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crítica
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Venganza poética
El
cine es el protagonista de Bastardos sin gloria (Ingloriuos
Basterds, 2009) de Quentin Tarantino. Encabeza el elenco de
asesinos, puesto que las películas, al arder, son capaces de matar más
gente en el filme que todos los miembros del grupo que lidera el
teniente Aldo “Apache” Raine (Brad Pitt), incluido el sargento Donny
Donowitz, alias el Oso Judío (Eli Roth), especialista en romperles la
cabeza a los nazis con un bate de beisbol. Así como una digresión relata
el prontuario del renegado alemán Hugo Stiglitz (Til
Schweiger) y
cómo llegó a convertirse en un matador de nazis digno de ser miembro del
grupo de Raine, Samuel L. Jackson da una explicación irónicamente
didáctica, en voice over, del tipo de homicida que pueden llegar a ser
los filmes de nitrato, tan inflamables que ni siquiera se aceptaba que
fueran transportados en tranvía. El holocausto sarcástico de
Bastardos sin gloria ocurre en un cine, cuya propietaria es uno de
los personajes centrales, al igual que otro es un soldado convertido en
actor, y hay también una estrella de cine, un crítico asimilado en las
fuerzas armadas y un ministro de propaganda amante de las películas. Es
también personaje principal el cine, finalmente, porque el proceso de
exhibición de la cinta que habrá de anunciar la inminente masacre –un
fragmento de película inserta en mitad de un rollo de un filme de
ficción de propaganda nazi– es mostrado minuciosamente, desde la
realización de los empates con cemento hasta el proceso de preparar la
cinta y colocarla en los proyectores, y la mecánica de los cambios de
rollo al proyectarla.
Sólo
el protagonismo del cine justifica, además, que después del primero de
los cinco episodios Bastardos sin gloria continúe. Al final de
esa primera parte, el coronel Hans Landa (Christoph Waltz) apunta con su
pistola a Shosanna Dreyfus (Mélanie Laurent), una muchacha judía que
huye corriendo por la campiña francesa, después de han ametrallado a su
familia, escondida junto con ella bajo el piso de la cabaña de Perrier
la Padite (Denis Menochet). Pero no dispara. Un lugar común
cinematográfico indica que la deja irse con vida para que pueda
conducirlo después a donde está el resto de su gente, para matarla
también. Pero eso no tiene sentido porque antes se explica que los
Dreyfus son la última familia judía de la comarca que no ha caído en
manos del coronel Landa. Shosanna, entonces, no muere única y
exclusivamente porque debe reaparecer en un episodio posterior como
dueña del cine donde ocurre el desenlace y reencontrarse con Landa. La
película necesita perdonarle la vida para seguir adelante.
Como
personaje principal de Bastardos sin gloria el cine es, por
tanto, héroe y villano a la vez. El cine malvado es el que hacen los nazis,
y es tan cruel y seductor como el coronel de la SS. Shosanna, que le
dispara al simpático soldado del ejército alemán Fredrick Zoller (Daniel
Brühl) cuando irrumpe en la cabina de proyección, justo en el momento en
que está por ponerse en marcha el plan para liquidar a la plana mayor de
la Alemania nazi, se apiada de él al verlo en la pantalla, en el filme
que está basado en la hazaña que convirtió a Zoller en héroe de guerra: apostado en el campanario de un pueblo, mató
él solo a más de 300 soldados aliados y les hizo abandonar el lugar.
Insoportable por eso en el mundo real del filme para la mujer judía, que no
oculta su disgusto con la presencia de los alemanes como ocupantes de
Francia, el Zoller de la pantalla, que se interpreta a sí mismo, es capaz de despertar en ella
sentimientos contrarios.
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| Trailer de Bastardos
sin gloria |
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Al
recoger esa historia, la película nazi pareciera ser la quintaesencia de
lo que es el cine para Tarantino: la hipertrofia de uno de aquellos
episodios en los que el arte está más vivo porque realmente ocurre lo
que le interesa al cineasta. Las demás son partes muertas, y por tanto
prescindibles del filme; aquellas que están subordinadas a las otras y
cuya única función es conectarlas, aunque la distinción entre una cosa y
la otra sea irónica en Reservoir Dogs (1992). El problema con el
filme masacre interminable, obra de la creatividad del ministro a Joseph
Goebbels, es que no es sólo una película de guerra como las que podrían
gustarle al director de Bastardos sin gloria sino también un arma
en el conflicto, creada para subir la moral de los soldados, y en última
instancia también, simplemente, para complacer al líder, Adolf Hitler.
El mayor éxito del filme es lograr que el führer, quien no cesa
de reír al verlo, felicite a su ministro de propaganda.
Ha de
entenderse que es nazi también, por la misma razón, el cine hecho con el
mismo fin utilitario durante la Segunda Guerra Mundial por los aliados,
o por los que luchan en cualquier conflicto, hasta la actualidad. Ese
objetivo político, ajeno por naturaleza al cine, corrompe también las
imágenes filmadas por Shosanna Dreyfus para anunciarles a los nazis que
ha llegado su fin. Por eso las imágenes de ese filme se deforman
grotescamente en la película en el momento en que alcanzan su objetivo.
A esa
forma de justicia poética que hace que siempre ganen los buenos en el
cine bélico de propaganda, tan bastarda como la pandilla del teniente
Raine, Tarantino contrapone otra manera de entender la relación entre el
arte y la vida que se desprende del tema del filme. Venganza poética
podría ser llamada. Su magia quizás esté emparentada con el poder de
robar el alma que algunas culturas atribuyen a la imagen. El conjuro
sería capaz de matar todo aquello de pervertidamente histórico puede
haber en las ficciones que se pretenden basadas en la historia con fines
de propaganda para que ellas puedan vivir puramente otra vida como cine.
Bastardos sin gloria se divierte con la idea, planteando una
versión de los hechos que no puede haber ocurrido, puesto que no se
corresponde con la Segunda Guerra Mundial, tal como sucedió en realidad.
Pero aun así el juego debe estar presente para que se trate de auténtica
venganza poética: el efecto propagandístico de lo real, para que pueda
ser neutralizado, debe ser evocado a través de ambientes, personajes y
acciones que tengan un referente real en alguna medida identificable,
más allá de todo juego cinematográfico que se haga a partir de ello.
Muere
la historia, y el cine se venga así de la realidad de la propaganda.
Pero para que pueda vivir plenamente como cine requiere también que el
cuerpo –el corpus– de aquello que constituye el cine para los
amantes de las películas vuelva a vivir de nuevo en cada filme. Lo que
da vida al cine es en esta película, como en Kill Bill, la
posibilidad de crear cosas nuevas cortando, pegando y mezclando las
obras del pasado. Por ejemplo, en el episodio del bar de Bastardos
sin gloria, en el que el spaghetti western y el cine bélico
cristalizan en un resultado que es más que la suma de las partes. La
otra vía es la de Grindhouse: replicar en el filme la experiencia
de los que vieron las películas en las que se inspira la película, tal
como fueron vistas en el pasado, en ese caso como un programa doble de
copias deterioradas por el exceso de proyecciones, incluidos los
trailers. Si el artista ya no aspira a ser un pequeño dios, como quería
el poeta Vicente Huidobro, al menos puede llegar a ser un doctor
Frankenstein e incluso, en casos excepcionales, como el de Tarantino, un
verdadero Prometeo del videoclub.
BASTARDOS SIN GLORIA
Inglorious Basterds,
Estados Unidos-Alemania, 2009
Dirección y guión:
Quentin Tarantino. Producción: Lawrence Bender. Diseño de
producción: David Wasco. Fotografía: Robert Richardson.
Montaje: Sally Menke. Sonido: Ann Scibelli. Música:
Ennio Morricone.
Elenco:
Brad Pitt (teniente Aldo Raine), Mélanie Laurent (Shosanna Dreyfus),
Christoph Waltz (coronel Hans Landa), Eli
Roth (sargento Donnie Donowitz), Michael Fassbender (teniente Archie
Hicox), Diane Kruger (Bridget von Hammersmark), Daniel Brül (Frederick
Zoller), Til Schweiger (sargento Hugo Stiglitz), Denis Menochet (Perrier
la Padite).
Duración:
153 minutos. Formato: 35 mm anamórfico con intermedio digital,
2,35:1, color, SDDS, Dolby Digital, DTS.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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