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crítica

Bloques
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Males del alcohol
y de aferrarse
a lo material 


El moralismo no es un tema necesariamente reñido con el cine. Dziga Vertov demostró tempranamente que se puede hacer una película contra el alcoholismo con mucha chispa, por ejemplo. Tampoco la propaganda es enemiga forzosa del arte. Hay películas de Eisenstein que son exactamente eso, propaganda del Partido Comunista, y no dejan de ser por ello obras capitales del cine. El problema ocurre cuando el arte no puede aprovechar el pretexto de la propaganda para manifestarse y brillar con luz propia. Peor aun: cuando el mensaje político que se quiere transmitir carece de profundidad y no hay arte que pueda salvarlo. O cuando es el caso que lo chato de la moraleja –y de la moral que la sustenta– termina por eclipsar al cuento. Todo esto lamentablemente ocurre en Bloques, la más reciente película de la Villa del Cine. 

El primero de los dos mediometrajes, “Bloque 1”, tiene un personaje llamativo: Manuel, sólidamente interpretado por Dimas González. El alcohol ha hecho creer a Manuel que es una mezcla a destiempo de James Dean con el campeón de boxeo venezolano Betulio González. Aparenta más de 50 años, edad en la que su pinta de rebelde sin causa termina por confundirse con la de un mendigo, por el rechazo a cortarse el pelo y la barba. Pero no se dedica a pedir limosna sino a trabajar como cobrador en una empresa. Una y otra vez el dueño lo regaña, pero soporta como un santo antes de despedirlo.  

La cuestión es que el problema de Manuel, quien termina por entregarse a otra de sus ilusiones de borracho, encarnada en la cantinera de un botiquín (Lourdes Valera), es esencialmente la botella. El mediometraje se manifiesta así, no sólo como cristiano evangélico en su condena del vicio que es capaz de destruir la vida de las personas sin que se den cuenta, engañándolas como lo hace el demonio, sino también políticamente conservador, en la medida en que los males que padece el protagonista son principalmente consecuencia de su degradación moral. 

La otra virtud que tiene el primer mediometraje, además de la actuación de González, y también la de Valera, es la atmósfera de decadencia que se crea en torno al bloque donde vive Manuel, que incluye los carros viejos y desvencijados que aparecen en el filme. Pero en el contexto de la historia eso no pasa de ser otra cosa que reflejo, en las paredes desconchadas y en el óxido de las carrocerías, de la corrosión que causa la bebida en el sentido de la realidad del personaje y en las relaciones con quienes le rodean. La posibilidad de que la pobreza en la que vive tenga incidencia en sus borracheras no está planteada. Todo lo contrario: porque bebe se ha vuelto miserable. 

“Bloque 2”, el segundo mediometraje, relata la historia de una familia de clase alta cuya prosperidad se desvanece como consecuencia del encarcelamiento del padre –un juez corrupto–, el congelamiento de sus cuentas bancarias y la traición de su abogado y testaferro, un personaje apellidado Ravel, igual que Alberto Federico Ravell, el presidente de Globovisión. Esta es una primera mala señal. 

La tragedia de la familia consiste en tener que irse a vivir en un apartamento ocupado ilegalmente, en un bloque. Eso implica para ellos afrontar una circunstancia en la que deben asumir la realidad o no hacerlo, al igual que el Manuel de “Bloque 1”.  

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Aparte del problema de que no es creíble que un juez corrupto, primero, se haya dejado capturar en vez de huir del país con su dinero, y ni que haya puesto todos los huevos en la cesta de un solo testaferro, otra dificultad en “Bloque 2” es que el mediometraje da a entender que una riqueza como la de los Aristugueta sea tan poco sólida que puede desaparecer de un momento a otro. En ese contexto, la vida pobre del bloque y del barrio que lo rodea aparece representada como más real que la de los ricos, puesto que en ella no hay cosas cimentadas en el aire, como los estudios en Estados Unidos de la hija o el gimnasio y el consumismo de la madre. El punto es que el mundo ficticio del corto se convierte así en expresión de un desprecio moral de los “falsos” bienes materiales netamente cristiano, el cual deja de lado el hecho de que la vida “sencilla” de la gente pobre es consecuencia del mismo sistema social que hace ricos a gente como los Aristigueta y Ravel. Si la riqueza de ellos no es de verdad, porque puede perderse por circunstancias azarosas, y por ende la vida no debería estar ligada a ella sino a lo sólido, la pobreza tampoco tiene nada de digna, en la medida de que es consecuencia de la explotación, la marginación y el despojo, ni debería considerarse como más real que la falsa prosperidad de los ricos, en la medida en que se aspire a un cambio social que acabe con la miseria. Aun concediendo a la moral religiosa que la riqueza es ensueño, debería aceptarse, por lo menos, que ser pobre es una pesadilla. 

También es problemático que la confrontación de las fantasías de los Aristigueta con la realidad del bloque y del barrio incluya la superación de la falsa idea de que todo el mundo que vive allí es un delincuente. Está claro que la gente honesta y trabajadora es la mayoría allí también, como en cualquier otro ámbito de la sociedad, que no podría existir si las cosas fueran de otra manera. Habría que ser muy estúpido para pensar de otra manera. Sin embargo, el intento de refutación de la leyenda negra del barrio es torpe hasta el punto en que el problema, simple y llanamente, no existe en “Bloque 2” salvo en la paranoia de los ricos. En consecuencia, el verdadero mundo de fantasía que hay en el segundo segmento de Bloques es el de la representación risueña del barrio, no el de los estudios en el extranjero de la joven Aristiguieta y el gimnasio de la madre. 

En “Bloques 2” está también la cuestión de la política devenida en difusión del color y de los símbolos que identifican a los partidarios de Hugo Chávez a través de una obra realizada por el estudio cinematográfico del estado. Todo ello se suma al nombre del presidente de Globovisión puesto a un abogado corrupto. Si el mediometraje fuera genial e iluminador, eso no molestaría tanto, como no fastidiará Lenin en Octubre, por ejemplo, a un cinéfilo socialcristiano. Pero, a falta de brillo y de profundidad, es comprensible que los espectadores que no votan por Chávez ni por la gente que lo respalda apunte con dedo acusador hacia esos detalles, exigiendo al menos un poco más de equilibrio en la creación de estos mensajes “morales” por parte del estado. No obstante, que el gobierno haya gastado el dinero público en llevar unas franelas rojas y el Sí del referéndum por unos segundos a los cines, y en burlarse de Alberto Federico Ravell, no es el verdadero problema de Bloques. Es que el estado haya despilfarrado recursos en hacer una película que no parece tener ningún sentido por lo chato del mensaje y que probablemente nadie irá a ver en los cines.

BLOQUES
Venezuela, 2008

Dirección: Alfredo Hueck (“Bloque 1”), Carlos Caridad Montero (“Bloque 2”). Guión: Julián Balam (“Bloque 1”), Marcel González Ávila (“Bloque 2”). Producción: Xiané Pacheco, Nelson Carranza. Fotografía: Gyula David, Alexander Barroeta. Montaje: Yolimar Aquino. Sonido: Héctor Moreno, Alexander González. Música: Álvaro Paiva. Elenco en “Bloque 1”: Dimas González (Manuel), Lourdes Valera (Norma), Pedro Durán (Luis), Pavel Roschupkin (jefe de Manuel). Elenco en “Bloque 2”: Nohelí Arteaga (Beatriz), Susy Herrera (Alejandra), Tomás Denis (Francisco), Manuel Escolano (Braulio), Carmen Francia (Roberta), Carlos Guillermo Haydon (Ravel). Duración: 90 minutos. Formato: 35 mm, color.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info


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