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crítica

Arrástrame al infierno
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El miedo, la risa
y la vergüenza

 

Hay un enorme letrero que dice “comentario social” al comienzo de Arrástrame al infierno de Sam Raimi (Drag Me To Hell, 2009), como es frecuente, desde los años sesenta por lo menos, en la vertiente del terror cinematográfico en la que se inscribe. Pero la propia procedencia genérica de la crítica a la sociedad invita a ir más allá del lugar común de señalar el pecado de la ambición egoísta y vincularlo vagamente con la crisis financiera mundial. Más en lo profundo quizás esté un detalle de mayor sutileza y no menos cuestionador de lo establecido: la relación entre el miedo y la vergüenza.  

Christine Brown, la protagonista, sobre la cual una vieja y repugnante gitana de ojo de vidrio profiere una maldición porque se ella niega a renovarle la hipoteca para ascender en el banco, es una chica sin educación cuyo encumbramiento social comenzó cuando dejó atrás la granja de su familia, y sus kilos de más de muchacha rural, para convertirse en una atractiva y esbelta ejecutiva rubia a la búsqueda del éxito en la empresa. Pero la sombra de ese pasado la persigue y le hace sentirse inferior a su novio, Clay Dalton, profesor universitario de psicología y proveniente de una familia de clase alta, y aflora con sus creencias en adivinos y su disposición a efectuar sacrificios animales, entre otros ritos “primitivos”, para librarse del maleficio cuando el terror irrumpe en su vida. 

La evocación en el filme del tipo de reacción colectiva que ocasiona el terrorismo en Estados Unidos se hace así evidente, al igual que cómo el miedo puede llevar a la gente a creer en cualquier cosa que les diga la autoridad, por más salvajes o ridículas que en otras circunstancias puedan parecer reacciones como esas. Quizás eso ha latido siempre bajo el ropaje moderno del pueblo de ese país, del mismo modo como hay lugar para la brujería en el corazón del cuerpo estilizado por las aspiraciones de progreso de la señorita Brown. De una vergüenza como la que ella siente quizás nace también el falso orgullo del patrioterismo, que tan en boga se puso entre los estadounidenses con los atentados del 11 de septiembre de 2001. En la chica es un permanente aparentar ante todos que es algo más que lo que, en lo más hondo de sí, ella siente que realmente es. 

Trailer de Arrástrame al infierno
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La contraparte ilustrada de Christine Brown es Dalton. Pero él no es partícipe de la soberbia clasista de su madre y no siente vergüenza alguna por tener una novia como la suya, a pesar de las pretendientes más instruidas y de mejor posición social que intentan meterle por los ojos. Sin embargo, las diferencias entre la pareja cobran relieve cuando la chica comienza a comportarse de forma insólita, desde el momento en el que es atacada por la anciana en un estacionamiento, el maleficio cae sobre ella y los demonios comienzan a atormentarla en consecuencia, incluso el día que el novio decide presentarla a sus padres. Por amor él se muestra comprensivo y solidario con ella, aunque no deja de mantener, con ciertas burlas, una distancia con respecto a lo que siente la muchacha. Pero no se trata de algo que se desprenda únicamente de su cultura: en realidad es que no ha conocido en carne propia el mismo miedo. El final es abierto en ese sentido, y deja en el aire la pregunta de cómo él reaccionaría ante esa situación. 

Arrástrame al infierno hace manifiesto que el género de terror grotesco, del que Raimi demostró ser un maestro con la trilogía Evil Dead (1981-1992), ofrece una respuesta a la pregunta de cómo debería afrontar el terror una inteligencia como la de Clay Dalton que viviera las experiencias de Christine Brown. Ese es el núcleo reflexivo y actual del filme, y señala la esencia del arte del realizador: la síntesis.  

Al igual que el humor y lo terrible se funden y confunden en las películas de Raimi, en lugar de alternarse el terror y el comic relief, lo mismo ocurre con el estilo gráfico del cómic y la interpretación de los actores –desde los juegos con el incomparable rostro caricaturesco de Bruce Campbell en Evil Dead hasta la escena en la que la chica se libra de la vieja cortando una cuerda que hace caer un yunque sobre su cabeza, como en una comiquita del Correcaminos y el Coyote, en Arrástrame al infierno, por no mencionar el ejemplo más evidente, aunque no el mejor: la serie Spiderman–. También hay síntesis de técnicas –maquillaje y animación en stop motion en Evil Dead; efectos de gráficos por computadora y muñecos en Arrástrame…–, y por encima de todo entre la capacidad de infundir miedo, que define por antonomasia el terror clásico, y la reflexividad que ha caracterizado al género en los últimos años.  

Si en los años cincuenta la respuesta de los filmes de terror y ciencia ficción a los miedos de la Guerra Fría era la consolación con peligros aún más terribles que la bomba atómica, en películas como Arrástrame al infierno y las Evil Dead el miedo se exorciza a través de la burla inteligente, sin dejar por ello de aterrorizar. Es una cura, además, que tiene su lugar característico en la sala de cine, es decir, en el arte, y no en la vida real, en la que el miedo puede eclipsar la inteligencia, como se dijo. Ocurre en virtud de otra de las capacidades de síntesis que domina Raimi con maestría: la de suscitar sensaciones físicas, como el vértigo y el asco, además de los obvios sustos, y de mantener la mente despierta a la vez con el llamado de alerta de la burla. El punto sería saber si la medicina para el miedo de estos filmes puede tener efecto fuera de los cines. 

ARRÁSTRAME AL INFIERNO 
Drag Me To Hell
, Estados Unidos, 2009 

Dirección: Sam Raimi. Guión: Sam Raimi, Ivan Raimi. Producción: Sam Raimi, Grant Curtis, Robert G. Tapert. Diseño de producción: Steve Sakland. Fotografía: Peter Deming. Montaje: Bob Murawski. Sonido: Paul N. J. Ottosson. Música: Christopher Young. Elenco: Alison Lohman (Christine Brown), Justin Long (Clay Dalton), Lorna Raver (Sylvia Ganush), Dileep Rao (Rham Jas), David Paymer (Mr Jacks), Adriana Barraza (Shaun San Dena), Chelcie Ross (Leonard Dalton), Reggie Lee (Stu Rubin), Molly Cheek (Trudy Dalton). Duración: 99 minutos. Formato: 35 mm, 2,35:1, color, SDDS, Dolby Digital, DTS.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info


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