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crítica
El pasado de América Latina
busca un futuro en el Oscar
El secreto de sus ojos
de Juan José Campanella (2009), de
Argentina, y La teta asustada
de Claudia Llosa (2009), de Perú, los
filmes latinoamericanos que disputan este año el Oscar a la mejor
película en lengua extranjera, tienen en común que se ocupan de
episodios traumáticos del pasado reciente de sus respectivas sociedades.
Cómo hechos que muchos prefieren olvidar por terribles, y otros borrar
de la memoria para evitar que sea señalada su responsabilidad en las
atrocidades, siguen vivos en el presente o necesitan ser rescatados es
un problema que encaran con lucidez y con pertinencia actual ambas
películas. Y no lo hacen subordinando el trabajo del artista al
compromiso social. Nada de eso.
El
filme de Campanella pone en perspectiva la gestación, durante el
gobierno de María Estela Martínez, viuda de Perón, de la guerra sucia en
la que fueron asesinadas 30.000 personas por la dictadura militar que se
instauró el 24 de marzo de 1976. Lo hace a través del recurso de una
novela que escribe Benjamín Espósito, empleado jubilado de tribunales
(Ricardo Darín), en 2004, y que trata de la investigación del asesinato
de una hermosa mujer cometido 30 años antes y sobre la relación de él
con la Irene Menéndez Hastings (Soledad Villamil), que comenzó a
trabajar en la justicia en esa época.
Hay
en la historia múltiples motivos para sentirse urgidos a aclarar lo
sucedido, y cada uno de ellos se relaciona con las pasiones que mueven a
los personajes. Las de Benjamín son el que le despierta el espectáculo
del cadáver de la víctima, brutalmente asesinada, y sus sentimientos
hacia Irene; ella se deja arrastrar por el apasionamiento de Benjamín, y
por lo que empieza a sentir hacia él; el marido de la muerta (Pablo Rago),
por el amor y el deseo de venganza, y el amigo y compañero de trabajo
borracho de Benjamín (Guillermo Francella), por la amistad y el
agradecimiento hacia quien lo cuida como si fuera un hermano. Todo eso
es presentado a través del tamiz de los recuerdos y de la novela, que
irónicamente tiene un final clásicamente cinematográfico que a Irene no
le gusta.
Esa
subjetividad tiene un correlato en el tema de la mirada. El título es
indicativo: el misterio no sólo está en lo que se mira sino en los ojos,
no únicamente en los hechos sino sobre todo en la mirada. En lo que
respecta a la historia, y a la historia de la novela en la historia, más
importante que establecer la identidad del criminal y capturarlo son los
motivos que impulsan a hacerlo, las pasiones que mueven a perseguir la
justicia y a desenterrar el pasado, así como las razones que después se
hacen cómplices del olvido. Walter Benjamin dice que el pasado tiene un
derecho sobre los que viven en el presente, y en el caso de El
secreto de sus ojos exige al
protagonista que ate los cabos sueltos de 30 años atrás. Sutilmente el
filme lanza así una interrogante a todos aquellos que, por las razones
al principio expuestas de lo espantoso de lo sucedido, han optado por
olvidar y por olvidarse también de aquello que con pasión quisieron
haber sido y no llegaron a ser. ¿Acaso ese pasado no plantea exigencias
que aún están por atender? ¿Por qué miedo o comodidad no son capaces de
escuchar ese llamado?
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Pasión por el cine:
planosecuencia de El secreto de sus ojos |
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El
hecho de que Benjamín cumpla con ese deber a través de la novela trae a
colación también el papel que le toca desempeñar al arte en relación con
ese deber con el pasado, y por ende a la película. El secreto de
los ojos es un filme en el que el tema
de la mirada no sólo está presente en los personajes sino que se hace
manifiesto a través de un estilo barroco en el que se percibe la
impronta de Orson Welles. El manejo de la profundidad de campo, los
encuadres oblicuos y el espectacular virtuosismo desplegado en un
planosecuencia memorable, en el que la cámara entra volando en un
estadio de fútbol recorre las gradas, sigue a los protagonistas en una
persecución que los lleva hasta los baños, y termina en la cancha, y que
parece deliberadamente puesto en el filme como respuesta de hoy al
desafío que representa, por ejemplo, el planosecuencia del comienzo de
Sed de mal (Touch
of Evil, 1958), hacen evidente la
aspiración a codearse, a través del recurso del homenaje, con las obras
del maestro.
Si el
pasado tiene un derecho sobre los que viven en el presente, como decía
Benjamin, en el caso de Campanella también se manifiesta a través de una
pasión, ese amor al cine que le mueve asimismo a medirse con uno de los
grandes de la historia del arte cinematográfico sin falsa modestia. Si
hay una responsabilidad social en el filme, ella es absolutamente
cónsona con el afán de llegar a realizar una obra maestra del cine. Las
mueve lo mismo. Lo más hermoso de la película es que resulta evidente
que el homenaje es también esa irreverencia, deseo no es sólo de imitar
sino también de superar al maestro, de llevar el arte un paso más
adelante, y que el compromiso social y con el cine son lo mismo.
En
La teta asustada el
pasado es algo que la protagonista lleva dentro de sí. Es como la papa
que se ha introducido en la vagina Fausta (Magaly Solier), sobreviviente
de la guerra contra Sendero Luminoso que causó alrededor de 80.000
muertos en Perú. En el filme se dice que en las zonas de conflicto las
mujeres hacían eso para evitar ser violadas. Es difícil de enterrar ese
pasado para Fausta, como le cuesta darle sepultura a su madre, que
fallece al comienzo de la película, a pesar de que en el barrio de la
periferia urbana donde viven la gente es propensa a aferrarse a los
goces del presente y celebrar la vida. La protagonista es ajena a ese
espíritu porque de niña le transmitieron la enfermedad del miedo a la
violencia a través de la leche materna. Ese es el mal de la teta
asustada del título la cinta.
Hay
en la película de Claudia Llosa una representación jocosa de la alegría
popular, que ha sido criticada como si hubiera en eso una burla a la
gente sencilla. Lo cierto es que el humor ácido que hay en el filme
tiene como blanco principal la oligarquía en decadencia. Apunta hacia
una señora artista que es capaz de lanzar un piano por la ventana en un
momento de histeria, cuando no halla inspiración para cumplir, con una
composición de su autoría. Ella le roba en consecuencia a Fausta el
tesoro de sus cantos, que no son arte ni entretenimiento para ella sino
una forma de relacionarse con el dolor y con lo que no logra entender de
otra manera del mundo. La señora se los cambia por cuentas de collar,
como dice la leyenda dorada que hacían los españoles para apoderarse de
los tesoros de los pueblos originarios, y Fausta es una indígena. La
responsabilidad de la clase social de la señora en guerras como la que
se libró contra Sendero Luminoso está, además, claramente señalada, en
la secuencia en la que Fausta ve la fotografía de un viejo militar,
colgada en una pared de la casa, y su reacción es elocuente: corre a
vomitar del golpe de terror, del mal de la teta asustada. La casa
señorial, además, está rodeada de un mercado de buhoneros, de gente que
es de la clase social de Fausta. La separa de ese “exterior” una
altísima muralla con un simbólico portón que se abre y se cierra con un
motor eléctrico. Pero lo único que consigue esa protección es que el
pueblo parezca invisible del otro lado del muro.
¿Pero
es que acaso, además, la clase popular no puede reírse de sí misma como
lo hace la gente instruida que cultiva la autoironía por elegancia? Una
de las revelaciones de La teta asustada
para la gente blanca de clase media que
quiera entender es que ese puede ser el espíritu de esas expresiones
populares cómicas. No es una sutileza reservada a la gente educada y de
posición más acomodada. En todo caso, en el filme sobran razones para
concluir que la directora, aunque sea de otra extracción social, siente
un profundo respeto por el pueblo, que lo valora y que está comprometida
con la lucha para que no se olvide lo que ocurrió en su país, y cuyas
consecuencias sufrieron principalmente los indígenas. Ha ayudado,
además, a que Magaly Solier se convierta en un ejemplo de cómo los
peruanos marginados por su condición y porque hablan quechua pueden
llegar a desfilar por la alfombra roja del Festival de Berlín y del
Oscar, sin dejar de ser peruanos marginados por su condición y por su
quechua.
Eso
no quita que haya también una postura crítica frente a esa alegría. Ella
está vinculada en el filme con el deseo de aferrarse al presente para no
dejarse arrastrar por el horrible pasado, y en concreto de enterrar lo
más rápidamente posible a la madre de Fausta, como queriéndose deshacer
de ella y de todo lo que significa aquello por lo que ella tuvo que
pasar. Se evidencia también por el contraste entre la cumbia jocosa y el
canto que la protagonista comparte con su madre, y que hacen palpable el
profundo vínculo que hay entre ambas, además de la enfermedad de la teta
asustada. Su interrupción es lo que permite entender que la mujer ha
muerto. Está también presente así en el filme de Claudia Llosa, al igual
que en el de Campanella, el papel que puede desempeñar el arte para
aproximarse a los hechos traumáticos del pasado y asimilarlos. Quizás el
cine pueda ser el equivalente de ese canto entre la gente que se
considera más avanzada y moderna porque le da demasiado miedo mirar
hacia el pasado.
EL SECRETO DE SUS
OJOS Argentina-España, 2009
Dirección y montaje: Juan José Campanella. Guión: Juan José Campanella,
Eduardo Sacheri, basado en la novela La pregunta de sus ojos.
Producción: Gerardo Herrero.
Diseño de producción: Marcelo Pont Vergés.
Fotografía: Félix Monti. Sonido: José Luis Díaz. Música: Federico Jusid.
Elenco: Ricardo Darín (Benjamín Espósito), Soledad Villamil (Irene
Menéndez Hastings), Guillermo Francella (Pablo Sandoval), Javier Godino
(Isidoro Gómez), Pablo Rago (Ricardo Morales). Duración: 127 minutos.
Formato: Video Digital (Cámara Red One) inflado a 35 mm, 2,00:1, color,
Dolby Digital.
LA
TETA ASUSTADA
España-Perú, 2009
Guión
y dirección: Claudia Llosa. Producción: Claudia Llosa, Antonio Chavarrías, José María Morales.
Fotografía: Natascha Brier. Montaje:
Frank Gutiérrez. Sonido: Fabiola Ordoyo. Elenco: Magaly Solier (Fausta),
Susi Sánchez (Aída), Efraín Solís (Noé), Marino Bellón (tío Lúcido),
Antolín Prieto (hijo de Aída). Duración: 95 minutos. Formato: 35 mm,
1,85:1, color.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve
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