinaria en los que justamente encuentra refugio el monstruo, como si se convirtiera también en un parásito dentro del cuerpo de la nave.

Los personajes que pueden convertirse en “madres” de una criatura que se engendra en sus entrañas se encuentran, por tanto, en las entrañas de otra “madre”, de similar manera a como dentro del monstruo parece haber otro monstruo. Y así como los tripulantes pueden ser invadidos por una criatura monstruosa que se adueña de ellos, Mother está controlada por la racionalidad monstruosa con la que se expresa el objetivo de la misión de rescate: la tripulación es prescindible; el espécimen comercialmente valioso, no. Si en 2001, odisea del espacio la falla mortífera de la tecnología “maternal” a la que los astronautas entregan ciegamente su vida mientras hibernan tiene un origen oscuro, vinculado con el misterioso monolito extraterrestre, en Alien es la compañía la que dicta las instrucciones que envían a los tripulantes al encuentro con el monstruo, y además ha infiltrado un robot en la tripulación para asegurarse de que se violen los procedimientos de seguridad establecidos para que la persona que engendrará la criatura suba a bordo. El robot es también necesario para rematar la representación de la corporación como monstruo, siguiendo a Carroll: cuando lo destruyen se convierte en un despojo repugnante del que brota sangre blanca, y cuya cabeza, separada del cuerpo, habla. 

Una paradoja crítica 

Hay en Alien dos indicios de que hay otro monstruo más: el capitalismo, que abarca y gobierna todo en el mundo de la película. La nave de la corporación, que lleva un monstruo dentro, estaría a su vez en el cuerpo abstracto de ese otro monstruo, que llega a los lugares más remotos. El primer indicio es el que se mencionó al principio, cómo la monstruosidad con la que la civilización lidia en sus márgenes se halla también en su centro, del que irradia en forma de instrucciones que conducen a la gente hacia la muerte, actuando con arreglo a la lógica de la persecución de los beneficios económicos, y un cálculo de pérdidas y ganancias que incluye la vida humana. Esa lógica rige también el comportamiento de los individuos. No sólo permite someterlos mediante la coacción económica, obligándoles a llevar a cabo el rescate del monstruo con la amenaza de suspender los bonos, de acuerdo con lo establecido en los contratos individuales, sino que define sus intereses y aspiraciones: Brett y Parker, los tripulantes de más bajo rango, además de que muestran como máxima aspiración cobrar los bonos, hacen expresa su intención de demorar las labores para cobrar más horas de trabajo. 

Pero el filme no hace una crítica del capitalismo sino a una institución pervertida en una economía capitalista: la corporación que viola las reglas y mata a la gente por codicia. Prueba de ello es que Ripley escapa con la esperanza de ser rescatada por otra tripulación, en lo que está implícita la creencia de que por el cosmos anda otra gente que no actúa con arreglo a criterios exclusivamente comerciales como los de los dueños del Nostromo. Deberían pensar en otra cosa que en los beneficios para salvarla.  

Eso es irónico en la serie, puesto que todos los demás filmes Ripley vuelve a ser perseguida –ella o el clon híbrido humano-extraterrestre que es creado luego de su muerte– por los monstruos corporativos, mientras que las bestias dejan de atacarla desde el momento en que la teniente lleva dentro de sí un retoño en gestación de la criatura o tiene parte del ADN del monstruo mezclado con el suyo. No obstante, siempre se trata de un individuo o varios que luchan contra las criaturas e instituciones perversas, y no para cambiar el estado de cosas sino para resolver el problema inmediato de la supervivencia y librándose del monstruo. La lucha política luce como un imposible en las películas de Alien, y en todo caso nunca se plantea, a pesar de que hay que pelear contra monstruos que trae el capitalismo para poder salvar el pellejo y aunque Ripley, por el apego a las normas que demuestra como tripulante, se asemeja al ciudadano respetuoso de la las normas adoptadas en nombre del bien común. Si ella es una empleada eficiente y correcta, no actúa como ciudadana indignada por los abusos. De hecho, en el mundo en que habita no parecen existir en lo absoluto la ciudadanía ni la sociedad civil: sólo corporaciones con reglas establecidas por ellas y que ellas violan. Podría decirse, en resumen, que hay una representación desarticulada del sistema social y político del capitalismo en el filme, en el cual la política queda oculta, que sería análoga a las imágenes terroríficas relacionadas con la maternidad. No poder representar las cosas de otro modo parece ser una paradoja de este filme crítico. 

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Ripley, heroína puritana 

Pareciera que también hay una crítica del individualismo en Alien, en tanto los pasos que Ripley da para sobrevivir en cierta medida hacen que se asemeje al monstruo extraterrestre. La analogía consiste en que Ripley debe eyectarse y destruir la nave controlada por Mother para poder sobrevivir, al igual que el monstruo requiere desprenderse del cuerpo que usa para desarrollarse, y en ese mismo acto lo destruye. Pero lo que ha ahí es básicamente eco de un tópico de los filmes de terror de los años setenta, que tiene su mejor cristalización, para lo que a Alien respecta, en Halloween (1978). Del personaje principal de ese filme, Laurie Strode, que es una figura virginal como Ripley, brota una furia insospechada cuando se enfrenta cara a cara con el psicópata. Entonces se convierte en una criatura que parece ser no menos psicópata que el asesino. En ambos personajes parece haber también algo de sexualidad reprimida que las circunstancias hacen estallar y que se expresa de una manera violenta. 

Pero el punto esencial parece estar más allá del lugar común de la deshumanización del humano cuando se enfrenta con los monstruos. La cuestión es el tipo de heroína que es Ripley, lo que obliga a considerar también con más precisión la cuestión de su aparente homosexualidad –desmentida en Alien3 (1992)–. No es la lesbiana moderna el arquetipo en su caso sino Artemisa, la diosa griega que es virgen y cazadora, que aborrece la preñez, y que en la mitología tiene un séquito de ninfas y es una deidad del mundo de los animales salvajes –es por eso que el amor maternal de Ripley se dirige al gato Jonesy en Alien y a muchachas en Aliens y Alien: Resurrection (1997).  

En la medida en que sigue el modelo de la diosa encarna mejor Ripley de lo que puede hacerlo cualquier hombre la conjunción de heroísmo y virtud, incluido el rechazo a que su cuerpo sea contaminado por el sexo masculino –hay que recordar que el monstruo tiene dos falos, como se dijo antes–. Ella encarna al individuo que, además de luchar como cazador por su vida y por la integridad de su cuerpo no mancillado, defiende las normas cuyo cumplimiento garantiza la seguridad de todos y es capaz de proteger como una madre a los que ha convertido por elección en sus hijos. Es una heroína defensora de lo propio y puritana, que triunfa sobre el mal expulsándolo del entorno hacia el vacío del espacio exterior, hacia la nada, para que no pueda penetrar y adueñarse nunca más del cuerpo de alguien, como ocurre al final de Alien. Pero no tiene virtudes de líder. Más allá de la cacería y de la protección maternal, su excelencia es la de la empleada aplicada y respetuosa de las normas. Su carácter virginal es también castración política. 

Si al comienzo se planteó la pregunta acerca del vínculo entre los temas del miedo a la maternidad y el problema corporativo, esta podría ser una respuesta: el parentesco de Ripley con Artemisa hace que a la vez sea una “madre” incapaz de parir a sus “hijos”, y una cazadora que sale a matar una y otra vez los mismos monstruos, sin poder hacer mella en la corporación que los pone en su camino. Al menos esa es la conclusión que podría hilvanarse aquí, con las gruesas puntadas del hilo negro de la paranoia.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

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