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crítica
La mentira real
La
lucha libre en El luchador (The Wrestler, 2008) es una
mentira real. Los combates son simulados pero la sangre que brota de la
frente de Randy “The Ram” Robinson es de verdad. A tal efecto se hace
una cortada en una pelea, cuando está tendido boca abajo en la lona. En
otra escena ni siquiera necesita recurrir al truco de esconder pedazos
de hojilla bajo los vendajes: el combate incluye clavarse el cuerpo con
una engrapadora, hacerse daño con alambre de púas, y caer y rodar sobre
pedazos de vidrio. Haber escogido a Mickey Rourke para interpretar el
papel principal, ¿es hacer lo mismo en el cine? ¿Necesitaba Darren
Aronofsky un actor que, al igual que el personaje, haya caído de la
gloria al quemarse e intente regresar? El luchador adondequiera que va
es The Ram, y los niños juegan con él como con los muñequitos de juguete
que lo reproducen. ¿Interpreta Mickey Rourke a Mickey Rourke en la
película?
Para
tratar de responder eso hay que considerar que El luchador
comienza con una caída de otro tipo. El mundo de la lucha libre es
defenestrado de la mitología forjada por los medios. La secuencia de los
créditos es un colage sonoro de narración y comentarios de radio o
televisión, que tiene como correlato visual un mosaico de recortes de
prensa. Pero termina abruptamente para dejar que se escuche la tos del
protagonista, detrás del cual va la cámara de 16 mm, que comienza a
seguirlo, como si fuera un filme de los hermanos Luc y Jean-Pierre
Dardenne, que llegaron a la ficción del documental.
El
ambiente en el que se desenvuelven los luchadores se va revelando al
paso del personaje y desde su perspectiva, a su escala. No es un mundo
rutilante del que surjan los ases del ring y los preceda, en sentido
existencial, como ocurre cuando los luchadores son representados como
gente que sube al ensogado, previamente dispuesto ante los espectadores
y las cámaras, para librar el combate, y luego desaparece de allí y de
la pantalla. Son los personajes que los luchadores llevan de su vida al
cuadrilátero los que construyen ese mundo, y por eso lo que son y lo que
hacen se va dando a entender poco a poco, a medida que la cámara los
sigue en su desenvolvimiento cotidiano. De esa vida es que sale la
sangre que se les ve derramar en las peleas.
La
cámara muestra con lujo de detalles el proceso mediante el cual son
creadas figuras como The Ram, sin solución de continuidad con la vida de
quienes las encarnan. Describe la preparación de los luchadores y de la
coreografía de los combates, así como el entrenamiento y el
acondicionamiento del cuerpo del protagonista, que incluye el consumo de
diversos medicamentos sin receta, lo cual es más dañino para la salud
que cortarse, y sigue fuera del ring al hombre que encarna al luchador.
Va tras sus pasos hasta su casa, un trailer cuyo alquiler le cuesta
pagar, y muestra cómo vive. Tampoco hay un mundo de miseria social en la
película del que surjan los personajes de la lucha libre y en ese
sentido los preceda. Esas carencias son parte indisociable de la vida
que ha escogido llevar una persona para encarnar a The Ram en el ring y
fuera de él. Es su condición existencial más que social. Ese es el
problema: para crear el espectáculo de la lucha libre los combatientes
le entregan su vida, y eso acaba por destruirlos.
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Hay
una secuencia en la que ocurre algo parecido con el personaje de
Cassidy, la estríper de la que está prendado el protagonista. La cámara
la sigue en el bar, cuando ella se acerca a varios hombres para tratar
de convencerlos de que les deje bailar sobre ellos para poder ganar
algún dinero extra por el servicio. Es fácil hacerse una idea abstracta
de un personaje como ese, pero allí se muestra cómo puede ser el
desenvolvimiento de una mujer que hace ese trabajo. El conflicto
principal del filme se debe a que Cassidy pretende trazar una clara
línea divisoria entre su trabajo y la vida, lo cual se hace visible por
el marcado cambio en el aspecto físico de la actriz, Marisa Tomei,
cuando está en el local y cuando decide aventurarse a salir una vez con
el luchador. En el caso de The Ram esa línea no existe ni puede existir.
Cuando un infarto, consecuencia de su desgaste en el ring y del abuso de
los fármacos, le lleva a tomar la decisión de retirarse e intenta
reconstruir su vida como Randy Robinson, el luchador se descubre incapaz
de representar el papel de padre ante su hija adolescente, Stephanie
(Evan Rachel Word), ni es capaz de convertirse en trabajador como
cualquier otro detrás del mostrador de la charcutería, en un
supermercado. Si tratar de hacer de persona normal al menos abre para él
la posibilidad del acercamiento a la mujer que es Cassidy fuera del bar,
cuando no tiene que interpretar ese personaje, la satisfacción sexual la
consigue asumiendo la identidad de The Ram. Con su disfraz real se
levanta fácilmente a una chica cualquiera, y sin tener que pagar por
ello, como ocurre con las danzas de la estriper. Por todo eso Randy
Robinson decide olvidarse de ser Randy Robinson y llama al promotor para
que le deje ser otra vez The Ram en el ring, para volver a enfrentarse
con el Ayatolá, aunque el médico le advirtió que el corazón no aguantará
eso.
Además de contar la historia del regreso de un combatiente de lucha
libre, el filme parece estar diciendo así cosas de Mickey Rourke como
actor. ¿Necesita hacer cine porque no es capaz de vivir como una persona
cualquiera, al igual que le ocurre a su personaje en El luchador?
Con eso sugiere su reconquista del éxito no significa su redención como
persona, al igual que sucede en el caso de The Ram. Se trataría de todo
lo contrario: actuar sería su condena, un destino del que no puede
escapar, como la lucha para Randy Robinson. Sin embargo, el espectáculo
al que entrega su vida el personaje de ficción lo convierte en un ser
más noble que el actor. Las mentiras que The Ram escenifica en el ring
son reales: las cortadas que se hace son de verdad, al igual que el
alambre de púas, los vidrios y las grapas que le clavan. La sangre que
derrama es auténtica. En el espectáculo cinematográfico no ocurre así, y
en el filme es evidente, por ejemplo, que el que da el salto desde lo
alto de la esquina del ring sobre el adversario tendido en la lona que
hace famoso a The Ram es un doble, no Mickey Rourke.
El
cine se limita a registrar con la cámara el desempeño del actor para la
película, y la imagen, además de que se manipula, puede vivir para
siempre otra vida, separada de la persona de carne y hueso que ha estado
ante ella en el rodaje. El actor de cine, además, siquiera hace de su
interpretación un continuo análogo con la vida, como puede ocurrir en el
teatro, sino que actúa por fragmentos que sólo después, en el montaje,
son ensamblados para construir el personaje. Una vez que terminó la
filmación, ese personaje pasa a formar parte de un limbo mediático
semejante al de la lucha libre en la radio y la televisión, tal como se
la representa en la secuencia de los créditos. En cambio, las proezas
del ring deben su gracia a que son escenificadas en persona, a que
tienen algo de real. El espectáculo de la TV depende, para tener éxito,
de la verdad que hay en las mentiras del cuadrilátero, y eso distingue a
la lucha libre asimismo del teatro, aunque sea teatro también. Si The
Ram consume a Randy Robinson, Mickey Rourke no tiene, por tanto, esa
excusa, porque un actor de cine siempre está muy lejos de su imagen en
la pantalla. Si él se ha destruido a sí mismo, y si esas experiencias
aportan algo a los personajes que interpreta, ello ocurre por accidente,
no por necesidad.
EL
LUCHADOR
The Wrestler,
Estados Unidos-Francia, 2008
Dirección:
Darren Aronofsky. Guión: Robert D. Siegel. Producción:
Darren Aronofsky, Scott Franklin. Diseño de producción: Tim
Grimes. Fotografía: Maryse Alberti. Montaje: Andrew
Weisblum.
Sonido:
Brian Emrich. Música: Clint Mansell. Elenco: Mickey Rourke
(Randy “The Ram” Robinson), Marisa Tomei (Cassidy), Evan Rachel Wood
(Stephanie), Ernest Miller (The Ayatollah), Dylan Keith Summers (Necro
Butcher), Tommy Farra (Tommy Rotten).
Duración:
111 minutos. Formato: Super 16 mm inflado a 35 mm anamórfico con
intermedio digital, 2:35:1, color, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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