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crítica
La destrucción del Museo Guggenheim
Hubo una época en la que generalmente se suponía que la política se
desarrollaba con arreglo a una lógica comprensible. Ello se debía a que las
diversas fuerzas en pugna se desenvolvían con arreglo a lo que Maquiavelo
entendía por realidad en la lucha conquistar el poder y conservarlo. Esos
tiempos más felices, en lo que respecta a la ausencia de la angustia que la
incertidumbre puede causar, legaron al cine monumentos como La batalla de
Argel de Gillo Pontecorvo (La battaglia di Algeri, 1966) y
Estado de sitio de Costa-Gavras (État de siége, 1972). La primera
mostraba cómo el engranaje que ponen en marcha los independentistas
argelinos, al hacer de las bombas y el asesinato los métodos de combate,
conduce irremediablemente a la derrota, y que la pretensión de Francia de
continuar manteniendo bajo el dominio colonial el país árabe requiere,
inexorablemente, que la república democrática se convierta en torturadora;
la segunda, cómo el juicio político y ejecución clandestinos del artífice
estadounidense de la guerra sucia contra la izquierda en Uruguay, por parte
de una vanguardia armada, sólo allana el camino para el golpe y para la
llegada al país de otro torturador extranjero. El desenlace de esas
historias era terrible, pero la claridad en relación con las causas permitía
entender la necesidad de buscar la liberación por otros caminos, como se
muestra en final de La batalla de Argel, esperanzador en la justa
medida en que puede serlo que los nacionales remplacen a los foráneos en el
ejercicio del poder.
En el presente suele darse por sentado que esa máquina no funciona sin esa
pieza vital que fue la Unión Soviética. Por tanto, puede ocurrir que o bien
se añore ese régimen dictatorial como factor de equilibrio geopolítico o se
esquive la difícil tarea de pensar la nueva realidad y se la sustituya por
ejercicios de la imaginación. Agente internacional, de Tom Tykwer (The
Internacional, 2009), va por el segundo camino. Parte apertrechada para
ello con dos actores que encarnan lo post: Naomi Watts (Eleanor
Whitman), a quien Erich Keursten llamó “madre de los espejos postmodernos”
en Bright Light Films, debido a su capacidad de crear personajes a
los que es imposible imaginarles una persona como referente, tal como ocurre
en Mulholland Dr (2001), y Clive Owen (Louis Salinger), el héroe
postapocalíptico de Hijos del hombre (Children of Men, 2006),
cuyo rostro se presta para interpretar una figura en la que las inquietudes
del presente muchos creen ver reflejadas: el investigador paranoico. El
referente real de lo post en el mundo imaginario del filme son
instituciones como el Banco Internacional de Negocios y Crédito, que están
involucradas a la vez con la CIA y el Hizbolá, o personas el empresario
turco Ahmet Sunay, que vende equipo militar a los
israelíes, a los árabes y a Irán, o el ex jerarca de Alemania Oriental Wilhelm Wexler, asimilado al stablishment gubernamental-empresarial. En vez
de conflictos reales, por tanto, en el mundo post no habría más que
un teatro de marionetas cuyos hilos mueve la nueva Internacional corporativa
del título en inglés, y la única forma eficaz de combatir a esos villanos es
dejar de lado las instituciones políticas y de justicia, que supuestamente
están todas al servicio de esa fuerza siniestra, y lanzarse a perseguirlos
por callejones y tejados, con una pistola en la mano. Si alguna virtud tiene
la concepción del presente que se halla plasmada en el filme es que pone de
manifiesto la relación lineal que existe entre el paranoico y el psicópata
que toma un arma y comienza a dispararle a la gente sin razón ni motivo
comprensible.
De Agente internacional, como cine, puede rescatarse el tiroteo que
se desarrolla en el Museo Guggenheim, en Nueva York, del que se construyó
una réplica fiel para destruirla a balazos. Tykwer no es Brian de Palma, y
la secuencia no rebasa los límites del espectáculo para convertirse en un
delirante homenaje al cine, como ocurre en Los intocables (The
Untouchables, 1987), pero permite deleitarse perversamente con el plomo
al arte que propugnaban los futuristas. Está perfectamente en sintonía,
además, con la lógica de la película: si los bancos del filme dominan el
mundo en secreto, no hay razones para no sospechar que su mano peluda
controle también los hilos del arte.
AGENTE INTERNACIONAL The International, Estados Unidos-Alemania-Reino Unido, 2009
Dirección:
Tom Tykwer. Guión:
Eric Singer.
Producción: Lloyd Philips, Charles Roven, Richard Sucke. Diseño de producción:
Uli Hanisch. Fotografía: Frank Griebe.
Montaje:
Mathilde Bonnefoy.
Música:
Reinhold Heil, Johnny Klimek, Tom Tykwer. Elenco: Clive Owen
(Louis Salinger), Naomi Watts (Eleanor Whitman), Armin Mueller-Sahl (Wilhelm
Wexler), Ulrich Thomsen (Jonas Skarssen), Brian F. O'Byrne (el
consultor), Haluk Bilginer (Ahmet Sunay), Luca Barbareschi (Umberto
Calvini). Duración: 118 minutos. Formato: rodada en 35 mm
y 65 mm con intermedio digital; proyectada en 35 mm anamórfico, 2,35:1;
color, Dolby Digital, DTS, SDDS.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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