03/10
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crítica

Enseñanza de vida
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El pasado de América Latina busca un futuro en el Oscar

 

El secreto de sus ojos de Juan José Campanella (2009), de Argentina, y La teta asustada de Claudia Llosa (2009), de Perú, los filmes latinoamericanos que disputan este año el Oscar a la mejor película en lengua extranjera, tienen en común que se ocupan de episodios traumáticos del pasado reciente de sus respectivas sociedades. Cómo hechos que muchos prefieren olvidar por terribles, y otros borrar de la memoria para evitar que sea señalada su responsabilidad en las atrocidades, siguen vivos en el presente o necesitan ser rescatados es un problema que encaran con lucidez y con pertinencia actual ambas películas. Y no lo hacen subordinando el trabajo del artista al compromiso social. Nada de eso. 

El filme de Campanella pone en perspectiva la gestación, durante el gobierno de María Estela Martínez, viuda de Perón, de la guerra sucia en la que fueron asesinadas 30.000 personas por la dictadura militar que se instauró el 24 de marzo de 1976. Lo hace a través del recurso de una novela que escribe Benjamín Espósito, empleado jubilado de tribunales (Ricardo Darín), en 2004, y que trata de la investigación del asesinato de una hermosa mujer cometido 30 años antes y sobre la relación de él con la Irene Menéndez Hastings (Soledad Villamil), que comenzó a trabajar en la justicia en esa época.

Hay en la historia múltiples motivos para sentirse urgidos a aclarar lo sucedido, y cada uno de ellos se relaciona con las pasiones que mueven a los personajes. Las de Benjamín son el que le despierta el espectáculo del cadáver de la víctima, brutalmente asesinada, y sus sentimientos hacia Irene; ella se deja arrastrar por el apasionamiento de Benjamín, y por lo que empieza a sentir hacia él; el marido de la muerta (Pablo Rago), por el amor y el deseo de venganza, y el amigo y compañero de trabajo borracho de Benjamín (Guillermo Francella), por la amistad y el agradecimiento hacia quien lo cuida como si fuera un hermano. Todo eso es presentado a través del tamiz de los recuerdos y de la novela, que irónicamente tiene un final clásicamente cinematográfico que a Irene no le gusta.

Esa subjetividad tiene un correlato en el tema de la mirada. El título es indicativo: el misterio no sólo está en lo que se mira sino en los ojos, no únicamente en los hechos sino sobre todo en la mirada. En lo que respecta a la historia, y a la historia de la novela en la historia, más importante que establecer la identidad del criminal y capturarlo son los motivos que impulsan a hacerlo, las pasiones que mueven a perseguir la justicia y a desenterrar el pasado, así como las razones que después se hacen cómplices del olvido. Walter Benjamin dice que el pasado tiene un derecho sobre los que viven en el presente, y en el caso de El secreto de sus ojos exige al protagonista que ate los cabos sueltos de 30 años atrás. Sutilmente el filme lanza así una interrogante a todos aquellos que, por las razones al principio expuestas de lo espantoso de lo sucedido, han optado por olvidar y por olvidarse también de aquello que con pasión quisieron haber sido y no llegaron a ser. ¿Acaso ese pasado no plantea exigencias que aún están por atender? ¿Por qué miedo o comodidad no son capaces de escuchar ese llamado?  

Pasión por el cine: planosecuencia
de El secreto de sus ojos
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El hecho de que Benjamín cumpla con ese deber a través de la novela trae a colación también el papel que le toca desempeñar al arte en relación con ese deber con el pasado, y por ende a la película. El secreto de los ojos es un filme en el que el tema de la mirada no sólo está presente en los personajes sino que se hace manifiesto a través de un estilo barroco en el que se percibe la impronta de Orson Welles. El manejo de la profundidad de campo, los encuadres oblicuos y el espectacular virtuosismo desplegado en un planosecuencia memorable, en el que la cámara entra volando en un estadio de fútbol recorre las gradas, sigue a los protagonistas en una persecución que los lleva hasta los baños, y termina en la cancha, y que parece deliberadamente puesto en el filme como respuesta de hoy al desafío que representa, por ejemplo, el planosecuencia del comienzo de Sed de mal (Touch of Evil, 1958), hacen evidente la aspiración a codearse, a través del recurso del homenaje, con las obras del maestro.

Si el pasado tiene un derecho sobre los que viven en el presente, como decía Benjamin, en el caso de Campanella también se manifiesta a través de una pasión, ese amor al cine que le mueve asimismo a medirse con uno de los grandes de la historia del arte cinematográfico sin falsa modestia. Si hay una responsabilidad social en el filme, ella es absolutamente cónsona con el afán de llegar a realizar una obra maestra del cine. Las mueve lo mismo. Lo más hermoso de la película es que resulta evidente que el homenaje es también esa irreverencia, deseo no es sólo de imitar sino también de superar al maestro, de llevar el arte un paso más adelante, y que el compromiso social y con el cine son lo mismo.

En La teta asustada el pasado es algo que la protagonista lleva dentro de sí. Es como la papa que se ha introducido en la vagina Fausta (Magaly Solier), sobreviviente de la guerra contra Sendero Luminoso que causó alrededor de 80.000 muertos en Perú. En el filme se dice que en las zonas de conflicto las mujeres hacían eso para evitar ser violadas. Es difícil de enterrar ese pasado para Fausta, como le cuesta darle sepultura a su madre, que fallece al comienzo de la película, a pesar de que en el barrio de la periferia urbana donde viven la gente es propensa a aferrarse a los goces del presente y celebrar la vida. La protagonista es ajena a ese espíritu porque de niña le transmitieron la enfermedad del miedo a la violencia a través de la leche materna. Ese es el mal de la teta asustada del título la cinta.

Hay en la película de Claudia Llosa una representación jocosa de la alegría popular, que ha sido criticada como si hubiera en eso una burla a la gente sencilla. Lo cierto es que el humor ácido que hay en el filme tiene como blanco principal la oligarquía en decadencia. Apunta hacia una señora artista que es capaz de lanzar un piano por la ventana en un momento de histeria, cuando no halla inspiración para cumplir, con una composición de su autoría. Ella le roba en consecuencia a Fausta el tesoro de sus cantos, que no son arte ni entretenimiento para ella sino una forma de relacionarse con el dolor y con lo que no logra entender de otra manera del mundo. La señora se los cambia por cuentas de collar, como dice la leyenda dorada que hacían los españoles para apoderarse de los tesoros de los pueblos originarios, y Fausta es una indígena. La responsabilidad de la clase social de la señora en guerras como la que se libró contra Sendero Luminoso está, además, claramente señalada, en la secuencia en la que Fausta ve la fotografía de un viejo militar, colgada en una pared de la casa, y su reacción es elocuente: corre a vomitar del golpe de terror, del mal de la teta asustada. La casa señorial, además, está rodeada de un mercado de buhoneros, de gente que es de la clase social de Fausta. La separa de ese “exterior” una altísima muralla con un simbólico portón que se abre y se cierra con un motor eléctrico. Pero lo único que consigue esa protección es que el pueblo parezca invisible del otro lado del muro.

¿Pero es que acaso, además, la clase popular no puede reírse de sí misma como lo hace la gente instruida que cultiva la autoironía por elegancia? Una de las revelaciones de La teta asustada para la gente blanca de clase media que quiera entender es que ese puede ser el espíritu de esas expresiones populares cómicas. No es una sutileza reservada a la gente educada y de posición más acomodada. En todo caso, en el filme sobran razones para concluir que la directora, aunque sea de otra extracción social, siente un profundo respeto por el pueblo, que lo valora y que está comprometida con la lucha para que no se olvide lo que ocurrió en su país, y cuyas consecuencias sufrieron principalmente los indígenas. Ha ayudado, además, a que Magaly Solier se convierta en un ejemplo de cómo los peruanos marginados por su condición y porque hablan quechua pueden llegar a desfilar por la alfombra roja del Festival de Berlín y del Oscar, sin dejar de ser peruanos marginados por su condición y por su quechua.

Eso no quita que haya también una postura crítica frente a esa alegría. Ella está vinculada en el filme con el deseo de aferrarse al presente para no dejarse arrastrar por el horrible pasado, y en concreto de enterrar lo más rápidamente posible a la madre de Fausta, como queriéndose deshacer de ella y de todo lo que significa aquello por lo que ella tuvo que pasar. Se evidencia también por el contraste entre la cumbia jocosa y el canto que la protagonista comparte con su madre, y que hacen palpable el profundo vínculo que hay entre ambas, además de la enfermedad de la teta asustada. Su interrupción es lo que permite entender que la mujer ha muerto. Está también presente así en el filme de Claudia Llosa, al igual que en el de Campanella, el papel que puede desempeñar el arte para aproximarse a los hechos traumáticos del pasado y asimilarlos. Quizás el cine pueda ser el equivalente de ese canto entre la gente que se considera más avanzada y moderna porque le da demasiado miedo mirar hacia el pasado.

EL SECRETO DE SUS OJOS
Argentina-España, 2009

Dirección y montaje: Juan José Campanella. Guión: Juan José Campanella, Eduardo Sacheri, basado en la novela La pregunta de sus ojos. Producción: Gerardo Herrero. Diseño de producción: Marcelo Pont Vergés. Fotografía: Félix Monti. Sonido: José Luis Díaz. Música: Federico Jusid. Elenco: Ricardo Darín (Benjamín Espósito), Soledad Villamil (Irene Menéndez Hastings), Guillermo Francella (Pablo Sandoval), Javier Godino (Isidoro Gómez), Pablo Rago (Ricardo Morales). Duración: 127 minutos. Formato: Video Digital (Cámara Red One) inflado a 35 mm, 2,00:1, color, Dolby Digital.

LA TETA ASUSTADA
España-Perú, 2009

Guión y dirección: Claudia Llosa. Producción: Claudia Llosa, Antonio Chavarrías, José María Morales. Fotografía: Natascha Brier. Montaje: Frank Gutiérrez. Sonido: Fabiola Ordoyo. Elenco: Magaly Solier (Fausta), Susi Sánchez (Aída), Efraín Solís (Noé), Marino Bellón (tío Lúcido), Antolín Prieto (hijo de Aída). Duración: 95 minutos. Formato: 35 mm, 1,85:1, color.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info.ve


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