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críticas
El rap de la tolerancia
El
tema de Son de la calle
es una mina de oro: cómo la música y la juventud pueden unir a la gente
de clases sociales y color de piel diferentes. Se desarrolla en los
escenarios concretos urbanos del barrio y la urbanización, con
personajes van de un ambiente social al otro, y da cuenta de las
manifestaciones culturales en las que una parte de la juventud de hoy se
identifica, como el hip hop, el reguetón y los parkours. Es una parte
importante del arte juvenil del aquí y el ahora, aunque algunos
consideren esa música como cosa de baja estofa. Si se la desprecia es
quizás porque viene de abajo.
El
protagonista, Jorge (Emilio Vizcaíno, de Los Cadillac's), es un muchacho
blanco de clase alta aspirante a músico que encuentra en Jimena (Krisbell
Jackson), mesonera morena de un cafetín de la universidad, el puente
para introducirse en el ambiente del hip hop del barrio y poder medirse
con los raperos duros en una batalla musical. Ella accede a un
“intercambio cultural”: él deberá llevarla en su camioneta a un sitio,
desconocido al principio y que luego se sabrá que se trata de una
academia de ballet. Lo que se establece entre ellos es un ejemplo
característico de lo que llaman “tolerancia negativa”: aceptación del
otro sólo por razones de conveniencia. Uno de los aciertos del filme es
que retrata agudamente las expresiones sociales cotidianas
características del temor y el odio mutuos que no se acaba de esa
manera: el miedo a la gente del barrio por suponerlos a todos
delincuentes en un caso; la actitud a la defensiva en el otro, el
sentimiento de ser siempre una víctima.
De
eso se pasa pronto a mostrar otra forma de tolerancia, la que llaman
“tolerancia positiva”. Cuando Jorge sube al escenario para batirse
rapeando con un músico del barrio es duramente ridiculizado por su
aspecto que revela el sector social del que proviene, pero se gana el
respeto del rival y del público al responderle duramente en el
contrapunteo. A través de la habilidad que demuestra su calidad como
artista conquista una aceptación que se establece justamente en el
terreno en el que pueden señalarse también las diferencias: el rapeo.
Sucede también en una escena de contrapunteo entre reguetoneros y
cultores del hip hop: a la vez que se destetan unos a otros, los
seguidores de ambas tendencias muestran que hay acuerdo entre ellos en
que es en la música donde debe manifestarse la rivalidad, y reconocen el
triunfo del más virtuoso. Eso último establece también el puente con los
parkours, otra de las manifestaciones culturales juveniles representadas
en la película: no son músicos pero son admirados en el barrio porque
son excelentes en lo que hacen. La clave de esa otra tolerancia, en
resumen, es el respeto ganado sobre la base del talento y la excelencia
que se manifiesta en aquello que se hace, a pesar de las diferencias.
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También hay otras vías por las que la
“tolerancia positiva” se establece entre los personajes de Son de la
calle: el mutuo disfrute del sexo y el amor. Lo primero es lo que se
da entre el músico del barrio Sonny (Chino, de Chino y Nacho) y Tamara
(Paula Bevilacqua). Los dos se conocen cuando Sonny visita a Jorge,
hermano de la muchacha, y el deseo los lleva a la cama. Pero es una
tolerancia ambivalente la que surge de esa manera, porque el
comportamiento de Tamara está marcado por la promiscuidad, el abuso de
la cocaína y la falsa rebeldía. Su relación con Sony tiene algo de vicio
y de mero intento de hacer rabiar a sus padres, tanto por exhibir su
libertinaje sexual como por la elección como pareja de alguien al que
desprecian por su clase social, aunque también queda claro que ella
desea a Sonny y, si no pareciera que llega a quererlo de verdad, es
porque no es capaz de amar a nadie por sus problemas. Al hacer coincidir
el vicio y el goce del placer erótico en el mismo personaje el filme
expresa en esa subtrama un conservadurismo moral que desentona con su
postura a favor de la tolerancia, e incluye el castigo de todos los
pervertidos y malvados. Justicia poética la llaman.
La tolerancia por la vía del amor es
la que termina dándose entre Jorge y Jimena, como cosa inefable de la
trama. Es tolerancia cuando el “intercambio cultural” se convierte en
ese otro vínculo y porque incluye la dedicación del uno al otro. No sólo
se trata de respetarse sino de involucrarse en los sueños de la pareja y
apoyarlos, aunque sea una persona diferente.
Hay un divertido alegato contra el
machismo en Son de la calle al poner como ejemplo de la hombría
del rapero que quiere ser Jorge su disposición a ponerse una malla de
ballet para que Jimena pueda tener la pareja que necesita en sus clases,
y los dos parecen compartir, además del deseo, el placer de bailar a su
manera, cuando les toca intentarlo. El contraste del comportamiento del
joven con la frontal discriminación racial y social de la profesora de
ballet –el uso del francés para marcar distancia y el hecho de que todas
las demás alumnas sean blancas lo ilustran con agudeza sin que haga
falta hacerlo explícito en los diálogos– permite apreciar la diferencia
entre el Jorge tolerante y los miembros de su clase que no lo son, como
también ocurre con la conducta racista y clasista de sus padres.
Cómo crear conflictos que permitan
construir una historia en la que los protagonistas son tolerantes es un
problema que no logró resolverse de la mejor manera en Son de la
calle. La contrapartida de los encuentros que hacen parecer borrosas
las diferencias de clase y de color de piel es una clara contraposición
de buenos y malos, aunque estén tanto en el barrio como en la clase
alta. Ejemplo de lo primero es Alexis (Franco Bellomo de L'Escuadrón),
el hermano malandro de Jimena; de lo segundo la madre de Jorge y Tamara,
cuyo rechazo a Sonny por negro y pobre la lleva a vincularlo con un robo
que ocurre en su casa. La relación con los protagonistas termina de
redondear el esquema de Romeo y Julieta como sombra que se cierne
sobre los amores de Tamara y Sonny, y de Jorge y Jimena, a la que la
imaginación telenovelesca agrega una enfermedad terrible que ella
mantiene en secreto.
La tolerancia positiva alcanzada sobre
la base del mutuo interés en la música y admiración del virtuosismo en
general tiene como reverso, además, un oscurecimiento de las diferencias
sociales, que se limitan a que unos tienen cosas de las que los otros
carecen, sin profundizar en las causas. El galán le dice a Jimena que él
no tiene la culpa de la pobreza y la violencia del barrio, pero para
muchos espectadores puede no estar del todo claro que la miseria de unos
esté desligada de la riqueza de los otros, como parece creer Jorge. La
miseria es representada así como una desgracia, como un mal inexplicable
que azota a los pobres al igual que la enfermedad de Jimena deterioró
físicamente y mató a su madre. Es cosa del destino cruel y no de un
sistema social que produce injusticias intolerables.
Con todo la película se sostiene bien
como musical juvenil y la participación de las estrellas termina de
redondearla como el producto que es: un espectáculo sobre la tolerancia,
forjado con el metal precioso de la música y la juventud, con el alcance
y las limitaciones propias del cine de entretenimiento.
SON DE LA CALLE Venezuela, 2009
Dirección e idea original:
Julio César Bolívar. Guión:
Yutzil Martínez, José Vicente Spataro. Producción:
Adolfo López, Julio César Bolívar. Fotografía:
Cezary Jaworski. Montaje: Julio
César Bolívar, Yolimar Aquino. Sonido:
Josué Saavedra, Luis Contreras. Dirección musical:
Franco Bellomo, César Velásquez. Elenco:
Emilio Vizcaíno (Jorge), Krisbell Jackson (Jimena), Franco Bellomo
(Alexis), Chino (Sonny), Paula Bevilacqua (Tamara), Julie Restifo
(Cristina), Manuel Salazar (Ernesto), Sandra Martínez (la Wonder), Nacho
(Grillo), Manuel Colmenares (Arturo), Brenda Hanst (Lady Di), Gaby
Mendoza (Niña Gaby), Rekesón (Rekesón), Gabylonia (Gabylonia), MC
Klopedia (MC Klopedia), Zhandra de Abreu (Maricé), Carlos Moreno (Jeanfreddy).
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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