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crítica
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| Onda corta de Carolina
Vila |
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Estado del corto venezolano: el palmarés de
Barquisimeto
La exhibición la semana pasada en Caracas de las películas ganadoras en el
Festival de Barquisimeto, realizado en diciembre, permite hacerse una idea
del estado actual del cortometraje venezolano, que es el cine nacional al
que mejor le ha ido últimamente en los certámenes internacionales. Los
cortos nacionales han llegado a algunos de los festivales más importantes
del mundo dedicados a ese formato o a filmes que hacen aportes innovadores.
Llueve de Alexis Méndez Giner fue seleccionado para Clermont-Ferrand
y La guerra sin fin (I’m Very Happy) de Zigmunt Cedinsky participó en
Oberhausen, por ejemplo, e Historias del viento de Javier Beltrán
estuvo en New Directors/New Films, el festival del Lincoln Center, en Nueva
York. En cambio, en los últimos años Venezuela no ha competido en Cannes, ni
en Berlín, ni en Venecia, ni en San Sebastián, ni en Locarno, ni en
Rótterdam ni en Mar del Plata con un largo.
Si no existiera la expectativa de calidad creada por cortos como los
mencionados y varios otros recientes, Onda corta de Carolina Vila, la
cinta que recibió el Gran Premio CNAC al mejor corto en Barquisimeto, podría
ser considerada con una mirada más complaciente. Pero aunque ha sido
seleccionada para festivales internacionales –el más reciente el de Cine
Latino de Chicago, que se realizará en abril– y fue correctamente realizada,
se trata de una cinta en cuya concepción parece haber faltado la ambición
necesaria para ir más allá de contar una historia curiosa. La principal
carencia de la película, cuyo protagonista es un radioaficionado que dice
que se comunica con el rey de España desde su pueblo, es que no profundiza
en los problemas relacionados con la llegada de la tecnología moderna al
medio rural y, aunque en el desenlace entra en lo fantástico, no logra
remontarse hasta la altura del realismo mágico. Es, en resumen, un corto que
puede verse y es entretenido, pero no tiene mucha trascendencia.
Las demás películas premiadas están por debajo del nivel de Onda
corta. El documental San Juan, las voces ocultas de una devoción
de Henry Ramírez, galardonado en como mejor filme de su tipo, tiene, al
igual que la cinta de Vila, el mérito de la correcta realización. Pero
adolece de un problema similar: la incapacidad de ir más allá del registro
de los rituales dedicados al santo y de recoger algunos testimonios de los
que participan en ellos. Faltó completar el trabajo necesario para ir de las
cosas que pueden verse y escucharse al asistir a las ceremonias y al hablar con
la gente, para llegar a las entrañas de la comunidad que produce esa
manifestación religiosa. No es otra la tarea del documental antropológico.
Tú, no yo de María Gracia Saavedra, premiada en el renglón de corto
de ficción, y Cleo de Ana Sanabria y Michelle Fernández, la película ganadora del premio al mejor
cortometraje de animación, son ejercicios bien hechos, pero no más que eso,
y es difícil rescatar algo del filme por el que León Klein ganó el premio a
la mejor dirección, La tengo, no la tengo. Esta última cinta, que
trata de las desventuras de un hombre joven dado a la tarea de levantarse a
una jevita para sacarse un clavo, desentona por sus situaciones
inverosímiles, su machismo y su falta de buen gusto. En lo que a la
dirección respecta, el momento más elaborado es la deformación del rostro de
una mujer para hacer que se vea como un monstruo, algo muy acorde con el
tono misógino de la cinta. Si vale la analogía con el vino, podría decirse,
en resumen, que la de Barquisimeto 2008 no fue una buena cosecha, aunque pueda
descorcharse Onda corta.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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