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crítica
Un
monstruo dentro de otro monstruo
Algo
que distingue a Alien (1979) es la diversidad de temas de los que
trata. Los más relevantes parecen ser, primero, el del miedo a la
maternidad, que cristaliza en la imagen de parir un monstruo que
desgarra las entrañas para nacer. Eso obliga a considerar una
explicación menos superficial que la masculinidad en el comportamiento
recio que caracteriza a la protagonista, la teniente Ripley. En segundo
término está la crítica de la corporación, que viola las normas que
salvaguardan la seguridad de todos y pone la persecución de sus
intereses comerciales por encima de la vida humana. El nombre de la
nave, Nostromo, y el hecho de que sea un transporte de materias primas,
aluden a la novela homónima de Joseph Conrad sobre el neocolonialismo.
Traen a colación así las monstruosidades que se cometen en las fronteras
del espacio geográfico hacia cuyo centro el capitalismo genera la
ilusión de que puede existir una vida próspera y tranquila organizada
según sus reglas, al ser trasladadas las más agudas contradicciones a
las colonias. Si en esos márgenes de la civilización cósmica los
tripulantes del carguero encuentran el monstruo extraterrestre no es
porque, como en el mundo de Drácula, los horrores sobrenaturales
hayan sido relegados a sitios como Transilvania por la racionalidad
moderna que impera en Inglaterra. Es porque la maquinaria asesina de la
corporación los lleva a investigar una especie desconocida para la
ciencia y de la cual podría obtenerse provecho económico en la guerra.
Un monstruo va a buscar a otro monstruo, y lo encuentra.
Entre
estos dos últimos temas y la cuestión de la maternidad no pareciera
haber relación, al menos que una cuarta cosa monstruosa salga a buscar
horribles conexiones entre ellas. A eso invita la paranoia de la que
probablemente haya que saber disfrutar para encontrar deleite en una
película en la que hay tenebrosos rincones góticos hasta en el interior
de una nave espacial del futuro, y el terror puede venir de cualquier
parte, de las fronteras del mundo que cree dominar la razón o del centro
de la racionalidad económica, del exterior al cuerpo o de su interior,
de los otros, los que no pertenecen al grupo, o de cualquiera que
parezca ser una persona más, como ocurre con Ash, el robot que pasa por
ser humano entre los tripulantes del Nostromo.
El
engendro violador
La
característica visualmente más impresionante de la criatura creada para
el filme por H. R. Giger es que parece tratarse de un monstruo que en su
interior tiene otro. Se aprecia cuando abre las fauces de las que
chorrea baba asquerosa, algo imprescindible para redondear con la
repugnancia su condición terrible de monstruo, como señala Noel Carroll
en su Filosofía del terror. En la punta de la lengua hay una
cabeza más pequeña, que brota de la boca espantosamente dentada. Es como
un falo, además, puesto que se estira violentamente para penetrar con un
golpe el cuerpo de sus víctimas. La criatura también puede matar con su
cola puntiaguda, que es como otro falo más.
El
ataque del monstruo podría ser considerado, por tanto, como análogo a
una violación. Ese temor a ser violada se añade al de morir en la
virginal Ripley, que elude la compañía de los hombres de la nave, y
ayuda a entender la escena en la que se desnuda hasta quedar en ropa
interior, cuando cree haberse librado de la criatura al eyectarse del
Nostromo en la nave salvavidas y haberlo hecho estallar. No se trata
sólo de hacer ver que la actriz, Sigourney Weaver, tiene un lado sexy
que endulzaría su aparente masculinidad. Es el temor de la virgen a que
la violen lo que está en juego. El poder del monstruo, a su vez, se
deriva de que tiene un cuerpo que no puede ser mancillado. Reside en que
no puede ser penetrado ni sexualmente ni de ninguna otra manera, porque
su interior es de un ácido que capaz de corroer el metal del que está
hecha la nave.
Pero
Ripley es también una figura maternal, como lo demuestran los
sentimientos protectores que tiene hacia su gato, Jonesy, que la llevan
incluso a arriesgar su vida para salvarlo –en Aliens, la secuela
dirigida por James Cameron (1986), la teniente encontrará una hija
adoptiva que al final del filme la llama “mamá”–. Maternidad y actitud
virginal en la teniente, que representan una desvinculación del acto
sexual de la fecundación y el tener hijos, tienen también un espejo en
el monstruo. La segunda característica emblemática de la criatura es el
parásito que engendran sus huevos, el que se apropia del cuerpo de Kane
en el filme para reproducirse. No puede ser otra la palabra, puesto que
tiene la forma de una mano que agarra a su víctima, adueñándose así de
ella en el acto de “preñarla”. En esa imagen del embarazo, y en la del
“parto” que desgarra el cuerpo y produce la muerte, cristaliza el miedo
a la preñez en el filme: una criatura desconocida comienza a
desarrollarse en el interior de otra, apoderándose de su cuerpo, al que
destruye. Es, además, una representación por fragmentos que no encajan
en la relación acto sexual-preñez-maternidad, cuya desarticulación tiene
como punto culminante el hecho de que el “embarazado” en la película sea
un hombre. El terror inconsciente que se expresa en el filme mantiene
las tres cosas separadas para Ripley, por lo que la violencia de la
penetración y del parto no halla justificación en un hijo que podría ser
tan amado como el gato de la primera película o la niña de Aliens.
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Una
cruel madre tecnológica
La
otra “madre” del filme –ambas entre comillas– es la computadora que
controla la nave. Así se llama en inglés: Mother. En su “vientre”
descansa la tripulación en estado vegetativo, hasta que la computadora
les hace renacer para que vuelvan a asumir sus tareas. Incluso después
de volver a la vida, la iluminación con luces excesivamente brillantes o
parpadeantes, y el humo –sellos autorales del director, Ridley Scott–
hacen que la imagen de los tripulantes se funda y se pierda una y otra
vez en la representación del ambiente en el filme, como si se
disolvieran en él. Eso da la idea de que nunca dejan de ser por completo
parte del cuerpo de Mother, que es el Nostromo.
La
primera secuencia de Alien muestra, además, que el Nostromo,
tiene “vida” mientras la tripulación hiberna. Lo recorre una suave
brisa, como una respiración, que mueve papeles y, cuando la computadora
fija el rumbo hacia el lugar del cual se ha recibido la señal de origen
desconocido, las imágenes que aparecen en las pantallas del puente de
mando se reflejan en la visera de los cascos vacíos de los pilotos, como
si hubiera allí alguien que recibiera esas instrucciones y actuara en
consecuencia, una tripulación fantasma. El Nostromo, finalmente, es un
organismo con entrañas: los ductos y compartimientos góticos de
maquinaria en los que justamente encuentra refugio el monstruo, como si
se convirtiera también en un parásito dentro del cuerpo de la nave.
Los
personajes que pueden convertirse en “madres” de una criatura que se
engendra en sus entrañas se encuentran, por tanto, en las entrañas de
otra “madre”, de similar manera a como dentro del monstruo parece haber
otro monstruo. Y así como los tripulantes pueden ser invadidos por una
criatura monstruosa que se adueña de ellos, Mother está controlada por
la racionalidad monstruosa con la que se expresa el objetivo de la
misión de rescate: la tripulación es prescindible; el espécimen
comercialmente valioso, no. Si en 2001, odisea del espacio la
falla mortífera de la tecnología “maternal” a la que los astronautas
entregan ciegamente su vida mientras hibernan tiene un origen oscuro,
vinculado con el misterioso monolito extraterrestre, en Alien es
la compañía la que dicta las instrucciones que envían a los tripulantes
al encuentro con el monstruo, y además ha infiltrado un robot en la
tripulación para asegurarse de que se violen los procedimientos de
seguridad establecidos para que la persona que engendrará la criatura
suba a bordo. El robot es también necesario para rematar la
representación de la corporación como monstruo, siguiendo a Carroll:
cuando lo destruyen se convierte en un despojo repugnante del que brota
sangre blanca, y cuya cabeza, separada del cuerpo, habla.
Una
paradoja crítica
Hay
en Alien dos indicios de que hay otro monstruo más: el
capitalismo, que abarca y gobierna todo en el mundo de la película. La
nave de la corporación, que lleva un monstruo dentro, estaría a su vez
en el cuerpo abstracto de ese otro monstruo, que llega a los lugares más
remotos. El primer indicio es el que se mencionó al principio, cómo la
monstruosidad con la que la civilización lidia en sus márgenes se halla
también en su centro, del que irradia en forma de instrucciones que
conducen a la gente hacia la muerte, actuando con arreglo a la lógica de
la persecución de los beneficios económicos, y un cálculo de pérdidas y
ganancias que incluye la vida humana. Esa lógica rige también el
comportamiento de los individuos. No sólo permite someterlos mediante la
coacción económica, obligándoles a llevar a cabo el rescate del monstruo
con la amenaza de suspender los bonos, de acuerdo con lo establecido en
los contratos individuales, sino que define sus intereses y
aspiraciones: Brett y Parker, los tripulantes de más bajo rango, además
de que muestran como máxima aspiración cobrar los bonos, hacen expresa
su intención de demorar las labores para cobrar más horas de trabajo.
Pero
el filme no hace una crítica del capitalismo sino a una institución
pervertida en una economía capitalista: la corporación que viola las
reglas y mata a la gente por codicia. Prueba de ello es que Ripley
escapa con la esperanza de ser rescatada por otra tripulación, en lo que
está implícita la creencia de que por el cosmos anda otra gente que no
actúa con arreglo a criterios exclusivamente comerciales como los de los
dueños del Nostromo. Deberían pensar en otra cosa que en los beneficios
para salvarla.
Eso
es irónico en la serie, puesto que todos los demás filmes Ripley vuelve
a ser perseguida –ella o el clon híbrido humano-extraterrestre que es
creado luego de su muerte– por los monstruos corporativos, mientras que
las bestias dejan de atacarla desde el momento en que la teniente lleva
dentro de sí un retoño en gestación de la criatura o tiene parte del ADN
del monstruo mezclado con el suyo. No obstante, siempre se trata de un
individuo o varios que luchan contra las criaturas e instituciones
perversas, y no para cambiar el estado de cosas sino para resolver el
problema inmediato de la supervivencia y librándose del monstruo. La
lucha política luce como un imposible en las películas de Alien,
y en todo caso nunca se plantea, a pesar de que hay que pelear contra
monstruos que trae el capitalismo para poder salvar el pellejo y aunque
Ripley, por el apego a las normas que demuestra como tripulante, se
asemeja al ciudadano respetuoso de la las normas adoptadas en nombre del
bien común. Si ella es una empleada eficiente y correcta, no actúa como
ciudadana indignada por los abusos. De hecho, en el mundo en que habita
no parecen existir en lo absoluto la ciudadanía ni la sociedad civil:
sólo corporaciones con reglas establecidas por ellas y que ellas violan.
Podría decirse, en resumen, que hay una representación desarticulada del
sistema social y político del capitalismo en el filme, en el cual la
política queda oculta, que sería análoga a las imágenes terroríficas
relacionadas con la maternidad. No poder representar las cosas de otro
modo parece ser una paradoja de este filme crítico.
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Ripley, heroína puritana
Pareciera que también hay una crítica del individualismo en Alien,
en tanto los pasos que Ripley da para sobrevivir en cierta medida hacen
que se asemeje al monstruo extraterrestre. La analogía consiste en que
Ripley debe eyectarse y destruir la nave controlada por Mother para
poder sobrevivir, al igual que el monstruo requiere desprenderse del
cuerpo que usa para desarrollarse, y en ese mismo acto lo destruye. Pero
lo que ha ahí es básicamente eco de un tópico de los filmes de terror de
los años setenta, que tiene su mejor cristalización, para lo que a
Alien respecta, en Halloween (1978). Del personaje principal
de ese filme, Laurie Strode, que es una figura virginal como Ripley,
brota una furia insospechada cuando se enfrenta cara a cara con el
psicópata. Entonces se convierte en una criatura que parece ser no menos
psicópata que el asesino. En ambos personajes parece haber también algo
de sexualidad reprimida que las circunstancias hacen estallar y que se
expresa de una manera violenta.
Pero
el punto esencial parece estar más allá del lugar común de la
deshumanización del humano cuando se enfrenta con los monstruos. La
cuestión es el tipo de heroína que es Ripley, lo que obliga a considerar
también con más precisión la cuestión de su aparente homosexualidad
–desmentida en Alien3 (1992)–. No es la lesbiana
moderna el arquetipo en su caso sino Artemisa, la diosa griega que es
virgen y cazadora, que aborrece la preñez, y que en la mitología tiene
un séquito de ninfas y es una deidad del mundo de los animales salvajes
–es por eso que el amor maternal de Ripley se dirige al gato Jonesy en
Alien y a muchachas en Aliens y Alien: Resurrection
(1997).
En la
medida en que sigue el modelo de la diosa encarna mejor Ripley de lo que
puede hacerlo cualquier hombre la conjunción de heroísmo y virtud,
incluido el rechazo a que su cuerpo sea contaminado por el sexo
masculino –hay que recordar que el monstruo tiene dos falos, como se
dijo antes–. Ella encarna al individuo que, además de luchar como
cazador por su vida y por la integridad de su cuerpo no mancillado,
defiende las normas cuyo cumplimiento garantiza la seguridad de todos y
es capaz de proteger como una madre a los que ha convertido por elección
en sus hijos. Es una heroína defensora de lo propio y puritana, que
triunfa sobre el mal expulsándolo del entorno hacia el vacío del espacio
exterior, hacia la nada, para que no pueda penetrar y adueñarse nunca
más del cuerpo de alguien, como ocurre al final de Alien. Pero no
tiene virtudes de líder. Más allá de la cacería y de la protección
maternal, su excelencia es la de la empleada aplicada y respetuosa de
las normas. Su carácter virginal es también castración política.
Si al
comienzo se planteó la pregunta acerca del vínculo entre los temas del
miedo a la maternidad y el problema corporativo, esta podría ser una
respuesta: el parentesco de Ripley con Artemisa hace que a la vez sea
una “madre” incapaz de parir a sus “hijos”, y una cazadora que sale a
matar una y otra vez los mismos monstruos, sin poder hacer mella en la
corporación que los pone en su camino. Al menos esa es la conclusión que
podría hilvanarse aquí, con las gruesas puntadas del hilo negro de la
paranoia.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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