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crítica

Mar blindado de Gerard Uzcátegui
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Maravillosas películas venezolanas que usted nunca verá en el cine
 

En un año en el que el número de largometrajes venezolanos que se estrenaron en las salas de cine comerciales se desplomó a 7, de 34 en 2008, el festival Caracas Chorts permitió redescubrir en la capital que hay otro cine nacional que sigue adelante, a pesar de las dificultades, con filmes que superan en creatividad y en calidad a los largos de ficción. Son películas como Mar blindado de Gerard Uzcátegui, ganadora del premio al mejor corto y al mejor corto de ficción, o Absolución final: historia de una fotografía de Juan Carlos Solórzano, premiada en el renglón documental, o La uva de Alexandra Henao, ganadora de una mención especial. Y hubo otras, como Llueve de Alexis Méndez Giner o Jesús TV de Héctor Orbegoso y Gastón Goldmann, ganadora del premio especial del público. Sería un placer verlas todas en la pantalla de los cines. Pero es prácticamente imposible que ello ocurra a pesar de que lo manda la ley, porque el negocio de la exhibición de comerciales es demasiado lucrativo y el gobierno, a través de Pdvsa, es uno de los principales anunciantes. Los cortometrajes no son invisibles por naturaleza sino por una deliberada marginación por parte del sector privado exhibidor y el estado

Mar blindado y La uva coinciden en la transfiguración del referente real de la Venezuela de hoy, lo que les permite ser locales y a la vez universales. La agencia bancaria en la que sucede la historia de la película de Uzcátegui es una de las tantas que en Venezuela están permanentemente sujetas a la amenaza del crimen violento, como sucede en el filme. Por tanto, el hombre que encuentra refugio tras las paredes blindadas, sumergiéndose literalmente en su mundo interior, y cree hallar en un niño el contacto que necesita con la realidad de afuera, tiene una dimensión igualmente existencial que social, puesto que no es otra la vivencia del que busca encerrarse para sentirse a salvo de la violencia cotidiana, aunque no deje por ello de estar inmerso en ella. Ese es otro acierto del guión: que el personaje, por cuya interpretación Luigi Sciamanna recibió el premio a la mejor actuación, sea el vigilante de la garita. 

En Mar blindado hay una búsqueda de representar la subjetividad del personaje a través de elementos de la puesta en escena, la puesta en cuadro y el sonido, sin recurrir al monólogo ni a los diálogos. Hacer ver también cómo la imaginación y la percepción “objetiva” pueden no ser sino los polos opuestos de un continuo. Destacan en el trabajo de Uzcátegui los elementos que sirven de puente entre lo “objetivo” y lo “subjetivo”, con forzosas comillas, como la similitud entre el reflejo de la luz sobre el mar y sobre el metal rugoso del interior de la garita, y la abertura para disparar, que se convierte en un ojo con el que el personaje ve la realidad como de lejos. 

La uva fue rodada en parte en Tanaguarena y la locación, que muestra aún signos del deslave que arrasó el Litoral Central de Venezuela en 1999, y los paquetes de alimentos que les lanzan a los personajes desde un helicóptero recuerdan la ayuda de emergencia a las primeras víctimas, imaginada en el corto como una situación permanente. La película de Alexandra Henao tiene una ambientación postapocalíptica y ambas referencias la presentan como un futuro posible venezolano, lo cual le da el peso de lo concreto a la que parece una clara influencia estética de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro. Si la universalidad de los mundos creados por esos cineastas tiene mucho de abstracta, la de La uva puede ser identificada con la de un país realmente existente, en el que las situaciones de desastre y precariedad extrema nunca se resuelven por graves que sean, sino que se convierten en modo de vida y en realidad social: Venezuela.  

El corto sobresale por la dirección de arte de Ronald Felice, que creó con pocos recursos el mundo que grotesco que necesita la historia, y por las actuaciones y por la fotografía de colores repugnantes de Henao. Pero su principal fuerte es el tino de la realizadora para hacerse eco de problemas reales sin caer en facilismos políticos: los personajes –un paralítico y una ciega– son responsables de su decadencia en el filme, más allá de las circunstancias ajenas a su voluntad que pudieron llevarles a la situación en la que se encuentran, por las relaciones que establecen el uno con el otro y con los demás. 

Absolución final: historia de una fotografía trata de la foto que tomó Héctor Rondón, reportero gráfico de La república, en el alzamiento militar contra el gobierno de Rómulo Betancourt de 1962 en Puerto Cabello, conocido como el Porteñazo: la imagen del padre Luis María Padilla abrazando a un soldado herido. Viene enseguida a la memoria de los venezolanos y es la única fotografía latinoamericana ganadora de los premios Pulitzer y Word Press Photo. El principal acierto del filme es que usó fotos para contar cómo se hizo esa foto, para lo cual el realizador le dio tridimensionalidad a las imágenes y recurrió a la animación. Cuando llega al momento del relato en que el reportero tomó la gráfica, la cámara se detiene en detalles de la imagen, como una manera de meter al espectador dentro de ella. El documental captura con la narración de la arriesgada proeza de Rondón, quien se fue detrás de un pelotón de soldados, desoyendo todo consejo acerca de la seguridad y para no quedarse atrás de un colega de Últimas Noticias. Pero también presenta las versiones que ponen en duda que haya podido estar en el sitio donde fue tomada la imagen en pleno fragor de la batalla, porque el combate fue cruento, y las que señalan cómo la fotografía fue utilizada como arma política para ocultar una masacre y contra la oposición de izquierda, e incorporada a la iconografía oficial adeco-copeyana, en estatuas y en un emblemático mural pintado en el lugar de los hechos con una aterradora leyenda: “Se impuso la democracia”. 

En tiempos en los que hacer crítica de la manipulación de la información se ha vuelto un lugar común, al igual que la defensa acrítica de la libertad de expresión que los dueños de los medios se adjudican, el trabajo de Solórzano recuerda la esencia de lo que es un buen reportero: esa persona dispuesta a poner en peligro su vida, al introducirse en lugares prohibidos, para informar al público sobre lo que ocurre, independientemente de la manipulación que pueda hacerse después con su trabajo, como le ocurrió a Rondón con la foto. No es una reivindicación trivial, porque el olvido suele tragarse a personajes como este héroe del fotoperiodismo, de cuya gráfica incluso se ha perdido el negativo.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

Comentarios
Total publicados: 2



Pablo Gamba
Agregado: 19 Diciembre 2009 / 10:36 AM

No creo que la diferencia entre reportaje y documental sea absolutamente clara y, por la manera como utiliza las fotografías y la manera como construye la narración "Absolución final" es para mí un documental de autor.


Patricia
Agregado: 19 Diciembre 2009 / 10:17 AM

Pablo:
Si bien es cierto todo lo que valoras del filme sobre el "Porteñazo", hay que estar claro en algo: no es un documental, es un reportaje. Y ese es el problema del documental en estos momentos. No tengo problema con la mixtura de géneros, es algo que la postmodernidad nos regaló. Pero hay que estar claro en algo, si afirmamos X sobre un género, es sobre ese género. Ese trabajo, excelente, no es un docu.
Que me disculpe el director, a quien felicito xq es muy buena su documentación. Pero hay que llamar las cosas por su nombre.

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