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crítica
De la comedia social a la
comedia romántica en avión
La problemática social
real del desempleo se hace presente en Amor sin escalas
(Up in the Air,
2009) como algo visto desde muy arriba en el aire, a través de las
ventanas de un avión. Ocurre en las entrevistas a gente que de verdad
perdió su trabajo que el realizador, Jason Reitman, introdujo en la
historia de ficción de la película. Algo similar sucede con la canción
homónima que forma parte de la banda sonora: el compositor había quedado
sin trabajo y, al enterarse de que Reitman estaba haciendo una película
sobre el tema, le envió un casete al director.
La cinta vuela de la comedia social a
la comedia romántica sin otras escalas en lo que muchos padecen por la
crisis económica, y no solamente en Estados Unidos. El protagonista,
Ryan Bingham (George Clooney), trabaja para una firma que se encarga de
llevar a la práctica la reducción de personal de otras compañías, y el
dueño de la empresa, Craig Gregory (Jason Bateman), celebra que por la
mala situación los despidos estén en los planes de varias empresas. Pero
aparte de lo que los entrevistados dicen acerca de los problemas que
afrontan con la cesantía, del dato de que una mujer despedida que
amenaza con suicidarse realmente se quita la vida y la imposibilidad de
hacer un viaje de luna de miel de la hermana del protagonista porque el
dinero no les alcanza, la difícil situación social del país no es
representada en la película. Imágenes típicas de aquello a lo que
conduce el desempleo, como los desalojos, la enfermedad sin dinero para
el tratamiento y la deserción escolar no aparecen en el filme.
Lo social en Amor sin escalas
consiste en ocuparse de aquellos que hacen el trabajo sucio para las
empresas, como lo hizo Reitman también en su opera prima,
Gracias por fumar (Thank
You for Smoking, 2005), cuyo
protagonista es un hombre que hace lobby para las tabacaleras. Bingham y
Nick Naylor, el personaje principal de la otra película, tienen en
común, además, que son profesionales cuya eficiencia se basa en que se
consideran desligados de cuestiones morales. “Michael Jordan juega
basquetbol, Charles Mason mata gente, yo hablo. Todo el mundo tiene un
talento”, dice Naylor.
Hay un
orgullo en Bingham por saber hacer bien lo que las compañías que
contratan a la firma para la cual trabaja no se atreven a hacer: dar la
cara ante la gente que van a despedir. Considera que es un caradura
imprescindible para el sistema, y hace del teflón una filosofía que
predica en conferencias corporativas: los vínculos con los demás son una
carga que todo el mundo lleva a la espalda como un pesado morral que
impide moverse con celeridad, y el mundo contemporáneo exige ser rápido.
“Moverse es vivir. No somos zánganos, somos tiburones”, dice al público
corporativo que lo escucha. Y eso se extiende a la vida personal: no
formar familia ni tener hijos son considerados como signos de madurez
por él, al igual que mantener relaciones fugaces, placenteras y
divertidas en los encuentros que permiten los itinerarios laborales,
como la que establece con Alex Goran (Vera Farmiga). Clooney es el actor
perfecto para el papel, puesto que eso parece ser exactamente lo que
practica en su vida.
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| Trailer de Amor sin
escalas |
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Pero
Amor sin escalas, como se
dijo, es un vuelo de la comedia social a la comedia romántica. Las
turbulencias sentimentales propias de ese último género son atravesadas
a partir de un cómico turning point,
cuando a Natalie Keener (Anna
Kendrick) la da un sorpresivo ataque de histeria porque su novio la
dejó. Ella representa una amenaza para Bingham, puesto que llega a la
firma como un joven talento que trae la misión de cambiar radicalmente
la forma como opera el negocio de los despidos, y como favorita del
jefe, además. La propuesta consiste en ahorrarle a la compañía el
elevado costo de los traslados aéreos con la puesta en práctica de un
método de despido por teleconferencia.
El
mundo aéreo de Bingham es irónicamente perturbado por cambios en la
manera de trabajar propiciados por la globalización que son análogos a
los que requieren de su habilidad de botón profesional, y encima le
asignan la tarea de afilar el cuchillo que puede acabar con su forma de
vivir: entrenar a Keener para que adquiera en la práctica del cara a
cara la habilidad necesaria para que pueda llevar a cabo con eficacia
los despidos a distancia. Pero no es esa veta social la que el filme
explota sino la de cómo es sacudida su vida en el aire por los
sentimientos que Alex comienza a despertar en él. De allí en adelante
habrá un matrimonio al que la pareja de amantes fugaces acude como
invitada y que le mueve el piso a Bingham, una carrera a la casa de la
amada bajo la nieve y la clásica escena del timbre. Todo eso está
acompañado por un cambio de estilo, de los planos generales fríos en los
que los personajes se diluyen en el ambiente aeroportuario, incluido uno
en el que son pequeñas siluetas, al uso de la cámara en mano subjetiva
en la secuencia de la boda, como si fuera un video familiar. El
aterrizaje en la comedia romántica incluye todos los tópicos, sazonados
con un estilo realista inspirado en La boda de Raquel
de Jonathan Demme (Rachel
Getting Married, 2008), salvando
las distancias.
En
Amor sin escalas se reitera así
algo que ocurre en los tres filmes de Jason Reitman, incluido
Juno (2007): la caída del personaje
principal cuando la falsa identidad en la que se acoraza al principio
del filme, y que le lleva a creerse superior a los demás, se derrumba
por la toma de conciencia de las “verdades esenciales de la vida”. En el
caso de Bingham, el peso que le hace caer, y que irónicamente es aquel
del que decía que debe ser aligerado el morral que todo el mundo carga
en la vida, en realidad le persigue siempre de forma cómica, puesto que
a cuestas lleva la silueta de su hermana y su futuro esposo, pegada
sobre un cartón que sobresale porque no cabe en su pequeña maleta. La
misión es tomarle una fotografía en los lugares que visita en sus
viajes, como consuelo para ellos, que no pueden viajar –es
explícita la cita de Amélie
de Jean-Pierre Jeunet (2001)–. Pero la
verdadera ironía del personaje es que él es el único que cree de verdad
en la filosofía prêt-à-porter
que inventa para justificar la vida
aérea que lleva. No ocurre lo mismo con las mujeres. Ellas asumen las
mentiras en las que participan conscientemente, como algo necesario para
vivir y disfrutar de la vida, lo cual deja planteada la pregunta de si
la verdadera madurez para encarar los tiempos actuales, en el mundo de
ficción de Amor sin escalas,
consiste en ser cínico a secas, en vez de cínico con discurso.
Es
problemático también ese asunto de la confrontación con las “verdades
esenciales de la vida” –las declaraciones del George Clooney de la vida
real son ejemplo más que suficiente para justificar las comillas–. Esa
“realidad” en el filme es únicamente la de las relaciones personales y
los sentimientos que pueden acompañarlas. Las relaciones de producción
que ocasionan los despidos quedan eclipsadas por ese sentimentalismo,
por lo que la parte esencial de la problemática de los despidos escapa
de toda consideración en el filme. Peor aun: la segunda ronda de
segmentos de entrevistas, insertos hacia el final de Amor sin
escalas, da a entender que para los
trabajadores cesanteados el despido fue una oportunidad de cambiar, al
redescubrir el valor de la familia. No hay ternura sino sarcasmo en eso,
puesto que es análogo a la manera como la compañía para la que trabaja
Bingham intenta dorarles la píldora a sus víctimas. Llaman a la botada
“transición” hacia el comienzo de otra vida.
AMOR SIN ESCALAS Up in the Air, Estados Unidos,
2009
Dirección: Jason Reitman. Guión: Jason Reitman, Sheldon
Turner, basado en la novela homónima de Walter Kim. Producción:
Jason Reitman, Ivan Reitman, Jeffrey Clifford, Daniel Dubiecki. Diseño de producción:
Steve Sklad. Fotografía: Eric Steelberg.
Montaje: Dana E. Glauberman. Sonido: Steven A. Morrow. Música:
Rolfe Kent, canciones de Sad Brad Smith y Kevin Renick, entre otros.
Elenco: George Clooney (Ryan Bingham), Vera Farmiga (Alex Goran),
Anna Kendrick (Natalie Keener), Jason Bateman (Craig Gregory), Danny R.
McBride (Jim Miller), Amy Morton (Kara Bingham), Melanie Lynskey (Julie
Bingham). Duración: 109 minutos. Formato: 35 mm, 1,85:1, color,
DTS, Dolby Digital, SDDS.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve
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