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crítica
Fronteras contra natura
La exclusión separa lo que
por naturaleza debe estar junto. Esta es la premisa de La misma luna
(2007), filme escrito por Ligiah Villalobos, dirigido por Patricia
Riggen e interpretado por Adrián Alonso, Kate del Castillo y Eugenio
Derbez, entre otros. A través de la historia de un niño de nueve años de
edad que tiene cuatro años sin ver a su madre, y cruza clandestinamente
la frontera de México y Estados Unidos para reunirse con ella, la
película consigue dar un giro de lo más evidente del problema –la
persecución de los inmigrantes ilegales– a lo más profundo: cómo la
situación social que ha generado el drama fronterizo –y que existe a
ambos lados de la línea limítrofe, en ambas sociedades– penetra
hondamente en la vida de las personas dividiéndolas, convirtiéndolas en
seres incompletos. La cinta por sí misma representa, además, un ejemplo
del tipo de plenitud que podría alcanzarse si la relación entre Estados
Unidos y México fuera otra. La misma luna es una síntesis de
cultura y televisión mexicanas con cine indie estadounidense. La
segunda fuente equilibra los excesos de la primera, mientras que el
aporte latinoamericano expande la emotividad característica de muchas
producciones independientes de Estados Unidos.
La primera secuencia de
La misma luna relata el angustioso cruce nocturno de un río por
parte del grupo de inmigrantes ilegales del cual formó parte Rosario
(Del Castillo). Los mexicanos son descubiertos por la patrulla
fronteriza y ella queda entre los pocos que logran escapar. Suena el
despertador y todo parece haber sido una pesadilla. Rosario se despierta
y se levanta, y lo mismo hace su hijo, Carlitos (Alonso). En paralelo se
ve el desarrollo de las actividades típicas de la mañana en cualquier
familia, y da la impresión de que, como es natural que ocurra, se trata
de la madre y el niño, que comparten la rutina hogareña. Pero poco a
poco comienzan a notarse diferencias que van revelando que los dos no
están en el mismo lugar, ni tienen las mismas condiciones de vida, y
ello es así porque Rosario está en Los Ángeles, Estados Unidos, y
Carlitos al sur de la frontera, en México.
Así
como no es una familia como se supone que ha de serlo, la relación
madre-hijo también está distorsionada por la separación. El título, y la
explicación que hay de la frase en lo que Rosario le dijo una vez a
Carlitos –que cuando se sienta solo mire la luna, porque es la misma que
ella podría estar viendo– introducen un lugar común del amor distante,
que un amor distinto del filial. Y eso no es todo. La relación entre los
dos se mantiene por teléfono y por carta, y en las conversaciones los
sentimientos y las expresiones de afecto, puesto que no hay contacto
físico, se manifiestan a través de palabras de amor que no parecen ser
las que un niño común y corriente dirigiría a su madre. Otro amor se
filtra en ellas.
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Esa
es la principal forma como el filme muestra lo que hace la frontera al
penetrar en la vida de la gente, más allá de la persecución. Es, además,
una de las dos características singulares que distinguen a esta película
como cine indie, en la medida en que la diferencian de lo que es
habitual en la industria cultural de Hollywood y de la televisión
mexicana. La otra es que los amantes que son madre sólo aparecen juntos
en un breve plano en el que Carlitos sueña con Rosario –que se reúnan o
no, a pesar de eso, es algo que no sería correcto revelar aquí–.
Mantener al espectador conectado con la historia sobre la base de esta
permanente tensión es un logro de Patricia Riggen como directora.
También hay otras perturbaciones sutiles, pero no por ello menos duras,
que el entorno social de la frontera causa en la vida de los personajes,
y que la película muestra para diluir un poco, quizás también, otras
críticas más contundentes y con destinatario político muy claro –en un
programa de radio que se escucha llaman “ojete” al gobernador de
California, Arnold Schwarzenegger, y le recuerdan que él es también un
inmigrante, que vino de un país mucho más lejano que México, además, por
ejemplo–.
Al
sur de la línea divisoria, Carlitos disfruta de algunas comodidades que
no tiene un amigo suyo. Usa unos zapatos deportivos con luces que se
encienden en la suela cuando camina, viste mejor y, en vez de vender
chicle por la calle, trabaja con una “coyota”, una mujer que se encarga
de pasar gente clandestinamente a Estados Unidos. “Tienes suerte de
tener una mamá”, le dice el otro niño, pero justamente ese es el punto:
él tiene esos pequeños lujos porque su madre está del otro lado de la
frontera y le envía regalos y 300 dólares mensuales a la familia. Es un
niño que se parece más a lo que debería ser un niño normal por causa de
lo mismo que le impide tener una vida normal y feliz: le falta la mamá
que el otro dice que tiene, la que le compra esas cosas. Igual ocurre
con Rosario en Los Ángeles: ella vive por completo volcada a hacer feliz
de esa manera enrarecida a su hijo –que es la única felicidad que puede
darle– y por eso se niega el disfrute de su condición de mujer joven y
hermosa. Las relaciones de pareja posibles, además, están siempre
enturbiadas por la ilegalidad. El hombre que la corteja, por ejemplo,
saca a relucir, con escalofriante desfachatez, que tiene los papeles en
regla y que casarse con él significaría para ella regularizar su
situación en Estados Unidos. Así no tendría que gastar 4.000 dólares
para que lo haga un abogado.
Entre
los estadounidenses hay también problemas similares, y mostrarlos es
otro acierto del filme. Los que llevan a Carlitos del otro lado de la
frontera son dos estudiantes descendientes de mexicanos, que deciden
incursionar en ese negocio como solución desesperada para poder pagar la
matrícula de la universidad. La problemática social que crea el drama de
la frontera representa también una barrera entre ellos y el futuro. Otro
personaje estadounidense ayuda al niño con la promesa de recibir 100
dólares porque es un adicto a la heroína, y plantea la pregunta de si,
cuando se esgrime la competencia laboral como argumento en contra de la
inmigración, no habría que distinguir entre la gente que no tiene
trabajo y aquella que no tiene disposición para trabajar o capacidad de
hacerlo. Ese es otro un problema social diferente, y un muro distinto
que también le corta el camino al porvenir de Estados Unidos. Otro
detalle es que el mismo gobierno que persigue a los inmigrantes no puede
evitar ocuparse del problema de otras maneras, dada la cantidad de gente
involucrada. En las carreteras, por ejemplo, coloca señales de tránsito
que advierten a los conductores que no deben atropellar a la gente que
el mismo gobierno quiere deportar, cuando cruza corriendo las carreteras
en su viaje hacia una vida mejor en el Norte.
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Mexicanos y estadounidenses, finalmente, están repartidos de la misma
manera en lo que a la moral respecta. No son buenos los de una
nacionalidad y malos los de otra; lo que cuenta son las decisiones que
toma cada persona. Enrique (Derbez) se porta como un miserable con
Carlitos antes de aceptarlo como compañero de ruta, y se burla de los
inmigrantes de otros países y de los indios de Estados Unidos, y así
como hay mexicanos que corren riesgos para ser solidarios con sus
paisanos, y comparten lo poco que tienen, en el filme hay otros que
podrían haber robado a Carlitos, e incluso venderlo con fines terribles.
Y entre los estadounidenses igual: una mujer muy rica despide a Rosario
por capricho mientras que la familia Snyder es amable con ella, y hay
una señora que se toma el trabajo de buscar a la sirvienta cuando la
llaman a su casa para decirle que su madre murió en México y su hijo
partió clandestinamente hacia Estados Unidos. No es maniquea La misma
luna, ni se inclina por condenas colectivas. Por el contrario,
apuesta por convencer a los individuos que, con su voto y su actitud en
la vida cotidiana, pueden hacer una diferencia en el trato al
inmigrante.
El
filme también tiene varias debilidades. Kate del Castillo parece ser
demasiado bella para el personaje de Rosario y sus lágrimas no bastan
para hacerla del todo convincente como madre, a diferencia de Adrián
Alonso, que es el pilar de la película con un personaje que es la
negación del estereotipo estadounidense del mexicano: es inteligente,
valiente, trabajador, responsable, habla inglés correctamente... Es un
héroe pequeño en un mundo de grandes, toda una metáfora de la situación
de los mexicanos en Estados Unidos, que es de marginación, no de
inferioridad. A Derbez también se le notan a veces los trucos, sobra el
episodio en que Carlitos encuentra a su padre y hacia el final hay
momentos en los que la historia se enreda con los rollos de Rosario.
Pero al negarle al espectador un consuelo barato por el importe de la
entrada, La misma luna confirma su calidad. En vez del poder ser
de la fantasía, concluye con un dedo que apunta al deber ser de la
justicia social: el último plano es un semáforo que cambia del rojo al
verde que permite cruzar al otro lado.
LA
MISMA LUNA
México-Estados Unidos, 2007
Dirección:
Patricia Riggen. Guión: Ligiah Villalobos. Producción:
Patricia Riggen, Gerardo Barrera. Diseño de producción: Gloria
Carrasco, Gloria Giménez Cacho. Fotografía: Checco Varese.
Montaje: Aleshka Ferrero. Sonido: Santiago Núñez Rojo.
Música: Carlo Siliotto. Elenco: Adrián Alonso (Carlitos),
Kate del Castillo (Rosario), Eugenio Derbez (Enrique), Maya Zapata
(Alicia), América Ferrera (Marta), María Rojo (Reyna), Carmen Salinas
(doña Carmen), Gabriel Porras (Paco), Los Tigres del Norte. Duración:
106 minutos. Formato: 35 mm, 1,85:1, color, Dolby Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
epgslgll Agregado: 18 Febrero 2010 / 8:27 PM
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