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Libertador Morales, el justiciero de Efterpi Charalambidis |
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Cine venezolano en 2009:
aterrizaje en una economía en crisis
Hay un hecho que parece que obliga a
comenzar por él al escribir sobre lo que fue el cine venezolano en 2009:
las 282.619 entradas que habrían vendido en total las películas
nacionales exhibidas comercialmente en el país, según el CNAC. Debe
aclararse, primero, que las cifras del organismo son menores que los
datos de las empresas privadas que han sido publicados –es decir, que
podrían ser cifras parciales–, y que no incluyen las ventas de Son de
la calle, el último estreno del
año.
Que
la cinta más taquillera, Venezzia
de Haik Gazarian, haya vendido 180.740
boletos, de acuerdo con la Asociación de la Industria del Cine –158.043
en la cuenta del CNAC–, pareciera el otro dato que basta para
convencerse de que hay que romper el vidrio y oprimir el botón de
alarma: ¡crisis del cine venezolano! Pero la primera en ventas en 2008
fue Cyrano Fernández de
Alberto Arvelo, con 242.141 boletos, seguida de Por un polvo
de Carlos Malavé con 177.502
entradas. Es decir que, al menos en lo que se refiere a la cifra que
alcanzan las cintas nacionales más taquilleras, la situación no ha
cambiado drásticamente: en 2008 hubo el doble de títulos que en 2009, y
en consecuencia 2 películas con más de 100.000 entradas vendidas en vez
de 1. Hay que considerar, además, que 2009 fue un año de crisis
económica en el país, con una reducción de 2,9% en el producto interno
bruto e inflación de 27%, según cálculos oficiales.
Lo
que ha sucedido podría ser indicio también de un cambio en el mercado,
que consistiría en que el público comienza a ser más selectivo. El
argumento para concluir eso es que las ventas de Venezzia
representaron 56% del total del cine
venezolano, según el CNAC. En Argentina este año ocurrió algo similar:
El secreto de sus ojos
abarcó 45% de la taquilla y, sobre un total de 85 estrenos nacionales,
hubo 60 que no llegaron a 10.000 boletos vendidos, indica Horacio
Bernades en Página/12. En
el caso de los filmes venezolanos, 6 de 7 superaron ese umbral.
Siguiendo con el ejemplo argentino, 9 cintas rebasaron el nivel de los
100.000 boletos, lo que da 11%; en Venezuela fue 1 de 7 (14%), y todavía
hay otro filme capaz de alcanzarla. Una selectividad como la de
Argentina, en conclusión, no se da aún en el país, pero cabría esperar
que las diferencias se profundicen en el futuro y se consolide lo que
Bernades llama un mercado de
monowinner,
de un único ganador, acompañada de una reducción de las ventas en la
parte más delgada. Si vuelve a haber cintas de ventas prodigiosas como
Secuestro Express,
eso no hará subir todos los botes, como la marea.
En lo que respecta al número de películas
tampoco el cine venezolano se ha precipitado en el abismo e pesar de la
crisis. El año pasado tuvo 34 estrenos y en 2009 fueron 10, si se
incluye 1 coproducción –Meteoro
de Diego de la Texera– y se considera
que América tiene alma de
Carlos Azpúrua tuvo un estreno regular, a pesar de que propiamente no
llegó a salas comerciales. Pero la cifra de 2008 se debió a 16 filmes
que fueron programados en la Quincena del Documental, lo que implicó
cierta flexibilización del régimen de permanencia establecido en la ley,
como se indicó en su debido momento en Vértigo.
Si se resta ese número, el total es de 22 y, si se excluyen las
coproducciones de ese año, la cifra es de 16. Quitando este año el filme
de Azpúrua y Meteoro la
cuenta da 8, es decir, la mitad, y en 2007 fueron 9 los filmes
nacionales que se estrenaron. Todo esto parece indicar que el cine
venezolano, en las condiciones creadas por la reforma de la Ley de Cine,
comienza a desenvolverse en una franja que podría estar entre los 8 y
los 16 estrenos anuales. En Colombia fueron 12 los filmes nacionales
estrenados en 2009, lo que confirma el lugar que ocupa Venezuela en el
cine latinoamericano como nación de producción mediana y constante, al
igual que el país vecino. Es decir, que en este año el cine nacional ha
vuelto a la realidad, disipado el delirio que alentó el Ministerio de la
Cultura cuando al frente de él estaba Farruco Sesto. Siempre será
posible imaginar un panorama de 40 o más estrenos anuales, con un
promedio de 100.000 o más espectadores por película. Pero quizás haya
que prepararse para pensar que eso no se corresponde con las condiciones
reales del país.
Un ejercicio de cartografía
Las cifras de taquilla de 2009 indican
que el público dio la espalda en particular a una película: Zamora,
tierra y hombres libres de la Villa del Cine, escrita por Luis
Britto García y dirigida por Román Chalbaud. Fue la que menos entradas
vendió con 7.299 y fue duplicada por la sexta de las 7 de las que hay
cifras: Swing con son. Pero hay que ser prudente: más allá del
juicio que pueda hacerse sobre el filme, que en el caso de Vértigo
fue positivo, es imposible saber las razones por las que esa película no
le gustó a la gente sin un estudio serio de opinión. Lo que sí debe
hacer un crítico en este caso es tratar de dilucidar cuáles son las
búsquedas actuales del cine venezolano, más allá de una u otra película
en particular. Le toca levantar mapas que quizás puedan ayudar a la
gente a entender qué está pasando.
Un obstáculo la labor del cartógrafo
del cine venezolano actual pareciera ser la diversidad que se percibe
incluso en un conjunto reducido de filmes. En 2007 se señalaron en
Vértigo cinco inquietudes principales presentes en las cintas de ese
año, que fueron nueve en total. La distancia obliga a reformularlas con
expresiones un poco diferentes en algunos casos: 1) investigación de las
posibilidades expresivas de las nuevas tecnologías y de la forma; 2)
inquietud social y política; 3) predilección por el humor; 4) interés en
la historia, y 5) asimilación creativa de los géneros de Hollywood. A
ellas se añadieron el año pasado el regreso de las películas sobre uno
de los personajes emblemáticos del cine nacional, el malandro; la
irrupción del documentalismo en las salas comerciales, y el surgimiento
de una inquietud moral que se distingue de la social y política, y que
comenzó a cobrar relevancia en El enemigo de Luis Alberto Lamata
y Perros corazones de Carmen La Roche.
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| Son de la calle de
Julio César Bolívar |
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En 2009 ese giro ético continuó con
Libertador Morales, el justiciero de Efterpi Charalambidis y también
en Son de la calle de Julio César Bolívar. El tema de la primera
película es la paradójica necesidad de violar la ley para hacer que se
cumpla cuando los funcionarios del estado no hacen nada al respecto sino
que, por el contrario, colaboran con el crimen. Se trata de la relación
entre lo legal y lo correcto. Eso se traduce en tomar la justicia por la
propia mano en el filme, un problema que es real y grave en el país, y
que la película plantea sin disfrazar toda la dificultad que tiene y sin
ofrecer una solución tampoco, lo que fue percibido como problemático por
la crítica. Eso tiene el lado bueno de que puede ser una invitación a
que el espectador reflexione sobre un problema social difícil. El tono
humorístico, sobre todo en la creación de ese personaje sin par que es
Libertador Morales, hace que la película de Charalambidis haga
reír a la vez que trata con profundidad un tema serio. Fue por ello
también la película que siguió la línea de comedia que parecía que iba a
ser una de las marcas que podrían ayudar a darle una imagen menos difusa
al cine venezolano, lo cual no ha ocurrido.
El giro moral significa también que la
delincuencia no es vista en Libertador Morales como consecuencia
de circunstancias que podrían permitir entender por qué unas personas,
marginadas por la sociedad, escogen ese camino, como ocurrió en Soy
un delincuente de Clemente de la Cerda (1976), por ejemplo, y ha
continuado en el presente en cintas como Cyrano Fernández de
Alberto Arvelo (2007) y el documental Machera, el robinjú de Mérida
de Charles Martínez (2008). En Son de la calle tampoco se
trata de entender al delincuente: el malandro es un malvado, y punto.
Esa forma de plantear el personaje es una flaqueza del filme de Bolívar,
pero no se refiere a la cuestión moral de la que se ocupa. Se debe a que
no son las historias de la página roja las que llevaron al cineasta a
situar parte de la trama en un barrio pobre de Caracas. El realizador
siguió el camino de cintas como el documental El afinque de Marín
de Jacobo Penzo (1980) para representar manifestaciones culturales que
se consideran hoy como características de ese sector social, como el
reguetón y el hip hop, a la vez que buscó en la música y en la juventud
el puente entre personajes de clases sociales diferentes, como sucedió
en Manoa de Solveig Hoogesteijn (1980).
Pero Son de la calle no es un
filme propiamente social, puesto que evita indagar en las causas de las
diferencias entre las clases sociales. Se inscribe también en la línea
de la inquietud moral del cine venezolano porque trata de la tolerancia,
y de cómo ella puede ser establecida entre gentes de clases y colores de
piel diferentes sobre la base de valores compartidos. Eso hace que el
filme enriquezca el discurso sobre la tolerancia en el país, que ha sido
esgrimido principalmente por la oposición política para que se la
respete como minoría. Esa forma de entender la política está por
completo ausente de la película de Julio César Bolívar, lo que es una
invitación a ver las cosas de una manera que no está al alance de bandos
cuya razón de ser está en ser antagonistas en la lucha por el poder del
estado.
Día naranja de Alejandra
Szeplaki fue una cinta que continuó este año el camino de exploración de
las posibilidades expresivas de las nuevas tecnologías abierto por
Postales de Leningrado de Mariana Rondón (2007) con el trabajo de
intervención digital de las imágenes. Pero si en esa otra película el
recurso fue usado principalmente para plasmar una versión renovada del
historicismo estético, que consiste en emplear una estética
característica de un momento histórico –el pop de los años sesenta en
ese caso– para representar los acontecimientos que ocurrieron en ese
entonces, en vez de recurrir a la representación transparente de una
historia que se desarrolla en decorados y con vestuario, maquillaje,
etcétera, de época, en el filme de Szeplaki la estética de la
intervención digital sirve para representar la psicología de las tres
protagonistas. Es un psicologismo estético, si se quiere.
El
filme pone de manifiesto así otra tendencia en el cine venezolano
actual, perceptible también en Perros corazones
de Carmen La Roche y en la segunda
parte del díptico Bloques,
dirigida por Alfredo Hueck. Es una forma de exteriorizar el mundo
interior de los personajes que contrasta con el uso del
flash back, a través del cual la narración se remonta al pasado para
buscar en el origen una verdad del personaje, y la eliminación las
marcas que permiten distinguir el paso del presente al pasado, e incluso
al futuro, para hacer de esa vivencia un elemento central en la
representación de la subjetividad. En estos filmes venezolanos recientes
el alma está puesta no en el tiempo sino en el espacio.
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| Día naranja de
Alejandra Szeplaki |
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Día naranja
fue también la única película venezolana de 2009 que se ocupó de un tema
femenino por antonomasia: la diversas formas como tres mujeres afrontan
la posibilidad de haber quedado embarazadas. Parece extraño que la
temática femenina siga siendo una excepción en el cine nacional,
considerando que Venezuela se caracteriza por ser un país en el que hay
muchas mujeres cineastas en comparación con otros, como Estados Unidos
por ejemplo. Ese es un tema sobre el que hay que reflexionar: ¿es que no
hay proyectos sobre esa temática o que, en la decisión de aprobarlos o
no, el tema influye negativamente, aunque no se sea consciente de ello?
La pregunta es incómoda y no conlleva una hipótesis, mucho menos un
cuestionamiento a priori porque no dispongo de bases para responderla.
Otro problema: ninguno de los realizadores que estrenaron películas en
2009 es negro ni indígena. Hay que estar alerta también ante esas otras
posibles discriminaciones.
Volviendo a la cuestión de la tecnología, hay dos filmes que sacaron
provecho de otra manera de ella. Se trata de los documentales
Swing con son de Rafael Marziano
Tinoco y Vinotinto, la película
de Miguel New. Ambos filmes fueron
realizados con cámaras que no sirven para hacer cine y usan imágenes de
diversas procedencias que tampoco tienen calidad cinematográfica. Hay un
mérito técnico en haber logrado convertir eso en cine, gracias a los
recursos actualmente disponibles para la postproducción y el paso de
cinta de video a 35 mm. Pero lo relevante es que la película de New no
hubiera podido ser lo que es sin cámaras ligeras que le permitieran
acompañar a la selección nacional de fútbol en sus viajes y penetrar de
forma no invasiva en la cotidianidad de los jugadores, y en el filme de
Marziano Tinoco la limitación de los medios representa con ironía la
imposibilidad de realizar en Venezuela un musical como los de Hollywood
sobre uno de los más importantes artistas de la música nacional: Billo
Frómeta. Swing con son,
además, es quizás la película que mejor prosiguió en 2009 la búsqueda de
una manera personal de narrar, que es otra de las razones por las que
Postales de Leningrado
es
el filme venezolano más importante de
los últimos años.
En
Venezzia de Haik Gazarian
el cine nacional volvió a encontrar inspiración en los géneros de
Hollywood, como lo hizo en Puras joyitas
de Henry Rivero y César Oropeza (2008), en Ni tan largos... ni
tan cortos de Héctor Palma (2008)
y en A mí me gusta
de Ralph Kinnard (2008), por ejemplo.
En la película de este año fue en el cine de guerra, con modelos
clásicos como Casablanca
de Michael Curtiz (1942) y De aquí a la eternidad
de Fred Zinnemann (From Here
to Eternity, 1953). Es una película
de la Segunda Guerra Mundial ambientada en Venezuela, que fue parte
clave del conflicto como proveedor de petróleo para los aliados, y es un
filme de espías de los alemanes y contraespías estadounidenses en el
lago de Maracaibo. Pero mucho de ello se diluye en la historia de amor
entre los protagonistas, que relegó a un segundo plano esos otros
elementos, de cuya explotación podría haberse obtenido un resultado
cinematográfico más original en el contexto del cine venezolano.
En
materia de asimilación de modelos destaca en cambio la que quizás fue la
mejor película del año: Un lugar lejano.
Rompiendo con el tipo de cine social que le dio fama a partir de
Sicario (1994), José Ramón Novoa
logró cristalizar un producto de lo que podría llamarse cine de arte
comercial internacional, es decir, obras de arte de significado profundo
y universal, realizadas con temas y formas de narrar establecidos. Dicho
de otro modo, son películas que dicen algo significativo a través del
cine, sin cambiar el cine. Las referencias concretas serían las cintas
que aspiran a competir por el Oscar y en festivales internacionales. De
esa combinación se desprende el aire de grandeza del filme, que relata
un viaje que es una aventura, y que tiene como protagonista a un artista
que afronta un vacío existencial en la cercanía de su muerte. También
hay en Un lugar lejano
imágenes emblemáticamente
cinematográficas, como un tren de vapor que corre largando una nube de
humo; parajes cubiertos de fotogénica nieve, y el descubrimiento de una
verdad sobre el sentido de la vida por parte de un hombre y una mujer en
la soledad de un paraje rústico e inaccesible. Son ingredientes
perfectos para hacer una película ambiciosa y trascendente, y se les
añade la brillante actuación de Erich Wildpret y Marcela Kloosterboer.
La
historia continuó siendo también una inquietud del cine nacional en
Zamora. Terra y hombres libres
de la Villa del Cine. La cinta escrita
por Luis Britto-García y dirigida por Román Chalbaud representa la
primera concreción exitosa en el cine de la interpretación marxista del
pasado del país, presente en dos filmes anteriores de la Villa: ilumina
algunas partes de Miranda regresa
y es la base de La clase,
en la que se refiere a hechos
del pasado reciente, cuya cercanía impide considerarlos con la misma
perspectiva que a la Guerra Federal en la que combatió Ezequiel Zamora.
En consonancia con esa doctrina cobran relevancia en el filme los
conflictos de clases sociales bajo la “libertad de contratos”, que es la
forma que adquirió la transformación de la ex colonia española en una
república de economía capitalista, neocolonizada por los empréstitos.
También en la forma como el file muestra que fue resuelto el problema de
la persistencia de la esclavitud en el país, luego de la Independencia.
Consecuencia de esa manera de pensar es que la figura de Zamora como
personaje pierda peso en la película en relación con la lucha de clases
que trasciende el papel que desempeñó como caudillo popular, lo que
convierte al filme en una película sin verdadero héroe en un país cuya
historia ha tenido siempre una versión oficial heroica. También se
vuelve borrosa la importancia de Zamora como estratega militar –el filme
no se detiene a explicar el genio que puso de manifiesto en la Batalla
de Santa Inés–, porque las que realmente combaten en el filme son las
clases sociales, no los soldados. El marxismo de los realizadores está
lógicamente acompañado así de un anticaudillismo y de un antimilitarismo
evidentes que, a la par con la denuncia en el filme de la injusticia de
una situación análoga a las inhabilitaciones políticas impuestas en el
pasado reciente a líderes de la oposición, hacen de Zamora
una cinta afín a la tradición
cuestionadora del Icaic en Cuba. ¿Será ese, en definitiva, el camino que
seguirá la Villa del Cine, en vez de la difusión de “valores” que se
planteó al principio?
Recapitulando, el
mapa de los filmes venezolanos estrenados en 2009 muestra un cine que
aterrizó en la realidad de un país en crisis, luego de un año que hizo
albergar expectativas que podrían haber resultado irreales. Si se quiere
indagar en los problemas actuales del cine nacional, quizás habría que
comenzar por considerar la situación económica del país. En las
películas siguió cobrando relieve la inquietud moral, mientras que la
temática política desapareció del panorama en lo que respecta a la
representación del presente, salvo algunos guiños al espectador. También
volvió el cine al barrio, llevado esta vez por la música y por la
juventud, no por los crímenes. Estuvieron presentes, además, la temática
femenina y la revisión del pasado histórico, y surgieron como modelos de
las películas nacionales el cine de arte comercial internacional y el
cine crítico cubano. Prosiguió el discurrir de los realizadores por los
caminos de la exploración de las posibilidades expresivas de las nuevas
tecnologías y de las formas, y Hollywood continuó siendo un paradigma
para algunas películas nacionales.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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