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crítica
La clase / José Antonio Varela
Es el año de 1989 y
Tita (Carolina Riveros) es una joven que (sobre) vive en un populoso
barrio caraqueño. Ella anhela, entre otras cosas, llegar a ser el primer
violín de una orquesta sinfónica. Detrás de ésta joven hay dos
pretendientes: Yuri (Laureano Olivares) y Anselmo (Darío Soto); dos
personajes extraídos de dos mundos desiguales, o lo que es igual de dos
clases sociales dispares. Ambos admiradores hacen la función de símbolo
y representan de la manera más verosímil los paradigmas de esos dos
universos sociales. Tita, llevada por sus sentimientos, camina entre
esos dos estratos: por un lado conquistar la música académica y por el
otro sobrevivir a la aguda realidad de un territorio marginal. La
clase (2007) es una historia de amor pero también, a la par, admite
mirarse como una recreación de una época y de un acontecimiento
importante para la historia de Venezuela: El Caracazo. Esta
película es la opera prima del director José Antonio Varela quién
intenta mostrar el conflicto interno y las contradicciones de Tita, la
violinista, la hija, la profesora, la alumna y la amiga sin dejar exento
el mundo circulante.
Es fácil imaginar con
este preámbulo un público alistándose y armándose con los viejos y
vigentes prejuicios sobre el cine venezolano. La sinopsis quizá
contribuye con este efecto; la redundante historia que hace brillar la
“realidad social” levantada, construida y mantenida a partir de la
pobreza, la delincuencia, la violencia y la carencia de un sector de la
población. Ese constante motivo ha cansado paulatinamente a una parte
del público y ha hecho del medio un trabajo previsible, canónico algunas
veces.
Sin embargo, ese
cansancio temático puede verse en la mirada de Tita, el personaje
principal, quién, gracias a la música, a una amiga y a un pretendiente
(Anselmo) ha podido despegarse considerablemente del medio hostil donde
se desarrolla su vida cotidiana, a tal punto de cuestionar toda aquella
“normalidad” propia de un sector descuidado. Esa variable dentro del
personaje, esas contradicciones, preguntas, incomodidades y luchas es
lo que da sentido y vida a la película, así como una leve novedad.
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La clase
está construida bajo la conocida estructura convencional del melodrama.
El contexto geográfico es evidente y exacto, pudiendo ser cualquiera de
las barriadas caraqueñas. Ésta locación brilla en la mayor parte de la
historia, pero esa geografía también es referente a la interpretación
que hace el director del llamado Caracazo. La mirada de este episodio se
hace desde la misma confusión y desconcierto de la gente del barrio. Los
personajes son estereotipos que intentan exhibir la cercanía máxima con
la realidad; la verosimilitud en este caso se lleva de los diálogos a
las acciones negando cualquier rareza, sorpresa o incoherencia. El
personaje principal (Tita) es la que muestra un quiebre, sin mucho
bullicio, con respecto a los otros interpretes y a su manera arquetipal
de accionar.
Quizá lo más
significativo sea el conflicto interno de Tita. Por un lado, con el
mundo que la vio crecer y ve desarrollar su cotidianidad. El ambiente
lateral carente de servicios básicos y pletóricos de violencia conlleva
paulatinamente a que Tita muestre rechazo por esa tierra. Ese
sentimiento irá ganando terreno a medida que conoce otra realidad al
otro lado de la misma ciudad. Varias escenas ilustran esta hipótesis,
una de la más resaltante sucede mientras Tita, dentro de una iglesia,
imparte clase de música a los niños del barrio. Esa actividad es
interrumpida bruscamente por la acción de un delincuente que secuestra a
los niños que andan en la clase escudándose así de las fuerzas del
orden. Sin embargo, la madre del agresor actúa de mediadora y el mismo
decide entregarse a la policía. Su entrega por otra parte es su muerte.
Esa muerte afecta a Tita; a pesar de la horrible escena del secuestro,
quién ve en el difunto a una persona frágil, adicta y rechazada. Casi un
condenado. La policía también está corrompida y no es calco de
protección. La negación de Tita de asistir al entierro se debe
principalmente al caos que precede la ceremonia: decenas de motorizados,
alguno de ellos armados disparando al aire y bebiendo vía al cementerio.
Ante eso Tita prefiere irse al ensayo con la orquesta. Pero internamente
ambos sucesos debaten y persisten: lo que vivió y el concierto.
Pero la molestia abarca
también su hogar. Si bien su familia no muestra una hostilidad grave
ante las actividades extra de Tita; la misma, ante otras necesidades más
apremiantes, desvalora la música. El sonido del violín llega a molestar
porque no permite escuchar la televisión. Son muchas las interrupciones
al momento de ensayar y practicar lo que conlleva lógicamente a un bajo
rendimiento en la ejecución de su instrumento. Ante ese ambiente
hogareño y comunitario florece un obvio y esperado cansancio. Hay líneas
en los diálogos de la protagonista que son contundentes y lo confirman:
“¿Cuándo vamos a cambiar? (…)”; “todo el tiempo una peleadera, una
gritadera” (…); “esto es el infierno, vivimos en el infierno” (…);
“ustedes siempre con la misma mierda”.
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Uno de los recursos
empleados para narrar la historia es apelando a la muestra de esas dos
realidades paralelamente. Esa dualidad externa hace comprensible la
desarmonía de Tita y hace la película más llevadera por el ambiente de
compensación. También nos hace reparar indirectamente en el
autodescubrimiento del personaje, sobre sus anhelos y las circunstancias
que lo rodean. Tangencialmente la historia va dejando ver uno de los
proyectos que ha tenido éxito en el campo cultural venezolano como lo
son las redes de orquestas infantiles y juveniles. Comunidades
desfavorecidas socialmente han visto en la ejecución de la música una
suerte de salvación al camino posible de la delincuencia o acción afín.
Como alguna vez lo dijera Friedrich Schiller en su libro Cartas sobre
la educación estética del hombre el arte hace humano al hombre, lo
complementa. Tita parece encarnar esas utópicas ideas.
El
contexto indirectamente apunta hacía la crisis de aquel momento. El
malestar de Tita por las limitaciones y dificultades donde vive es a un
tiempo la incomodidad que sienten muchos ciudadanos, salvo que estos
últimos no se refugian en la música como un mundo alterno. Toda esta
narración se va agotando y reduciendo a una fecha exacta: 27 de febrero
de 1989, es decir a la baja de los precios del petróleo, el “paquete
económico” en la presidencia de Carlos Andrés Pérez aunado a otras
causas generaran una serie de protestas a nivel nacional, violencia,
saqueos, y, sobre todo, muerte. La escena final concentra ese ambiente
y resalta la muerte. El aturdimiento ante ese hecho marca a Tita y marca
un brusco final en la historia que deja una rendija para que quizá
hagamos conjeturas ante esa vida y la realidad que atiende. Lo cierto es
que a través de este personaje y sus peculiares desarmonías, preguntas y
miradas se va llegando a un escenario pletórico, aún más, de preguntas,
angustias y molestias que dejó una huella en la historia reciente de
Venezuela. Rescatar esa memoria colectiva y exhibir un mundo individual
hasta el punto de fusionarlo parece una buena forma de decir algo y que
La clase desea comunicar.
Jairo Rojas
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