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crítica

Amorcito corazón
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Sabiduría del despecho

 

Amorcito corazón es una película que se inscribe en la línea de asimilación de los géneros de Hollywood presente en el cine venezolano de los últimos años con filmes como Venezzia de Haik Gazarian (2009) y Puras joyitas César Oropeza y Henry Rivero (2007), entre otros. La directora y guionista, Carmen Roa, se propuso darle la vuelta a la comedia romántica con el planteamiento de la comedia bolero. Ha escrito sobre ella y la ha comentado en entrevistas, puntualizando las diferencias con ese otro género. Ellas se refieren a la estructura: en una comedia romántica, una pareja dispareja atraviesa diversas pruebas para descubrir que, aunque parezca imposible al principio, por las diferencias entre ambos, es su destino amarse; en una comedia bolero no triunfa el amor, y el despecho es la prueba que la protagonista debe superar para descubrise a sí misma y aprender a amar, o no

Es por eso también una cinta que permite apreciar la cristalización de otra corriente en el cine venezolano actual, de filmes hechos por mujeres. Son películas en las que un personaje femenino atraviesa una experiencia que le mueve a buscar la verdad dentro de sí. Puede ser el luto, como en Perros corazones de Carmen La Roche (2008), la posibilidad del embarazo, como ocurre en Día naranja de Alejandra Szeplaki (2009), o el despecho, que es lo que sucede en Amorcito corazón.

No parece ser determinante en esos filmes la opresión que sufre la mujer en la sociedad por su sexo. La igualdad es una realidad o una posibilidad real, y si no se alcanza, la responsabilidad recae principalmente en los personajes, no sobre las circunstancias del presente o del pasado. Es un cine femenino optimista: la premisa parece ser que lo que queda por hacer de la liberación femenina es que las mujeres superen el miedo a la libertad y se decidan a asumirse como personas libres.

Cuitas de una profesional exitosa  

La protagonista de Amorcito corazón es una periodista de edad madura, exitosa en el trabajo. Está tan bien plantada en el canal que hasta parece que su jefe le tiene un poco de miedo. En todo caso, una jovencita que parece que intenta abrirse paso con el arma de su belleza fresca no es verdadera competencia para ella. Sus problemas son otros: Amanda cree tener resuelta su necesidad de amor con la relación que mantiene con un vecino casado. No tiene complicaciones y no quita demasiado tiempo, le dice a su amiga Estela, en un diálogo al comienzo, para resaltar las que considera como ventajas prácticas de ese romance. Pero cuando Felipe decide poner fin a la aventura, ella descubre que prescindir de la posibilidad de amar y ser amado no es tan sencillo como creía. La practicidad no era más que una coartada para ilusiones sin asidero real acerca del amor, y el despecho es capaz de arrastrarla hacia fantasías aun más descabelladas, con las cuales debe confrontarse en la soledad

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El despecho de Amanda es el tour de force del filme, buena parte del cual se desarrolla con ella sufriendo a solas en su apartamento, salvo fugaces visitas de Estela, con las locuras que sus sentimientos la llevan a cometer como elemento de comedia. Ellas incluyen desde elaborar compulsivamente claveles con papel higiénico –“manualidades de segundo grado”, explica a la amiga– hasta elevar la borrachera al rango de arte conceptual, colocando los vasos de licor a lo largo de un sendero en espiral sobre el piso que conduce hacia el teléfono. Al llegar a él estará lo suficientemente ebria como para darle al tono justo a la clásica llamada, que obviamente atenderá la esposa.

La realizadora recurrió para el desarrollo de la parte del despecho a la que podría haber resultado una simple muleta, pero que se convierte en lo visualmente más atractivo de un filme de primeros planos y planos medios; de alternancia plano-contraplano, cuyos únicos atrevimientos de dirección son unas pocas secuencias con cámara subjetiva y un cenital, y de una conversación larguísima en un carro que no se sabe si está estacionado o en una cola. Amanda, periodista de televisión al fin, decide por sugerencia de Estela a grabar un video que al principio imagina que será el puente para poder acercarse a Felipe y mostrarle cómo ella es en realidad, convencida en su locura amorosa de que él la dejó porque nunca llegó a conocerla. A través de la cinta llega a ver aquello de sí que nunca quiso afrontar. En ella cinta queda registrado el proceso de su caída en el pozo sin fondo del despecho, que va desde las primeras imágenes, en las que ella ni siquiera aparece, hasta el plano culminante, que la muestra con el rostro descompuesto de dolor, con turbios ríos de lágrimas que arrastran consigo el maquillaje.

Hay algo de Wong Kar Wai en llevar al centro del filme facetas de la intimidad que el cine suele dejar de lado. Pero en el cineasta de Hong Kong está presente algo que falta en la película de Carmen Roa: la descripción realista de las casas de la gente humilde, sobre todo en Fallen Angels (1995). Además, en Chungking Express (1994) las locuras de amor de los personajes, dos policías despechados como Amanda, alcanzan un grado delirante del que está lejos, con todo, la película venezolana. Pero si en esos filmes todo es deslumbrantemente cool, sobre todo por la fotografía de Christopher Doyle, y por “California Dreaming”, y por la historia de los indios que transportan droga y del sicario que comete una masacre en un salón de belleza, etcétera, en la cinta de Roa el interés está simplemente en llegar a la profundidad de la protagonista con un estilo de filmar sin ambición esteticista.

Los personajes secundarios se hallan más cerca de Wong en sus locuras: la presidenta de la junta de condominio es una gorda horrible que se excita con el aparato circulatorio del cuerpo humano, hay un borracho en proceso de aprender a amar siguiendo los consejos de Carson McCullers, tal como él los entiende en su alcoholismo, para lo cual empieza por amar las piedras, las nubes y los animalitos, y hay un barrendero que colecciona los desechos de Amanda y le regala un diente de oro que encuentra. Pero eso no está puesto en el filme por sazón cool. Se trata de representar el orden que hay en la locura del amor, en el que los seres que fracasan al no llegar a estar a la altura de lo que exigen sus sentimientos se ven condenados a recoger los desechos del amor de otros. Eso es bastante obvio en Amorcito corazón, donde el lugar donde se llevan los desperdicios es punto de encuentro entre los ex amantes y una de las secuencias irónicas del filme es un videoclip de amor entre bolsas de basura.

Trascendencia de la intimidad

El otro reto de una película como esta es cómo alcanzar la trascendencia a partir de una historia tan singular e íntima, más allá del entretenimiento y la satisfacción vicaria de las necesidades emocionales de la espectadora, como puede ocurrir con las comedias románticas. El punto está en el problema del que se ocupa la película: cómo asumir y manifestar la sentimentalidad en tiempos que exigen, para estar a tono con ellos, una inteligencia que rechaza incurrir en los clichés de la música popular romántica. El título es indicativo en ese sentido: el tema del filme es cómo una persona exitosa de hoy puede llegar a vivir los sentimientos expresados en los boleros sin ser ridícula por cursi, y poco civilizada.

En Amorcito corazón la respuesta es la ironía. Hay que rescatar los boleros del basurero al que pretende arrojarlos la lucidez que requiere el presente para a través de ellos entender sentimientos que ya no pueden ser los mismos, pero son. Conocerlos bajo ese aspecto cursi es quizás la única forma que hay de afrontarlos. De otra manera, ellos pueden hacer que cualquiera se hunda en la cursilería, en la incivilidad o en la locura.

El reconocimiento de esos problemas del corazón también puede llevar a arrojar luz sobre otros, que por ser sociales parecen lejanos: la película de Carmen Roa, con la subtrama sobre la amenaza que representa “el sospechoso” para los vecinos de clase media del edificio, sigue a Perros corazones en el planteamiento original de que, por debajo de los dramas que agitan permanentemente a opinión pública, como el de la delincuencia, puede desarrollarse una oscura trama secreta, la de las enfermedades del alma que se expresan como paranoia. Esa puede ser otra locura del desamor.

AMORCITO CORAZÓN
Venezuela, 2010

Dirección y guión: Carmen Roa. Producción: Carlos Daniel Malavé. Fotografía: Rubén Belfort. Sonido: Danny Rojas. Música: Aquiles Báez. Elenco: Elaiza Gil (Amanda), Reinaldo José Pérez (Felipe), José Luis Useche (Lolo), Norelys Rodríguez (Dalila), Carmen Landaeta (Reina), Marialejandra Martín (Estela), Roberto Moll (Maximiliano).

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve


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