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crítica
Australia asusta
La película independiente
australiana Wolf Creek (2005), escrita y dirigida por Greg Mclean,
ganó notoriedad por su participación en el Festival de Sundance, donde
fue adquirida por la compañía de los hermanos Weinstein para su
distribución internacional. Es un producto dirigido a un público muy
específico: principalmente los amantes del terror que han convertido en
objeto de culto filmes recientes como Violencia diabólica de Rob
Zombie (The Devil’s Rejects, 2005) y El despertar del miedo
de Alexandre Aja (Haute tension, 2003). Se inscribe, además,
en el gusto en boga por el terror de los años setenta, con su
inclinación al realismo, sin mucho efecto especial, y su predilección
por los asesinos psicópatas. Sigue la corriente actual del terror que
tiende al documentalismo, lo cual es básicamente en este caso una
inquietud por explorar una estética de la imagen rústica por parte del
director de fotografía, Will Gibson, no un artificio narrativo como en
El proyecto de la bruja de Blair de Daniel Myrick y Eduardo
Sánchez (The Blair Witch Project, 1999). Y no deja de ser,
finalmente, un compendio de citas de muchas otras películas, como se ha
puesto de moda también en un género tantas veces recorrido como es el
terror.
Aunque se le ha considerado como una suerte de versión de La masacre
de Texas de Tobe Hooper (The Texas Chain Saw Massacre, 1974)
por el tópico del peligro que acecha a los citadinos en un lugar
siniestro, fuera de la ciudad, el tratamiento del ambiente es diferente
en Wolf Creek. Lo que explota el realizador es cómo la vastedad
del paisaje australiano puede tornarse escalofriante, en la medida en
que constituye un espacio insondable en el que cualquier monstruo podría
surgir de más allá del horizonte. La comparación con el espacio exterior
es explícita: la película relata la historia de tres jóvenes turistas
que, como parte de un largo viaje por carretera a través del país,
deciden visitar el cráter de donde toma el título el filme, producido
por un meteorito. En la película, además, se citan algunos tópicos de la
mitología sobre criaturas del espacio exterior, que tiene en Los
expedientes secretos X (The X-Files, 1993-2002) su mejor y
más completo compendio.
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Pero
el psicópata de la cinta, bien interpretado por John Jarratt, es un
personaje de un mundo rural: un cazador de animales salvajes y de gente.
Es, específicamente, una cita irónica de Cocodrilo Dundee de
Peter Feiman (Crocodile Dundee, 1986) –otra cinta de Australia–.
Puesto que también emerge de un paisaje característico de ese país,
habría que concluir que Wolf Creek no es una versión australiana
de otra película de terror, como dicen los que exageran la influencia de
La masacre..., sino una versión terrorífica de Australia.
Sin
embargo, es también un compendio de citas de otros filmes, como se dijo
al principio, y uno de los placeres del cinéfilo formado en la era del
video es reconocer las múltiples referencias. Wolf Creek hace
recordar, por ejemplo, a The Most Dangerous Game de Irving
Pitchel y Ernest B. Schoedsack (1932) y a todas las películas del género
de la cacería humana. También las cintas de persecuciones en carretera,
de las cuales en Australia destaca Mad Max de George Miller
(1979), e incluso las cintas de la guerra de Vietman, en una escena al
final, además del torture porn de la actualidad, con la salvedad
de que en el filme se prescinde casi por completo de los excesos de
truculencia. Wolf Creek, como tantas otras películas actuales de
terror, tiene a Frankenstein como paradigma, no porque haya un
monstruo parecido sino porque está hecha de la unión de trozos de muchas
otras cintas del pasado. El arte consiste en que no se noten los puntos
de sutura, a lo que en este caso se añade el placer de la tensión que
existe entre las referencias cinematográficas y el realismo, al igual
que entre el género trasnacional y la importancia del paisaje nacional
de Australia.
Pero
el principal atractivo, por sobre todo eso, es la cámara documentalista
del filme, que fue rodado en video de alta definición con una Sony HDW-F900.
Es un placer ver cómo se aprovecha, por ejemplo, la distorsión de la
lluvia en el parabrisas, o la aparición de las luces de otro carro en la
distancia, en medio de un desierto donde no se ve absolutamente nada.
Ese es el encanto visual de la película, y no la vulgaridad de los
efectos especiales trillados que continúan repitiéndose en el cine
estadounidense. Wolf Creek se decanta así hacia la exhibición de
pericia en la realización a través de un lenguaje rústico. No es una
cinta innovadora, salvo en lo tocante al aprovechamiento del paisaje
australiano como lugar del miedo, pero apunta a ser disfrutada como se
goza de la música escrita: a través de la ejecución virtuosa y con
estilo personal de un potpurrí de piezas por todos conocidas.
WOLF CREEK
Australia, 2005
Dirección y guión:
Greg Mclean.
Producción:
Greg Mclean, David Lightfoot.
Diseño de producción: Robert
Webb. Fotografía: Will Gibson. Montaje: Jason Ballantine.
Sonido: Pete Smith. Música: Francois Tétaz.
Elenco:
John Jarratt (Mick Taylor), Cassandra Magrath (Liz Hunter), Ketsi Moráis
(Kristy Earl), Nathan Phillips (Ben Mitchell).
Duración:
99 minutos. Formato: HDTV inflado a 35 mm, 1,85:1, color, Dolby
Digital.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
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