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crítica
Opio del 68
Vuelve el tema de mayo de 1968 con espíritu de desengaño en Los
amantes habituales de Philippe Garrel (Les amants régulieres,
2005). Lo del regreso no se refiere únicamente a la historia sino
también al filme de Bernardo Bertolucci Los soñadores (The
Dreamers, 2003). En las dos películas actúa Louis Garrel –mejor
acompañado por una perturbadoramente erótica Eva Green en la de película
de Bertolucci que por Clotilde Hesme en la de Garrel– y el cineasta
italiano es traído a colación en Los amantes regulares por un
comentario a cámara del personaje de la chica. Si en Los soñadores
el Mayo Francés entra por la ventana, en forma de adoquín lanzado
desde la calle que sacude el pequeño mundo intelectualoide del trío
protagonista, que intenta cerrarle la puerta a todo aquello que no sea
tensión sexual, cine o entretenimiento ideológico, la cinta de Garrel
dedica a una larga secuencia a la lucha en las barricadas. Las dos
películas apuntan en direcciones contrarias: mientras que la revolución
vuelve a plantearse como alternativa en Los soñadores, quizás con
más de nostalgia que de respuesta crítica a las angustias del presente,
en Los amantes regulares hay un lento pero inexorable
aplastamiento de las ilusiones por la lápida de la “normalidad”.
Lo
mejor del filme de Garrel es la fotografía de William Lubtchansky, en un
precioso blanco y negro fuertemente contrastado. Su perfección, sin
embargo, se inscribe aecuadamente en la apología del aburguesamiento que
se hace en el filme: el estilo muestra influencia de la Nueva Ola pero
también representa un retorno a la normalidad clásica. “Burgués” no es
una palabra caprichosamente usada por el crítico en este caso: en la
secuencia del Mayo Francés se insertó un flash back histórico a los que
parecieran ser los tiempos de la Revolución Francesa y cuyo protagonista
es una representación del “pueblo”, una noción inventada por la
burguesía para gobernar en nombre de una “nación” en la que se borran
las diferencias de clase social. Si en otra escena aparece un
manifestante que quema una bandera de Francia, debe entenderse entonces
que el flash back es una crítica de eso. La revolución que imagina
protagonista es la continuación de la de libertad, igualdad y
fraternidad de 1789, no una revolución proletaria.
La
representación de la lucha callejera también está brillantemente lograda
desde el punto de vista de lo que significa obtener un resultado que
funcione cinematográficamente con recursos de producción sumamente
limitados. Igualmente por la capacidad de hacer una
representación alucinante de la participación en un conflicto en el que
la violencia se traduce en detalles que no logran armar un todo
coherente. No hay una visión general de los disturbios sino la
perspectiva limitada de quienes luchan en una barricada, primero, y de
la huida de los personajes de la policía, después. Los choques ocurren
de noche, de manera tal que el lugar es apenas visible, salvo por lo
tocante a la montaña de adoquines que es la barricada y a los carros que
se vuelcan para atrincherarse detrás de ellos. En el combate tampoco se
ve al adversario. Es particularmente lúcida la escena en la que los
policías disparan bombas lacrimógenas a los manifestantes utilizando un
mortero que apunta hacia la cámara: parece salida de una película de
guerra pero sin un enemigo enfrente. En general se perciben fragmentos
del espectáculo de la agitación y el desorden callejeros pero no hacia
qué se orientan la protesta ni la represión. Es el Mayo Francés sin la
historia.
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| Trailer de Los
amantes habituales |
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Extinguidos los disturbios sin que quede clara la razón política, la
fuerza que vuelve a poner las cosas en su santo lugar es telúrica,
cósmica en la cinta, y por eso mismo tampoco es representada como
social. En el caso del protagonista, Francois, el camino hacia la
“realidad” comienza con el encuentro con Lilie (Hesme) que, como reza el
lugar común sexista, es “terrenal”, mientras que la mente del hombre es
presta a remontarse a alturas más sublimes que resolver el problema de
encontrar dónde vivir. De hecho, Lilie es una “proletaria del arte” –una
estudiante de escultura que trabaja en una fundición en la que se hacen
esculturas en metal–. Francois, en cambio, es un poeta que ni trabaja ni
estudia, y cuya renuencia a formar parte de la sociedad es ilustrada
desde el comienzo del filme cuando huye de los policías que van a su
casa a llevarlo por la fuerza a hacer el servicio militar. Luego de los
sucesos de mayo encuentra refugio en la comuna del apartamento de su
amigo Antoine, un rico heredero –“mi dinero es indisociable de mí pero
yo soy algo distinto de mi dinero”, filosofa– que dedica su vida a
albergar artistas y a fumar opio, como un dandy del siglo XIX. Y allí
continuará con sus amigos, en una rutina que lo mantiene al margen de la
rutina del mundo hasta el final. Lo extravagante se le hace cotidiano
sin cambiar por ello la vida del grupo.
El
protagonista de Los amantes habituales es consecuente a todo lo
largo de la historia con su propósito de mantenerse al margen del
compromiso. Es ese detalle el que quizás marca la confrontación directa
con la cinta de Bertolucci. El problema es que esa actitud no es
crítica. Representa, en cambio, lo que podría llamarse una atrofia de la
historia, para utilizar una expresión de Walter Benjamin: el
acontecimiento que se considera como trascendente para la lucha de
clases deviene novela íntima burguesa, un relato individual que no tiene
otra repercusión que la que se agota en la cuestión psicológica del
negarse a aceptar el inefable curso de los acontecimientos y en la
excentricidad. Algo similar ocurre con el eco de la Nueva Ola en la
fotografía, las relaciones de pareja abiertas e incluso la música de
Nico y el rock: el gusto de la juventud rebelde del pasado deviene mero
look en el presente, que es la expresión característica de la
atrofia estética.
LOS AMANTES HABITUALES
Les amants réguliers,
Francia, 2005
Dirección:
Philippe Garrel. Guión: Philippe Garrel, Arlette Langmann, Marc
Cholodenko. Producción: Gilles Sandoz. Diseño de producción:
Nikos Meletopoulos, Mathieu Menut. Fotografía: William
Lubtchansky. Montaje: Francoise Collin, Philippe Garrel.
Sonido: Alain Villeval. Música: Jean-Claude Vannier.
Elenco: Louis Garrel (Francois Dervieux), Clotilde Hesme (Lilie),
Julien Lucas (Antoine), Eric Rulliat (Jean-Christophe), Nicolas Bridet (Luc),
Mathieu Genet (Nicolas). Duración: 178 minutos. Formato:
35 mm, blanco y negro.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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