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crítica

La carrera de la muerte
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Escape de la competencia 

 

La carrera de la muerte (Death Race) escrita, dirigida y coproducida por Paul W. S. Anderson, el director de Resident Evil (2002) y Alien contra Depredador (2004), ha pasado por debajo de la mesa para los críticos, a pesar de la participación del superhéroe del cine de bajo presupuesto que es Roger Corman como productor, y de que se trata de una nueva versión de Death Race 2000, que Corman produjo en 1975 y en la que actuaron David Carradine –que reaparece en el nuevo filme haciendo la voz del corredor Frankenstein– y Sylvester Stallone. La cinta de 2008, que es una producción independiente de la empresa de Tom Cruise y Paula Wagner, llama la atención porque conserva sin mella el filo crítico que caracteriza esas películas en las que los realizadores aprovechan la escasez de recursos para decir cosas vedadas en los filmes de los grandes estudios, a pesar de que el protagonista es una estrella emergente del cine de acción actual: Jason Statham, quien fue descubierto por Guy Ritchie en Lock, Stock and Two Smoking Barrels (1998) y ha actuado en Snatch (2000) y en El transportador (Transporter, 2002), que es la película a la que debe principalmente su fama, entre otras cintas. Recientemente hizo un mano a mano con Jet Li en War (2007), lo que da idea de su posicionamiento en el imaginario de los aficionados al plomo, puño y patadas. 

En la película hay críticas claras a la privatización y la falta de control de la actividad de las empresas, y a la explotación de la violencia por los medios de comunicación. En el mundo cercano en el que se desarrolla la historia –un año 2012 marcado por un Apocalipsis que no fue consecuencia de la guerra sino del derrumbe de la economía estadounidense–, la falta de empleo ha puesto a los trabajadores completamente a merced de las compañías, que son capaces de llamar a la policía para que les caiga a palos cuando les toca cobrar sin otro objetivo aparente que ablandarles preventivamente el ánimo de protestar. En las cárceles, que ya hoy son operadas por concesionarios en Estados Unidos y en otros países, incluido Chile, ha sido descubierta una nueva oportunidad de negocio para el capital: las carreras de automovilismo a muerte, con participantes cuya vida no vale nada y son fácilmente desechables como todo recluso. 

Cinematográficamente, el principal atractivo del filme reside la manera como lleva hasta las últimas consecuencias, al igual que la versión original, la lógica de las películas de persecución de carros en general, y de las competencias en particular. Además de hacer maniobras para que los adversarios choquen, en Death Race corren vehículos artillados, blindados y dotados de otras armas, como irrigadores de aceite, cortinas de humo, piezas que se desprenden para bloquear el paso de los rivales y napalm. Es la posibilidad extrema de la competencia, que por sus propias características pone al desnudo la desnaturalización que significa asumir la competencia de esa manera brutal. 

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En cuanto a la violencia de los medios, en Death Race se exploran las posibilidades de la convergencia entre la realidad virtual de los videojuegos y la vida real, llevada también hasta su límite. Las carreras se desarrollan en recintos cerrados que parecen haber sido creados para la pantalla por una consola. En el pavimento, por ejemplo, hay “botones” que permiten activar, cuando los carros pasan sobre ellos, las armas de las que están dotados, y sorpresivamente pueden cambiar las reglas, con la intervención de un “tanque”, como si se hubiera ascendido de nivel y se estuviera en otro “mundo”.

Lo importante de ello es la consumación de la atrofia de la sensibilidad a través de la virtualización del adversario, que es la etapa que podría seguir a la espectacularización de las tragedias transmitidas en vivo por la televisión actual. Además de que las carreras de Death Race son a muerte, y el ganador es el que sobrevive, el espectáculo no sólo consiste en verlos morir en directo. Para la presentación de los competidores eliminados en la carrera anterior, antes de la siguiente prueba, se explotan una y otra vez los instantes precisos en los que han perdido la vida. En esas secuencias, cuyo sentido va más allá del replay que puede ofrecer la televisión actual, termina de sellarse la identificación entre ellos y los personajes de videojuego. El significado de su eliminación no es otro que el de la pérdida de un muñequito, una muerte que sólo acarrea pérdida de puntos o la necesidad de volver a empezar el juego. 

Pero la principal crítica de la película es el vínculo implícito entre la competencia a muerte en las carreras sin reglas y la catástrofe que llevó a la sociedad ficticia de Death Race a una situación de crisis social como la que se imagina en la cinta. Tal como van las cosas, quizás habría que agregar el clásico cartelito: “Cualquier parecido…”. Los personajes principales del filme encuentran una respuesta práctica para salir de esa situación. Ojalá el público, además de darse el gusto con la acción, el refresco y las cotufas, se vaya a casa con ese planteamiento dándole vueltas en la cabeza. 

LA CARRERA DE LA MUERTE
Death Race, Estados Unidos, 2008 

Guión y dirección: Paul W. S. Anderson, basado en la historia de Death Race 2000 de Ib Melchior, y en el guión de Robert Thorn y Charles B. Griffith. Producción: Paul W. S. Anderson, Jeremy Bolt, Roger Corman. Diseño de producción: Paul Denham Austerberry. Fotografía: Scout Kevan. Montaje: Niven Howie. Música: Paul Haslinger. Elenco: Jason Statham (Jensen Ames), Joan Allen (directora de la cárcel Hennessey), Ian McShane (coach), Tyrese Gibson (Ametralladora Joe Mason), Natalie Martínez (Elizabeth Case), Max Ryan (Pachenko). Duración: 105 minutos. Formato: Super 35 mm, 2,35:1, color, Dolby Digital, DTS, SDDS.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info


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