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videopatías
Barroco con Nueva Ola
El proceso
de Orson Welles (The
Trial, 1962), inspirado en la novela de Franz Kafka, enriquece el
mundo de la obra literaria con una barroca arquitectura en la que los
edificios modernos y las construcciones del pasado se confunden, y las
habitaciones, las oficinas, un cuarto en el que se tortura, una fábrica,
un tribunal, un teatro, una iglesia y el estudio de un pintor, entre
otros lugares, integran un espacio sin solución de continuidad,
conectado por puertas, pasillos y escaleras que pueden llevar de un
lugar a otro de la forma más insospechada. Tiene algo de Piranesi el
mundo de esta película, que fue filmada principalmente en una estación
de trenes abandonada en París, con secuencias en Roma y Zagreb. Es como
una trampa asfixiante, oxidada y total, de principio a fin. También hay
un plano que evoca el exterminio en los campos de concentración nazis y
la ejecución de K. recuerda una explosión nuclear, lo que también ubica
el filme en un mundo posterior a los horrores de la Segunda Guerra
Mundial. El protagonista, además, tiene algo de hombre común heroico
estadounidense de lo que carece el personaje de la obra literaria. Es por todo esto que la película continúa siendo interesante en
la actualidad, además de porque es una obra independiente de bajo
presupuesto en la que pudo desenvolverse con libertad el director de la
que para muchos es la mejor película de todos los tiempos: El
ciudadano Kane (Citizen Kane).
El
proceso fue
realizada después del período de apogeo de la estética fuertemente
influenciada por el expresionismo alemán que fundó el cine negro, con
El halcón maltés (The Maltese Falcon), y del estilo barroco
con el que Welles irrumpió en El ciudadano Kane, ambos en 1941.
Ese esplendor habría concluido en 1958 con Sed de mal del mismo
Welles (Touch of Evil), según algunos críticos. Pero en El
proceso se percibe, como contrapartida, el surgimiento de búsquedas
novedosas. Es evidente la influencia de un movimiento que comenzaba a
consagrarse en ese momento: la Nueva Ola Francesa. La fotografía de
Edmond Richard muestra claramente la impronta del trabajo de Raoul
Coutard en Disparen sobre el pianista de Francois Truffaut (Tirez
sur le pianiste, 1960) y Sin aliento Jean-Luc Godard (À
bout de soufflé, 1961), entre otras películas de ambos directores.
Otras huellas del nuevo cine son el uso de la cámara en mano y la
utilización de la iluminación, que resulta especialmente acertado en la
secuencia en la que un agente es torturado en un cuarto, cuya luz
proviene de un bombillo que es golpeado varias veces.
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Esto
no significa abandono de la estética característicamente wellesiana:
aprovechamiento de la profundidad de campo y encuadres en los que
aparecen los techos, por ejemplo, además de una puesta en escena en la
que el barroco llega a confundirse con el surrealismo y el mencionado
trabajo escenográfico, que es el rasgo barroco más destacado en la
cinta. Algunos de las secuencias memorables en este sentido son una en
la que una mujer que cojea arrastra un pesado baúl por un terreno
baldío, desde el edificio del que ha sido echada hasta una carretera que
pasa cerca de allí, y una escena de amor que se desarrolla sobre un
montón de papeles judiciales, entre los cuales los amantes se pierden de
vista, tomada en un picado que recuerda la manera como se muestran las
riquezas acumuladas sin orden ni concierto por el editor millonario en
El ciudadano Kane. Otra se desarrolla en el estudio del pintor
Titorelli, que está ubicado en el interior de una suerte de jaula de
madera que permite que lo espíen decenas de mujeres, cuyos ojos son
mostrados en primer plano, vistos por entre las tablas, y que antes y
después persiguen a Joseph K. Imágenes como esas son el otro aporte del
filme a la imaginación literaria de Kafka, y revelan aspectos del
inconsciente de los personajes, como el temor y desprecio de K. por las
mujeres, quien es interpretado en la película por un actor cuya
homosexualidad se expresa de manera casi obvia: Anthony Perkins. Dos
años antes se había hecho célebre con un personaje parecido: Norman
Bates en Psicosis de Alfred Hitchcock (Psycho, 1960).
La
interpretación de Perkins es el tercer pilar del filme, junto con el
elenco que lo acompaña. En él figura el director, quien interpreta al
abogado de K., que despacha desde el lecho como un monarca enfermo,
consumido por dentro a pesar de su gordura. También interviene Jeanne
Moreau, ganadora de una Palma de Oro, un Oso de Oro y un León de Oro
honoríficos, en Cannes, Berlín y Venecia, respectivamente, como
reconocimiento a su trayectoria como una de las más importantes actrices
en la historia del cine. La película está disponible para la compra en
una edición en DVD de calidad aceptable, aunque no óptima, y mal
subtitulada –llaman “Joseph Craig” al protagonista, por ejemplo–. Fue
publicada por Disco Net y es lo suficientemente barata como para hacerle
competencia a la piratería.
EL
PROCESO The
Trial,
Francia-Italia-Alemania Occidental-Yugoslavia, 1962
Dirección y guión:
Orson Welles, basado en la novela de Franz Kafka.
Producción:
Alexander Salkind. Fotografía: Edmond Richard. Montaje:
Yvone Martin, Frederick Muller, Orson Welles. Sonido: Guy
Villette, Julien Coutelier. Música: Jean Ledrut. Elenco:
Anthony Perkins (Joseph K.), Jeanne Moreau (Marika Burstner), Romy
Schneider (Leni), Elsa Martinelli (Hilda), Suzane Flon (señorita Pittl),
Orson Welles (Albert Hastler, el abogado), Akim Tamiroff (Bloch),
Madeleine Robinson (señora Grubach), William Chappel (Titorelli).
Duración: 118 minutos. Formato: 35 mm, 1,66:1, blanco y
negro, mono.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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